Cultura

La planta insolente juzgada por un historiador

Cipriano Castro como héroe nacionalista. Cipriano Castro como el niño David que derrota con una china y una piedrita al agresor Goliat. Cipriano Castro exaltando a Ezequiel Zamora como estratega, gritando “¡No volverán!” y haciendo desfilar encadenados a los banqueros bandidos. Cipriano Castro traicionado por un compadre que entregará las concesiones petroleras a Estados Unidos. Cipriano Castro provocando que viejitas beatas clamen a Dios por una invasión extranjera.

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FOTOGRAFÍA: ALBA CIUDAD

Con el actor de origen peruano Roberto Moll en el papel del otro Castro (1858-1924) que simpatizaba a Chávez, La planta insolente, la nueva película histórica del binomio del director Román Chalbaud y el guionista Luis Britto García, combate en la cartelera contra los acorazados de Hollywood. Un historiador que da clases en la UCV y la UCAB, Daniel Terán-Solano, vio la película junto a El Estímulo en una sala semidesierta y ayuda a distinguir entre la recreación y la distorsión.
—Su veredicto de La planta insolente
—Me siento un poco decepcionado. Se agradece el intento de rescatar para el gran público a un personaje polémico en la historia de Venezuela. Pero esperaba un tratamiento más equilibrado. Asumo que el guionista Luis Britto García, por su vinculación ideológica al marxismo, eleva a Cipriano como una especie de patriota antiimperialista por encima de su condición de caudillo y dictador con unas pasiones bastante cuestionables que poco se ven en el filme. Ciertamente, Castro tuvo un rol de defensor de la soberanía durante el bloqueo anglo-alemán de 1902-1903 y enfrentó las pretensiones estadounidenses, pero no es por lo que más se le recuerda, sino como un hombre fuerte de procederes violentos que, en parte, explican la oposición internacional que se le generó y las razones por las que salió del poder.
“La planta insolente me parece una mala película histórica. Como historiador, no la recomendaría. Tiene un mal guión y un director que deja que desear, tomando en cuenta que antes ha hecho cine de arte. La ubico en un punto medio entre ese mandado mal hecho de Chalbaud que fue El Caracazo (2005) y una producción de calidad ligeramente superior como Zamora (2009)”.
—Cipriano Castro, una especie de Quijote nacionalista, y Juan Vicente Gómez, un traidor entreguista. ¿A grandes rasgos, eso fue así?
—Hay un fundamento de realidad. Castro ejerce un papel nacionalista, pero eso no le convierte automáticamente en un prócer de la virtud. Es traicionado por Gómez, pero Castro también venía de derrocar a Ignacio Andrade: así como hagas, te harán. Gómez no quería problemas con las potencias extranjeras. Le interesaba la estabilidad y la paz, así fuera la paz de los sepulcros. Buena parte de responsabilidad de lo que es Gómez la tiene Castro como su antítesis. Ni una cosa u otra los convierte en personajes históricos buenos, malos o unidimensionales. La historia no es una historieta.
—¿Se podría decir que La planta insolente es una película del ocaso del chavismo? Termina en tono pesimista, con un Cipriano Castro enfermo y derrotado.
—Es una pregunta válida. Quizás firma parte del manejo artístico del binomio Chalbaud-Britto. Ciertamente, en la historia hay vencedores y derrotados políticos. Ninguna película que se haga de Francisco de Miranda, por ejemplo, puede eludir el hecho de que fue entregado por sus partidarios y de que no tiene una muerte gloriosa. En un duelo Castro-Gómez, evidentemente el derrotado es Castro. Gómez muere en el poder y por causas naturales. Castro lo hace enfermo, fracasado, expatriado y rechazado en el mundo. En ese sentido La planta insolente es genuina.
—¿Es cierto que Cipriano Castro es hombre de grandes excesos personales? Poco de eso se ve en la película de Chalbaud.
