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En la España del coronavirus cada estornudo es sospechoso

La nueva corona llegó a Europa desde el lejano oriente. Arrasando en las redes sociales, se veía tan apartada, que fueron más quienes criticaron las voces “alarmistas,” nada impidió que su paso atravesara fronteras | por Carmen Rengifo Gómez

En la España del coronavirus cada estornudo es sospechoso

El estornudo es el principal sospechoso, la tos su compañera; ambos forman parte de la familia coronavirus que en pocos días ha paralizado a medio mundo. En Italia la fiesta se detuvo por culpa de la muerte, pero la muerte también lleva su parte. Se prohibieron bodas y funerales. Este linaje viral permanece en el aire por 30 minutos, su difusión se da en un radio de 4,5 metros.

La nueva corona llegó a Europa desde el lejano oriente. Arrasando en las redes sociales, se veía tan apartada, que fueron más quienes criticaron las voces “alarmistas,” nada impidió que su paso atravesara fronteras. Se ha viralizado en la vía respiratoria de más de 3.000 personas en España.

“El modo más cómodo de conocer una ciudad es averiguar cómo se trabaja en ella, cómo se ama y cómo se muere” La Peste, del escritor Albert Camus.

La muerte es el fin de esta peste, su casta ha resultado engañosa; una gripe, un resfriado común, nada por lo que preocuparse, a simple vista. 36 personas han muerto en España presas de la miasma que se instaló en sus cuerpos y que sobrevive en el aire. En la residencia de ancianos La Paz de Madrid, el virus se tragó a una mujer de 99 años, la fiebre la consumió. La hija besó a su madre enferma, la hija abrazó a su madre enferma. Se enteró de que murió de coronavirus por el certificado de defunción.

─Ayer era una feria la de gente en la calle ─dice un hombre Andaluz envuelto en una guitarra.

─Esperemos que en el teatro nos devuelvan el dinero, pero a Milán no podemos ir ahora ─con resignación le habla a su pareja.

No hay que ir tan lejos para encontrarse de frente con la peste. Viaja por las inofensivas gotitas que secreta el vector, cuando habla, tose o estornuda. Todos podemos ser vectores. La cepa puede sobrevivir hasta nueve días en el ambiente y 14 en el cuerpo según reportes de la OMS.

Madrid esta pausada, la vida de la capital se ha difuminado, el agite diario entró en reposo. De un día para otro la peste se esparció, las medidas corrieron para contener lo inevitable. El chocolate y los churros se enfriaron, la cañita espera en las terrazas, el cine se ve en casa, el teatro bajó el telón, al estadio solo entran los jugadores, las bibliotecas no tienen lectores. Las aulas no tienen estudiantes.

Los supermercados; otro foco viral

La paranoia se contagió más rápido que el virus. Llenar el carrito, vaciar las estanterías, una imagen viralizada que infectó a los más escépticos. Las compras nerviosas son el impulso natural ante la incertidumbre, esta nueva tarea consume los días de los españoles. Con tapaboca o sin él, los supermercados han sido invadidos por compradores, atrapados en el miedo colectivo, que han arrasado con todo. Las mascarillas fueron las primeras en desaparecer. El papel toalé y las toallas de cocina son los productos que más se reponen en los escaparates y los que menos se consiguen.

“Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y, sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas” La Peste, del escritor Albert Camus.

La peste del coronavirus estaba avisada hace más de un mes y aun así ha llegado de sorpresa para clausurar los días de sol que empiezan a instalarse en todo el país. Reducir el contacto social físico es una de las recomendaciones. Pero, ¿cómo desarraigar el doble beso del saludo español, como pedirle al cuerpo que no abrace si es tan espontaneo como respirar la esencia del otro? El amor hace su sacrificio. Entra en hibernación. Pero en las calles aún quedan rebeldes que le han declarado la guerra al coronavirus, sostienen sus manos, se saludan de beso, se besan.

Del culto al culto

En Sevilla la Cuaresma acoge a cientos de devotos y turistas, la ciudad hierve, las iglesias se preparan para la Semana Mayor. La fila avanza lenta hacia los pies del cristo cubierto por una túnica nazarena, un hombre se acerca, besa el pie del Jesús del Gran Poder, un sacristán limpia la caricia con un pañuelo, una mujer besa en la huella del beso anterior, el acolito vuelve a pasar el trapo. El besapies es un acto de veneración que se celebra hace un siglo. A las vírgenes se les besa la mano. El virus de la corona excomulgó una tradición centenaria, la Iglesia en España decidió además cerrar el grifo del agua bendita, quedó prohibido su uso en las pilas. El gesto de la paz también debe ser otro, las manos no se tocan, las manos contagian, se debe evitar el contacto físico. Las cofradías han obedecido.

En la víspera de San José los carpinteros encendían las hogueras para quemar todo lo que les había sobrado antes del inicio de la primavera; así festejaban a su santo. Las Fallas de Valencia, incluidas en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco, es otra fiesta a la que el coronavirus dejó embarcada. Durante un año los artistas falleros trabajan para la celebración, pero esta vez, la peste se adueñó del baile y la alegría. Seguro el próximo año una falla llevara por nombre Coronavirus.

─Si vamos al cole nos morimos ─le dice Anabella a su hermanito menor. El virus del miedo no solo es parte del diálogo cotidiano entre adultos.

En el umbral de la primavera la humedad golpea los árboles, las flores se despiertan, el polvillo hace de las suyas, el polen se activa y los síntomas son similares a los del coronavirus. Expertos dicen que con el aumento de la temperatura el virus sobrevive menos días en materiales como vidrio, tela, metal, plástico o papel. Sera entonces pedirle al astro rey que destierre el coronavirus, la peste que expele muerte, en un estornudo.