El Sistema más allá del récord: así es la dura vida de un músico profesional

Ser parte de la orquesta más grande del mundo llena de orgullo, pero también pesa. Detrás del espectáculo hay cientos de jóvenes profesionales que se someten a horarios exhaustivos, presión política y necesidades económicas que un sueldo de 150 dólares al mes y bolsas CLAP esporádicas no cubren

El Sistema más allá del récord: así es la dura vida de un músico profesional

En el rostro de un músico de El Sistema dos cosas resaltan: el brillo de los ojos por el amor a la música y la ojeras que evidencian cansancio. Si miras sus manos, hay dedos hábiles y también magullados por el esfuerzo de saltar de una cuerda a otra durante horas de práctica. Si los ves y escuchas tocar, claramente hay experiencia, serenidad y una presencia impecable.

Sin embargo, ser parte de la orquesta más grande del mundo tiene sus grises. La mayoría de los músicos de El Sistema ganan al mes 150 dólares o poco más, mientras que en Estados Unidos un instrumentista de su misma categoría puede alcanzar hasta 3.976 dólares al mes, según estimaciones de ZipRecruiter, un mercado de empleo estadounidense que hace estimaciones salariales con fuentes de datos de terceros y del Departamento del Trabajo de EEUU.

¿Qué hacen para vivir? ¿Quién cubre sus gastos si pasan horas ensayando? ¿A qué se enfrentan dentro de la institución? ¿Por qué siguen allí? Todas esas preguntas las respondieron a El Estímulo los propios protagonistas.

Tocar desde la infancia

En 2018, cuando la crisis era más evidente en Venezuela porque el uso de dólares no era común, Mariana tenía 16 y estudiaba tercer año de bachillerato. Recuerda que su mamá, una maestra de una escuela pública, le dijo un día: “Tú vas a ver qué haces porque tengo el pasaje de la semana para que vayas al liceo, no a la orquesta”.

Para ella, que desde los cuatro años había visto a su madre comprar uniformes, pagar luthiers y trasnocharse para que llegara a sus prácticas y conciertos de la mejor manera, fue un golpe duro.

No obstante, no iba a dejar ir su oportunidad de oro: ensayar como invitada con la orquesta profesional Francisco de Miranda.

De esos días, Mariana recuerda que prefería esperar hasta que la temperatura bajara para no exponerse al sol de Guarenas. No quería deteriorar aún más los zapatos que ya tenían huequitos de tanto uso.

Pasaba cuatro horas más de las pautadas con los instrumentistas expertos, y cuando llegaban las cinco de la tarde empezaba su recorrido: “Vivo a las afueras del pueblo de Guarenas, debía llegar al pueblo, caminar una colina, y cruzar la autopista. Te podrás imaginar…”.

Tocar de invitada era el primer paso para lograr eso de lo que hablaban en su pequeño núcleo de Guarenas: la visibilidad. Yendo a los ensayos se ponía en ventaja sobre el resto porque, desde antes, la reconocerían por sus capacidades, grado de ejecución y responsabilidad. Era tener un paso adelante para el día en que llegaran las audiciones.

Aunque pensó en dejar la orquesta, y de vez en cuando lo medita, su perseverancia dio resultados: Mariana se convirtió en clarinetista titular en 2019.

Dice que espero cobrar al momento, pero no pasó. Tuvo que esperar hasta 2020 mientras su mamá estiraba el sueldo para cubrir lo más básico. No hubo forma de sobrepasar el presupuesto para reponer sus zapatos y camisas desgastadas.

¿Por qué lo hizo? “Por fe. La fe en que podría mejorar. La ilusión. Porque yo siempre quise estar en una orquesta profesional. Yo veía a los chamos y chamas más grandes que yo y ellos tocaban mucho, los sacaban y se los llevaban de gira. Tocaban aquí y allá”, recuerda con entusiasmo.

Hoy, Mariana pertenece a la orquesta base y es maestra de un núcleo donde instruye a niños y jóvenes de su localidad. Cobra un sueldo que está cerca de los 30 bolívares ($6 al cambio oficial del BCV al 22 de noviembre) y a veces recibe alimentos de los CLAP: “Las bolsas llegan una vez cada seis meses. No es algo consecutivo, pero como vienen las elecciones, supongo yo que han estado un poco más recurrentes”.

