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Elías Pino Iturrieta llegó a la historia a través del oído

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20/08/2018
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TEXTO: JESÚS PIÑERO (@JESUSPINERO) | FOTOGRAFÍA: DANIEL HERNÁNDEZ

El historiador asegura que la gran diferencia entre el chavismo y los gobiernos autoritarios del pasado es la pretensión de querer guiar la memoria colectiva e imponer una única y excluyente versión de la historia. También explica que la evolución ideológica es natural en los seres humanos y a eso remite su antigua participación con la izquierda universitaria

Elías Pino Iturrieta se convirtió en el primer venezolano en egresar del Colegio de México, donde estudió el doctorado. Su trayectoria ha estado marcada por importantes cargos académicos, dentro de los que resaltan: decano de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad Central de Venezuela (UCV), director del Centro de Estudios Hispanoamericanos y profesor titular de esa misma casa de estudios y de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB). Desde 1997 es Individuo de Número de la Academia Nacional de la Historia, institución que también dirigió hace algún tiempo.

Durante el segundo gobierno de Rafael Caldera, ocupó el cargo de presidente del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg) y hoy trabaja en la última oficina que ocupó Simón Alberto Consalvi, pues es el editor adjunto del diario El Nacional. Su destacado aporte en la historiografía venezolana lo ha llevado a importantes participaciones en el exterior, siendo conferencista de destacadas universidades de Estados Unidos, Colombia, México y España. Entre sus libros más populares saltan a la vista los títulos El divino Bolívar, Ideas y mentalidades de Venezuela, Contra lujuria, castidad, Nada sino un hombre y La independencia a palos.

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Nunca deja el Twitter tranquilo, sus recurrentes opiniones y citas a la “tía Amelia” lo han convertido en un opinion shaper venezolano. Sin embargo, poco se conoce de su vida personal, peripecias que hoy nos cuenta en esta entrevista.

Una familia sedentaria

Nací en Maracaibo por una cosa fortuita, no había hospital en Boconó y mi madre tuvo que parir allá por un problema de salud. Por sensibilidad y mentalidad soy un gocho. Dentro del matrimonio nacieron dos hijos, yo fui el mayor y el segundo es mi hermano Javier, que es médico traumatólogo. Aparte, había varios hijos de papá nacidos antes de casarse con mamá y también formaron parte de la tribu familiar.

Con mi primer matrimonio nacieron tres hijos, dos de ellos periodistas. Sí, nadie es perfecto. Luego se acabó el matrimonio y yo pasé muchos años de soltero viejo, pero siendo profesor de la Universidad Católica conocí a una estupenda alumna y muy hermosa mujer, me enamoré de ella y nos casamos. Ya vamos para 19 años felices de la vida. Fue suerte haberla encontrado, me ha hecho mucho bien. Ella tiene dos hijos que tuvo en su primer matrimonio y yo ya tenía tres.

Soy hijo de una sociedad sedentaria y le tengo miedo al nomadismo. A mi edad yo creo que mi sedentarismo es definitivo y esa es una razón que pudiera explicar el porqué no pienso moverme de aquí; pero tal y como están las cosas, tendré que pensarlo.

Entre las décadas de 1930 y 1940 hubo una efervescencia política bastante grande en el país. ¿Sus padres estuvieron vinculados a ella?

Mi padre tenía un comercio de café, no le interesaba más nada si no vender y comprar café o cultivarlo. Mi madre sí tuvo interés en la política, ella era de las familias conservadoras del pueblo, apoyó desde su inicio la fundación de Copei y participaba en todas las reuniones que las señoras y los señores hacían alrededor del partido. Cuando el candidato Rafael Caldera iba a Boconó paraba en mi casa, y cuando fue presidente de la República llegaba y dormía allá, de manera que había una relación cercana con mi madre, quien llegó a ser presidenta del Consejo Municipal. Ella no tenía mayor formación escolar, era ama de casa, estudió hasta sexto grado, pero su ánimo conservador la llevó a participar con cierto protagonismo en la vida del Copei pueblerino.

