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Autocines de Caracas, cuando éramos felices

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06/12/2016
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FOTOGRAFÍAS: DAGNE COBO BUSCHBECK, CUANDO ERA CHAMO, PINTEREST

En una ciudad de la que ya no queda casi rastro existieron terrenos en los que se elevaron las pantallas del séptimo arte. Con la posibilidad de comer y beber a gusto, de disfrutar de los amigos y el amor, ajenos a una inseguridad que aún no carcomía la dinámica social, el cinemóvil fue vivir abiertamente la nocturnidad

En la unión entre la Avenida Francisco de Miranda y la principal de Los Ruices existe un depósito de camiones de Empresas Polar. Pero hace 40 años hubo allí un autocine, a donde Bernardo Rotundo quiso ir con sus amigos para ver películas XXX. El ahora presidente del Circuito Gran Cine apenas llegaba a los 12 años, no tenía ni el carro ni la edad para ser espectador de aquellas historias. Pero, como para satisfacer la curiosidad no hay imposibles, caminó, con un grupo de coetáneos, desde La California Norte bordeando la quebradita hasta llegar al Autocine del Este. Allí se subió a una mata de mango y se aferró bien para no caer. Bautizaron el lugar como “cine matica”.

Desde allí vio El último tango en París, filme de Bernardo Bertolucci protagonizado por Marlon Brando y María Schneider que había sido prohibido por el presidente Rafael Caldera. “Pero fue la gran decepción, porque no pasaba nada. Los niños querían ver otro tipo de acción, más sexualidad. Y no hubo. Todos salieron bravos. A mí sí me había gustado, pero no podía defenderla mucho porque iba a ser cuestionado”, recuerda.

cuando era chamo tamanaco

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Los años de los autocines en Caracas ─y en otras zonas del país─ fueron el pleno ejercicio de la informalidad. Vivir la calle noctámbula. La posibilidad de escapar a convenciones sociales y ejercer la libertad tras las ventanillas de un carro o en los alrededores de las fuentes de soda. Fue una época en la que jóvenes y adultos disfrutaron la ciudad sin miedo, sin mayores restricciones. Nadie necesitaba estar encerrado, pues la inseguridad aún no había atacado las dinámicas sociales del país.

Autocines de Caracas29.11.2016Fotografia: Dagne Cobo Buschbeck.

Se encendió el proyector

Antes la diversión era distinta. Hacia los años veinte no había televisión, se presentaban algunas piezas de teatro y las plazas eran los lugares de reunión. La llegada de la gran pantalla –primero muda, y lustros después con sonido hasta llegar al color– fue todo un acontecimiento social y tomó rápidamente el primer lugar entre los pasatiempos.

En la década siguiente había en Caracas poco más de 15 salas de cine, entre las que estaban las de mayor categoría –esas que tenían reservadas para ellas los estrenos– y los llamados “cine de barrio”, locales más modestos. Las primeras funcionaban en lujosos teatros en el centro de Caracas y a estas se asistía con los mejores trajes: flux y corbata los hombres, estolas de piel las mujeres. Existían los teatros Ayacucho, Rialto, Metropolitano, Boyacá. Eran los lugares donde se proyectaron películas de Libertad Lamarque, se estrenó el éxito Allá en el Rancho Grande y la primera producción sonora venezolana, El Rompimiento.

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En los “cines de barrio”, por el contrario, se proyectaban las cintas luego de varias semanas de haber llegado a la ciudad. Se contaron entre estos El Rex en San José, el Jardines en El Valle, el Astor en Antímano, el Para Ti en Monte Piedad, el Lídice y el Pinar.

En este contexto llegó a Caracas el autocine, una idea prestada de Estados Unidos. La idea tomó cuerpo cuando en los años treinta el empresario y cinéfilo Richard M. Hollingshead realizó varias pruebas para proyectar películas al aire libre con la intención de promocionar los lubricantes que comercializaba la empresa familiar, sin darse cuenta de que daba inicio a otro negocio. “Fue un acontecimiento que cambió la idea del cine. A Caracas llegó un poco tarde. Era el momento de la recuperación de la Segunda Guerra Mundial y el automóvil se había vuelto omnipresente. La gente se dio cuenta de que podía dejar el rigor de aquellos tiempos. El autocine era como antisocial, porque uno podía ir como quisiera”, señala el arquitecto Nikolajs Sidorkovs, autor del libro Los cines de Caracas en el tiempo de los cines.

