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Macron combate con debates públicos el desafío de los "chalecos amarillos"

Frente el desafío de los "chalecos amarillos", para el 19 de enero emprenderán su décima jornada de movilizaciones, el presidente francés, Emmanuel Macron prosiguió este viernes su periplo de debates públicos con los que pretende responder al descontento popular.

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Mientras el Gobierno ha apelado a los ciudadanos a debatir sobre los problemas del país, el presidente se prestó al ejercicio ante unos 600 alcaldes rurales del sur del país, el segundo maratón de preguntas y respuestas tras el del pasado martes en Normandía (norte).
Los problemas de la Francia más profunda fueron de nuevo puestos sobre la mesa, muchos de ellos escuchados en las protestas de los «chalecos amarillos» que comenzaron hace dos meses y que han obligado al presidente a dar un golpe de timón a su política.
Macron escuchó las dificultades para llegar a fin de mes de numerosos ciudadanos a través de la voz de sus alcaldes, los problemas que supone para ellos, obligados cada día a desplazarse en coche, la subida del carburante o las deficientes infraestructuras.
El presidente, tachado con frecuencia de urbanita y que sustentó su victoria electoral de 2017 en el masivo apoyo de las grandes ciudades, no desperdició la ocasión para contrarrestar esa imagen y también mitigar la arrogancia que le reprochan sus enemigos.
Como ya hiciera hace cuatro días en Normandía, Macron explicó que el descontento expresado por los «chalecos amarillos» se asienta en una fractura social que, a su juicio, no han sido capaces de sanar los sucesivos gobiernos de los últimos 30 años.
A esa ruptura se suman otras, como la fractura territorial entre unas ciudades «que han acelerado su ritmo de desarrollo y otros territorios que han quedado más relegados».
«O la fractura medioambiental, que agrava las otras dos», señaló el presidente, que también se refirió a una «fractura democrática», que situó entre 2005 y 2007, después de que el rechazo en referéndum a la Constitución Europea fuera enmendado en el Parlamento.
En ese momento, dijo Macron, se instaló la desconfianza de los ciudadanos en los poderes públicos, un vínculo que él se ha empeñado en restablecer a golpe de debates con los que quiere transformar el malestar ciudadano en «un nuevo contrato con la nación».
«Los ciudadanos quieren que su vida cambie», dijo Macron, decidido a repetir la misma fórmula que le llevó al poder: ajeno a los partidos tradicionales, en contacto directo con el pueblo.
Por el momento, no parece haber doblegado la voluntad de los autoproclamados representantes de los «chalecos amarillos», que a través de sus canales habituales de las redes sociales han vuelto a convocar protestas para mañana.
París vuelve a estar en su punto de mira, lo que ha llevado a las autoridades a prever un gran dispositivo de seguridad para evitar incidentes.
Tras dos sábados consecutivos de descenso de la movilización, el pasado vivió un resurgimiento, con 84.000 manifestantes en todo el país.
El primer sábado de movilización después de los debates será vigilado con lupa por Macron.
La oposición ya ha comenzado a criticar los debates y acusa al presidente de temer el contacto directo con el público, por lo que se refugia detrás de los alcaldes, y considera que los temas están dictados desde el Elíseo.
La ultraderechista Marine Le Pen consideró el debate como «una vasta operación de comunicación» a pocos meses de las europeas, mientras que para el izquierdista Jean-Luc Mélenchon se trata de «una estafa».
Tampoco los conservadores moderados y los socialistas han ahorrado críticas a Macron; los primeros sostienen que el presidente busca darse baños de masas mientras los segundos le acusan de no poner encima de la mesa la suspensión del impuesto a los más ricos que el presidente eliminó en el inicio de su mandato.]]>

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