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Una vez venía yo del colegio y me encontré en el piso una tapita, era una insignia con el retrato de Rómulo Gallegos. A mí me llamó mucho la atención y me la puse en el uniforme y entré a la casa con una felicidad notable. ¡Mi mamá se escandalizó! Me la quitó, me la arrancó prácticamente del uniforme, me interrogó como un policía. Estuve muy asustado y le dije que la había encontrado en la calle. Ella me dijo que eso era malo, que esas eran figuras de perturbadores del orden y de la vida de la familia decente, que me alejara de ese tipo de influencias. Esa era mi madre desde el punto de vista de lo que pensaba de la política y seguramente eso pude ser yo en esos tiempos porque me lo transmitió la autoridad de una mujer de mucho carácter, Carmen Iturrieta.

Nació en 1944, eso significa que ha vivido gran parte de la historia contemporánea. ¿Cuál recuerdo conserva de un momento importante en el país?

Cuando cae Marcos Pérez Jiménez pasa otra cosa muy curiosa. En la madrugada, mi tío y los amigos del vecindario estaban oyendo radio y yo me desperté. ¡Oír radio era una hazaña! Había que hacer maromas para que el sonido entrara, pero entre ruidos y bullas se oyó algo importante y murmuraban que había caído Pérez Jiménez.

En cuestión de unas horas, mi mamá me llevó a casa de una dirigente, una señora muy amiga de ella que se llamaba Sofía Spinetti. Entre las dos abrieron un escaparate que tenía un doble fondo donde había unas banderas verdes, las sacaron, las metieron en el carro y yo me fui con ellos a casa de otra figura muy importante del pueblo, el doctor Andueza, donde se empezaron a reunir los partidarios del pueblo y empezó una gran caravana con adecos y militantes de URD (Unión Republicana Democrática). Cuando pasó un camioncito de alguien conocido, mi mamá me montó en él con una bandera y me puso a recorrer el pueblo.

¿Qué movió a un muchacho del interior del país a estudiar historia?

Mi padre pensó que era bueno que yo estudiara Derecho. Así me vine a Caracas a la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), que estaba en la esquina de Jesuitas. Aquello no me gustó. No era lo mío y tenía muchas dudas. Un día fui a ver a un amigo en la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad Central de Venezuela y, mientras lo esperaba, me detuve en los jardines que conducían directamente a las aulas. Recuerdo haber oído una clase en la Escuela de Historia y me llamó mucho la atención hasta el punto de que volví, ya sin cita ni nada, solamente a escuchar. Fue una cosa de oreja y me dije: “Bueno, yo creo que esto es lo mío”.

Resolví ir al pueblo a avisar que no iba a cursar una carrera que no me importaba y empecé a estudiar Historia sin saber exactamente en qué estaba metido. Me encontré con una escuela muy buena, muy estructurada, muy moderna, nada que ver con lo que yo podía pensar sobre lo que era la historia.

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¿Cómo llegó al Colegio de México?

Por imposición de don Eduardo Arcila Farías, quien me dijo: “Mire, mañana sábado va a estar aquí el doctor Víctor Urquidi, el presidente del Colegio de México” y, efectivamente, aquel maestro se presentó en el Centro de Estudios del Desarrollo (Cendes). Recuerdo que me comentó: “Arcila me lo ha recomendado, mande sus papeles que usted está aceptado desde ahora en el Colegio de México”, y así fue como me convertí en el primer alumno venezolano de ese Doctorado en Historia. Allí sí descubrí lo que no había descubierto, investigué con mayor seriedad las cuestiones del oficio y lo más importante fue haberme topado con un gran maestro, filósofo e historiador de las ideas, el español José Gaos, con quien trabajé e influyó muchísimo en mi vida, me cambió el mundo de las ideas.

A diferencia de otros académicos, usted no ha ocupado cargos públicos o políticos de gran envergadura, ¿les ha huido?

En México fue cuando la política se me metió en el pellejo, pero no la tomé como una vocación principal, aunque llegué a ser decano, que es una actividad política; es decir, hay que relacionarse con los partidos de la universidad y buscar alianzas. Por allí sí tuve una carrera que fue buena porque en un primer intento logré las alianzas necesarias y conseguí ser decano, pero después no tuve una participación activa en la política.

En la etapa mexicana tuve muchos contactos con estudiantes cubanos, quienes me enseñaban folletos, panfletos, dibujos y caricaturas de la Revolución Cubana y yo traía todo eso en la cabeza. Agrégale a eso la Guerra de Vietnam, el Mayo Francés y la Matanza de Tlatelolco y yo no tenía nada que ver con el muchacho copeyano que se fue de Caracas a estudiar en un lugar que desconocía.

