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La batalla de Yeiderbeth Requena

Portada YeiderbethRequena
02/07/2019
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FOTOGRAFÍAS: VALERIA PEDICINI | VIDEO: BETANIA IBARRA

Yeiderbeth Requena murió el sábado 25 de mayo de 2019 en la terapia intensiva del Hospital J.M. de los Ríos, en Caracas, producto de un paro respiratorio. Tenía más de tres años a la espera de un trasplante de médula ósea que el Estado venezolano no le garantizó. El pequeño era optimista y quería ganar la batalla contra el cáncer, pero falleció a tres días de cumplir los nueve años de edad. Wendy González, su madre, rememora la lucha del segundo de sus hijos. Una vida que ahora se escribe en pasado

Algo no andaba bien.

 

Wendy González, que conocía su cuerpo, sabía que ese día algo no andaba bien. Se sentía rara, extraña, con una reiterada y desagradable molestia en su interior. Era viernes y se había despertado a primera hora de la mañana para prepararse y dejar a su primogénito en la puerta del colegio, a pocos kilómetros de su casa en La Guaira, estado Vargas. Con su futuro hijo creciendo en su vientre y nueve meses de embarazo, no se quiso arriesgar y fue hasta el Hospital José María Vargas del litoral. No tenía dolores ni las típicas contracciones, pero nuevamente algo le decía que ese 28 de mayo de 2010 nacería su segundo hijo.

En el centro de salud tardaron horas en atenderla. 9 am, 10 am, 11 am. Ahí perdió toda la mañana. A pocos minutos para el mediodía, se quejó con el doctor que, sin mucha preocupación, le contestó que no tenía cara de estar a “punto de parir”. El reloj marcó la 1 pm cuando ella se acostó en la camilla del hospital para la evaluación que no dejó lugar para equivocaciones. “Ya estás dilatando mucho”, soltó el médico. No hubo tiempo para preparaciones, poner vías intravenosas, epidurales o para entrar en trabajo de parto. Antes de que todo eso ocurriera, listos o no, su bebé había nacido.

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Yeiderbeth llegó al mundo en un pequeño hospital frente al mar caribeño de La Guaira, como toda su familia, a la 1:20 de la tarde. Wendy recuerda, con la precisión que solo una madre podría tener, que midió 52 centímetros y pesó tres kilos con 200 gramos. Su nombre surgió de una combinación de algunos de sus parientes: su abuela Deisy, su tía Yeisy y su padre Enyerbeth. Nació lleno de vitalidad y fuerza, con “un pocotón de pelo” adornándole la coronilla. “Parecía un muñequito de torta. Era muy bello mi hijo, hermoso. Un niño normal, un niño sano”.

La mujer de 36 años cuenta que Yeiderbeth siempre fue muy apegado a ella, lo llama su otra mitad. De bebé no le dio muchos dolores de cabeza: no se despertaba tan seguido en las madrugadas, por suerte dormía corrido. A los 10 meses dio sus primeros pasitos y a los dos años ya hablaba clarito. “Era un niño con suerte, bendecido. Yo no compré nunca un paquete de pañales o ropita, le dieron muchas cosas. La gente siempre estaba detrás de él, se metía a todos en los bolsillos”. Aunque no era un chamito tremendo ni mucho menos grosero, sí era curioso, “pilas”, captaba muy rápido lo que sucedía a su alrededor y todo lo preguntaba. “Del papá sacó lo desordenado, lo payaso, lo mucho que le gustaban los tambores”, enumera Wendy. De ella, dice con orgullo en la voz, lo alegre, lo “compartidor” y ese gusto por hacer reír a la gente.

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Yeiderbeth nunca dio guerra, asegura su madre. Brotó a la vida solo, casi de carambola, en un parto sin aflicciones ni complicaciones. “Por eso digo que fue un niño que no me ocasionó dolor para nada”.

Los padecimientos, para ambos, vendrían después. “Como hubiese querido que me hubiera causado dolor en ese momento y no ahorita”, dice Wendy tras haber enterrado a su segundo hijo, justo nueve años después de haberlo traído al mundo.

***

El 2 de agosto de 2016 le diagnosticaron leucemia linfoblástica aguda a Yeiderbeth Requena. Una celulitis en el dedo lo mantuvo hospitalizado por 15 días y aunque los médicos le dieron de alta, Wendy desconfió del estado que presentaba su hijo. Estaba pálido, con los labios descoloridos y constantemente tenía sueño. “Eso no era normal porque le gustaba mucho brincar, casi no dormía en el día, no le gustaba. Demasiado hiperactivo”. Un examen de células sanguíneas arrojó la mala noticia: cáncer en la sangre a los seis años. “Desde ese día comenzó la tortura y la difícil manera de Yeiderbeth de vivir una niñez como no es”, expresa Wendy.