El diseño era sencillo: un estacionamiento con la pantalla ubicada sobre una estructura elevada. En muchos casos, esta iba incrustada dentro de un edificio, en cuya fachada solía colocarse el nombre del autocine.

Autocines de Caracas 29.11.2016 Fotografia: Dagne Cobo Buschbeck.

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El primero que existió fue el de Los Chaguaramos; construido en la avenida de La Colina en 1949. Tenía su fuente de soda en la planta baja del edificio: el Cristal Room, que al terminar la película se convertía en un local nocturno informal.

La familia que preside en la actualidad Cines Unidos eran los dueños de aquel autocine. Para su inauguración anunciaron “por primera vez en Suramérica” la alternativa de disfrutar, en un espacio con la capacidad para 250 carros, un espectáculo con confort. Ofrecía también rampla con mesas y sillas para 600 espectadores. Allí ofrecían proyectar las “mejores películas de la industria”.

cuando se estrenó el de los chaguaramos

Los dueños de los terrenos vieron una oportunidad y se desató la fiebre. Se construyeron el Cineauto del Este, el Autocine Andrés Bello, el Cinecar de La California, el Autoteatro Paraíso, el de Maripérez, el Cinemóvil La Paz, el Cinemóvil Tamanaco, otro en Los Ruices y en La Boyera, Autocine Boleíta, el Cinemóvil de El Cafetal (el que más resistió en el tiempo), los de Montalbán 1 y 2, y uno que se erigió en la Cota 905. Fuera de Caracas existieron el Cineauto Maracay, el Cineauto Terepamia en Barquisimeto y en la urbanización El Trigal en Valencia.

En muchos casos, ver la película no era el objetivo principal de los asistentes. De las fuentes de soda llevaban comida a los carros en una bandeja que se podía apoyar en la ventana: hamburguesas, perros calientes, sándwiches, club house, helados, cotufas, refrescos. Asó se creó todo un mundillo de costumbres, donde no faltaban quienes saboteaban con el ruido de sus cornetas o los que encendían las luces de los carros para entorpecer la imagen en la pantalla. Se podía fumar cigarrillo, entre otros etcéteras, y llevar la “caña”.

Autocines de Caracas 29.11.2016 Fotografia: Dagne Cobo Buschbeck.

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Experiencia sensorial

En el autocine de Los Ruices se llegó a exhibir en funciones de 6:45 pm, 8:45 pm y 10:45 pm El hospital del amor, de censura D. Y cuando se proyectó Cupido motorizado los dueños de los volkswagen escarabajo podían entrar gratis. El precio era económico – 5 bolívares– y se pagaba de manera distinta durante la semana: de martes a domingo cada quien cancelaba una entrada, pero los lunes solo se cancelaba el ticket del carro.

Estos recintos de amor y libertad nunca se caracterizaron por un buen sonido. El audio llegaba hasta el carro a través de una corneta en forma de caja que se colocaba en la ventana. Iba conectada con un cable a una suerte de paral que se disponía cerca. “Esa bocina quedaba del lado del piloto o del copiloto según cómo te estacionabas. Era bien aparatoso y tenías que bajar el vidrio. No podías ir en días lluviosos. La verdad el sonido no era de alta fidelidad, más bien algo rudimentario. Pero el atractivo era la atmósfera de asistir en grupo familiar y para los que iban en otro plan”, expresa el escritor José Antonio Parra. Luego la dinámica cambió: desde el carro se sintonizaba un dial específico donde se transmitía en una emisora particular el audio de la película; aunque esto no representó mayor mejora.

cine auto del este

Parra recuerda los años setenta como de bienestar en la que los autocines llegaron a convertirse en templos: “Era una Caracas mucho más familiar. Una ciudad de sabores: el de los helados, el de la salsa tártara en los perrocalientes de Los Cortijos, del frapé. Había en helado una versión del Apollo que llegó a la luna, tenía forma de cápsula. Recuerdo los modelos de automóviles de aquella década: el Ford LTD Landau, un carro de 1966 fue el Maverick y en el 78 vendían uno regulado que costaba 24.000 bolívares, era un modelo subsidiado por el Estado: el Chevy nova guerrero”.