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Por supuesto que lo de Copei era una cosa, pues, familiar y tribal, pero ya cuando tuve conciencia y después de regresar de México, yo participé en un comando universitario de los que fundaron el Movimiento Al Socialismo (MAS) y por la campaña de candidatura de Teodoro Petkoff. Trabajé mucho en lo relacionado con todo eso y llegué a tener, cosa que me enorgullece, un vínculo bastante cercano con el propio Teodoro.

Y después firmó la lista en apoyo a la visita de Fidel Castro a Venezuela, ¿cómo acoplar eso?

El que no evoluciona es un idiota. Tú puedes pensar una cosa hoy y otra mañana. Hoy puedes ser adeco y mañana puedes ser trotskista. Esas son cosas perfectamente comprensibles, al menos que seas un idiota que consideras que estás metido en una cápsula que te impide movimiento.

Yo era el decano de la Facultad de Humanidades, que en ese momento era un bastión de la izquierda, con muchísima influencia del Partido Comunista. En ese ambiente se gestó la redacción de ese documento que le daba la bienvenida a Fidel Castro. Lo hicieron en la Escuela de Filosofía, les pareció lo más natural que yo firmara y eso fue lo que pasó. Pero lo importante en términos sociales es el anfitrión del asunto y el provocador del documento: quien invita a Fidel Castro a Venezuela es Carlos Andrés Pérez para su coronación, él tiene la figura estelar de aquel evento. Fidel Castro en la coronación del nuevo rey Carlos Andrés Pérez, eso la gente lo olvida porque ve nada más lo superficial.

Además, uno va cambiando cuando considera que las circunstancias te lo imponen, en esos tiempos yo fundé una revista en la Facultad de Humanidades llamada Extramuros,ahí escribí un artículo larguísimo, de ruptura con todo lo que tenía que ver con la Revolución Cubana, el artículo se tituló “Auto de fe” y lo escribí conmovido por el crimen que significó el juicio contra el general Arnaldo Ochoa Sánchez y todo lo que tuvo de inquisición y de horror ese proceso en aquel momento. Eso sí fue importante para mí en el sentido de que significó una reflexión, una comprensión. Por supuesto que a la gente de Twitter lo que le interesa es el “abajo firmante”, pero en ningún momento la evolución normal de un profesional o de un ser humano.

A diferencia de otros historiadores como Germán Carrera Damas y Manuel Caballero, usted fue incorporado como numerario de la Academia Nacional de la Historia muchísimo antes, en 1997. ¿A qué se debió eso?

Había una lucha frontal entre la Escuela de Historia de la UCV y la Academia Nacional de la Historia. Uno se graduaba de Licenciado en Historia y en el momento en que te daban el diploma, te ponían una vacuna antiacadémica porque aquello era la peste y el horror. Eso fue cambiando poco a poco. Siempre iba al archivo de la Academia a escribir mis tonterías o a buscar documentos y comencé a hacer amistad con el doctor Carlos Felices Cardo, secretario de la Academia, quien me introdujo al ambiente y me di cuenta de que la cosa no era tan feroz como se decía en la escuela, y que había un trabajo provechoso, publicaciones muy importantes e investigaciones con toda seriedad y profesionalismo.

Mientras tanto, también la Escuela de Historia dejaba guardadas las lanzas y las espadas contra la Academia. Por lo que no fue una peripecia personal sino colectiva, de muchos profesores que se fueron acercando allí. Primero entró Ermila Troconis de Veracoechea, luego yo, después Manuel Caballero, Germán Carrera Damas y José Rafael Lovera, mucho antes.

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¿Siempre mantuvo esa visión crítica hacia el pasado y hacia Bolívar?

Yo había leído, cuando era estudiante de la escuela, el libro de Germán Carrera El culto a Bolívar. Después salió algún texto también memorable de Luis Castro Leiva y a mí me pareció necesario volver al punto y tratarlo de manera distinta, no tanto por vocación de historiador sino por conmoción de ciudadano, al ver este parapeto terrible del culto estrambótico de Chávez alrededor del Libertador. Por eso me pareció importante volver sobre los pasos de Castro Leiva y del texto de Carrera Damas y hacer algo más enfático, quise yo que fuera más enfático, y se convirtió así en el libro que ha tenido mucho éxito, El divino Bolívar.

