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Los 5 discos indispensables del rock latinoamericano de los años 70

En esta entrega de Indispensables indagaremos sobre los experimentos sonoros que dieron perfil propio a nuestro rock, el rock de corte suramericano y caribeño

Los 5 discos indispensables del rock latinoamericano de los años 70

Superada la fase de calcar las icónicas bandas anglo de los años 60, los músicos latinoamericanos buscan inspiración en sus tradiciones, en los sonidos autóctonos, en las circunstancias socioeconómicas y políticas de sus países. Inspirados en el mexicano Carlos Santana, que abrió la ruta para el rock latino, pero también en la explosión de formas musicales que provenían de diversos paisajes (afrobeat, folk británico, barroquismo italiano, salsa, jazz fussion), se fundan núcleos creativos en la región. En Venezuela están la visión de Vytas Brenner y La Banda Municipal; en Argentina, Arco Iris; Totem y El Polen en Uruguay y Perú respectivamente, o la banda Congreso en Chile.

Unos tienden a destacar más que otros, algunas grabaciones quedan como referencias históricas que marcarán a las venideras generaciones. En esta entrega de Indispensables indagaremos sobre los experimentos sonoros que dieron perfil propio a nuestro rock, el rock de corte suramericano y caribeño.

Wara: El Inca (1973) Bolivia

Wara es una maquinación del año 1972 que ha tenido continuas transformaciones, tránsito de músicos, cambio de estilo y escisiones, algunas de las cuales aun se mantienen activas. Wara, “brillo de estrella” según la lengua aymara, nace como folk rock progresivo cantado en castellano. Su fuente tiene que ver con la herencia del hard rock británico y formas musicales del altiplano andino, la castellanización pudo haber sido producto, en parte, del viaje de algunos de sus músicos a Buenos Aires, al Festival Barock de 1971 cuando entraron en contacto con el “Rock Nacional” argentino, aunque es de destacar que ya el rock boliviano venía experimentando con el español.

Este secreto bien guardado del rock progresivo latinoamericano es uno de los primeros proyectos de búsqueda de identidad en el rock suramericano. Fusión muy original para el momento, donde sus músicos unían la cosmovisión indígena de la región, además de textos de corte sociológico/antropológico a las composiciones. Sus integrantes convivieron con sociedades indígenas, aprendiendo de su cultura. Todo a medio camino entre el sueño hippie y la investigación militante.

De esas vivencias surge el álbum El Inca. Ya su portada, los guardianes de La Puerta del Sol de Tiwanaku, nos predispone a su contenido. Formas musicales de la meseta andina (cuenca, huayño, taquirari) incorporadas al rock de moda, donde tres composiciones dan horizonte al disco: “El Inca”, “Realidad” y “Kenko”. Hacen honor a sus dos principales influencias, las agrupaciones Uriah Heep y Deep Purple. Nataniel González se deja llevar por su aguda y fuerte voz a la manera Bernie Shaw. Papel fundamental juega Pedro Sanjinés en los teclados haciendo honor a John Lord. La guitarra será responsabilidad de Carlos Daza, con buen soporte rítmico (Omar León, en el bajo y Jorge Cronembold en la batería).

Lamentablemente, el original entusiasmo de estos músicos se ve opacado por una producción amateur con un sonido que no está a la altura de la banda. A la oferta folk rock se acoplan secciones de vientos y cuerdas, invitados del conservatorio de música, que dan cierta direccionalidad de rock sinfónico, al tiempo que los cambios de atmósferas nos pueden recordar a Genesis o a Yes.

La construcción de esta poética musical reivindicativa de la cultura indígena se da bajo la dictadura militar de Hugo Banzer, el cual suspendió varios de sus conciertos por desestabilizadores del régimen.

El Inca queda como un trabajo visionario en la fusión del folklore andino con el rock, que, en gran medida, será el futuro en la renovación del género.

Pescado Rabioso: Artaud (1973) Argentina

Luis Alberto Spinetta es una constante en el rock argentino, y por rebote, en el panorama del rock latinoamericano. Ya lo visitamos en Indispensables de los años 60 con la banda Almendra, ahora regresamos a él con Artaud. Aplicando la conocida tríada dialéctica tesis- antítesis-síntesis, el álbum Artaud es la síntesis de la tesis llamada Almendra y su antítesis denominada Pescado Rabioso.

