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Gales: fútbol en estado puro

La selección de Chris Coleman sigue empeñada en torcer el camino de quienes suponen al fútbol como una actividad lineal, sin sobresaltos ni variaciones. Su pase a semifinales es un canto a lo más puro e ingenuo de este juego, y lo realmente increíble es que lo ha conseguido desafiando las fórmulas que el paradigma tradicional recomienda a equipos de menor valía.

Gales: fútbol en estado puro

La Eurocopa, como cualquier torneo de fútbol, es terreno fértil para los lugares comunes; ya se sabe que vivimos en tiempos de comida rápida, por lo que cualquier análisis que ignore el reduccionismo es casi un hecho sobrenatural. Pero en estos torneos, al igual que en cualquier competencia, también reaparece el gusto por la victoria de aquellos que, a priori, suponemos débiles.

¿Por qué nos hacemos hinchas de quienes aparentemente poseen menos recursos? No puedo presumir de un conocimiento profundo del espíritu humano, pero me atrevo a pensar que una situación como la planteada tiene que ver con el reconocimiento interno a nuestras posibilidades de superarnos y derrotar los obstáculos que se nos presenten, muchos de los cuales son autoimpuestos.

Sepa usted, mi estimado lector, que somos lo que somos: una especie imperfecta que aún tras más de seis mil años de existencia, sigue atentando en contra de sí misma. Ni asumimos nuestras virtudes ni nos hemos concientizado de lo que somos capaces. Si me lo permite, asumo a la especie como una manada sin la autoestima necesaria para comprender la grandeza de las pequeñas victorias. Conquistamos la Luna pero al mismo tiempo somos los peores depredadores del planeta que habitamos. Lo dicho, cosas de una especie con algunos temas por resolver.

Entre esos ítems está lo que denomino “calificación por automatismo”, que no es otra cosa que la asignación posibilidades y probabilidades de éxito a determinados individuos o colectivos sin mayor sostén que la corazonada de los famosos influenciadores. No me crea: reflexionemos qué elementos utilizamos para determinar favoritos, posibles sorpresas y grupos de la muerte. En el caso de la selección de Gales, a todos nos ha sorprendido su maravillosa actuación en la Eurocopa porque, sin conocer más que un puñado de estadísticas, los entendíamos incapaces de competir a este nivel.

Y vaya si el fútbol, siendo el equipo de los dragones un maravilloso exponente de esta disciplina, nos ha vuelto a demostrar que de esto, que es una actividad humana, no sabemos ni podemos saber nada. Lo que conocemos ya pasó, y lo que está por suceder, pues no ha sucedido, no existe, y ay de quien se adelante a los acontecimientos, porque el tiempo, y el juego mismo, se han ocupado de dejar en ridículo al más pintado de los “analistas”.

El hecho noticioso es que Gales superó a un rival de enormes cualidades individuales, y su triunfo es llamativo aún cuando el fútbol, comprendido como una actividad colectiva en la que el todo (equipo) es más que la suma de sus partes (jugadores), tiene más de cien años enseñándonos justamente que la simple acumulación de talentos particulares no es suficiente para la construcción y constitución de un equipo.

¿Alguien en su sano juicio es capaz de ignorar las virtudes personales de Hazard, De Bruyne, Carrasco, Witsel, Curtois o Nainggolan? Ahora, lo que hoy volvió a quedar demostrado es que Marc Wilmots, entrenador belga, no supo o no pudo dotar a su selección de respuestas que le posibilitaran reaccionar a emergencias como las que nacen de ir por debajo en el marcador. Los últimos minutos de Bélgica, desesperada enviando centros aéreos para Fellaini, son una muestra clara de que al talento hay que dotarlo de herramientas que lo alejen de la histeria y lo acerquen a las soluciones.

Uno puede preguntarse por qué Bélgica cedió el protagonismo, la pelota y el terreno a Gales tras ponerse en ventaja con el gol de Nainggolan; vale la pena cuestionarse si esta generación de futbolistas es tan maravillosa como se anuncia en medios de comunicación. Pero permítame sugerirle hacer hincapié en la actuación galesa y como, desde el conocimiento de sus virtudes y sus debilidades, se construyó esta hazaña.

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Porque su juego no es simplón ni conformista; no se basó nunca en tirarle balones a Gareth Bale y que el 11 se las arreglara por sí sólo, ni tampoco ha sido Aaron Ramsey su único apoyo. Esta selección tiene un bloque y una idea que potencia a jugadores poco conocidos en el concierto internacional. Así se explica que Ashley Williams, Chris Gunter, Neil Taylor, Joe Allen y Hal Robson-Kanu, entre otros, no solo no desentonen jugando al lado del “madridista” y el “gunner”, sino que se entiendan a la perfección, y ese colectivo nos permita admirar versiones más completas de los dos futbolistas más reconocibles de este equipo.

Ejemplos como que Gunter, en la segunda etapa, haya dejado de ser carrilero para asumir el puesto de lateral derecho y reforzar el bloque defensivo, la elaboración del segundo gol y las victorias de Williams en el área chica de Curtois ratifican y ensalzan el trabajo de Coleman y su cuerpo técnico, derrotando argumentos simplistas que hablan de efectividad o contundencia, valores no entrenables que dependen de más factores que la simple influencia de quienes rematan.

El sueño galés continua y está a sólo dos pasos de triturar los pronósticos. Verlos celebrar con sus hinchas conmueve a cualquiera que disfrute de este deporte y lo entienda como una caldera de emociones, y es que al fin y al cabo, el juego no es más que eso: la posibilidad de reencontrarnos con lo más primitivo de nuestro ser: las emociones.

¡Cómo no querer a este equipo que ante Bélgica jugó y derrotó sus propias limitaciones!

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