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A las semanas, tras cumplir con un régimen de antibióticos para descartar bacterias en su cuerpo, ingresó por primera vez en el Hospital de Niños José Manuel de los Ríos, en Caracas, para iniciar con el protocolo de quimioterapias. Las altas dosis de citarabina tumbaron a Yeiderbeth con varias decaídas muy graves. Le daba fiebre alta, vómitos, diarrea y también se le cayó el pelo. Casi seis meses después, el niño fue enviado a su casa para continuar el medicamento Mercaptopurina para impedir que las células cancerosas siguieran creciendo en él.

No duró ni un año con el tratamiento: los primeros meses de 2018 tuvo su primera recaída. Yeiderbeth volvió a ser hospitalizado, volvió a las quimioterapias y volvió sus terribles consecuencias. Volvió a estar mal. En ese momento las doctoras no le dieron muchas esperanzas a Wendy, le dijeron que su hijo moriría. “Usted no es quién para decir que se va a morir, eso lo decide Dios”, les contestó en esa oportunidad.

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Pero Yeiderbeth no se rendía tan fácil. “La quimio le pegaba, pero era un niño fuerte. Él se recuperó, se puso bien. Las dejó sorprendidas a toditas”. Segunda vuelta a casa.

El chamo necesitaba de un trasplante de médula ósea con urgencia, y sus padres hicieron todo lo pertinente para lograr formar parte del convenio que Venezuela concretó en 2006 a través de la empresa estatal Petróleos de Venezuela  (Pdvsa) con la asociación italiana para el trasplante de médula ósea (ATMO). Eso implicaba el traslado a Italia de pacientes que requirieran un trasplante, eso significaba una segunda oportunidad para Yeiderbeth. Wendy y su esposo recopilaron todos los papeles que les pidieron: pasaportes, informes médicos, documentos de compatibilidad. No fue suficiente, los dejaron en espera.

En una oportunidad, los enviaron al estado Carabobo, a la Ciudad Hospitalaria Enrique Tejera (CHET) de Valencia, uno de los sitios en Venezuela donde se realiza trasplante de médula, pero es necesario el 100% de compatibilidad. En el caso de la familia Requena, era solo de 50%. “Nos tenían de aquí para allá, de allá para acá. Nos estaban mamando gallo. ¿Por qué negarle la cura?”, se pregunta Wendy. La respuesta que le daban siempre era la misma: “Hay que esperar”.

Pero Yeiderbeth no podía esperar. Casi ocho meses después de haber regresado a su casa, tuvo una segunda recaída.

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Wendy González no se separó de su hijo ni un segundo mientras él se subía al ring para pelear contra el cáncer que amenazaba con tumbarlo de tanto en tanto. Juntos cambiaron las cuatro paredes de su hogar en La Guaira, cerca del mar, por una habitación de hospital en el centro de Caracas. Aunque tiene otros tres hijos por los que velar, Yeiderbeth se convirtió en su norte. Cuando al pequeño le diagnosticaron leucemia, ella abandonó su trabajo fijo de quince y último como cajera de un supermercado para empezar a producir dinero vendiendo aliños y frutas por su cuenta. Las recaídas del pequeño frustraron por completo esa actividad. “Yo tenía que estar con él”.

La mujer bajaba de vez en cuando al litoral, a la feria de verduras y hortalizas donde aprovechaba para agarrar lo necesario para su hijo y el resto de niños del J.M. de los Ríos. Lo que su esposo ganaba como mototaxista también servía de apoyo y sustento. Ya no se pensaba en lo individual, sino en el colectivo de hospitalizados.

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Aunque era muy difícil, Wendy hacía todo lo que estaba en sus manos para que su hijo tratara de llevar una vida tranquila y feliz, si acaso eso era una opción al estar en un hospital pediátrico. Acercaban su cama a la ventana del centro de salud para que observara la ciudad, aquella lejos de su alcance, a través del marco azul y sus pensamientos no se concentraran en su enfermedad. Varias veces, en silla de ruedas y con el tapabocas impidiendo cualquier infección, lo paseaban por el lugar para que no se sintiera atrapado en el servicio de Hematología.