Trabajó con Pedro Calzadilla en el pasado,ahora él está en el gobierno, fue ministro y es presidente del Centro Nacional de Historia. ¿Qué pasó allí?

Pedro Calzadilla fue mi alumno y es mi amigo. Cuando yo fui candidato a decano, me ayudó mucho. Él era estudiante, se estaba graduando y estaba en el Partido Comunista, todos los votos de estudiantes comunistas fueron para mí y yo gané la elección con esa cuota importante. Yo pienso que eso le pesó mucho y ese inicio de su vida y de su formación intelectual lo condujo definitivamente a volver a esa lucha de un pretendido socialismo. Él, a su vez, se inició como profesor de la Escuela de Historia cuando yo estaba manejando aquello. Cuando yo fui al Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg), me lo llevé colgado como director de publicaciones porque Pedro es un tipo muy inteligente y muy brillante, competente y de buenos sentimientos. Todo eso hizo que lo metiera en mi equipaje y trabajamos a la perfección con mucha cercanía, a través de cinco años que fueron los del segundo gobierno del doctor Caldera.

Todos los gobiernos buscan justificación y tienen su plumario desde Bolívar hasta la actualidad. En buena parte ese trabajo lo hizo durante mucho tiempo la Academia Nacional de la Historia, vamos a estar claros en eso; que dejó de hacerlo después en lo posterior es otra cosa, pero siempre ha sido así: un conjunto de letrados o de pensadores al servicio de un reino. En este caso es distinto por el hecho de que Chávez crea el Centro Nacional de Historia con el propósito de convertirlo en tutor y rector de la memoria nacional. Eso es gravísimo por el hecho de que se quiere imponer por disposición legal una lectura unilateral, exclusiva y excluyente del pasado. ¿Querer modificar la memoria por mandato oficial? Eso no había pasado aquí hasta entonces. Que José Gil Fortoul escribiera su historia constitucional, perfecto, está en su derecho para justificar a Gómez, para lo que fuera, pero ¿crear un centro cuyo propósito es convertirse en director de lo que pienses del pasado o de lo que recuerdes o no debes recordar del pasado? Eso nunca había existido, solo en la Unión Soviética y en la Cuba castrista.

Usted utiliza mucho el Twitter y siempre cita a un personaje que no sabemos si es real o ficticio: ¿quién es la tía Amelia? ¿Por qué su mención tan frecuente?

Mucha gente me comenta eso. La tía Amelia era una de esas viejas de Boconó que formaron parte de mi infancia. Una de ellas se llamaba Amelia Pardi González, mi tía Amelia, que existió y murió muy anciana. Formó parte de mi infancia, hablaba mucho, era muy culta pero muy lanzada, decía lo que se le daba la gana y opinaba de lo profano y de lo santo con toda propiedad. Entonces, alguien dijo un disparate un día y me dije “eso está como mi tía Amelia”, voy a honrarla, y la usé. No fue una fabricación, realmente existió.

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¿Alguna época que le hubiera gustado vivir?

El siglo XIX, cuando se funda el Partido Liberal y cuando comienza la división entre godos y liberales. Yo hubiese querido oír los gritos de Juan Vicente González y ver a Fermín Toro pensando sobre Venezuela y tratando de meter a José Antonio Páez en el cauce de la institucionalidad, cosa que por cierto logró. A mí esa época que va desde Páez a la primera presidencia de Monagas me atrae mucho, yo creo que hubiera sido un buen liberal de ese siglo.

¿Un personaje al que admire?

El maestro José Gaos, rector de la Universidad de Madrid cuando la república y mi maestro en México, me marcó mucho para bien, es un personaje inolvidable.

¿Una película?

Soy muy aficionado de las películas históricas, tengo una sin duda, creo que la he visto como treinta veces: Danton, la película de un director polaco extraordinario que en este momento se me escapa (Andrzej Wajda), pero que es una película que resume todas las revoluciones en la Revolución Francesa, extraordinariamente bien hecha, ambientada y actuada.

¿Un libro?

Muchos libros me han marcado, por supuesto, porque uno se la pasa leyendo libros, pero voy a escoger uno del historiador holandés Johan Huizinga, El otoño de la Edad Media. Es muy importante porque ve la Edad Media con ojos diversos, hace una valoración interesantísima y revolucionaria de lo que fue la supuesta oscuridad medieval, que no lo fue, y eso le abre muchas, muchas perspectivas al lector, pero especialmente al historiador.