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Francisco Fajardo: lo que esconde el cambio de nombre

Nicolás Maduro rebautizó a la autopista Francisco Fajardo, una decisión que, desde el discurso chavista, se sustenta en la resistencia indígena, pero a la que los historiadores le encuentran otra lectura: el profesor José Alberto Olivar, Miembro Correspondiente de la Academia Nacional de la Historia, nos habla de la gestación de esta vía caraqueña y de lo que implica el cambio de nombre

Francisco Fajardo: lo que esconde el cambio de nombre

Un acuerdo aprobado el 17 de julio de 1967 por el Concejo Municipal del Distrito Federal, dispuso que la arteria vial de 30 kilómetros de longitud que atraviesa a Caracas desde los extremos este y oeste, comenzara a llamarse oficialmente autopista Francisco Fajardo. La decisión obedeció a las celebraciones por el cuarto centenario de la fundación de la capital. A pesar de las turbulencias guerrilleras, la administración de Raúl Leoni reinauguró algunas obras icónicas: la Catedral, el Teatro Municipal y las plazas de Parque Carabobo y San Jacinto. Pero a la autopista, que había sido planificada con el gobierno de Rómulo Gallegos y construida durante la dictadura perezjimenista, solo le pusieron el nombre del mestizo que pacificó el valle, durante el proceso de conquista y urbanización de la región central.

Al cabo de cinco décadas derogaron aquella decisión municipal.

El 12 de octubre de 2019, Erika Farías Peña, alcaldesa del Municipio Libertador, propuso el cambio de nombre de la autopista: “En mi condición de alcaldesa de Caracas, en mi condición de hija del pueblo Kariña, instruyo al Concejo Municipal que adelante todo lo que tenga que adelantar para que esa autopista deje de llamarse Francisco Fajardo y se llame Cacique Guaicaipuro”.

Lo dijo en medio de la conmemoración del suceso ocurrido en 1492, que todavía genera polémica en la opinión pública, aunque algunos historiadores consideran que se trata de un debate superado, pues lo importante del acontecimiento histórico es su legado a la posteridad. Pero más allá de la polémica en torno al dilema descubrimiento o invasión, existe una pretensión por utilizar la historia para justificar las acciones políticas del presente. No solo bajo la bandera de las reivindicaciones indígenas, sino con la idea de borrar el pasado inmediato, que el chavismo identifica como “cuarta república”.

Por eso, cambiar el nombre a la autopista no es nada más un acto por la resistencia indígena, también es una forma de denostar los aportes de los gobiernos que, desde el discurso oficial, son vistos como entreguistas al colonialismo.

Con esto coincide José Alberto Olivar, doctor en Historia por la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), profesor titular de la Universidad Simón Bolívar (USB), Miembro Correspondiente de la Academia Nacional de la Historia por el estado Miranda y ganador del premio Rafael María Baralt por su trabajo: Automovilismo, vialidad y modernización, una aproximación a la historia de las vías de comunicación en Venezuela durante la primera mitad del siglo XX.

—Nicolás Maduro cambió el nombre de la autopista Francisco Fajardo. Fue una decisión de Erika Farías en 2019. ¿Por qué esa reincidencia?

—Hay tres elementos que se desprenden de la decisión adoptada este 12 de octubre de 2020. El primero, la omisión a la iniciativa de la alcaldesa Erika Farias de proponer el cambio del epónimo a la autopista, cuando hace justamente un año, lanzó la idea al ruedo. En un extraño apego al prurito legal, la alcaldesa exhortó a los concejales oficialistas a hacer todo lo necesario para ejecutar la súbita medida. Un año más tarde, el hecho de que haya sido Maduro quien apruebe la moción, revela la impericia que marcó la búsqueda infructuosa de la documentación que permitiese sustentar la revocatoria del Acuerdo del Concejo Municipal de Caracas que estableció en su momento el epónimo de Francisco Fajardo.

francisco fajardo

Lo segundo, el afán de insistir en presentarse como indios, cuando a todas luces, sus ademanes, ritmo de vida y forma de concebir el mundo es inversamente proporcional a los valores ancestrales que guían a los pueblos indígenas. No hace falta tanta retórica hueca o incluso portar un guayuco tricolor para hacer creer que por sus venas corre sangre indígena. Aquella expresión que indica “dime de qué presumes y te diré de qué careces” le calza a la perfección.