—Castro tenía un defecto similar al de Guzmán Blanco: su debilidad de carácter ante la adulación, y eso poco se resalta en La planta insolente. Esa pulsión tan típica de muchos caudillos latinoamericanos por verse colmado de halagos y exaltaciones. Por otra parte, sus males físicos no sólo se deben a un presunto estrés por sus obligaciones como presidente, sino a su afición por el brandy, los bailes y las visitas a burdeles y casas de citas. De eso existe un amplio anecdotario.
—La planta insolente establece un símil entre el David bíblico y Cipriano Castro. ¿El bloqueo de 1902-1903 ciertamente fue el momento estelar de su presidencia?
—Es curioso que, en una película de un director y un guionista de la extrema izquierda, consigas tantos símiles bíblicos. No sólo por David y Goliat, sino por la clara reminiscencia del beso de Judas en la despedida de Gómez a Castro.
“Sí hay cierta similitud entre Cipriano y otro Castro: Fidel. La revolución cubana no habría tenido el mismo impacto en los medios de comunicación si no hubiera sido por su enfrentamiento con Estados Unidos y la grave crisis de los misiles de 1962. Castro fue el primer presidente venezolano caricaturizado en más de 3.000 ocasiones por la prensa internacional, justamente por la resonancia que tuvo el bloqueo anglo-alemán. Por cierto, La planta insolente desvirtúa totalmente varios de los incidentes del bloqueo, como el bombardeo inglés al Fuerte de Puerto Cabello. Lamento que tampoco se haya mostrado con detenimiento el ataque alemán contra el cuartel de San Carlos en Zulia, que los venezolanos ganaron en buena lid. De hecho, la heroicidad de la resistencia zuliana fue exaltada por algunos diarios franceses como Le Petit Parisien. Eso despertó cierta solidaridad hacia Venezuela y un primer símil, que ciertamente existió entonces, con el David que le daba buena pedrada a Goliat”.
—¿Nicolás Maduro es víctima de una campaña de prensa internacional, al igual que Cipriano Castro?
—Hay unas vinculaciones forzosas que tratan de establecer el director y el guionista, pero hay que tener cuidado con esos paralelismos simplistas. El contexto es diferente. La prensa de principios del siglo XX era muy pasional y sensacionalista. La noción de objetividad no entraba en la ecuación. Era normal que se considerara a Venezuela un país de bárbaros con un presidente salvaje, lo que por supuesto no justifica el tono ofensivo. Hoy la prensa internacional cuenta con más herramientas para entender cuándo un gobierno viola los derechos humanos, tolera la corrupción y propicia el apartheid político.
—¿Le convencieron las actuaciones?
—Roberto Moll hace un muy buen papel. Le pone tanta pasión que la ausencia de acento andino pasa a un segundo plano, en cambio hay otros actores que lucen forzados cuando tratan de imitar la manera de hablar de los tachirenses. Pedro Pineda es una digna competencia para ese Gómez inolvidable que fue Rafael Briceño. En cambio muchas otras actuaciones secundarias son lamentables, como el actor que hace de José Manuel “Mocho” Hernández, un personaje crucial de la época que prácticamente es omitido. Hay muchas escenas que se cortan bruscamente, lo que me hace pensar que La planta insolente se convertirá en una miniserie que pasarán en VTV.
—¿Es cierto que el médico José Gregorio Hernández se alistó para pelear por Venezuela contra el bloqueo?
—Como andino de Trujillo, a José Gregorio Hernández se le abrieron las vocaciones habituales para el momento: la militar y la religiosa. Siempre optó por la última. Pero sí hay documentos que corroboran que se alistó voluntariamente para pelear por la causa nacionalista. De lo que no existen testimonios es de que haya estado en el bloqueo en Puerto Cabello: quizás es un error de secuencia de la película.
—¿Tenemos pruebas de que Cipriano Castro haya sido admirador de Ezequiel Zamora como estratega militar?
—Son excesos literarios totalmente discutibles en los que el guionista se deja llevar por sus preferencias ideológicas. Britto, un ex militante del Partido Comunista, ejecuta la misma operación que con Ezequiel Zamora, un caudillo militar de la causa liberal al que quiso convertir en un Pancho Villa venezolano, un profeta precursor del socialismo agrario, sin que tengamos pruebas para demostrarlo. Lo mismo con un Cipriano Castro al que La planta insolente transforma en una especie de proyección metahistórica en retrospectiva de Hugo Chávez.
