Criptomonedas: todo lo que hay que saber

Esta es una explicación de los fundamentos básicos de las criptomonedas. Desde cómo funciona el dinero, pasando por la tecnología detrás del Bitcoin, sus ventajas, sus retos y su probable futuro

Criptomonedas: todo lo que hay que saber

Están en las redes, en las noticias, en cualquier conversación que medianamente toque el tema económico o tecnológico. Las criptomonedas están generando un debate interesante en el mundo occidental: Unos lo ven como el futuro de la moneda, otros como un mecanismo de inversión, otros como simple humo y espejos… y la gran mayoría todavía se pregunta qué es eso y cómo funciona. Estas líneas las escribo para el último grupo.

No se sientan mal, pues no es un asunto sencillo de entender. El mismo Warren Buffet ha afirmado en numerosas oportunidades que él no termina de entender el mundo de las criptomonedas y, como regla general, procura no meterse en un negocio que no entienda lo suficiente (un genial consejo de finanzas, si me preguntan). Es muy fácil perderse entre historias y explicaciones técnicas que se hacen más complejas mientras las ves con mayor profundidad. Por eso, vamos a intentar explicar lo básico desde lo más elemental, sin entrar en mayores profundidades.

¿Qué es el dinero y cómo funciona?

Antes de entrar de lleno en las criptomonedas, es necesario repasar unas preguntas que, por cotidianas, suelen pasar por obvias. Tenemos que entender qué es el dinero y cómo funciona. Por aquí es fácil caer en la tentación de irse por los ramales de la historia, pero vamos a mantenernos en lo básico.

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El dinero es una representación de VALOR. Si una persona hace algo valioso para otra, esta última entrega a la primera el equivalente al valor del trabajo en dinero. A lo largo de la historia se han usado diversos materiales para representar este valor, normalmente son cosas difíciles de conseguir o con un valor práctico: Oro, piedras preciosas, trigo, sal (de aquí viene la palabra “salario”), palos de madera (de donde sale la expresión “echarse los palos”), etc. Para que algo represente valor la gente debe confiar en que este algo es valioso y que pueden redimir este valor en el futuro.

En un video que circuló por varios grupos de Whatsapp, el economista argentino Tomás Bulat (1964-2015) lo explicó de forma impecable en un par de minutos: Para que algo sea dinero debe tener tres requisitos: (1) Intercambio de valor, es decir, puedas cambiarlo por algo que valga algo equivalente a la cantidad que estás aportando; (2) referencia de valor, es decir, que sea indicador universal de lo que las cosas valen en una sociedad dada y (3) reserva de valor, es decir, que puedas guardarlo y que, en un futuro, puedas adquirir lo mismo que podías adquirir en el presente.

La base esencial de todo intercambio es la confianza y es el fundamento de toda moneda. Con los materiales, se confía en “algo”, el mismo valor del material. En algún momento de nuestra historia, pasamos de confiar en “algo” a confiar en “alguien”: Una persona que guardase el oro que tenías y, a cambio, te diera un “certificado” donde se diera constancia de que él tenía tu oro.

En la Europa medieval, este papel lo cumplieron los judíos regados en el continente: Isaac, en Münich, guardaba el oro de un comerciante y le daba una carta que el comerciante le entregaba a Jacob, en Zürich, para que él le diera la misma cantidad de oro que se le había entregado a Isaac. Así nuestro comerciante no tenía que cargar el oro de un pueblo a otro, evitando exponer su fortuna a los peligros del camino. Este es, a grosso modo, el origen del papel moneda (y la banca)… y su uso se fue haciendo más general en la sociedad por su practicidad y conveniencia.

Con el tiempo y los cambios macroeconómicos, el vínculo entre el papel y el oro que éste representa se fue debilitando. Se termina de romper el 15 de agosto de 1971 cuando Richard Nixon decreta el fin del llamado “patrón oro” (en el que cada dólar estaba respaldado por su valor en oro dentro de la bóveda de la Reserva Federal). Así, el patrón de confianza en “alguien” que guardase nuestro oro pasó a “alguien” que respondería por el valor del dinero: el Estado.

Este es el tipo de dinero que usamos hoy en nuestro día a día. Se le conoce de dos formas distintas, dos términos que se usan de forma equivalente aunque tengan distintos significados y resalten dos características diferentes: Moneda Fiat, que viene del latín “por decreto” (no guarda ninguna relación con la marca de carros italianos) y Moneda Fiduciaria, cuya raíz etimológica viene del latín “que tiene confianza” o, mejor dicho, “que depende de la confianza o credibilidad”.

