No hay tiempo que ganar (I)

Hace un rato ya que este país dejó de estar “dividido en dos partes”. Todos los supuestos que exponían las encuestadoras y alimentaban el mito popular chavista han desaparecido.

No hay tiempo que ganar (I)

Si nos atenemos a la metodología marxista del análisis de las crisis sociales, podríamos afirmar que las condiciones objetivas para un cambio político en Venezuela parecen maduras.

Tienen las fuerzas democráticas las simpatías de la aplastante mayoría de la población, y se enfrentan a un movimiento político que, como el chavismo, no tiene liderazgo, ni un futuro electoral muy auspicioso, ni simpatías en las zonas populares, ni bastiones electorales protuberantes, ni programas sociales bandera qué defender.

Hace un rato ya que este país dejó de estar “dividido en dos partes”. Todos los supuestos que exponían las encuestadoras y alimentaban el mito popular chavista han desaparecido. El chavismo ya no es “un sentimiento”. Es un estorbo. Nicolás Maduro es, de hecho, un político increíblemente impopular ahora.

El liderazgo nacional, completo, de acuerdo a todas las encuestas, más allá de las tormentas del twitter, le pertenece a los actores de la MUD. Un aumento de los precios petroleros jamás salvará a Maduro, ni tampoco al país, de vivir y sufrir las consecuencias la peor parte de la tormenta económica que está en desarrollo. La gente está harta. El país es otro. Venezuela ya cambió.

Si las “condiciones objetivas” para que las cosas cambien en Venezuela han cristalizado, las que, por ahora, no parecen encontrar su lugar, son las otras, las “condiciones subjetivas”. Por eso es que nadie encuentra la puerta de la salida.

Aún con la notorio matiz del pronunciamiento reciente del Vaticano, el diálogo luce estancado. El fracaso del Referéndum revocatorio deja un sabor amargo, que ha dejado sin explicaciones a la dirigencia y en crisis toda una estrategia. El discurso del liderazgo opositor ya es insuficiente.

A veces, incluso, contradictorio. Los sectores más moderados de la MUD parece que desarrollaran una agenda propia, tocada de un “trancisionismo” de libreto, muy interesada ganarse las simpatías del adversario con el objeto generar realidades ulteriores de dudosas posibilidades. Las inconsistencias de la MUD se expresan en la lentitud de sus decisiones.

Cuando toca salir a dar explicaciones, algunos dirigentes fundamentales de la MUD se evaporan del debate público, supone uno que con el objeto de no cargar con el fardo de la desaprobación.

Más grave, la vida institucional del país ha entrado en un proceso de descomposición similar al que vive la sociedad venezolana. El espíritu republicano se ha roto. No hay interés en el bien común. Diosdado Cabello le otorga a la política nacional un carácter faccioso. El Ejecutivo, el TSJ, y algunos sectores de las Fuerzas Armadas, complotadas para permanecer a todo evento en Miraflores, destruyen principios fundamentales de la convivencia; en algunos aspectos el contenido mismo de la política.

Los escándalos se superponen y lo que escuchamos del poder en respuesta, en lugar de explicaciones y promesas, son burlas y provocaciones. La situación es desesperada para todos. Para el gobierno también. La gravedad de la crisis aumenta.

El objeto del gobierno es ganar tiempo, y en eso parece eficiente, pero claro que ninguna sociedad puede vivir metida en la dinámica actual. No hay tiempo qué ganar. El gobierno perdió el control de la situación económica, y muy pronto puede perder también el control del costado social del problema.

¿A dónde va Venezuela? Es imposible responder cabalmente esa pregunta. Su horizonte actual es muy incierto, aunque el plan de navegación para salir del hueco existe. Consenso hay. Sus habitantes quieren una cosa; sus gobernantes actuales, otra. La fisiología del chavismo ha tenido hasta el momento una naturaleza consultiva.

El país debe usar ese parámetro para forzar a la dictadura a medirse. Frustrar un referéndum no es frustrar una consulta presidencial. Con la escalada de precios, caminamos hacia los dominios naturales de la inestabilidad política. Lo que se aproxima en las próximas semanas y meses, sin embargo, no promete nada bueno. Más sangre, más sudor y más lágrimas.

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