También le ponían una tablet en sus manos para que viera sus programas favoritos, como El Chavo del 8, el Chapulín Colorado y La Pantera Rosa. Su emoción alcanzaba niveles desproporcionados cuando de historias de superhéroes se trataba. “Se ponía como loco cuando los veía”. Sus favoritos, de forma indiscutible, eran Capitán América y Thor. Tuvo oportunidad de ver la última entrega de Los Vengadores en el cine con toda su familia, abuela incluida, además de innumerables veces por Internet.

Wendy cuenta que en 2017 le compró el disfraz del dios del trueno, uno que le quedaba grande y que pudo usar por dos años seguidos. Ella misma hizo el casco del superhéroe con foami brillante, y el martillo lo creó con cartón y papel de aluminio. “Quedó igual que el que traía el disfraz”, dice con el orgullo.

A Yeiderbeth también le gustaba la música, escuchar las canciones de Juan Gabriel, de artistas reggaetoneros y de música electrónica. Cuando podía se movía al ritmo de salsa, merengue y tambores, como los que tocaban los grupos a los que pertenecía su padre. “Bailaba como un viejito”, suelta Wendy entre risas.

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¿Otra forma de hacerlo feliz? Consentirlo y complacerlo, dentro de sus posibilidades, por medio del estómago con cereales de colores, su fruta favorita que era el melón, o helados. “Yeiderbeth era un niño muy feliz, muy alegre. Vivía sonriendo, era raro que estuviera triste. La única manera que estuviera triste es que no comiera chucherías o algo dulce”.

Mamá, estoy aburrido.

—No tengo real.

Mamá, estoy aburrido. Cómprame aunque sea algo. Un caramelito, una chupeta. Por favor, mamá.

Wendy hacía el sacrificio. “Yo a veces le decía que no, pero por dentro decía ‘cómo quisiera complacerte en todo porque de repente va a llegar un momento vas a dejar de estar conmigo y no voy a tener cómo hacerlo’”. Ese era su empuje, aunque no fuese suficiente. “Tú ves a tu hijo cada día y por más que tu hagas hasta lo imposible por darle todo, ves siempre que algo le falta. Esas células que estaban ahí metidas no lo dejaban vivir tranquilo ni tener una vida de niño cómo tiene que ser”.

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El fútbol, el béisbol, pero sobre todo el baloncesto estaban en la lista de cosas que hacían un poco más feliz la vida del pequeño. Siempre decía que cuando fuera grande quería ser jugador profesional de básquet, en parte por él y en otra parte por su hermano mayor Rower, quién dejó a un lado su sueño por su enfermedad. Wendy lo dejaba jugar de a ratos en la casa, para que tuviera la estimulación, pero sin riesgos de cansancios o debilitamientos.

Yeiderbeth buscaba imitar a su hermano de 17 años en varios aspectos, cuenta su progenitora. Una vez el niño quiso ponerse aparatos en los dientes, solo porque su hermano los tenía. Una admiración que rayaba en el fastidio para el mayor. Esa pequeña piedrita en el zapato de quien insistía en ir a donde fuera con tal de acompañarlo. Era el “dolor de cabeza” de Rower, uno que de ahora en adelante extrañará.

Yeiderbeth también debió renunciar a una vida escolar normal. Las maestras de su escuela fueron flexibles. La asistencia no era obligatoria, incluso enviaban ejercicios para la casa, que luego Wendy llevaba hasta la institución y así fue cómo iba pasando de grado. Asistió un tiempo a las aulas de forma intermitente hasta que soltó una razón que dejó a su madre sin argumentos. “¿Para qué voy a estudiar si igual me puedo enfermar, infectar con una bacteria?”. En 2019 dejó de ir estudiar de forma definitiva. Cursó hasta tercer grado.

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El 23 de abril de 2019, Yeiderbeth Requena tuvo su segunda recaída. No hizo falta una tercera para que fuese la vencida. Su control de rutina mostró células malignas nuevamente activas. Fue hospitalizado en el J.M. de los Ríos y le tocó otra ronda de quimioterapia, que empezó el lunes 6 de mayo y se extendió hasta el sábado 11 de mayo. Recibió la descarga de productos químicos en su organismo y no hubo mayor contratiempo. Yeiderbeth los asimilaba de la mejor manera, estaba bien y así se mantuvo por una semana. Todo cambió el sábado 18 de mayo.

A Yeiderbeth lo bajaron el viernes a la sala A de la emergencia del hospital porque no había suficientes doctores que cubrieran la guardia y lo pudieran atender en su habitación durante el fin de semana. Lo que se traduce en que no había personal médico que subiera a los pisos a mantener en observación a los pacientes que se encontraban hospitalizados, cuenta la madre del niño. “Había que bajar para que los atendieran y los tuvieran monitoreados”. De no haber sido así, se lamenta, su hijo quizá estaría vivo.

