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Rómulo Betancourt, el comunista que saltó la talanquera

La que sigue es la historia del propósito de enmienda más importante de la democracia venezolana: una definición que va más allá de los modelos económicos, y cuya pepa de aguacate es la elección entre libertad y el totalitarismo en cualquiera de sus disfraces. Una historia marcada por la figura de Rómulo Betancourt, quien ganó por votación popular la Presidencia de la República y dio inicio a la era democrática del voto el 7 de diciembre de 1958

Rómulo Betancourt, el comunista que saltó la talanquera

Un futuro presidente venezolano embochincha un enclave del civilismo en Centroamérica: imparte a chamos comecandela dos cátedras tituladas “Antiimperialismo” y “Comentarios de El capital de Marx”, así como un taller de “Economía Marxista”. Por si acaso, su apellido no es Chávez ni Maduro.

Entre 1931 y 1935, durante su primer exilio, Rómulo Betancourt comete lo que su biógrafo Manuel Caballero llama “la muchachada”: milita en el partido más radical de la izquierda en Costa Rica, y, en una de las etapas más polémicas y menos documentadas de quien siempre dejó amplio registro de todas sus cartas y papeles, llega a afirmar: “Soy y seré comunista”. Un virus que, si bien llegó a esterilizar por completo en su torrente sanguíneo, le convirtió el resto de su vida en eterno sospechoso de inoculado.

Lo que sigue después es probablemente el propósito de enmienda más importante de la historia de la democracia venezolana. A diferencia de otros gobernantes contemporáneos, Rómulo Ernesto sí rectificó a tiempo: “No sólo abandonó tempranamente el comunismo, sino lo combatió con determinación y eficacia”, escribe el historiador Germán Carrera Damas en su vasta apología Rómulo histórico (2013).Una definición que trasciende el debate sobre modelos económicos —pudiera alegarse, después de todo, que lo que se ha experimentado en los últimos 17 años en Venezuela ha sido un cruel capitalismo de Estado—: el totalitarismo en cualquiera de sus expresiones encontrará de frente al bautizado por sus compañeros fundadores de Acción Democrática (AD), debido a su temperamento, como el Hermanito-Hígado.

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La gran estrella roja

“Siempre es fácil juzgar desde 2016 sin entender el contexto. Para el Rómulo de finales de los años 20 y comienzos de los 30, la revolución bolchevique es la gran estrella roja en medio del desastre, un movimiento de liberación de la humanidad ante un capitalismo que se cae a pedazos después de la Gran Depresión de 1929 y se refugia en el nazismo”, advierte Ysrrael Camero, joven historiador y militante del partido opositor Un Nuevo Tiempo. Luego de sus lecturas iniciáticas durante la dictadura gomecista y su expulsión como integrante de la Generación del 28, el hijo guatireño del contabilista canario Luis Betancourt, durante sus andanzas por el Caribe, se topa, además de la costarricense que se convertirá en la madre de su hija única Virginia, con lo que Carrera Damas ha descrito como una fase superior del capitalismo, el bananerismo: “Conoció el imperialismo en la más rudimentaria y brutal de sus expresiones, la explotación del banano en la costa atlántica de Colombia y Costa Rica”.

Eso sí, apunta el autor de Rómulo histórico: “Por ser autodidacta, careció de tutores y no padeció indoctrinadores”. Al menos desde 1928 puede explorarse el primer ecosonograma de sus posteriores diferencias irreconciliables con los que, parafraseando al Quijote, llamó sus “dulces mis enemigos: los comunistas venezolanos. Jamás aceptó imposiciones de Moscú ni de su extensión, la III Internacional, equivalentes a La Habana para el denominado socialismo del siglo XXI. “La clave en Betancourt es pensar siempre su proyecto político en función de la especificidad venezolana”, interviene Edgar Mondolfi Gudat, que en el reciente Temporada de golpes(2015) disecciona, entre otros aspectos, el intercambio de plomo cerrado, no solo verbal, entre el ya presidente electo en diciembre de 1958 y los que marcharon tras la flauta de Fidel Castro. “No ha faltado quien vea allí la psicología típica del renegado, del sacerdote que ahorca los hábitos y se convierte en frenético comecuras”, admitía, sobre el posterior y rabioso anticomunismo romuliano, Manuel Caballero en las páginas de Político de nación (2004).

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Betancourt señorea en décadas de efervescencia ideológica cuyos matices son incomprensibles para la simplificación de la era de las redes sociales, en las que marxismo, comunismo y socialismo son más o menos lo mismo. “El Plan de Barranquilla que redacta en 1931 está basado en el análisis marxista, pero es que el marxismo no es comunismo: la casa de Marx en la Alemania moderna es un museo de la socialdemocracia, palabra apestada para la generación de Rómulo”, aclara Marco Tulio Bruni Celli, el hijo de campesinos larenses brotado como uno de los dirigentes juveniles adecos que le recibe tras la caída de la dictadura perezjimenista. “No asoció el comunismo con el socialismo; lo consideró una aberración”, ratifica por correo electrónico Carrera Damas. “Fue bueno que no tuvieran Internet, porque el inmediatismo hace que nuestro pensamiento sea más epidérmico. El exilio le dará a Rómulo y el resto de los jóvenes antigomecistas, sin que ellos lo sepan, la oportunidad de enriquecer un debate con sus pares de toda Latinoamérica que se da casi exclusivamente por cartas, que de paso circulan de manera clandestina. Tenían tiempo para masticar manuscritos de 20 páginas, sentarse a discutirlos punto por punto y contestarlos”, aprecia Ysrrael Camero.

