"La tragedia de Macbeth", de Joel Coen: la sublimación de la maldad

El blanco y negro ha regresado al cine. Pero lo que parecía una excentricidad, se ha transformado en un lenguaje cinematográfico a pleno derecho que brinda profundidad, agilidad y dramatismo a los más peculiares argumentos en pantalla

"La tragedia de Macbeth", de Joel Coen: la sublimación de la maldad

En “Mank” (2020) de David Fincher, el blanco y negro tiene un aire brumoso, nimbado de una luminosidad misteriosa que destaca las escenas más duras del film. El rostro de Mank (Gary Oldman) desaparece y aparece por momentos, atormentado y tenso por sus numerosos padecimientos. Tendido en una cama, el personaje mira un rayo de luz vaporoso que ilumina con cuidado las sábanas y destaca sus texturas. Más allá, la oscuridad es temible, un peligro inexplicable. Sin hacer uso de otra cosa que la puesta en escena, la película sostiene un punto vital sobre el estado de ánimo e incluso, el estado físico de su personaje.

En “Belfast” (2021) de Kenneth Branagh (2021), la infancia del director se muestra como un delicado diorama en medio de un impecable claroscuro. La selección del blanco y negro no es casual. Se trata de una decisión consciente que puntualiza la mirada subjetiva hasta convertirla en un todo asombroso. La cámara de Branagh va de un lado a otro hasta crear la percepción de que el tiempo transcurre con lentitud. Y, de hecho, el blanco y negro en pantalla es una representación visual de lo cronológico a partir de la idea de la pérdida. Una percepción acerca de lo que se recuerda - y cómo se recuerda - que, además, se vincula con la mirada acerca del pasado que la película narra con delicadeza. Aun en sus escenas más duras e incómodas, el film avanza por un terreno de elocuencia visual que sublima el guion, para brindar al argumento segundas y terceras lecturas. Quizás el punto más alto de un lenguaje elaborado que se construye a través de imágenes.

Lo mismo ocurre con “La tragedia de Macbeth” (2021) de Joel Coen. La épica, basada en la obra del mismo nombre de William Shakespeare y protagonizada por Denzel Washington, utiliza el blanco y negro para reimaginar el clásico literario con el ritmo y la atmósfera de una historia terrorífica. Se trata de una deconstrucción del mal - y, por ende, lo que nos hace malvados - que se atañe a códigos muy formales del cine. Y lo hace usando el apartado visual para crear un clima inquietante sobre la consideración de lo maligno en estado puro. En el film de Coen, el horror nace de actos inclasificables. El asesinato, la muerte, la impunidad, la violencia. Todo se mezcla en un escenario terrible que el claroscuro acentúa hasta originar una connotación teatral sobre lo que se narra.

Pero Coen no cae en la tentación de emplear lo visual como explicación única a lo que se desliza detrás del bien y del mal que narra el argumento. Ambas cosas se fusionan para narrar una historia clásica que, en esta ocasión, es también la mezcla de ideas modernas sobre lo fundamental de lo moral, la conciencia colectiva y la percepción de la justicia. El blanco y negro se convierte entonces en una metáfora y en especial, en marco de referencia para el relato a largo alcance de la obra.

Punto a punto, Coen lleva a la película a una inevitable referencia fantástica que usa lo visual como un punto de arranque hacia elementos más profundos.

De pronto, Macbeth no es solo un personaje. Es una criatura monumental, cuya sombra negra se proyecta para luchar contra cualquier atisbo de luz y vencerla. Coen usa la iluminación de los espacios como una fuente simbólica de belleza fugaz. Y Macbeth, cada vez más tétrico, la consume con el júbilo de una bestia de apetito insaciable que se nutre de lo tenebroso. Para el segundo tramo de la película (el más duro y agobiante), la luz y la sombra luchan con pulso firme para que al final, la derrota de uno de ellos sea una especie de conflagración poética.

La luz y la sombra

Por supuesto, el paraje devastado por los horrores de la crueldad que Coen evoca, no es otra cosa que el más reciente intento de utilizar el blanco y negro como un punto de atención poderoso.

De la misma manera que en la época dorada de Hollywood, en la que las grandes épicas de la conciencia y lo espiritual se mostraban a través de un cuidado apartado visual, las nuevas obras que prescinden del color, tienen un objetivo básico. Elaborar una versión una realidad alternativa que resulte tan abrumadora como impactante, a la vez que con un sentido artístico específico.

“La tragedia de Macbeth”

Frances McDormand es Lady Macbeth

Ya Joel Coen había hecho un primer intento extraordinario de fundir el argumento con el apartado visual en la formidable “The Man Who Wasn’t There” (2001). La película era una exploración consciente sobre el bien y el mal moderno, que utilizaba el blanco y negro como una forma de reflexionar sobre la corrupción moral total. Coen empleó el aspecto visual para apuntalar el poder de su historia y, además, reconstruir la versión sobre la realidad que intentaba mostrar. Los rostros de los personajes aparecen y desaparecen en medio de paisajes casi oníricos que se vinculan uno a otro a través de ideas muy específicas sobre el miedo, el tiempo y la búsqueda de la identidad.

Con “La tragedia de Macbeth” ocurre otro tanto. El blanco y negro permite narrar las profundas dimensiones de la historia a través de algo más que encuadres de cámara y lo subjetivo que pueda resultar la narración. La luz se convierte en un punto de acento, un ritmo constante que se eleva y se extiende e ilumina todas las regiones de la premisa. El mal está en todas partes, consume, devora, avanza. La luz intenta contrarrestar su poder, evoca parajes más inocentes. Pero el poder de Macbeth es mucho mayor de lo que podría suponerse. Para Coen, se trata de una combinación cada vez más dura de expresar y reconstruir.

A la vez, el soundtrack de Carter Burwell combina cuerdas con el sonido real de aves, un elemento que hace que los paisajes lóbregos fundidos en sombras se conviertan en imágenes estáticas de pesadilla. Todo en “La tragedia de Macbeth” está sostenido sobre la posibilidad de la caída en el desastre, del miedo que se desdibuja como la luz que desaparece lentamente y deja a su paso una oscuridad temible. Coen supo combinar la percepción visual del miedo - o en todo caso, la que imagina como miedo - para sostener una historia cruel y profunda.

William Shakespeare suele ser un reto para la mayoría de los directores. Las adaptaciones de sus obras necesitan el escenario perfecto para no perder su pertinencia y poder discursivo. Joel Coen logra con “La tragedia de Macbeth” una combinación entre ambas cosas. Un enlace doloroso hacia el miedo y la potencia de una belleza apenas sugerida, que además ensalza la obra original a un nivel deslumbrante.

Con su poder visual, el argumento se convierte entonces en un recorrido hacia los lugares más duros de una historia que todavía desafía la conciencia y empuja a espacios tenebrosos de la percepción sobre la violencia. ¿Puede el poder ser una condena al desastre? Joel Coen convierte su película en una caja de resonancia de las pulsiones modernas, de la búsqueda esquiva de respuestas y al final, en una obra de arte.