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Me voy de La Vega: adiós Coqui, adiós FAES

Por más de 6 horas, un tiroteo aturdió a los habitantes de La Vega, una de las barriadas más populares de Caracas. Se habla de al menos 20 muertos, de miembros de la banda de El Coqui y también de jóvenes inocentes. Vivir ahí es estar en medio de una guerra. Para unos ya es normal: han crecido en ese ambiente. Pero otros ya no lo soportan más

Me voy de La Vega: adiós Coqui, adiós FAES

Enrique Acosta, un vecino de La Vega, decidió huir de su casa después del operativo de la FAES del viernes 8 de enero de 2021, que dejó entre 18 y 20 muertos en el sector. La operación que buscaba detener la expansión de alias El Coqui en el barrio, mantuvo a los vecinos en medio de una guerra no convencional durante tres días. Muchos de ellos buscaron alternativas para salir de la zona roja. Enrique fue uno. Está negado a asumir que eso es lo “normal”. Aquí cuenta su testimonio.

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La noche de ese viernes, 8 de enero de 2021 tenía los nervios a flor de piel. A las 11 de la noche empezó un tiroteo bastante fuerte que siguió hasta las 4 de la madrugada. Aunque crecí con todo esto, todavía no me acostumbro.

Una de las primeras cosas que me enseñaron cuando era pequeño fue que, si había disparos, debía tirarme al piso o meterme debajo de la mesa y esperar a que pasara. Así crecimos la mayoría de las personas que vivimos en las barriadas populares de Caracas. No lo digo como algo malo, sino como otro hábito que nos tocó aprender y que nos impuso la cotidianidad del barrio.

Pero esa noche, en plena balacera, temí que llegaran balas a la casa.

Hace unos años, por ejemplo, un 20 de diciembre, mi familia se preparaba para hacer hallacas y de repente empezó una balacera muy cerca. Los tiros quebraron los cristales de las ventanas de la cocina. Justamente, donde nosotros estábamos. Los cristales rotos llegaron hasta la nevera. El guiso y la masa se llenaron de vidrios. No pudimos hacer las hallacas. Todos estuvimos acostados en el piso, buscando protección.

Revivir aquella Navidad con mi familia me quitó el sueño. Por eso, a diferencia de mi papá, quien asegura haber dormido bien –porque dice estar acostumbrado–, yo no pude evitar sobresaltarme con cada detonación. En La Vega no habíamos tenido un suceso así desde las guarimbas, cuando la policía pensó que nosotros les lanzábamos botellas y nos allanaron la casa, apuntándonos con sus armas. Al final no encontraron nada y se fueron.

Al día siguiente, cuando nos levantamos, había policías en todo el sector. Los funcionarios de las Fuerzas de Acciones Especiales (FAES) se habían instalado al frente de mi casa. Algo peligrosísimo porque, al estar allí, el sitio se convirtió en un blanco y nosotros también. Aun así, intentamos ir a comprar harina para el desayuno, pero no nos dejaron. Uno de los oficiales me pidió la cédula, a mi papá no. En esas situaciones, los jóvenes somos los sospechosos. Jóvenes varones, claro, porque no había ni una sola mujer.

—Chamo, vete a tu casa, no salgas a la calle, puedes terminar muerto.

Seguimos el consejo, así que nos tocó hacer y comer panquecas de pasta.

El oficial tenía razón. A las 9 se armó otra balacera. Todo el mundo empezó a correr, buscando un lugar donde refugiarse. Las explosiones eran muy fuertes. El sonido, terrible, se escuchaba bastante cerca. Las balas resonaban en las paredes. La gente gritaba. La calle quedó sola y llegaron más policías. Desconocíamos cuánto sería el tiempo que estaríamos así. Teníamos el corazón en la boca. Las ráfagas de tiros parecían interminables.