Y, por último, no hay que perder de vista el crujir en las filas del oficialismo que representó el cambio arbitrario e inconsulto de la forma de elección de la representación indígena a la Asamblea Nacional, según el Consejo Nacional Electoral (CNE) del bolsillo del régimen. Hecho violatorio del precepto constitucional que han tratado de matizar mediante el chantaje, la amenaza y la manipulación que a esta hora sus comisarios pseuvistas con miras a la entelequia electoralista del 6 de diciembre, están orquestando en las principales aldeas y caseríos de los estados donde se ubican nuestras marginadas etnias.

—El motivo es la resistencia, la insurgencia, que es una de las banderas del discurso emanado del Centro Nacional de Historia desde 2007.

—Todo régimen totalitario de viejo o nuevo cuño tiene como uno de sus rasgos distintivos la necesidad de proveerse de una narrativa propia, llena de adjetivos y lugares comunes, fáciles de digerir, primero por su dirigencia, la más de las veces atribulada por taras intelectuales y, en segundo lugar, por sus adeptos ya sea por presión, oportunismo o mera sobrevivencia.

A estas alturas, no es un mero despropósito ese tipo de anuncios, porque forman parte de un guion perfectamente diseñado para afincar en el imaginario colectivo pensamientos y actitudes maniqueas, mecanicistas y peor aun, anti racionales que allanen el camino hacia la subordinación y obediencia colectiva. El chavezalato primero y ahora el madurato, expresión más fiera y grotesca de su antecesor, sabe que necesita de cara a sus bobalicones aliados progres en el exterior, hacerse de una aparente legitimidad en las bases sociales, tradicionalmente ubicadas a la izquierda del espectro político. No es casual que Maduro anuncie la efectista medida en medio de una videoconferencia internacional de movimientos sociales de América Latina, cuya bien aceitada misión es lavar la cara al régimen en el exterior y/o servir de fuerzas de choque desestabilizadoras en la región, tal como se vio en Ecuador, Colombia, Chile, e incluso en Estados Unidos.

—Eso contrasta con el nuevo proceso electoral que acabó con el voto directo de los indígenas, que participarán con un sistema de delegados.

—Es que esa invisibilidad de los pueblos indígenas a la que dice combatir el régimen en Caracas no es más que un comodín que usa a su antojo, sacándolo a flote en fechas de ocasión o tretas electoreras como la que se avecina. Más allá de la declaración de principios que a duras penas escribieron en la malograda Constitución de 1999 en nombre de los pueblos originarios, estos ahora están sometidos a la más cínica burla y atropello, porque antes simplemente no tenía derechos reconocidos, pero ahora que los tienen, el Estado venezolano es tanto o más cruel que antiguo régimen de la corona española, porque es el primero que viola sus derechos, mancilla su dignidad y los invisibiliza cuando quiere. Un ejemplo, lo fue aquella írrita medida cautelar que en 2015 invalidó la elección de los diputados indígenas y los dejó sin representación en la Asamblea Nacional. ¿No fue eso acaso una medida que invisibilizó a los pueblos indígenas? Además, ¿cuántos verdaderos miembros de estas etnias, integran las principales carteras ministeriales y cargos diplomáticos que dan forma al Estado? Más allá de un ministerio con presupuesto deficitario y las mismas caras de siempre, no hemos visto surgir un portentoso movimiento indígena en Venezuela. Sencillamente, porque la nomenclatura que integra el régimen guarda un profundo desprecio por quienes considera inferiores.

—Volviendo a la autopista: fue planeada en el gobierno de Rómulo Gallegos, pero fue la Junta Militar la que la construyó, sin embargo, se la atribuyen a la dictadura.