Nuestro dinero es un papel respaldado sólo por la promesa del Estado y la confianza que la sociedad tenga en él. Su valor proviene del estatus legal que una autoridad central (el Banco Central, la Reserva Federal, etc.) le otorga y, básicamente, tiene valor en un país determinado porque el Estado dice que lo tiene. Esta autoridad central es la que controla el dinero y dicta qué cantidad de dinero circula en su jurisdicción (o en una sociedad dada). Ahí, de acuerdo a los creadores y promotores de la criptomonedas, yace una de las principales desventajas del dinero Fiat.

Esta autoridad central tiene la discrecionalidad de emitir la cantidad de dinero que más le convenga y no hay límite en la cantidad emitida. El problema es que debe haber un equilibrio entre el valor de los bienes y servicios en una sociedad y la cantidad de dinero que en ella circula. Cuando aumenta la cantidad de dinero (masa monetaria), pero no el valor de los bienes y servicios (la productividad), el valor del dinero tiende a caer… así que tu dinero vale menos.

La multiplicación de las desventajas

Ahora bien, con la creciente digitalización de todos los procesos, el dinero que manejamos ahora también es digital. Cada vez más operaciones se hacen de manera electrónica, desde las tarjetas de débito y crédito, pasando por las transferencias electrónicas hasta herramientas como el Zelle, Pago Móvil o las de Apple, Samsung y Google. Salvo circunstancias extraordinarias (que no vamos a tratar aquí), el papel moneda se está dejando de usar de forma acelerada en el día a día. Ahora el dinero es un número en un libro de contabilidad electrónico.

Esto no sólo acentúa el problema de la emisión de masa monetaria, pues ahora el Estado está en capacidad de emitir más dinero sin necesidad de imprimir más billetes: Basta sólo con un click del ratón en la computadora. Tal facilidad hace que la emisión monetaria se convierta en una herramienta para que quienes manejan al Estado manipulen la economía con consecuencias nefastas para la sociedad.

Una práctica común en América Latina es la emisión de masa monetaria para financiar el déficit fiscal (cuando el Gobierno gasta más dinero que el que recibe por impuestos y regalías), generando inflación… cuando se abusa de este mecanismo la consecuencia es, eventualmente, la destrucción de la moneda. Volvemos a la explicación de Tomás Bulat: Primero, deja de ser reserva de valor, luego deja de ser referencia de valor (sales a la calle y no sabes si algo es caro o barato al ver el precio) y, cuando hay hiperinflación, deja de ser herramienta de intercambio de valor… pasa a ser irrelevante y la sociedad empieza a usar otra moneda que sí cumpla con los tres requisitos.

Otros problemas que, de acuerdo a los creadores y promotores de las criptomonedas, se acentúa con la digitalización del dinero es el conocido como “doble gasto”. SI el dinero es un archivo digital, ¿qué impide a alguien copiarlo varias veces y pagar, con exactamente la misma moneda, a varias personas a la vez (así como la canción del “Real y Medio”)?

Con las monedas fiduciarias el mecanismo es la centralización de los registros. La banca lleva un libro de contabilidad en sus computadoras que rastrea quién es dueño de cuánto dinero. Los bancos sincronizan y comparan sus registros, al menos, una vez al día y reportan esto al Banco Central. Nosotros confiamos en la banca y ésta en sus sistemas.

Hay varias cuestiones que este sistema centralizado pone sobre la mesa. Nuestro dinero queda expuesto a la corrupción, la mala gerencia y la negligencia de quienes manejan los sistemas, tanto desde el Estado como desde la banca. Nuestra memoria reciente tiene ejemplos significativos de cuando esto ocurre: En Venezuela se puede hablar de la crisis bancaria de 1994 y sus consecuencias en quienes tenían sus ahorros en la banca, en Argentina se puede hablar del llamado “corralito” (2001-2002) y en Estados Unidos de la crisis financiera de 2008.

La centralización y los intermediarios (la banca y entidades financieras) fueron las dos principales preocupaciones de una comunidad de criptógrafos (especialistas en crear y descifrar códigos) que, desde hace tiempo, estaban intentando resolver usando tecnologías de cifrado y comunicaciones. En esta comunidad, el grupo más prestigioso, activo y numeroso era The Cryptography Mailing List y, el 31 de octubre de 2008 iba a ser el escenario de un cambio histórico.

Llega el Bitcoin y todo cambia

Ese día, en los foros de esa comunidad de criptógrafos, Satoshi Nakamoto (un seudónimo de alguien del que, a la fecha, no se sabe nada) publica un artículo académico en el que explica los mecanismos de lo que sería una moneda digital con mecanismos que solventan el problema del “gasto doble” sin necesidad de una autoridad central y el manejo de transacciones sin necesidad de intermediarios.

El Bitcoin es, básicamente, un libro de contabilidad transparente registrado de forma global en la red. Funciona bajo el esquema Peer-to-peer (de forma muy parecida a los Torrents, Kazaa, Ares, Napster, y demás sistemas de “compartir” contenido) donde todas las computadoras que participan en esta red tienen una copia exacta de todas las transacciones hechas en la historia.