En medio de la nostalgia, el documentalista Enrique Lares habla del ambiente nocturno de aquella década: “La época más popular de los autocines fue entre mediados de los setenta y de los ochenta. Eran los años de la música disco, del dólar a 4,30 y éramos felices. Para salir, podías ir a Le Club en el centro comercial Chacaíto, el City Hall o el Members en el CCCT. Estaba también La Lechuga en el centro comercial Avenida Libertador”.

Autocines de Caracas29.11.2016Fotografia: Dagne Cobo Buschbeck.

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Con seis décadas de vida, Lares rememora que la primera vez que fue a un autocine tenía 16 años y se robaba el carro de su casa: “Lo que uno hacía cuando tenías amigos más chamos y querías ver una película censura C o D era que los metías en la maleta del carro para poder entrar. Pero las niñas de mi generación no podían decir que iban a esos lugares. Porque, como decían mi mamá y mis tías, eso era de mujeres de la calle. Allí pasaban cosas ardientes, en efecto”.

Los últimos aires del cinemóvil

El descenso comenzó en los años ochenta y finalmente tocó fondo en los noventa. “Como todo, los cines se mudaron para los centros comerciales porque eran más seguros. Comenzaron los asaltos y ya nadie volvió. En los autocines la desprotección era total. No había vigilante; uno podía identificar a los forajidos, incluso había violaciones”, señala Sidorkovs. El arquitecto habla además de las nuevas tecnologías: llegó el Betamax y el VHS: “La gente copiaba las películas y las veía en su casa. Y luego apareció el cable, ver películas se volvió más selecto”.

Autocines de Caracas29.11.2016Fotografia: Dagne Cobo Buschbeck.

Cifras de aquella caída se registran en el informe Transformaciones en el campo laboral de la información y comunicación elaborado por el padre Jesús María Aguirre para el Centro Gumilla: de las 341 salas-pantalla existentes para 1991, hubo un cierre progresivo de los cines-teatro y autocines hasta caer al límite de las 213 en 1996. Con el auge de los centros comerciales y la modalidad de multicine para 2002 el número había aumentado a 326.

Abdel Güerere, presidente de la Asociación de Exhibidores Cinematográficos, afirma que la desaparición de los autocines respondió no solo al tema delincuencia, sino a un factor económico. “Entre 1974 y 1996 hubo restricciones al aumento de los precios de las salas de cine. En los primeros diez años estuvo congelado totalmente y fue luego sometido a control de precios; en los 12 años restantes subió tres veces nada más. Al no poderse incrementar los precios, y con el ritmo de la inflación, el negocio fue perdiendo rentabilidad”, señala.

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A esto agrega las posibilidades de inversión para los dueños de los terrenos en una ciudad que exigía urbanizarse producto del boom petrolero: “No era rentable tener miles de metros cuadrados si solo podían ofrecer dos funciones, la de las 7:00 pm y las 9:00 pm. Y si acaso una de medianoche. En 1981 hubo una presión para que grandes espacios se convirtieran en edificios y lo más lógico era vender o construir conjuntos residenciales”.

En este proceso, los autocines fueron utilizados para otras actividades como mercados, exposiciones y conciertos. El Cinemóvil de El Cafetal fue el último en apagar su pantalla, en 1997, y el espacio donde en 1991 tuvo lugar el primer Festival de Rock Iberoamericano. Producido por Claudio Mendoza, albergó durante cinco días en dos fines de semana a 17 bandas de 7 países. Lo que fue una suerte de Woodstock latinoamericano, recibió cada noche entre 15.000 y 20.000 espectadores. Venezuela estaba entonces en el panorama musical internacional.

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Uno de los recuerdos más vívidos de aquel momento fue la llamada “amanecida de Soda”. La banda liderada por Gustavo Cerati era la encargada de cerrar, pero el último día cayó una lluvia torrencial que retrasó todo. Casi a las 7:00 de la mañana, y en una atmósfera delirante, la agrupación bajaba el telón entre los coros: “Sale el sol y aún sigo soñando. Primera vez que tocamos al amanecer, desde ahora en adelante lo exigiremos en los contratos”.

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