El adeco, un tipo social

Ya en Caracas tras la muerte de Gómez, el ex profesor de Antiimperialismo en Costa Rica participa muy efímeramente en la comisión organizadora del Partido Comunista de Venezuela (PCV), antes de involucrarse en la obra maestra de una generación: la construcción de un partido de masas dirigido a todas las clases sociales, no sólo a los pocos que podían considerarse proletarios en aquel país todavía rural, y de lo que Manuel Caballero ha definido como un tipo social, más que político o partidista: el adeco.

Vocablo que, irónicamente, deriva de la etiqueta despectiva de “adecomunistas” lanzada desde la acera de la entonces derecha. “Cuando le digo a mis alumnos en la UCV que Rómulo encabezó una revolución democrática, de inmediato lo relacionan con chavismo. Nos hemos dejado quitar palabras. No hay democracia sin demos ni república romana sin populus. No podemos dejarnos arrebatar algo tan fuerte como la noción de pueblo”, reflexiona Camero, el joven profesor de Historia que en el fondo de pantalla de su teléfono inteligente tiene una foto de Betancourt durante uno de sus primeros mítines de calle tras regresar en 1936.

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“En la medida en que convives con el chavismo, valoras la capacidad de esa generación de Rómulo para luchar en contra de su propia historia de personalismo y autoritarismo. Fueron capaces de depositar confianza en manos de la gente, algo que quizás hemos ido perdiendo hoy en uno y otro lado”, agrega Camero, que recuerda una anécdota de boca del ya fallecido José Giacopini Zárraga: “Cuando le pregunté por Betancourt a finales de la década de los 90, me lo describió en estos términos: ‘Un muchacho aguerrido y bueno, pero demasiado ingenuo: creía que el pueblo venezolano tenía capacidad para gobernarse a sí mismo’”.

Simpatía por el diablo

El que sostenga que la solución de la catástrofe contemporánea de la economía venezolana pasa simplemente por desmontar todos los controles probablemente se decepcionará con Rómulo, que siempre defendió un Estado fuerte. “Siempre asoció libertad con bienestar, entendido éste de manera esencial. Asoció planificación con concertación. Refutó, en la práctica sociopolítica, el concepto de ‘lucha de clases’. Promovió el desarrollo y la cooperación de los sectores patronales y sindicales, y la formación de una clase media”, le defiende Carrera Damas a través de la comunicación electrónica. Camero no le atribuye dones de pitoniso: “Cuando muere, todavía no son evidentes los problemas de productividad de la economía socialista que llevarán a la implosión soviética. Su línea de ataque contra el bloque comunista siempre fue la ausencia de libertades políticas”.

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La simpatía por el diablo —rojo— no dejó de traer derivaciones indirectas poco deseables en las grandes agonías posteriores a su muerte en 1981. Manuel Caballero se refirió a la paradoja única de Acción Democrática: el caso de un partido no marxista, pero dirigido de manera leninista. “Mi hipótesis es que lo que Rómulo no anticipó fue que los partidos podían sucumbir por la vía de su estructura centralista, más que por la corrupción. El excesivo centralismo, el férreo control de AD y Copei por parte de un cogollito, fue lo que nos cortó la cabeza. Creo que hoy Rómulo nos reprocharía mucho porque no supimos cuidar la democracia, que siempre es frágil”, lamenta hoy Marco Tulio Bruni Celli, el ex diputado que, junto a Octavio Lepage y Carlos Canache Mata, se mantiene como uno de los pocos jedis vivos que combatió al lado de aquel Yoda en el lado blanco de la Fuerza.

“Es el gran drama que viven los partidos hasta hoy: concebidos para evitar el secuestro por parte de un caudillo, pero a la hora de la chiquita, controlados como un ejército por una unidad operativa pequeña: los cinco panas altamente influidos por un secretario general, un primus inter pares como Rómulo Betancourt, que tienen que decidir en medio de la clandestinidad”, concede Carrero.

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“Rómulo tenía algo: era muy tenaz. Combatió a Gómez y fue expulsado del país por primera vez en 1928. López Contreras lo vuelve a desterrar. Luego pasa otra década más en el exilio con las dictaduras militares entre 1948 y 1958. Tenía todas para desanimarse, pero sabía que a una democracia hay que lucharla antes y después de conquistarla, y que también puede perderse de diversas formas. Era un hombre muy práctico. Sabía mucho de organización y estrategia, algo que no se ve tanto en la oposición venezolana de estos tiempos”, le indulta otra de sus biógrafas, María Teresa Romero.

La política, de algún modo, es el arte de las decepciones. No ha nacido el líder ideal, ni el que cumpla todas sus promesas. A algunos se les ve el bojote de autócratas, aunque se hayan valido de la democracia para asaltar el poder. En otros se presiente la estirpe de los demócratas, aunque tonteen circunstancialmente con la falacia de una dictadura de proletarios.

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