Estuvimos todo el día encerrados, pendientes del celular, sin ni siquiera poder encender la televisión porque no hemos podido pagar Simple TV. Yo solo estuve navegando en Internet, ni siquiera pude leer un libro porque no podía concentrarme. Los tiros aturden. Los agentes de la FAES apuntaban, tenían muchas armas largas. Su alcabala detenía a todo aquel que pasara por la zona. Ellos eran un grupo muy grande. Al frente de mi casa estaban como 20 oficiales con sus motos. Iban vestidos de negro, con las siglas FAES en el hombro. En la redoma La India había muchos más. No dejaban que los carros pasaran. Hubo personas que tuvieron que esperar horas para poder llegar a su casa. Todos debían colaborar con el operativo.

La gente que vive en la calle Zulia durmió con los colchones en el piso, por el miedo. La mayoría de los vecinos desconocía lo que pasaba, pero luego, poco a poco, la información empezó a circular por los grupos de WhatsApp: «El Coqui lo que quiere es ganarse ese terreno y sacar a los malandritos que están robando aquí en La Vega. Por eso no quedan tantas bandas. Él lo que quiere es manejarse con la droga nada más, sin robar, sin matar. Él quiere exterminar a las bandas de La Vega para poder tener la completa hegemonía en el negocio de las drogas, así como pasa en muchos barrios de Caracas y de todo el país». Eso es lo que se dice por ahí. Y dicen que prometió erradicar el vandalismo, acabar con los robos y terminar con la delincuencia, y que quiere controlar las armas en todo el sector.

La cosa es que él es uno de ellos, de esos a quienes dice querer derrotar.

En La Vega roban a cada rato. En diciembre salí a hacer unas compras. Como iba cerca de mi casa me llevé el celular –un Samsung mini S5–. Me confié de sacarlo porque es un equipo descontinuado en el mercado. Como a unos 6 metros de mi casa me abordaron dos chamos, me pegaron contra la pared y me apuntaron con una pistola que llevaban en su bolso. “Dame el bolso”, me gritó uno. Mi instinto hizo que sacara mi celular del bolsillo y se lo diera. Los ojos del que apuntaba se quedaron clavados en mí por un segundo, sé que no es nada, pero noté su miedo. Se fueron corriendo. Después, casi al instante, la gente que transitaba por la calle se acercó. Me preguntaron si estaban bien y todo eso.

El año pasado, unos niños que estaban jugando por El Carmen, que es un sector que queda muy cerca de mi casa, encontraron una cueva que conecta La Vega con la Cota 905. Es una cueva que tiene muchos años. Ese es el refugio de los malandros. Ellos imponen toques de queda y quieren sacar a los policías que viven en la parroquia, pero hasta ahora no han podido. Y una demostración de ello fue lo que pasó ese fin de semana con las FAES.

El domingo todavía estaba la policía, pero me dejaron salir del sector. Estaban tranquilos, pero vigilando. No habían pasado ni 24 horas desde el último disparo que escuchamos y la gente estaba normal en la calle. Pero yo no estaba dispuesto a pasar otra noche así. “Era ahora o nunca”, pensé. Me fui a la casa de mi hermana en La Rinconada. Mi papá decidió quedarse.

Nosotros y mi hermana menor somos los únicos de la familia que estamos en Venezuela. Mi mamá se fue hace cuatro años porque es insulinodependiente. Está en Ecuador con mi hermana mayor. Ellas están preocupadas, pero, como la gente del barrio, dicen que debo aprender a vivir con todo esto.

Y eso es lo más crítico, ¿sabes? Hoy ya nadie parece acordarse. Hace rato, hablé con mi papá por teléfono y me dijo que todo estaba tranquilo. La gente está haciendo su vida como si nada. Es lo que más me resulta peligroso: que normalizamos esto. Nos hemos acostumbrado a la violencia. Yo me resisto a adaptarme, no puedo hacerlo, de verdad.

Por eso decidí huir.

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