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Yajaira Freites: “Chávez rompió la relación de la ciencia con el Estado venezolano”

La historiadora, especializada en la ciencia y la técnica, opina que el país retrocedió al siglo XIX, pues el gobierno madurista oficializa prácticas como la consulta a yerbateros, ante la crisis de salud pública

Yajaira Freites: “Chávez rompió la relación de la ciencia con el Estado venezolano”

Cuando en 1896 se presentó la epidemia de viruela en Venezuela, los médicos ya contaban con un nuevo medio para prevenirla: una vacuna desarrollada en el Instituto Pasteur de Caracas. Después de un siglo de guerras intestinas, empezaba por fin un esfuerzo por controlar a las enfermedades en el país. Tarea que requirió de voluntades y que tomó fuerza en diferentes momentos: en 1908, cuando Cipriano Castro creyó en los estudios de Rafael Rangel, para enfrentar la peste bubónica. En 1911, cuando Juan Vicente Gómez ordenó la creación de la Oficina de Sanidad Nacional y se apoyó en una junta de socorro integrada por médicos. Pero el empujón definitivo ocurrió en 1936, cuando Eleazar López Contreras creó el Ministerio de Sanidad y Asistencia Social, que tenía entre sus objetivos erradicar la malaria, a través de un equipo dirigido por Arnoldo Gabaldón.

Fue a lo largo de todo el siglo XX cuando el Estado venezolano se hizo cargo de la salud pública. Un siglo en el que, a pesar de los diferentes regímenes imperantes –desde tiranías caudillistas, dictaduras militares y democracias representativas, unas más que otras– el Estado venezolano tuvo un consenso: el de preservar la salud y erradicar las epidemias. Al menos así lo considera la historiadora de la ciencia y de la técnica, Yajaira Freites, quien posee credenciales de la Universidad Central de Venezuela (UCV), del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC) y de la Universidad de California en Berkeley, en los Estados Unidos de América.

El 15 de mayo de 2020, Freites publicó un artículo sobre la relación entre la ciencia, la política y la pandemia en Venezuela, a propósito de unas declaraciones emitidas por Nicolás Maduro sobre una supuesta receta contra el coronavirus, elaborada por un tecnólogo llamado Sirio Quintero. La profesora comparó el suceso con el pensamiento tradicional imperante en el país durante el siglo XIX, alejado de la modernidad científica y tecnológica. Su pretensión de quedarse en el poder nos regresa al pasado.

—Los gobiernos liderados por Hugo Chávez y su sucesor Nicolás Maduro, han tendido a confiar en la medicina procedente de Cuba, y no en la de los profesionales nacionales, a quienes han identificado como enemigos ideológicos. El fenómeno de Quintero expresa una vuelta al pasado, al saber tradicional, aunque él lo adorne de elementos de nanotecnología.

la ciencia

—Hay una especie de pretensión universal de los Estados por callar a la ciencia. Lo vemos ahorita con la pandemia, ¿a qué se debe eso?

—Es que la relación entre la ciencia, el conocimiento y el poder siempre es complicada. Por una parte, uno no puede negar que hayan tenido buenas relaciones, el proyecto Manhattan que dio lugar a la bomba atómica es un ejemplo. Ahora, con relación a las pandemias es un problema que está relacionado con el control. No solamente con el control en sí de la enfermedad, sino con el desbalance de la sociedad. Si bien hay Estados que se han apoyado en la ciencia –como Alemania, por ejemplo, donde la canciller Ángela Merkel se basó en el reporte de sus científicos para orientar la política alemana sobre la pandemia–, hay otros que quieren controlar a la población, aprovechándose, por una parte, de la presión de controlar la enfermedad.

Entonces, la relación con el conocimiento se vuelve muy tensa: los médicos piden que se controle y la economía exige continuidad. La política también hace lo suyo, porque estos momentos han favorecido a los regímenes para incrementar su control, reprimir y socavar los derechos humanos. Igualmente pasa con el problema de la comunicación de los resultados, que es relevante para el Estado y para la población porque es lo que permite diseñar las políticas de contención. La cosa es que estas medidas no son bien explicadas y son vistas simplemente como restricción. Lo importante es enseñar que estas son medidas necesarias. Si no hay medidas educativas, didácticas, que fomenten la solidaridad, por supuesto que habrá malentendidos. En el caso nuestro, las personas que venían del exterior son estigmatizadas. Dicen que son peligrosas, y eso hace que la gente que presenta síntomas no asista a realizarse las pruebas, porque piensan que estar enfermo está mal visto. La información que suministra la ciencia hay que saberla comunicar. No es lo mismo hablarles a grupos del campo que a grupos urbanos. Y eso es una tarea que debe hacer el Estado.

—Y aterrizando esa tensión entre ciencia y Estado a la historia de Venezuela. ¿Cómo ha sido la relación entre los gobiernos y la ciencia?

—Fíjate: hay un trabajo interesante de la profesora Dora Dávila: Caracas y la gripe española de 1918: epidemias y política sanitaria, que explica muy bien eso. Estábamos en plena dictadura de Juan Vicente Gómez, quien, a pesar de ser un dictador, dio apoyo a una junta médica que se encargó del asunto de la pandemia, liderada por un connotado representante de la ciencia nacional, el doctor Luis Razetti. No había en aquel entonces una vacuna contra la gripe española, nunca la hubo, pero sí medicamentos y la limpieza de la ciudad. Sin embargo, a finales del año 1918, el gobierno dijo que la epidemia había terminado en Caracas. ¡Y ya, se terminaron las cosas! Aunque en la práctica no era cierto. Claro, entonces Venezuela estaba un poco más aislada, no había la movilidad que hoy tenemos entre las ciudades. En este sentido, sí hubo una buena relación entre el Estado y la ciencia, también a principios de ese siglo cuando Rafael Rangel luchó contra la peste bubónica en La Guaira.