—Evidentemente, La planta insolente deja claro que La Villa del Cine ya no tiene presupuesto para producciones grandiosas tipo Miranda regresa.
—Esa carencia material se nota, por ejemplo, en la batalla de La Victoria de 1902, la que ha ocasionado más bajas
en la historia de Venezuela. Es un acontecimiento trascendental en el que participan 21.000 soldados y que prácticamente pone fin a la era de los caudillos regionales. Merecía una recreación tan espectacular como la de la batalla de Santa Inés en la película Zamora, pero parece más bien una pelea en una zanja en una finca que está siendo invadida. Tampoco es cierto que el adversario de Castro en la Revolución Libertadora, el banquero Manuel Antonio Matos, haya sido partidario de tomar Caracas en vez de sitiar La Victoria. Supongo que fue una licencia por motivos artísticos. Lo que sí es cierto es que usaba una sombrilla blanca en combate que despertaba muchas burlas, mientras que Cipriano Castro peleaba codo a codo con sus soldados y se confundía entre ellos, entre otros motivos, para evitar ser un blanco fácil.
—Cipriano Castro hace desfilar a banqueros encadenados por las calles de Caracas. ¿La fantasía del chavismo con los comerciantes especuladores?
—Pasear a los banqueros encadenados fue un exabrupto de un dictador, al que sería erróneo atribuir una connotación marxista de lucha de clases. Cipriano Castro estaba urgido de dinero, pero no precisamente para desarrollar la agricultura. Hay algo que se omite en la película, y es una de las razones por las que no soy un admirador de Castro: cerró las principales universidades del país después de la Sacrada, una jornada en la que los estudiantes caraqueños disfrazaron a un comerciante libanés cobero con un uniforme militar similar al de Castro. Tampoco se muestra cuando Castro salta del susto por un balcón de la Casa Amarilla y se rompe una pierna durante el terremoto de 1900.
—Tropas colombianas invaden Venezuela en 1901. ¿Cierto o falso?
—Sí, aunque La planta insolente muestra lo que conviene a la visión interesada en exaltar a Castro como héroe protochavista. Colombia entonces pasa por la Guerra de los Mil Días, la más larga de su historia, entre liberales y conservadores. Castro apoya al bando de los liberales. Es cierto que un venezolano (Rangel Garbiras) encabeza esa invasión y que un colombiano (Rafael Uribe) es el que defiende a Venezuela. En la batalla de San Cristóbal, que no se ve en la película, muere el padre de Isaías Medina Angarita. Poco después estalla una guerra formal entre ambos países. Venezuela invade por el Arauca y por Zulia con la intención de reconstruir la Gran Colombia por las armas, pero la mediación de Estados Unidos y Francia evita que el enfrentamiento pase a mayores.
—¿Qué sienten los caraqueños del año 1899 cuando llegan los andinos al poder?
—Un golpe sicológico muy fuerte. En Caracas nunca habían visto a nadie mascar chimó. Pensaban que los andinos comían carne humana y escupían sangre coagulada. Los veían con desprecio. Cipriano Castro ya conocía Caracas como diputado, estaba familiarizado con las mañas de los políticos de la capital y sus atenciones le caen como anillo al dedo. Pero Juan Vicente Gómez nunca había estado en una ciudad tan grande. Por eso se retrae de la vida pública. Muchos paisanos de Castro se sienten marginados durante su gobierno.
“Los andinos pacificaron al país, crearon un ejército, desarrollaron la industria petrolera y una infraestructura básica. Posteriormente Eleazar López Contreras e Isaías Medina Angarita, aunque poco tienen que ver con Castro y Gómez, abren camino a la democracia. Con el perdón de caraqueños, valencianos, zulianos, llaneros orientales o guayaneses, sostengo que los andinos, los últimos que llegaron para tomar el poder, resuelven los problemas del siglo XIX y construyen las bases de la Venezuela moderna”.]]>

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