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Delcy Rodríguez, la plenipotenciaria

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09/08/2017
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FOTOGRAFÍA: AP

Las maneras de Delcy Rodríguez son todo menos diplomáticas. Se vio en su paso por la Cancillería, y ahora no se espera nada distinto como Presidenta de la Asamblea Nacional Constituyente lograda con fraude legal y electoral. Su lengua incendiaria y camorrera, lejos de guardar composturas, insulta, incluso a los que se sienten poderosos, como Hugo Chávez

Se va de lenguas. Lo que dice es discutible, en realidad, aterra. Pero cabe señalar que su hablar carrasposo, tirapedrero, insolente calza —sobre calzado también va el asunto— con el estilo atroz que ha sido impuesto con denuedo, y para fines revolucionarios, a lo largo de la mala praxis de estos 17 años de barbarie, barbarismos y neolengua; los necesarios para fatigar el significado de las cosas, burlarlo, horadarlo, vencerlo y dejar exangües, por ejemplo, el sentido de democracia o el de la palabra amor, pervertida y arrollada, sus entrañas arrasadas, como diría el poeta Samuel González, y como diría el genio Rafael Cadenas “¿Qué hace aquí colgado de un látigo la palabra amor?”. Estilo que estrenó y convirtió en tendencia quien fuera el galáctico jefe de Delcy Rodríguez.

A quién por cierto, vaya boomerang, vaya osadía, en un viaje a Moscú ofendería en español raso —quién sabe si con acento cubano— pensando que no habría problemas con eso; que era apenas una demostración de camaradería, una prueba de que había aprendido la lección como alumna aventajada, pero nones —se le dicen groserías a los otros, al presidente de la Organización de Estados Americanos (OEA), a un país, pero no a Hugo Chávez. Va Delcy Rodríguez en la comitiva que acompaña al mandatario que anda de gira cuando por re o por fa se produce una discusión entre ambos. Entonces ella escupe la palabra, esa que sin ene no es nada. Huevo podría ser incluso la contracción de dos que se adoraban: Hugo y Evo. Pero le añadió la ene. Ay. No seas tú tan “huevón”. El presidente montó en cólera. Bueno, donde se instalaba más bien. Y mandó a parar, como cuenta un testigo de excepción.

Fue separada del momento, de la circunstancia y de la escena. El presidente la despidió y tuvo que regresar de inmediato a Venezuela, en otro avión; ya no integraría la comitiva, ni sería parte del elenco, con efecto retardado. Por un tiempo quedó sin perfil, sin bosquejo, sin presencia. Tan rotundo el castigo que, a las semanas, no más supo Chávez que ella seguía trabajando con el gobierno, que lo hacía ahora hombro con hombro con Jorge, su hermano, el psiquiatra, el alcalde, el de —también— verbo tenaz y salpimentado con azufre, que hasta aquella discreta esquina de la oficina de la causa la buscó su dedo de despedir. Tuvo que dejar entonces la Alcaldía. Ordenes son órdenes, el problema no es el nepotismo, qué va, esto ha sido muy familiar, el problema es la palabra dicha a quien no se debe. Esa.

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El presidente que en ejercicio de sus funciones se permitía que se incrustara, que cupiera, que calzara —ya viene el tema de los zapatos y de la diferencia entre envalentonar y envalentinar— el puño cerrado de su zurda en su mano abierta de la derecha para demostrar quién es el guapo aquí, el de las improvisaciones protocolares y la celebérrima frase con que se inicia en la verborrea hosca, la de que había que freír la cabeza de los adecos en aceite hirviendo no permitiría confusiones e irrespetos jerárquicos con él, con “mi persona”, como decía; con el estado, como confundía obscenamente; recordar el índice movedizo señalando ahora su humanidad para que quedara claro el concepto de yo mismo el supremo.

Delcy Eloína Rodríguez Gómez —nació en Caracas el 18 de mayo de 1969— ostenta un profuso currículo: vicecanciller de Relaciones para Europa; ministra del Despacho de la Presidencia; Coordinador General de la Vicepresidencia de la República; ministra para la Comunicación y la Información, directora de Asuntos Internacionales de Petróleos de Venezuela y, entre 2014 y 2017, Canciller o Ministra del Poder Popular para las Relaciones Exteriores. Desde el 4 de agosto, es presidenta de la Asamblea Nacional Constituyente lograda sobre un fraude electoral. Entonces pasa a tener más poder que el propio Maduro, al encabezar una instancia “supraconstitucional”, “plenipotenciaria” para destruir las bases de la República establecidas en la Constitución de 1999. En sus primeras palabras, una aventura: “Aquí no hay crisis humanitaria, aquí hay amor”.