—El arquitecto y profesor de la USB, Lorenzo González Casas, durante una visita de estudios a Estados Unidos a finales de los años noventa, tuvo la oportunidad de acceder a documentos poco o nada conocidos en Venezuela que dan cuenta en detalle de las actividades más allá del ámbito petrolero del magnate Nelson Rockefeller en el país, de modo particular las iniciativas emprendidas por la International Basic Economy Corporation (IBEC), creada por Rockefeller en 1947. Entre los documentos consultados por el profesor González Casas estaban los de un proyecto elaborado por una comisión de técnicos estadounidenses, dirigidos por el contratista Robert Moses, que entre abril y mayo de 1948 estudiaron los problemas de congestionamiento vehicular de Caracas y presentaron al gobierno de Rómulo Gallegos un “Plan Arterial” que, en líneas generales, sugería la construcción de tres corredores viales expresos, con grandes distribuidores, sin cruces de semáforo y amplios carriles de tráfico en ambos sentidos.

Moses había sido el responsable de los profundos cambios en materia urbanística y arquitectónica ejecutados en la ciudad de Nueva York desde 1924, destacando el entramado de vías expresas e imponentes puentes erigidos desde el sur de Manhattan, pasando por Brooklyn, hasta el Central Park.

Tras el derrocamiento del presidente Gallegos en noviembre de 1948, los personeros militares que lo reemplazan, aun en medio de la prédica maledicente contra todo lo que tuviese que ver con el partido Acción Democrática, extrañamente hicieron suyo el Plan Arterial de Moses, y también otros importantes proyectos de desarrollo concebidos durante el trienio adeco, como por ejemplo el Plan Preliminar de Vialidad de 1947.

Así pues, como para maquillar su falta de originalidad, decretan el 26 de enero de 1950 la construcción de la autopista del Este, siguiendo en esencia el proyecto diseñado por Moses de aprovechar el curso del río Guaire, entre la Ciudad Universitaria y el aeropuerto de La Carlota. Ese primer tramo quedó listo en diciembre de 1953, a tiempo para impresionar a los visitantes y altos funcionarios diplomáticos que se reunirían en Caracas en marzo de 1954 con ocasión de la X Conferencia Interamericana. De seguidas, el régimen militar inyectó nuevos recursos para construir un enlace vial entre la nueva autopista y la avenida Bolívar, mientras paralelamente prolongaba el trayecto de la vía hasta la naciente urbanización La California, en el municipio Sucre del estado Miranda, obras concluidas con gran fanfarria entre 1954 y 1955.

—Sin embargo, fue la democracia la que renombró la autopista como Francisco Fajardo, aunado, también, a la construcción de otras obras importantes; pero algunos solo hablan de Marcos Pérez Jiménez.

—Caída la dictadura el 23 de enero de 1958, varias obras públicas en Caracas quedaron paralizadas, debido a la acumulación de acreencias con las empresas contratistas. Hecho que incidió en el incremento del desempleo y en el inicio de una recesión económica que hubo de sortear, primero la Junta Provisional de Gobierno y luego el gobierno constitucional de Rómulo Betancourt a partir de 1959.

Betancourt giró instrucciones al Ministerio de Obras Públicas para reactivar los trabajos en aquellas obras que resultaran verdaderamente imprescindibles para la generación de empleo y el desarrollo nacional. Así, veremos, en mayo de 1960, la inauguración del imponente Distribuidor El Pulpo, que tendría la función de interconectar a la autopista de El Valle y la autopista del Este. De igual modo, se incluye entre los proyectos del II Plan de la Nación (1963-1965) completar el sistema de vías expresas de la capital, destacando la construcción del todavía más imponente Distribuidor La Araña y el tramo entre Puente Mohedano-El Paraíso, así como la canalización del río Guaire, inaugurados por el presidente Raúl Leoni en 1965 y 1968, respectivamente.