Pescado Rabioso le siguió a Almendra, clan de corta duración, pero de largo alcance en cuanto a impacto en la geografía rock del sur. Fue pasar de la sutileza de Almendra a un rock pesado, alimentado por el blues y el hard rock. Esta antítesis musical llevó, luego de dos álbumes, a la síntesis, grabación donde se genera una propuesta con elementos de Almendra y Pescado Rabioso pero totalmente nueva: Artaud. En este instante recomendamos escuchar “Cantata de puentes amarillos”, megalómana canción que conjuga la filosofía musical de Spinetta.

Artaud es un trabajo absolutamente “spinetteano”. De hecho, su gran obra, la que le dará el piso para construir toda su propuesta lírico musical. No es casual que, aunque el disco lleve el sello de Pescado Rabioso, en la práctica sea una labor solista de su autor. En más del cincuenta por ciento de las composiciones todos los instrumentos son ejecutados por “El Flaco”. Ya la banda como tal no existía y solo invita a su hermano Gustavo y unos viejos amigos de Almendra a darle soporte en algunos arreglos: Gustavo Spinetta (batería), Rodolfo García (batería, cencerro y coros) y Emilio del Guercio (bajo y coros).

Este frenesí multi instrumentista de Luis Alberto, al mejor estilo Prince (antes de Prince), lo podemos apreciar plenamente en “A Starosta, El Idiota”.

Rasgos que definen a Artaud, por un lado, el soporte literario, el malogrado poeta francés Antonin Artaud es una constante, crípticos mensajes, presurosas imágenes derivadas de sus textos las conseguiremos en el transcurso de los treinta y siete minutos que dura su escucha. En segundo lugar, diálogos entre palabras y continente melódico, la inclasificable voz de Luis Alberto Spinetta es ancla en este aspecto.

Por último, lo introspectivo y experimental del método utilizado. Sus pequeñas historias y el choque emocional al enfrentarse a los escritos de Artaud (“Heliogábalo o el anarquista coronado” y “Van Gogh, el suicidado por la sociedad”), con predominio de abordaje acústico, pero con fuertes e inesperadas ráfagas de rock con progresiones, juegos de acordes y riffs de guitarras que quedarán para la historia. Pueden darse un paseo por “Bajan”, tema del que Gustavo Cerati haría una muy buena versión en su disco Amor Amarillo (1993), dejando despejada la influencia del maestro Spinetta en su discografía.

Este vinil hay que digerirlo lentamente, varias pasadas, disfrutar los trabajos armónicos y pensar en una frase de Luis Alberto donde exponía que esta placa discográfica era un “antídoto contra el nihilismo de Artaud”.

Génesis: Génesis (1974) Colombia

Cual Francisco de Asís, aplicando votos de pobreza y una vida sencilla, Humberto Monroy y sus compañeros decidieron migrar a un monasterio en la localidad de Usme (cercanías de Bogotá) y aplicar con todo rigor el evangelio hippie. Comenzaba la década de los años 70 y fresco estaba el estoicismo proveniente del verano del amor. Al poco tiempo de esa mística experiencia, el mismo Monroy intenta llevar la noción de comunas al plano musical, surgiendo el colectivo Gene, que terminará siendo la banda Génesis.

Todo ese pensamiento de paz, hermandad y regreso a la naturaleza se ve plasmado en el segundo y homónimo álbum de la agrupación, Génesis. Sumun de esta praxis lo pueden escuchar en “Sueñas, quieres, dices”, también en “Quiero amarte”. Alegato hippie cargado de folk con profuso deelay, instrumentación acústica, saludos al jazz y mucha ingenuidad, genuina ingenuidad.

Apartando idealismo, el gran aporte de Génesis, y específicamente de este disco, es haberse adelantado por más de veinte años a Carlos Vives y La tierra del olvido. El grupo de Humberto Monrroy no fue el primero ni el único grupo en fusionar rock y folklore colombiano (Siglo Cero, Columna de Fuego, Malanga) pero sí fue el más importante, constante y el que dejó huellas. Tomar el tradicional tema “Cumbia cienaguera” y arrastrarla al campo del rock en un formato que nos evoca a John Mayall (The Turning Point, 1969), o conectar, en “Manos de hombre”, guitarra slide y wah wah con guasá (instrumento de percusión típicamente colombiano) más clave, un rock lleno de joropo y mapalé, era un desafío y fractura de moldes.