Cuenta que con eso resuelve, pero también se ha visto obligada a buscar otras alternativas: “Un día tocas en una boda, un día tocas en un cumpleaños, un día toqué en un desfile de moda como acto intermedio y he estado en graduaciones”.

Su proceso para “rebuscarse” es el mismo que el de sus amigos: “Contactos o también puede ser que tú misma lo busques. Vas a un restaurante y presentas tus temas. Otros tienen grupos, como de samba y salsa. Ellos aprovechan esas agrupaciones para darse a conocer”.

Incluso así, Mariana, estudiante de una carrera de salud, sabe que no es suficiente: “Tú no vives solo por amor y pasión. Tienes que buscar el dinero, el sustento. Yo eso se lo deseo a todo el mundo, que puedan mantenerse y hacer lo que les gusta al mismo tiempo. Yo lo vivo, no de la mejor forma, no a plenitud, porque si uno estuviese a plenitud, no estaríamos buscando rebusque, no estuviésemos alternativas al mismo tiempo”.

“Todo tiene sacrificios y si no hubiera pasado por eso, quizás ahorita no estaría en la orquesta donde estoy; no hubiera formado parte del Récord Guinness con la orquesta base sino con los muchachos atrás”, razona.

El Sistema, una opción para ejercer

Ariana, una violinista profesional de 28 años, entró al Sistema de Orquestas a punto de salir de bachillerato en el año 2007. Durante años había escuchado de la institución, tenía amigos y conocidos allí, pero no se inmutó por ella hasta que una profesora particular le dijo: “¿Y si lo intentas?”.

A diferencia de la mayoría, que inician su formación a temprana edad y sin conocimiento, Ariana ya acumulaba años de aprendizaje sobre técnica y teoría musical y eso le abrió las puertas. Recuerda que sus ensayos eran los sábados, y que en numerosas ocasiones pidió permisos en el colegio para ir a conciertos.

Avanzó rápido, sin demasiados inconvenientes, hasta que llegó a la universidad: “Siempre traté de cuadrar los horarios y los profesores. De verdad fue un corre corre toda la carrera. Un ensayo dura de tres a cuatro horas. Necesitaba tiempo para ensayar y para estudiar. Cuando un horario me chocaba con la orquesta, esa materia yo la dejaba o la retiraba”.

A eso se sumó que se tuvo que mudar a Caracas, a tres horas de su casa, ubicada en un estado del centro del país. Por un tiempo muy breve, quizás por su edad y el hecho de vivir un contexto social y económico diferente, Ariana vio en la música más posibilidades que solo afinar sus ejecución.

“En algún momento te hubieras podido dedicar solo a eso, la música. Antes en las orquestas se ganaba muy bien. Hay gente que logró surgir, que aprovechó esa época donde había muchas giras y venían grandes maestros todo el tiempo. Grandes viáticos. Esa gente, fueran de la clase social que fueran, hoy está afuera, en grandes orquestas, y tiene un mejor nivel de vida. Entonces creo que si yo hubiera estudiado en ese momento, en el que las orquestas daban para vivir bien, yo me decidía por la música “, señala.

La violinista, que ya casi termina su licenciatura en una carrera de humanidades, ahora ve la música como un refugio, pero no como una primera opción: “Me quedé con la idea de aprender más. Conseguí un trabajo en una orquesta profesional y es chévere, pero económicamente no tengo muchos beneficios. A veces siento que si de repente me hubiera dedicado más a otra carrera, ya estuviese graduada. Tuviera más ingresos. Siento que hubiera podido avanzar más por otro lado”.

Ariana, que paga alquiler estudiantil, alimentación, transporte y otras necesidades en Caracas, comenta que el sueldo base de la orquesta son menos de 30 bolívares quincenal, y que desde el año pasado, mensualmente, recibe un bono aparte equivalente a 100 dólares: “Lo veo como un ingreso. No es para hacerte millonario, pero puedes contar con eso mensualmente. Hay otros que ganan $150, pero todos estamos claros que es forzado igual pagar alquiler y comida”.

Algo que resalta es que ninguno de los pagos se hace en efectivo: “Este bono que nos dan es por el Sistema Patria. Cuando nos dan bolsas de comida, por supuesto, es por el gobierno. Es incómodo, pero no hay tantas opciones. Hay opciones de ser independiente, de tocar eventos, pero no siempre se tiene suerte en eso. Y casi todas las orquestas está ligadas al gobierno. Esa parte es incómoda, pero mayormente uno puede ejercer es aquí”.

