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Jeffrey Epstein: develando al monstruo

Esta nueva docuserie se centra en las víctimas de los abusos sexuales de Jeffrey Epstein, un millonario que personifica como nadie la vieja sentencia de que los ricos pueden comprar todo, incluso personas.

Dirigida por Lisa Bryant, » Jeffrey Epstein: Filthy Rich» es una consecuencia del post-MeToo, que ha permitido a muchas víctimas dar sus testimonios sobre el abuso al que fueron sometidas. En este caso, el perpetrador no tuvo que enfrentar estos testimonios en un tribunal de justicia, porque se suicidó y porque fue una figura maquiavélica, cuyos tentáculos de poder llegaron hasta la Casa Blanca.

El primer capítulo se centra en una entrevista a Vicky Ward, una reportera de Vanity Fair encargada de escribir una pieza social acerca de Epstein, en 2003. La reseña incluía la vida del magnate, su fortuna y sus amigos, como Harvey Weinstein, Bill Clinton y el Príncipe Andrés.

Sin embargo, la periodista hizo un trabajo muy detallado y se topó con María Farmer, una de las receptoras de la supuesta filantropía del pedófilo. Ella y su hermana fueron las primeras en denunciar los abusos sexuales en 1996; denuncias, que luego sabemos, desaparecieran como por arte de magia.

A partir de allí nos embarcamos en una historia cuya intención obvia es develar al monstruo. Pero incurre en un error: no existe una estructura sólida, que le brinde algún tipo de orden al espectador. La serie abusa de los tiempos, adelanta y rebobina sin contexto, sin ubicarnos en el momento en el que pasan los hechos narrados.

Cinematográficamente, la producción de Netflix cae en las mismas trampas que otras docuseries de reciente data: demasiados diálogos, exceso de tomas con drones, clips de entrevistas y frases recicladas. Eso, más la edición sosa, no ayuda en lo más mínimo a la historia. Pareciera que el producto fue pensado para un canal de señal abierta, que necesitan cortes para introducir la publicidad cada cierto número de minutos y no para un servicio de streaming.

En lo que sí acierta Bryant es en la duración de su producción. Son solo 4 capítulos. No lo extiende en exceso como el eterno «Tiger King», por ejemplo.

Manteniendo muchos elementos secundarios truncados (como el por qué, luego de su acuerdo de culpabilidad, tanta gente poderosa e influyente seguía acercándose a Epstein), consigue que la atracción principal sean las víctimas. Son historias que atraen y destrozan al espectador a la vez, por la cantidad de abusos denunciados desde hace aproximadamente 24 años.

Destaca también la directora al conseguir que más de media docena de víctimas se sintieran lo suficientemente cómodas para abrirse y atreverse a contar sus historias de horror y supervivencia. Entre tanta desesperanza, el último capítulo es el que ofrece cierta luz para quien busque reconstruir una vida desde las cenizas.

Pienso que le faltó profundizar más en varios temas, como la relación de pareja  entre Epstein y Ghislaine Maxwell y la participación de esta última en los abusos, también en la la pirámide de tráfico sexual y la gente involucrada, como el Príncipe Andrés Weisntein. O de dónde y cómo obtuvo tanto dinero en tan corto tiempo el protagonista.

Para que una docuserie de crimen sea completa tiene que cerrar lo que plantea y allí es donde se cae «Jeffrey Epstein: Filthy Rich». Deja demasiados cabos sueltos. Resulta muy reveladora en algunas partes y completamente miope en otras.

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