“Humo”, así se le conoció a Humberto Monroy, es mencionado como el padre del rock colombiano y tiene curriculum para tal mérito. Desde los años 60 hizo rock y luego de sus vivencias en los campos, montañas y playas neogranadinas, no dejó de buscar un camino propio al rock de su país. El legado afecta a todas las generaciones rockeras de Colombia, desde sus contemporáneos Malanga, hasta los postpunk Aterciopelados, llegando a la generación tropipop de este siglo. Todos tienen deudas con la nave nodriza, Génesis.

Los tripulantes de la embarcación fueron: Humberto Monroy (voz, guitarra y armónica), Édgar Restrepo (piano y percusión), Juan Fernando Echavarría (flauta), Guillermo “Marciano” Guzmán (bajo), Miguel Muñoz (guitarra), Tania Moreno (pandereta, maracas y guasá), Federico Taborda “Sibius” (investigación musical, algunas percusiones) y Jaime Rendón (ilustrador, escenógafo).

Dos grandes éxitos de este álbum: un rock costeño lleno de guitarras y tambores, “Don Simón” y la canción por la que más se recuerda este disco, la balada folk del británico Cat Stevens “How Can I Tell you” («Cómo decirte cuánto te amo»). La versión no estaba programada para entrar en la placa discográfica, pero la falta de presupuesto y la necesidad de terminar rápidamente, hizo que Humberto Monroy optara por un meloso arreglo donde solo se necesitaba su voz y dos guitarras, una de seis y otra de doce cuerdas.

Los Jaivas: Los Jaivas (1975) Chile

Los Jaivas tenían planificado un concierto para el 14 de septiembre de 1973 en Santiago de Chile. Nunca fue posible: tres días antes Augusto Pinochet dio un sangriento golpe de Estado. Aunque los integrantes de la agrupación no mostraban parcialidad política -eran más cercanos al amor, la paz y la ecología- igual tuvieron que salir de Chile para evitar riesgos. Es así que llegan a Argentina, para el momento, un oasis rockero. El “Rock Nacional” les da la bienvenida y los acoge como a uno más de la movida. Allí desarrollarán una fructífera carrera y pocos años después saldrían rumbo a Francia pues otro golpe militar tomaría la precaria democracia argentina.

Los Jaivas, con una historia larga, desde principios de los años 60, y con cambios de denominación, alteración de sonidos, e incluso habiendo trabajado con Country Joe McDonald (el mismo que se presentó en el Festival de Woodstock), es realmente en Argentina donde logran dar estampa definitiva a su fórmula musical. Tenían un par de álbumes previos, pero en el vinil homónimo, producido en Buenos Aires, es donde nos descubren su futuro y muestran un estupendo presente. Cabe destacar que su obra cumbre, Alturas de Machu Picchu, se hizo en 1981.

Seis temas donde logran un llamativo equilibrio entre el rock progresivo típico de esos años y géneros del folklore latinoamericano, principalmente andino y caribeño. Ponderación que también se halla en la instrumentación. Pasemos revista a músicos y aparejos: Eduardo “Gato” Alquinta, voz, guitarras acústicas y electricas, charango, vientos (flauta dulce, tarka, trutruka), congas, güiro; Eduardo Parra, piano, órgano, congas, bongos, tarka, siku (hileras de tubos de caña) cascabeles; Claudio Parra, teclados, güiro, maracas, siku, trutruka; Julio Anderson, bajo eléctrico, guitarra acústica, trutruka, coros; Gabriel Parra, batería, bombo legüero, congas, cencerro, trutruca, coros.

“Pregón para iluminarse”: todo comienza con aires andinos, seguido de ritmo folk argentino adornado con arpa paraguaya, convergiendo en descarga de guitarra eléctrica y un malambo rock. Ya está dada la declaración de principios. Seguirá “Guajira cósmica”, piano que respeta los parámetros del rock progresivo que se ve invadido por sonidos del Caribe (guajira y punto cubano), con final inesperado. Nos encontramos con uno de los himnos de Los Jaivas, “La conquistada”, canción que parece una declaración a la mujer amada, cuando realmente es un disfrazado canto de dolor por el golpe de Estado que derrocó a Salvador Allende. Cueca rock disminuida de velocidad, donde piano y batería dan cátedra y el solo de guitarra es antológico en el rock chileno.

