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Juan Guaidó, ¿gendarme necesario?

JuanGuaidóGendarme-PORTADA
20/05/2019
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TEXTO: CARLOS EGAÑA | PORTADA: AP

Las tesis de Laureano Vallenilla Lanz recogidas en el libro Cesarismo democrático cumplen 100 años desde su publicación. Planteamientos hechos en la Venezuela rural que vio nacer al gomecismo se han mantenido con vigencia hasta hoy, cuando la situación social se asemeja a la que aquella nación determinada por su pobreza y sus limitaciones

En el año 2019 los venezolanos hemos recobrado la esperanza de un cambio y sufrido un miedo a la oscuridad que recuerda al insomnio en Macondo. Es el año, también, que marca un siglo de la publicación del Cesarismo democrático de Laureano Vallenilla Lanz. Conocido por exponer la tesis del gendarme necesario, un hombre fuerte que habría de apaciguar y ordenar el país antes de transitar a la democracia, el clásico de nuestro pensamiento resulta controversial cada vez que se menciona. El análisis histórico que da sentido a sus páginas, las conclusiones políticas que encierra, ¿mantienen su validez en la Venezuela que come de la basura?

Un repaso para los centennials: Laureano Vallenilla Lanz fue un sociólogo, historiador y periodista venezolano de inicios del siglo XX que quiso desmitificar la independencia y dar con una solución a las deficiencias culturales que sufrimos como su consecuencia. Luego de ser nombrado cónsul en Ámsterdam por Cipriano Castro y asistir como oyente a La Sorbonne, devoró lecturas de Célestin Bouglé, Ernest Renan, Hippolyte Taine. Así, el anzoatiguense que se frustró en sus dos años de Ingeniería en la Universidad Central consiguió inspiración para revisar nuestro pasado y buscar el porqué del conflicto en que nació.

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Las tesis más significativas de Vallenilla fueron dos: (1) La guerra de nuestra independencia fue una guerra civil, como bien tituló una conferencia que data de 1911, y (2) “en casi todas [las] naciones de Hispanoamérica, condenadas por causas complejas a una vida turbulenta, el Caudillo ha constituido la única fuerza de conservación social,” entendiendo que “la elección y la herencia, aun en la forma irregular en que comienzan, constituyen un proceso posterior”.

La primera teoría, reafirmada recientemente en libros como Trece mentiras bicentenarias de Tulio Álvarez y La independencia a palos de Elías Pino Iturrieta, dio a entender que quienes comandaron el bando realista, apoyados por mestizos y negros en ocasiones importantes, “eran tan extraños como cualquiera de los llaneros del Guárico y de Apure, de Barcelona y de Barinas”. La segunda, más controversial hoy que entonces, merece una revisión a la luz de lo que hemos sufrido estos últimos años.

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Importante notar que a Vallenilla se le ha tildado bastantes veces de apologista de Juan Vicente Gómez. Si bien apostó por el andino como gendarme necesario en el rol de congresista y senador, sus ideas preceden la participación directa que tuvo en su gobierno. Es cierto que el Cesarismo democrático se publicó en 1919, pero el sociólogo había desarrollado el foco de su escrito unos ocho años antes. El Cesarismo democrático no fue una justificación teórica del gomecismo; más bien, Vallenilla vio en Gómez una práctica de lo que ya había intuido.

La principal falta de nuestra democracia según el anzoatiguense pareciera persistir hasta nuestros días: “predicarle derechos políticos a quien ni siquiera se le han asegurado los medios de alimentarse, de abrigarse, de llevar las necesidades más rudimentarias de todo organismo viviente, no es más que una irrisión o una locura”. En 1992,  a pesar de un contexto país muy distinto, Rafael Caldera echó mano de tal principio cuando en su discurso post intentona golpista de Hugo Chávez dijo: “Es difícil pedirle al pueblo que se inmole por la libertad y por la democracia, cuando piensa que la libertad y la democracia no son capaces de darle de comer”.

Dar voz a quien está demasiado ronco, otorgar riqueza a quien no sabe sacar cuentas, prometer un mañana a quien tal vez ni tenga hoy, es para Vallenilla un sinsentido –o, peor, una manipulación. Un país que muere de hambre o que mata por un pedazo de tierra, que no discierne la crítica del insulto, requiere una preparación para no definir su futuro de forma impulsiva.

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El gendarmismo es, evidentemente, una propuesta de transición. Y en la Venezuela que clama por un gobierno de transición antes de unas elecciones libres, no traerlo al debate nacional representa una bofetada a nuestra historia. Cierto es que la idea del caudillo, del hombre fuerte, que algunos emparentaron con Chávez en los años noventa cause detracción; pero el contexto es radicalmente distinto: hubo una corrupción rampante en el siglo pasado, pero se poseía una democracia que apenas entraba en la adultez. El país que recibe Guaidó, para nada democrático, se parece más al que recibió Gómez, desprovisto de producción nacional, educación e instituciones.

El Ejército de Liberación Nacional y grupos paramilitares transitan libremente en el país –a veces hasta se enfrentan a las fuerzas policiales del chavismo que los acoge. Nuestra desnutrición no es solo física, sino académica: la cantidad de personas que han abandonado las escuelas por no tener qué almorzar es alarmante. La propaganda ha suplantado los hechos en cada una de las instituciones del Estado, sus paredes derruidas, sus cifras ocultas por vergüenza. En el siglo pasado vimos cómo la alternabilidad de gobiernos dejaron a la mitad esfuerzos de infraestructura como El Helicoide, y esfuerzos de estabilización económica como la apertura petrolera.

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¿Estamos dispuestos a que peligren soluciones que requerirán plazos largos por insistir en que todos, capacitados o no, tenemos que meter la mano en la olla de inmediato? Hemos visto cómo, históricamente, los movimientos que se hacen llamar revolucionarios pretenden cambiar el status quo de un día para otro con resultados muy lamentables. ¿Será Guaidó el reformista necesario que prepare el terreno para la democracia, en vez de construirla sobre un terruño con demasiados desniveles?

No hay respuestas a estas preguntas. Pero sería una gran equivocación tratar de resolver los retos que se avizoran para la Venezuela de la transición con lemas políticamente correctos. El nuestro es un país arruinado, un cementerio turístico para quienes confiaron ciegamente en la modernidad y los sistemas políticos que contempló. Si nos queda claro que una de las causas de su ruina ha sido hacerle caso omiso a su historia. Si tenemos el centenario del Cesarismo democrático más que presente, volvamos a las palabras de Vallenilla Lanz desprejuiciadamente en vez de censurar como tantas veces se ha hecho. Quién sabe si allí demos con más claves para que nuestros estados se unan y el camino al futuro sea cierto.