El sábado amaneció bien, pero en la tarde comenzó el malestar, el agotamiento. Para el lunes, el dolor era insoportable. Su cuerpo se estaba empezando a descontrolar. Yeiderbeth se retorcía, se agarraba la cabeza, se abrazaba las costillas e imploraba a los doctores que lo ayudaran. “¡Mamá, no aguanto!”, recuerda Wendy que le suplicaba su hijo, por primera vez lleno de miedo. A las 2 de la mañana Yeiderbeth tuvo una convulsión y fue llevado a la sala de terapia intensiva del Servicio de Hematología del J.M de los Ríos para hacerlo reaccionar. El niño no reaccionó y fue entubado. Un ingreso sin retorno.

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Yeiderbeth pasó cinco días en terapia intensiva. Cuando su madre entró a verlo la mañana del sábado 25 de mayo, se le cayó el alma a los pies: al pequeño lo rodeaban un par de máquinas, estaba hinchado y tenía las orejas, las uñas y los pies morados. Ya no estaba consciente. Wendy sintió que su hijo ya no estaba ahí.

El último en verlo con vida fue su hermano mayor, Rower. Desde que el niño fue llevado a terapia intensiva no podía verlo, a pesar de que todos los días subía de La Guaira a Caracas. Wendy hizo que entrara: “Regáñalo y dile que se pare de ahí, que lo estamos esperando”. Rower entró y no reconoció a su hermanito, el que lo “molestaba”, el que lo imitaba y le daba dolores de cabeza. Antes de salir, le dijo que lo quería.

A los 10 minutos, Yeiderbeth falleció de un paro respiratorio. Las enfermeras estuvieron 40 minutos intentando revivirlo, pero salieron con la mala noticia dibujada en la cara: “No pudimos hacer nada para que su corazón despertara”. Rower nunca imaginó que su guerrero, su hermano menor, lo iba a dejar. Su madre le dijo que Yeiderbeth lo estaba esperando para marcharse. “Si hubiera sabido, yo nunca hubiera dejado que entrara a verlo”.

Yeiderbeth murió pasadas las 7 de la noche del sábado 25 de mayo, tres días antes de cumplir nueve años.

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Yeiderbeth Requena murió esperando un trasplante de médula ósea. Nunca llegó. No fue el único niño con cáncer que falleció en el hospital J.M. de los Ríos durante el mes de mayo. Tres pequeños más, de los 30 pacientes del servicio de Hematología que esperaban por un trasplante medular, también perdieron la batalla: Erick Altuve, Robert Redondo y Giovanni Figuera.

El Estado no les garantizó la vida y señala como culpable las sanciones económicas que Estados Unidos impuso este 2019 a Pdvsa. Pero la evidencia no deja lugar para excusas. El convenio que acordaron con la petrolera estatal en 2006, empezó a presentar fallas en 2015 con la disminución de la cantidad de niños que eran enviados para ser operados. El 1 de junio de 2017 el Ministerio de Salud suspendió el Programa Nacional de Trasplantes, por falta de inmunosupresores.

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Al año siguiente el problema empeoró. Una deuda con el gobierno de Italia de casi 11 millones de euros desde 2018 es la piedra de tranca que mantiene paralizado el programa. Dos días antes del fallecimiento de Yeiderbeth, Nicolás Maduro aprobó 56 millones de euros para la fabricación de armas y uniformes militares.

 

Wendy González no lo piensa dos veces para soltar lo que tiene entre pecho y espalda: “Si supuestamente hay un bloqueo, busca una solución. Haz hasta lo imposible por salvar a esos niños que están empezando la vida, no que te los tengan que dar en brazos para enterrarlo”.

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El día de su noveno cumpleaños, a Yeiderbeth le cantaron el Cumpleaños feliz a punta de tambores y le picaron una torta, como siempre hacía su familia. Wendy no quería llorarlo sino celebrar la corta vida de su hijo. “Lo vamos a despedir a lo grande”.

Días después, la casa se siente vacía y ajena sin Yeiderbeth. Wendy ve la ropa del pequeño, los juguetes, sus pertenencias ahora sin dueño. Pasa el día con sus hijos en casa de su madre, a pocos kilómetros de la suya, para que la ausencia no haga más daño, aunque nunca deje de pensar en él. Todavía conserva el dibujo y el poema que hizo de Yeiderbeth el mismo día que comenzó el protocolo de quimioterapias este año. En la ilustración, el niño lleva una medalla colgada en el pecho y un título en la mano. “Así te imaginaba yo, graduado, y siendo un hombre ejemplar”.

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