Con confianza dice: “En ese momento, entre 2016 y 2017, en el que no ganabas casi nada, me sentía mal. Tú sentías que estabas ensayando, que enfocabas tu tiempo en seguir desarrollándote como músico y lo podías emplear trabajando en otra cosa. Por eso, voy a estar aquí hasta que yo pueda. Hasta que mi primer trabajo me lo permita. Y si me preguntan por qué, diría que es porque en El Sistema es donde tienes la oportunidad de tocar. Eso es mentira que vas a tocar en tu casa. Es mentira que vas a estar activa con el instrumento”.

Después de 11 años, en los que Ariana ha sido guía y alumna, ha visto a muchos llegar y también irse para dedicarse a otras labores que les generen más ingresos.

“Es un sacrificio bien grande. Para conseguir cuerdas todo el tiempo, para trasladarse con el instrumento, para dedicar tiempo a eso cuando tu familia puede beneficiarse si te metes a trabajar de una vez en otra cosa. Creo que es un sacrificio bien bien grande. Muchos no son de Caracas y la cosa está centralizada en Caracas. Si eres de Mérida, y te quedas allá, pues no surges. Nunca hubo la misma bonanza económica, por eso hay mucha gente sola en Caracas. Durante la pandemia, mucha gente volvió al interior y ahora volver es difícil porque las residencias son caras y te piden pagar meses por adelantado”, confiesa.

¿Disfruta ser parte de la institución? Sí, como la mayoría: “Yo siento que El Sistema es algo que disfruto, por algo sigo aquí. Yo nunca me sentí obligada o como si me quitaran vida social, pero las posibilidades económicas sí”.

Pausar la orquesta para vivir

Jorge tenía cinco años de edad cuando entró a El Sistema en 2007. Su carrera musical como violinista empezó como una actividad extracurricular, y con el tiempo se convirtió en una rutina igual de importante que la escuela. Mientras aprendía a sumar y restar, también afinaba su oído y buscaba entender las partituras de piezas muy avanzadas para su edad.

Antes de ser parte de la orquesta infantil, hacía deporte y lo dejó dejó para enfocarse de pleno a El Sistema: “Yo escogí la música porque me iba bastante bien. Me gustaba. Tenía facilidad y reconocimiento. Reconocían un poco lo que yo hacía. Yo era un niñito chiquito y tocaba con cierta técnica, un poco elevada, y eso era razón para ponerme en un pedastal. Ese es el lema de ellos: formar muchachitos y que sean buenos ejecutando”.

De esos días recuerda haber escuchado numerosos halagos, pero también ver a varios de sus compañeros quedarse a un lado: “Si no eres diestro, quedas relegado. Hay algunos profesores que, después de un tiempo, no se esfuerzan en dedicarle tiempo al niño para resolver sus problemas técnicos, ya sea porque se les agota la paciencia y deben atender a un montón de muchachitos más, o no tienen las herramientas pedagógicas para atender el problema”.

A sus 23 años, y luego de haber ocupado los dos cargos más comunes en El Sistema, profesor ad honorem y alumno hasta 2019, cree que parte de la vida de un músico de la institución consiste también en admitir que adentro hay errores que aún no se corrigen: “Existe una gran falla de la metodología. El tiempo es 95% de ejecución en la orquesta, y el otro 5% lo dedican al estudio y formación individual del músico y a la teoría musical”.

Jorge piensa que si se hicieran esos cambios, que ahorran tiempo porque hay conocimiento para identificar los errores, quizás no habrían tantos músicos en proceso de retiro: “Yo tuve que cambiar de cuatro colegios porque no estaban conformes con que yo faltara a actividades de la escuela por estar en un ensayo. De hecho, hay profesores y muchachos que dejan sus estudios de bachillerato para seguir en la orquesta. De 100 personas que conocía, 20 estaban en esos casos. Mientras que los que dejaban los estudios teóricos o individuales de música, eran 7 de cada 10”.

Él siempre tuvo claro algo: “El Sistema, para crecer económicamente, nunca es una opción. El Sistema, para crecimiento personal, lo es todo. Además, la música es como el deporte, si te fracturas o tienes una contracción, no vas a ser igual a nivel de ejecución antes del accidente que después”.