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Es un libro abierto, todo el mundo tiene acceso a la información de las transacciones, pero es pseudo-anónimo, porque la identidad de quien envía la transferencia y quien la recibe está oculta: Lo que se muestra es una “dirección” codificada que parece una secuencia al azar de letras y números (como si el gato hubiese caminado sobre el teclado de la computadora).

Las ventajas sobre el dinero Fiat son, en primer lugar, que es descentralizado. No depende de una autoridad central que lleve el registro sino que está distribuido en toda la red. Además, la emisión de nuevas monedas es controlada automáticamente en cantidades constantes (que se van reduciendo cada cierto número de transacciones) y en intervalos constantes de tiempo.

La otra ventaja es que no tiene ningún tipo de intermediario. No requiere ningún tipo de bancarización para su manejo, no hay comisiones ni tarifas ni tasas de interés sobre las cantidades manejadas en cada transferencia.

La tercera ventaja es la privacidad. En el sistema Fiat la banca lleva registro de cada transferencia con información detallada, ya que la información completa del usuario del banco está registrada en el sistema y cada transferencia está vinculada a esa información. El carácter pseudo-anónimo del Bitcoin lo equipara más al dinero en efectivo, cuya circulación es casi imposible de rastrear… aunque no tenga ni papeles ni monedas. Por eso los primeros en adoptarlo ampliamente fueron, precisamente, aquellos involucrados en actividades ilegales o de moralidad dudosa.

Ahora bien, ¿cómo aborda y resuelve estos temas? ¿qué hay detrás de esta moneda digital? Este es, quizás, el tema más complejo de explicar pero es la médula de toda criptomoneda y es una tecnología que se puede aplicar a una enorme diversidad de procesos y su potencial se está apenas empezando a explorar.

La cadena de bloques

También conocida como Blockchain, esta tecnología es el núcleo del Bitcoin y de todas las criptomonedas. Aquí se resuelve el problema del “gasto doble” y la centralización. Volvamos a la analogía del libro de contabilidad: Cada página tiene una serie de filas, cada fila es una transferencia (Isaac le envía 1 BTC a Jacob el 15 de mayo de 2021 a las 13:45) y algo de información adicional. En nuestro libro virtual, cada página es conocida como un “bloque”.

La idea de la cadena de bloques responde a la inquietud sobre la vulnerabilidad de todo archivo digital. Si el registro está descentralizado y es abierto, ¿qué impide a alguien con el conocimiento y la habilidad el alterar el archivo para sumarse unas cuantas monedas a su cuenta? Precisamente aquí entra el concepto de “cadena”, pues cada “bloque” de información está vinculado al anterior, por lo que, para alterar un registro, nuestro habilidoso pero malintencionado personaje tendría que alterar la totalidad de la cadena, es decir, reescribir todo el libro de contabilidad en toda la red.

Cada bloque tiene un número de identificación único conocido como hash: Un código de longitud fija que se genera aplicando ciertas reglas al contenido del bloque de tal forma que, si alteras el contenido, ese hash cambia drásticamente. En el caso del Bitcoin, el contenido del primer bloque no fue ninguna transferencia, sino un artículo de prensa, pues la idea era generar ese primer número identificador para iniciar la cadena.

Desde entonces, cada bloque tiene una estructura y tamaño determinado. El contenido del bloque empieza con el número identificador del bloque anterior, sigue con la fecha y hora de creación del bloque, la transferencia de recompensa o incentivo al creador de ese bloque, las transferencias realizadas y un dato final conocido como la prueba de trabajo. El tamaño de cada bloque es de, aproximadamente, un megabyte, por lo que el número de transferencias en cada bloque va entre las dos mil y dos mil doscientas. Cada diez minutos se genera un bloque nuevo en la cadena.

El proceso de agregar un bloque a la cadena es conocido como “minar”, por tanto, aquellos que agregan bloques a la cadena son conocidos como “mineros”. ¿Por qué se usan esos términos? porque la recompensa que se le otorga al minero por agregar un bloque a la cadena es, en sí, emisión de nuevas monedas, como si se extrajera algo más de oro para la reserva.

Los “mineros” compiten por agregar el bloque a la cadena en el tiempo determinado. Una vez uno alcanza a agregar este bloque, los demás “mineros” tienen que validar, por mayoría, que el bloque sea correcto.

Para evitar que un minero, o grupo de mineros tome control de la red y pueda alterar arbitrariamente la información, se agregó la llamada prueba de trabajo, que es una operación matemática que está ahí para dificultar la tarea de agregar un bloque a la cadena y, por tanto, hacer poco interesante o rentable agregar transacciones falsas.