francisco Fajardo

En 1967, en el marco de la conmemoración del cuatricentenario de la fundación de la ciudad, el Concejo Municipal acuerda denominar con el epónimo de Francisco Fajardo, el tramo de la autopista prevista a construirse entre La Araña-Antímano-Caricuao, que sería puesto en servicio durante el primer gobierno de Rafael Caldera en 1970. Será en el lapso que va de 1972 a 1974 cuando la autopista de 30 kilómetros, ahora sí llamada en su totalidad Francisco Fajardo -que corre en sentido Este-Oeste la gran ciudad- quede concluida desde Caricuao hasta La Urbina, teniendo como obras complementarias el Distribuidor El Ciempiés, el distribuidor Baralt, y el no menos futurístico segundo piso de la autopista a la altura de Bello Monte. Esas obras por sí solas opacaban todo lo hecho en dictadura. Empero, tal vez la democracia no le sacó el suficiente provecho para cimentar su real valoración entre la ciudadanía.

—Aunque la razón oficial del cambio de nombre sea el tema indígena, parece más bien una retaliación a los gobiernos de la denostada “cuarta república”. Lo vimos con el parque del Este, con el parque Jóvito Villalba, con la represa Raúl Leoni y la autopista Rafael Caldera.

—Es fácil cuando tiene un poder omnímodo que no se detiene en formalismos ni principios, disponer de lo que no le pertenece. Puede arrebatar, liquidar, desaparecer, y demás atrocidades que podamos imaginar. Un régimen que se apoya desde el punto de vista ideológico en los fundamentos del pretorianismo anti civilista y de un anquilosado marxismo-leninismo de suyo anti democrático, necesita barrer con todo vestigio que signifique la memoria de un pasado reciente que, con sus luces y sombras, hizo más por la república en cuarenta años que lo que suman los gobiernos autocráticos, tiránicos y ahora de talante totalitario en más de ciento cincuenta años de accidentada vida republicana. José María Vargas, por ejemplo, ha quedo registrado en los anales históricos como la antítesis por excelencia de la violenta manera de proceder de quienes aúpan el predominio de la fuerza militar sobre la sociedad.

—Dicen que la democracia no pudo contar su propia historia, pero esas obras demuestran otra cosa. ¿El chavismo los borra por eso? ¿Intentan borrar el pasado inmediato para justificarse con el mito fundacional?

—Una de las debilidades del sistema democrático liberal que imperó en Venezuela entre 1959 y 1998, fue el no haber sabido diferenciar entre la obra física del Estado democrático y los mecanismos de satisfacción clientelar aplicados por los gobiernos de los partidos políticos dominantes.

El empeño inicial de hacer ver en los medios de comunicación el balance efectivo de la naciente democracia que puede cotejarse, al menos entre 1960 y 1967, lamentablemente derivó en un contrapunteo de exacerbado tinte electoralista que apostaba por ganar las siguientes elecciones, a costa del no reconocimiento del otro. Así, veremos que desde los años setenta y hasta la última década del siglo XX, las obras no eran de la democracia, sino del catálogo de logros de AD o de COPEI. Peor aún, cuando los expresidentes comenzaron hacer uso de su ticket de reelección a partir de 1983, las obras se adosaban a la capacidad del “Hombre”, del “Líder”, acentuando el sesgo personalista y muy en el fondo las reminiscencias monárquicas que anidan en la cultura política venezolana.

Los enemigos de la democracia, de uno y otro signo ideológico, finalmente amalgamados en torno a la candidatura aluvional de Chávez en 1998, terminaron por vapulear un sistema de gobierno al que nunca dieron respiro y por ello apostaron, pese a todas las advertencias que cayeron en el saco roto, a demoler hasta sus cimientos la más larga experiencia de gobiernos civiles-civilistas que haya conocido Venezuela. Y esto último no es una perogrullada, porque hoy día andan sueltos muchos civiles pretorianos por allí. La más reciente declaración del escritor Luis Brito García, a propósito de una entrevista con motivo de la “Ley antibloqueo”, que a ratos oscilaba entre franca y forzada, lo resume todo: mantener viva la esperanza en un nebuloso proyecto es lo único que le queda a un régimen que se sabe condenado por la Historia.

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