Como otros compañeros, que tuvieron la oportunidad de tocar con maestros de la talla de Simon Rattle, exdirector de la Filarmónica de Berlín, y pertenecer a las primeras orquestas de Caracas, el violinista ve el pasado como algo que no volverá: “Antes los músicos eran bien remunerados, a inicios de los 2000, porque hacían giras fuera del país. Les daban viáticos por Cadivi. También tenían beneficios económicos aparte si daban clases particulares. Antes ser músico te daba estabilidad económica, ahora no”.

Dando clases de teoría por más de un año, Jorge jamás cobró y si lo hiciera ahora recibiría sueldo mínimo y bonos por su servicio: “Ahorita ser un músico profesional dentro de El Sistema es bastante difícil. Conozco profesores que se rebuscan entre la orquesta, dar clases particulares o en instituciones privadas, como el colegio Emil Friedman”.

Otra de las cosas que si bien no determinaron su salida, pero lo marcó fue el trato psicológico y emocional: “En El Sistema te inculcan que debes lograr tus expectativas máximas antes de los 18. Por decir algo, si un muchacho tiene 15 años y toca Paganini, una pieza técnicamente compleja para el violín, es un dios. En cambio, si tienes 18 y lo tocas, ellos lo ven como algo normal, cuando lo normal es realmente tocar esa pieza a esa edad. Eso afuera es totalmente diferente”.

Sin embargo, en su caso, no fue lo más fuerte: “Yo nunca faltaba. Creo que solo lo hice una vez, por el fallecimiento de mi padre. Tenía que ir a hacer diligencias, ayudar a mi mamá, ni siquiera por el duelo. Fue un día. Evidentemente, cuando una persona va todos los días y falta un día, se siente. Me agarraron, me llevaron aparte y me regañaron. Cuando yo dije que se había muerto mi papá, el director de la orquesta me respondió: ‘Pero la vida sigue. La vida no se detiene. No es excusa’. En ese momento, yo tenía 16 años”.

Jorge, que a veces asiste como invitado a conciertos, resalta que si se desea ser músico clásico en Venezuela, entonces es muy difícil desligarse de El Sistema. No obstante, cree que “hay que hacer ver a la opinión pública que el Sistema no es blanco, no es pulcro, como toda institución tiene sus falencias, y hay que hacerlas ver para que ellos mismos, o agentes externos, puedan proponer soluciones”.

La música, una razón para esquivar la política

Aunque El Sistema ha recibido financiamiento del Estado desde su fundación en 1975, Mariana, Ariana y Jorge han visto cómo la política se ha introducido de una manera distinta en sus vidas como músicos.

Al joven violinista, por ejemplo, lo querían invitar a tocar en la orquesta que practicaba para la fiesta de matrimonio de Nicolás Maduro y Cilia Flores, pero se cohibieron al ver diría que no. Sin embargo, eso no evitó que otros compañeros aceptaran por temor a que le quitaran el instrumento o le retiraran su estatus dentro de la orquesta.

Mariana y Ariana, que todavía siguen allí, declaran que se vieron obligadas a formar parte de actos políticos: “Te convocan como una actividad institucional y es obligatorio estar todos. El año pasado, por lo menos, se dieron conciertos con personalidades del gobierno. Un ejemplo es el 24 de junio, día de la Batalla de Carabobo, que también fue en el patio militar. Son compromisos institucionales a los que uno tiene que ir sí o sí”.

Sobre su presencia en el concierto Guinness, Ariana dice: “Yo decidí por un momento olvidarme de todo lo político. Uno está consciente de que eso sirve para propaganda política, propaganda dura, pero dije: ‘Ya estoy aquí y voy a hacerlo musicalmente, pero el sacrificio fue rudo’. Yo no he visto redes porque sé que los comentarios me golpearán fuerte, no me quiero imaginar a los más pequeños”.

Uno de esos casos es Mariana: “Yo he pasado bastante malos tragos y ratos viendo los comentarios. Es muy fácil hablar desde afuera, que somos músicos manipulados, músicos estúpidos, unos títeres. Pero El Sistema no es nada de eso. Somos un grupo de personas que quiere que el país tenga algo de qué sentirse orgulloso, y todavía tienen un proyecto social sólido, a pesar de todas las crisis que ha pasado el país. Somos una institución del Estado, pero eso no nos hace participes de un partido político porque el día de mañana el gobierno cambia y el Sistema seguirá siendo el Sistema”.

 

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