Continuarán dos temas de corte folklorico, plenos de instrumentación nativa latinoamericana y caribeña, “Un mar de gente” y “Un día de tus días”. Llega la homérica “Tarka y Ocarina”, cual sinfonía del trío británico Emerson, Lake and Palmer o álbum conceptual de Rick Wakeman, “Tarka y Ocarina” está divida en tres movimientos. “Diablada”, intro folklórico con desarrollo hard rock cruzado por ritmos nativos. “Trote”, regresan los teclados con sentido progresivo, algo de clasicismo, aproximación al jazz y apoteósica arremetida rockera donde el baterista vuelve a mostrar sus habilidades. Tercer y último movimiento, “Cotaiquí”, especie de pastoral, donde flauta, arpa y teclas cierran dulcemente.

Los Jaivas son columna vertebral del rock y la música contemporánea chilena.

Serú Girán: La grasa de las capitales (1979) Argentina

“Estamos ciegos de ver,
cansados de tanto andar;
estamos hartos de huir
en la ciudad.

Nunca tendremos raíz,
nunca tendremos hogar,
y, sin embargo, ya ves
Somos de acá”

Texto que ilustra el genio de Charly García en tomar “fotografías sociológicas”, captar el momento país. Su agrupación, Serú Girán, le sirvió de instrumento para poder hacer eso, y nunca mejor que en el álbum La grasa de las capitales. Son años de dictadura, agobio, miedo, hastío. A ese pesar, Charly junto a David Lebón, Oscar Moro y Pedro Aznar dan respuesta con un álbum concepto.

Se saben súper banda, cada uno de ellos viene con una briosa trayectoria, salvo Aznar que es una joven promesa, casi adolescente, y se le reconoce como uno de los mejores bajistas de Argentina. Con un marcado golpe intelectual, letras y composiciones exquisitas, además de eruditos músicos, Serú Girán, gracias a su segundo trabajo discográfico, se convierte en la gran banda de finales de los 70 en Argentina, consideración que podríamos extrapolar a Latinoamérica.

La grasa de la capitales tiene como blanco golpear a una sociedad bajo el influjo del autoritarismo, la vacuidad, la cultura de farándula y, en menor grado, el facilismo musical, las radios top ten. La carátula anuncia el contenido.

El primer tema, preámbulo vocal que nos puede recordar a un Queen del año 1975, pero no hard rock sino jazz fussion. Quiebres rítmicos que se acercan a Chic Corea o Return to Forever, pero con esencia del Genesis de Peter Gabriel. Críticas a la disco music desde la música disco y, sin saberlo, toque proto rap:

“Con la cantina, con la cantora
con la T.V. gastadora
con esas chicas bien decoradas
con esas viejas todas quemadas
gente re vista, gente careta
la grasa inmunda cual fugazzetta!”

Aunque el vinil tiene tatuado el talante García, encontramos cosecha de David Lebón, “San Francisco y el lobo” o “Noche de perros”, esta última con solos de guitarras memorables. La gran sorpresa, un joven Pedro Aznar que deleita al tocar su bajo sin trastes (era como un Jaco Pastorius de la Patagonia, por algo Pat Metheny lo reclutaría pocos años después para su banda), en “Paranoia y soledad” recurre a la herencia del impresionismo y ciertos “ecos” modo Luis Alberto Spinetta.

Charly, con su nuevo cuarteto se deja llevar por las musas y nos permite ver lo que nos depara la siguiente década, boceto de sus inminentes trabajos en solitario, “Perro andaluz”. De igual forma nos proporcionará una de sus grandes canciones, “Viernes 3 AM”, historia contada sin estribillo, con melodías que van directas al subconsciente y allí se quedarán indestructibles. García, el hombre del bigote bicolor, deja muy claro su talento al encargarse de los teclados (piano, sintetizadores, mini moog, mellotrón) y comenzará un ascenso al olimpo musical que no se detendrá sino hasta bien avanzados los 90.

Cerramos el círculo, despedimos con lo que comenzamos, el tema “Los sobrevivientes”, acercamiento al tango desde la oferta del rock progresivo pletórico de jazz fusión cantado en español:

“Vibramos como las campanas,
como iglesias que se acercan
desde el sur,
como vestidos negros que se
quieren desvestir

Yo, siempre te he llevado
bajo mi bufanda azul
por las calles como Cristo a la cruz”.

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