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El Estado venezolano en el siglo XX tuvo una buena relación con la ciencia, sino no hubiera sido posible la lucha contra la malaria. La campaña antimalárica comenzó en 1936, cuando se creó el Ministerio de Sanidad y Asistencia Social, y dentro de él la Dirección de Malariología y Saneamiento Ambiental con Arnoldo Gabaldón a la cabeza. Y él se mantuvo en ese cargo hasta 1959, cuando pasó a ser ministro de Sanidad y Asistencia Social con Rómulo Betancourt. Se mantuvo porque fue una campaña que no paró por los cambios de gobiernos, porque había una consciencia de que ese objetivo era muy importante para el país. Eso demuestra una buena relación.

—Esa relación pareció romperse con la llegada de Hugo Chávez, lo digo por la medicina cubana y el desinterés por la realizada en el país.

—Sí, en efecto. Lo que ha ocurrido es que a partir del gobierno de Chávez y de sus aliados, esa relación se rompió. Chávez rompió la relación de la ciencia del país con el Estado venezolano. Por ejemplo, él nunca tuvo un médico de cabecera venezolano. A partir de los años 50 fue muy importante el vínculo que los científicos tuvieron con el poder, independientemente de que gobiernos de diferentes partidos se sucedieran. Era una relación institucional y se expresaba en la figura de los ministros del área. Eso se rompió; un síntoma de ello, fue cuando el presidente Chávez, por ejemplo, decidió no tener un médico venezolano de cabecera, y se configuró desprecio que este grupo gobernante le tiene al conocimiento y a los profesionales venezolanos. Esa es la desconfianza que se instauró y que ha roto los canales entre el Estado y la comunidad científica nacional. Las relaciones que existen son a través de personeros que están afiliados a la óptica del gobierno. Son más militantes del partido que científicos, es decir, ponen primero la filiación partidista que la actividad científica.

—Y eso incide en el retroceso del país, del que muchos hablan, porque, por ejemplo, vemos que hay gente que prefiere asistir a un brujo y no a un médico. Les tienen más confianza a las hierbas que a los fármacos.

—El uso de las hierbas y de los “brujos” –entre comillas porque algunos colegas míos de antropología dicen que son especialistas médicos populares– siempre ha existido en el país, aun cuando la medicina moderna ha estado presente. Lo que ha ocurrido es que, debido a la debacle del sistema sanitario, esos espacios han sido llenados por estas prácticas populares que nunca dejaron de existir. El problema no es ese. El problema es que se convirtieron en la solución oficial, lo dijo Maduro cuando se refirió a Sirio Quintero, en marzo.

—Lo mismo pasó a finales del siglo XIX con Telmo Romero, el yerbatero del general Joaquín Crespo que le publicaron un libro.

—Sí, el libro de él tuvo dos ediciones, fue un bestseller. Se llamó El bien general: colección de secretos indígenas y otros que por medio de la practica han sido descubiertos, publicado por la Imprenta Nacional. Hubo un rechazo importante de la intelectualidad caraqueña, de los estudiantes de medicina que quemaron los ejemplares en los patios de la vieja Universidad Central. Pero el hecho de que se hayan vendido todos los libros dice que siempre ha habido confianza en las hierbas. Por eso te digo que esa práctica nunca ha sido desechada en el país, que ahora, por los problemas que existen, se ha intensificado es otra cosa. Lo terrible del caso es que el Estado venezolano, que se supone que debe ser el garante de la salud de todos los ciudadanos, esté oficiando este tipo de alternativas, cuando todos sabemos muy bien que se trata de una práctica irresponsable. Así el caso del señor Sirio Quintero, que es una vuelta atrás, al siglo XIX, saltándose todos los esfuerzos del siglo XX, que fue cuando el Estado venezolano empezó a creer y usar más en la ciencia.

—Y a pesar de los caudillos y las montoneras del siglo XIX, ¿hubo algún un esfuerzo venezolano por la ciencia ante estas coyunturas?

—No. En el siglo XX es cuando el Estado toma las riendas del problema de la salud pública, con la Oficina de Sanidad Nacional. Lo que ocurría en el siglo XIX era la creación de juntas de emergencia que ponían en práctica las habituales medidas de cuarentena, de saneamiento ambiental, de la quema de ropa o de cosas consideradas como dañinas. Y cuando amainaba la enfermedad, se deshacían. Es a partir del siglo XX cuando el Estado inicia su involucramiento con la salud pública, y ya en 1936 con la medicina preventiva. En el siglo XIX no había muchas herramientas, salvo por la vacuna contra la viruela que fue la primera: se creó a finales del siglo XVIII y a Venezuela la trajo la Corona española. En el siglo XIX había pocas, o ninguna, medidas de prevención, eso cambió en el XX, después de que la gripe española desbordó los pocos hospitales y al personal médico. Fue entonces cuando se creó el sistema sanitario en casi todos los países.

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