Abogada por la Universidad Central de Venezuela (UCV) —y miembro del movimiento estudiantil mientras estudia leyes— llega al mundo de la diplomacia chavista sin proponérselo, luego que no concluye el posgrado de Derecho Laboral que estudiaba en Francia, porque “no aprobó todas las materias”, según consigna un funcionario de la Casa Amarilla que prefiere guardar su identidad. Pero, qué oportuno, para el gobierno las piezas calzan, ajá. Y la sorprende con una propuesta salvadora. Deberá viajar desde París a Londres ¡como la nueva agregado cultural 3 del consulado de Venezuela! Será de esa manera, fortuita y simple como llega a Wrafton Way, a la que fuera la casa del ilustre venezolano universal Francisco de Miranda, y allí comenzará su empírica trayectoria en la compleja carrera de las relaciones exteriores. Su verbo gana rápido la fama de incendiario.

Pronto tiene bronca con la ministro consejero, una diplomático de impecable desempeño, la ya fallecida embajadora en el Reino Unido, Silvia Dorante. Gente de la Cancillería asegurará que esto será el inicio de una serie de errores protagonizados por Delcy Rodríguez —“es que confunde deberes y derechos, libertad y responsabilidad, le cuesta rendirle cuentas a un superior, tampoco cree en la disciplina y, vaya, no reconoce jerarquías”, confirma aquel testigo de ojos enormes, al tanto de este y otros episodios—; no pocos coinciden en llamarla contumaz. Una frase, por ejemplo: “Los funcionarios de carrera traicionaron aquí, en estos pasillos, la soberanía nacional”, diría en la Cancillería. Un gesto: sería ella quien presionaría a Hugo Chávez para que derogara el nombramiento de seis embajadores —ya iban camino a Miraflores, listos para el acto oficial— porque, como alegaría ella, “son todos puros escuálidos”. No los enviarán a sus destinos.

Diplomacia y Delcy Rodríguez son un oxímoron. Lamentable que la primera canciller venezolana mujer desprestigiase el estreno. Y que haya arremetido con un discurso de flechas en la OEA, luego que la comunidad de los países del continente oyeron de Almagro las 40 páginas vergonzosas que retratan la crisis de Venezuela y medio mundo: la escena fue televisada. Ella le respondió —ya sin duda alguna, con acento cubano— con argumentos de palo y pique. Chávez murió pero su legado queda. No ha variado su tono desde aquella boutade personal que tuvo con el tutor. Es identidad y patente de corso de la cofradía, cosa propia del gobierno, que habla desde las botas, que tiene, en la punta de la lengua, la guerra; la mienta, la invoca, la lleva de escafandra y salvoconducto. Por lo que no ha de escandalizarse con las acrobacias verbales de un par cuando alega así: “Tú eres mi empleado, chico, el de nosotros, pero eres pésimo, si esto fuera un McDonalds no ganarías ni siquiera el premio de empleado del mes”, y añadiría cosas relativas a que le corresponde al presidente de la Organización de Estados Americanos el aseo y limpieza. Puño, no letras. Puño fúrico y camorrero. Lamentable que haya sido condecorada por ello.

Luego, un episodio más reciente, el empeño por asistir a una reunión de Mercosur a la cual no ha sido invitada y ya sabía no sería recibida. Confiada en que las consignas le servirían de machete para sortear la maleza, sus huestes gritaban “Venezuela se respeta” y “Derechos de la mujer” -como si el género fuese patente de corso- cuando la excanciller embestía el salón protocolar donde los demás ministros del bloque ya habían pactado la ausencia. Luego habló de agresiones, de misoginia. “Venezuela no necesita invitación porque Venezuela ejerce la presidencia pro témpore de Mercosur”, dijo antes del episodio. “Venezuela no tiene derecho ni a voz ni a voto, es decir, no participa (del Mercosur), hasta que quede demostrado que cumple con los compromisos asumidos de acuerdo a su acceso (al bloque) en el año 2012″, dijo más tarde la canciller argentina Susana Malcorra.

 

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De su boca hemos tenido noticias, no buenas, ahora también de sus pies; con ambos pretende llevarnos por la calle de la amargura, claro pero a ella eso no la incomodará si enguanta sus extremidades con joyas suscritas por la celebérrima marca creada por el diseñador italiano Valentino Clemente Ludovico Garavani, ella dirá, alias Valentino. Con un par de zapatos del exclusivista, y acaso racista color nude —las pieles y carnes humanas tienen muchos colores para decirle color carne solo al rosáceo— embellecidos con remaches puntiagudos, filosos, ay, que hacen juego, recibió el jueves 21 de julio al secretario general de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), Ernesto Samper.