El hash identificador de cada bloque, para que sea válido, debe empezar por un determinado número de ceros. Esta cantidad de ceros es conocido como nivel de dificultad y se ajusta cada 2016 bloques. La prueba de trabajo, precisamente, consiste en intentar diversas combinaciones de números y letras al final de cada bloque para que su número identificador cumpla con el nivel de dificultad. Esto puede implicar que se hagan millones de pruebas hasta que se de con la combinación exacta, para lo que se requiere cierto nivel de poder de cómputo.

Alguien que quiera controlar la red tendría que superar más de la mitad de la capacidad informática en ella, por esto se hace poco rentable. Además, la dificultad para minar y tener recompensas por el proceso aumenta a medida que se sumen más mineros a la red. Por eso, hoy un usuario con una tarjeta gráfica en su computadora personal tiene pocas oportunidades de ganar recompensas por minar frente a las granjas de minado (galpones llenos de máquinas especializadas para minar) en China, Suiza e Islandia.

¿Es el Bitcoin una moneda?

La respuesta corta es NO… todavía. La respuesta larga requiere un poco más de elaboración. Volvamos a los tres requisitos presentados por Tomás Bulat y pasemos el Bitcoin por este escrutinio.

Primero, todavía no es un instrumento de intercambio de valor. Si bien hay tiendas en Internet que están empezando a aceptar criptomonedas como forma de pago, la cantidad no es lo suficientemente significativa y la adopción es lenta.

Las esperanzas de los entusiastas aumentaron cuando Elon Musk dijo que Tesla Motors iba a considerar el aceptar Bitcoin como pago por sus vehículos eléctricos… sólo para ser aplastadas cuando la respuesta definitiva fue “no”. En fin, mientras no haya un ecosistema de consumo lo bastante generalizado en la sociedad, el Bitcoin no pasa la primera prueba.

Segundo, su valor respecto al dólar de los Estados Unidos (actual referencia universal de valor) es tan volátil que no es referencia de valor. De hecho, la volatilidad del valor del Bitcoin es tan alta que, cuando Elon Musk informó que Tesla no iba a aceptar la criptomoneda como forma de pago, su valor sufrió una caída de más de veinte mil dólares.

Las fluctuaciones son altas porque, a la fecha, las criptomonedas son usadas principalmente como elemento de especulación. Dice Warren Buffet que, básicamente, la gente compra criptomonedas sólo con la esperanza de que alguien más se las compre a un precio más alto, pero todavía no hay una relación directa entre el Bitcoin y algún producto en concreto… a lo que vale la pena agregar el “todavía”.

Por esta misma volatilidad, las criptomonedas no son una reserva de valor. Si uno pasa todos sus ahorros a Bitcoin, queda expuesto al siguiente desplome… cuando ocurra, o si llegase a ocurrir. Volvemos, por ahora son un elemento de especulación.

Un inversionista bien informado no tendría a las criptomonedas en el tope de prioridades en su portafolio. Al contrario: primero estaría el portafolio balanceado de bajo riesgo a largo plazo, luego el portafolio balanceado de mayor riesgo a mediano plazo, luego estarían las colocaciones en acciones en las empresas que mejor le parezca y después, junto al Forex, las criptomonedas… justo antes del dinero para jugar en el casino o de las apuestas deportivas.

Si bien las criptomonedas no son Fiat, ya que no hay decreto que les de estatus legal, todas las monedas terminan siendo fiduciarias. La adopción de las criptomonedas dependerá de la confianza que la comunidad tenga en ellas o, para ser más exactos, en la confianza que cada miembro de la sociedad tenga en los demás, en sus pares.

Este es, precisamente, el mayor reto que tienen las criptomonedas en el futuro. No es ganarse la confianza de una sociedad dada sino que, para ello, tienen que generar un clima de confianza entre los miembros de la comunidad. Una confianza que es difícil de alcanzar en un mundo en el que todos parecemos estar engrinchados respecto a cualquier tipo de opinión en cualquier tema y polarizar todo se hace, tristemente, normal… un mundo donde la desconfianza es la norma.

Aunque, viéndolo de otra forma, puede ser la desconfianza la que termine pavimentando el camino a la adopción del Bitcoin. La desconfianza en el Estado y quienes lo manejan, independiente del país al que hagamos referencia. No es de extrañarse que el valor del Bitcoin haya empezado a subir aceleradamente en el mismo año en el que la Reserva Federal norteamericana ha emitido más masa monetaria desde la publicación del artículo de Nakamoto.

A lo mejor, y corro el riesgo de equivocarme, ese es el mundo que los entusiastas de las criptomonedas visualizan: un mundo en el que tengamos más confianza entre nosotros mismos que en el Estado. El camino a un mundo así es largo y está lleno de curvas y obstáculos… así que tocará esperar a ver cómo evoluciona este fenómeno.