“El conjuro 4": los Warren merecen una mejor despedida
La cuarta entrega de la saga creada por James Wan promete ser la despedida de los Warren, pero lo que debía ser un cierre contundente termina sintiéndose irregular. “El Conjuro 4” mezcla nostalgia, buen trabajo actoral y momentos intensos, aunque falla en su villano y en un ritmo que no hace honor al legado
El recorrido de “El conjuro” como saga de terror ha sido un fenómeno singular en la industria del cine. No solo logró mantenerse durante más de una década, sino que también se consolidó como una marca reconocida incluso por quienes no siguen el género de cerca. Su supuesta despedida llega con “El conjuro 4: Los últimos ritos”, la cuarta entrega dirigida por Michael Chaves, que se presenta como el cierre de la historia de los Warren.
Desde el principio, la historia se alimentó de los expedientes atribuidos a Ed y Lorraine, una pareja que dedicó su vida a documentar presuntos encuentros con lo paranormal.Su archivo fue un material de oro para Hollywood, aunque por supuesto, la fidelidad histórica nunca fue lo prioritario. Lo esencial era dar forma a un espectáculo con identidad propia. Con esta última entrega se intenta revivir esa esencia inicial, pero lo hace de manera irregular.
El guion ofrece nostalgia al mostrar los primeros pasos de los Warren, aunque al mismo tiempo desperdicia la oportunidad de dotar de fuerza a su villano principal. Es un contraste doloroso: la saga que nos dio figuras inolvidables como Valak o Annabelle concluye con un antagonista débil y poco definido, cuando lo lógico era lo contrario. ¿Lo peor? La película carece por completo de identidad. Un error complicado de solventar.
Problemas en la casa del horror
Por supuesto, el problema es obvio. El peso de James Wan en todo esto es imposible de ignorar. Su dirección en las dos primeras entregas fue lo que fijó el tono visual y narrativo que distinguió a “El conjuro”. Wan sabe manejar el tiempo, las pausas y los movimientos de cámara para hacer que un pasillo vacío parezca un campo de batalla. Pero además, aportó algo que muchas películas de terror olvidan: un núcleo emocional sólido.
La pareja protagonista, interpretada por Vera Farmiga y Patrick Wilson, fue el ancla de la franquicia. No eran superhéroes ni caricaturas, sino dos adultos con rutinas, defectos y preocupaciones domésticas que se mezclaban con lo sobrenatural. Esa familiaridad convertía cada susto en algo más personal, porque el espectador no solo temía por los fantasmas, sino también por el desgaste emocional de los Warren.
En paralelo, la franquicia construyó una galería de criaturas espeluznantes que lograron escapar de la pantalla para formar parte de la cultura pop con una facilidad asombrosa. Esa combinación de personajes humanos sólidos y monstruos icónicos fue el secreto de su éxito. Por desgracia, “Los últimos ritos” parece olvidar esa fórmula y ofrece un villano invisible, desaprovechando lo que siempre había sido la fuerza de la serie.
Círculo forzado
La película comienza con un repaso a los primeros años de Ed y Lorraine, interpretados en su juventud por Madison Lawlor y Orion Smith. La historia nos lleva a un caso con un espejo maldito que marca el inicio de sus andanzas sobrenaturales. Es un recurso interesante porque busca dar un aire de circularidad, mostrando cómo aquel primer enfrentamiento conecta con lo que será, en teoría, su último gran caso.
El guion además introduce a una Lorraine embarazada, lo que añade tensión personal al relato. Sin embargo, el desarrollo pronto revela que esta conexión entre pasado y presente no logra sostener el peso narrativo.
La trama se traslada a los años ochenta para mostrar a unos Warren agotados, tanto física como emocionalmente. Ed enfrenta problemas de salud que reflejan el desgaste de toda una vida luchando contra entidades invisibles.
Lorraine, en cambio, carga con el deterioro psíquico que viene de su clarividencia, un don que siempre la ha desgastado. Este contraste entre lo corporal y lo mental se presenta como el eje dramático, pero no recibe el tiempo suficiente para profundizarse. El resultado es un inicio prometedor que se diluye a medida que avanza la película.
Ya en el presente de la historia, la pareja se ve arrastrada a un nuevo caso a través de la familia Smurl, acosada por presencias inquietantes ligadas a otro espejo. La conexión con aquel primer caso busca reforzar la idea de un círculo que se cierra, aunque en la práctica se siente forzada. Lo más interesante en este tramo es la participación de Judy, la hija de los Warren, ahora interpretada por Mia Tomlinson.
Ella no solo representa la nueva generación, sino también el temor de sus padres de que herede la sensibilidad sobrenatural de Lorraine. Esta línea narrativa abre posibilidades ricas, porque introduce el tema del legado y de cómo el contacto con lo paranormal se transmite de padres a hijos. Sin embargo, aunque Tomlinson logra aportar frescura y valentía a su papel, la película no explora a fondo ese arco.
Lo mismo ocurre con el personaje de Tony, interpretado por Ben Hardy, que encarna al novio incrédulo que entra a un mundo desconocido. La química entre ambos es convincente y hasta podría haber servido como base para un spin-off, pero aquí queda relegada a un rol secundario. Una oportunidad desperdiciada.
Héroes entrañables
El trabajo de los actores veteranos sigue siendo el corazón de la película. Wilson y Farmiga han evolucionado junto a sus personajes, mostrando en cada entrega el desgaste progresivo de enfrentarse al mal de manera constante. Farmiga, en particular, brilla al transmitir el costo emocional y psíquico de vivir con visiones constantes. Su actuación refleja a una mujer agotada pero todavía firme, que se preocupa más por el destino de su hija que por su propia seguridad.
Wilson, por su parte, interpreta a un Ed obstinado que intenta mantenerse en pie pese a su frágil salud. Lo interesante aquí es cómo el guion subraya el contraste entre los límites físicos de Ed y el deterioro mental de Lorraine, dos caras del mismo precio que se paga al enfrentar lo imposible. La química entre ambos actores se mantiene intacta, y esa credibilidad es lo que salva a la película de caer en lo insípido. Sin embargo, la dirección no logra exprimir al máximo esas interpretaciones, quedando claro que la riqueza actoral está por encima del material narrativo que se les entrega.
Aun con sus problemas, “El conjuro 4: Los últimos ritos” conserva algunos puntos fuertes. La dinámica familiar sigue siendo convincente y mantiene vivo el hilo que ha atravesado toda la franquicia: la idea de que lo sobrenatural no destruye solo casas, sino vínculos y generaciones. Hay escenas visualmente potentes y algunos momentos de tensión que recuerdan a lo mejor de la serie.
Incluso se percibe la intención de preparar un relevo con Judy como posible heredera de los Warren, lo cual abre la puerta a nuevas posibilidades. Sin embargo, el balance final es desigual. La película funciona mejor como epílogo emocional que como cierre de terror. La falta de un villano memorable, el ritmo irregular y la excesiva duración juegan en su contra. En resumen, lo que debía ser una despedida épica termina sintiéndose como un eco apagado de lo que alguna vez fue la franquicia más poderosa del terror contemporáneo. El resultado no arruina el legado, pero tampoco le hace justicia.
Steven Spielberg estrena una película que mezcla paranoia tecnológica, ansiedad global y fascinación cósmica: un espectáculo ambicioso que mira al futuro mientras examina las grietas del presente. Pero sobre todo, nos recuerda que él es el director que define el cine tal y como lo conocemos en la actualidad
Steven Spielberg vuelve a sus obsesiones con "El día de la revelación", en cines venezolanos desde el 11 de junio. Aquí el director explica la esencia clave de su nueva película