Qué caras sus andanzas diplomáticas. Cuánto cuestan. Pues he aquí el precio de los zapatos: 1.000 dólares. Tomando en cuenta el precio del dólar innombrable, según circula en las redes sociales, el resultado será que con el precio de su objeto de deseo hubieran podido venderse más de 1.600 bolsas de comida para el mismo número de familias, calculando que cada una se vende en 11.200 bolívares. O sea, que se dio el gran gusto e hizo el gran gasto de un millón de bolívares para hacerse de los ya famosos zapatos. Comunismo o consumismo, las tiritas se tocan y van abrochadas con una hebilla.

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Jorge Rodríguez, montado de manera irreductible en el objetivo de ganar elecciones, los votos como argumento, conseguiría para ella el perdón anhelado del líder; es así como regresa a las filas rojas donde su hermano ha sido un ungido.

Hermanos de estrecha alianza en tiempos de un gobierno en el que se repiten los mismos apellidos, a fin de cuenta, en la cresta, todos Castro —esto no lo dijo Lorena Bobbit— sería en su caso, muy singular la circunstancia y penosa; comparten un dolor idéntico e histórico: la pérdida del padre. Hace exactamente 40 años, el 25 de julio de 1976, Jorge Rodríguez moría a manos de los policías que buscaban, con formas ilegales de persuasión, datos precisos sobre el paradero del industrial estadounidense William Niehous —es una hipótesis que siempre ha circulado que esta acción está asociado con el golpe contra Salvador Allende— a quien mantenían cautivo; fue fulminante la tortura. Murió. Los gendarmes apresados, según fuentes informadas sobre pormenores del trágico desenlace, admiten el horror pero agregan que no lo violaron con fusiles, ni le cayeron a batazos, y que, en este impío caso, serían los golpes en zonas vitales los que producirían —dicen— el infarto que desencadenó el terrible deceso. Distinto, valga la comparación, añaden, a como este gobierno ha tratado a muchachos apresados por protestar; no porque hubieran secuestrado durante tres años a nadie.

Aprehendido por su vinculación con este secuestro querrían los policías que soltara prenda sobre el sitio donde mantenían raptado al presidente en Venezuela de la Owens Illinois sus captores, todos miembros de la Liga Socialista como él. Jorge Rodríguez estaba entre sus más conspicuos miembros. Y Maduro y Barreto.

El dolor puede ser voraz en su afán, lacerar de manera indefinida. Y volverse algo más complejo, más triste, tóxico. Hacer migas con el encono. Los hijos del político señalado como sedicioso quedan huérfanos muy temprano, Jorge, a quien le correspondió dedicarle a su padre el discurso de despedida, en la ahora desdeñada Aula Magna, no había cumplido los 11, y Delcy, sumaba 7. Para bien o para mal, de ellos y del proceso político subsiguiente estaría pendiente José Vicente Rangel, figura de ambivalente perfil, siempre abogó por la defensa de los derechos humanos a la vez que con el tiempo fue creciendo cada vez más la sombra que lo acompaña.

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Para muchos es tan inevitable como obvia la marca dejada por este terrible trance, una cicatriz que trazaría sus biografías. “Sienten que el mundo está en deuda con ellos”, desliza un líder vinculado con el marxismo pero no con el chavismo. “Hubo muchos errores en los sesentas cuando la lucha armada, los resentimos, y también los cometimos, puedes aceptarlo o no, y lo que sí no debes es seguir cometiéndolos”. El escritor Eduardo Liendo, otrora preso en la Isla del Burro, dirá algo que acaso incomode en sus oídos: que nunca sería tan bárbaro un gobierno contra sus opositores como ahora. Como este.

La corrupción, el desmán, la violencia, el autoritarismo, la carraplana convocada pasarán, como pasará este gobierno que potenció las fragilidades de la sociedad a la ene, y serán repasados los enunciados con los que se instalaron en el poder. Nadie sabe si Delcy Rodríguez, quien en una ocasión pegó el grito al cielo porque Colombia protestaba la violación de su espacio aéreo por parte de Venezuela —sobre el hecho en sí no opinaría— y no hace mucho se refirió a Leopoldo López llamándolo terrorista, pueda leer el momento. Es paradójico que justamente ella, que no parece muy clara en materia de límites —parece encontrar contradictorio respetar protocolos y a la vez ser revolucionaria— esté a cargo, precisamente, de los problemas fronterizos que dirime el país con Guyana y Colombia. Los analistas consideran también asombroso que se le asignen responsabilidades diplomáticas, esas que implican mesura y paciencia, a quien tiene talante enardecido. “Es como aproximar gasolina al fuego…”.

En algún momento asociada sentimentalmente con Fernando Carrillo, soltera y de baja estatura, en las fotos luce muy parecida a su padre, ver sus ojos; eso con los que no mira la ruina, las colas, la escasez, la avidez con que fue deglutida la renta petrolera. Tampoco el sofá de psicoanalizar de su hermano, lo de ellos es una silla, por ahora.