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Rubén Ackerman: el ausente indeleble

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21/11/2017
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TEXTO: YOYIANA AHUMADA | PORTADA: VASCO SZINETAR | FOTOGRAFÍA EN EL TEXTO: PARADA POÉTICA

El poeta venezolano falleció en la ciudad de Cuenca, Ecuador, durante la premiación en el Festival de la Lira. Allí fue reconocido por las mejores plumas del continente por su única obra publicada, Los Ausentes, su ópera prima que vio luz a sus 63 años de edad

El 9 de noviembre de 2017 se cumplían 79 años de la Noche de los Cristales Rotos, la Kristallnacht, la jornada que abrió las fauces del horror antisemita en Alemania. El 9 de noviembre esa pared –el muro de Berlín– que escindía a la república alemana, también celebraba aniversario de su caída. Esa misma noche 79 años después un poeta venezolano de origen judío recibiría un reconocimiento internacional a su opera prima –Los Ausentes (Dcir ediciones)– devenida en póstuma en apenas unas horas. Rubén Ackerman Vaisman no pudo asistir a la entrega del premio en el Festival de la Lira. Su corazón errante encontró sosiego.

Érase una vez un anti-poeta:

Cualquiera que se hubiera asomado a una de las ediciones del Jamming Poético en el Ateneo de Caracas, podría haberse topado con un hombre de buen ver, alto, vestido de negro, sostenido por un cigarrillo, disfrutando del decir poético, paladeando poesía. Buscador incansable, nunca se vio a sí mismo como poeta. El irreverente Rubén Ackerman (1954-2017) no se atendría a la fórmula académica y pasaría por dos escuelas en la Universidad Central de Venezuela: Sociología y Psicología. Atento escucha de la vida y a la creación de todo lo humano, se regocijaba en leer y alimentar el espíritu a la manera de Tagore: cultivando la alegría en servir a los demás.

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Sus amigos, colectados a lo largo de diversos talleres de poesía El Ojo Errante de Edda Armas, y los de Gabriela Kitzer, Cecilia Ortiz y Armando Rojas Guardia, coinciden en su profunda erudición, en su humor vítreo y su extraordinaria solidaridad y bonhomía. Georgina Ramírez, poeta y directora de La Parada Poética revela: “Desde el primer momento me cautivó su sapiencia, profundidad, y ese aire de niño huérfano con el que respiraba. Fuimos migrando a diferentes espacios del taller, nos convertimos en familia. Seducida por la pluma del poeta mayor, no entendía cómo podía llegar con esas joyas en trozos de papel y hasta servilletas, que luego perdía. Comencé a llevar mi laptop a los encuentros  y me dediqué a transcribir sus textos”.

A Georgina, el escritor la bautizó como “su alma” pues decía que todo su corazón estaba en aquella computadora. “Aún conservo y atesoraré con la vida muchos de sus inéditos productos de aquellas tertulias. Para nosotros era un reto verlo publicado y gracias a hermosos hilos de solidaridad, nace Los Ausentes, una ópera prima que trascendería fronteras: un poemario de una calidad inigualable. Siempre me acompañarán sus ocurrencias y sus análisis. Su alma -toda- que se quedó en mi computadora y en mi vida para siempre”.

Para Ana Maria Hurtado, poeta y psiquiatra, otra de sus entrañables compañeras del taller de Rojas Guardia, Rubén era un gran poeta, de palabras límpidas y certeras, que cantó con entrañable insistencia el dolor de la pérdida. Un ser humano excepcional, un intelectual sólido, con una humildad y una honestidad de dimensiones bíblicas, cuyo espíritu acucioso, refinado, ávido, lo llevaba a indagar con voluntad de explorador tanto en las enseñanzas de los vedantas como en los laberintos metafísicos de Borges, la poesía filosófica de Chantal Maillard  o en la cósmica visión de Octavio Paz, en la intrincada magia del ajedrez o en la mirada escondida de la infancia. Panniker o Krishnamurti saltaban de su boca al tiempo que peleaba con Heidegger o con Jung, mientras se rendía ante el fraseo talmúdico de Freud o ante la heteronomia de Pessoa. ¿De cuántos heterónimos estamos hechos? Su alma atravesada por el judaismo sufriente, errante y perseguido, la exaltación de la memoria y la palabra como asideros ante las inexorables ausencias.

“Decir de Rubén es decir de los ausentes que lo poblaban, de su fidelidad a los afectos pasados en absoluta entrega a los afectos del presente. Con su encantador humor, me cambió el nombre, llamándome Honnale (Anita en yiddish) porque así se llamaba su madre”. Desde que te digo Honnale me siento menos huérfano, llegó a confesarle.

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Historia de una errancia

Leer Los Ausentes de Rubén Ackerman es constatar la fuerza y la belleza de la poesía documental de una tragedia llamada Shoa-Holocausto. La historia  familiar es la entraña de su poesía:  los Ackerman-Vaisman venían de una geografía disuelta ora por la caída del imperio otomano, ora por los nazis, o los comunistas.

Su hermano Boris Ackerman da cuenta de sus orígenes: “Nuestros abuelos eran oriundos de Chernivtsi (en ucraniano), Czernowitz (en alemán) טשערנאוויץ (en yiddish) o Cernăuţi (en rumano), ciudad importante de la Bucovina y bastión oriental del imperio austro húngaro hasta su disolución en 1918 cuando se integró a Rumania. Nuestro padre, Sloima Ackermann (Salomón), y nuestra madre Hanna Vaisman (a quien familiares y amigos llamaban Hónale) nacieron respectivamente en las ciudades de Novoselytsya (en ucraniano) o Nova Sulita (en rumano) y Jotín,  localidades de Besarabia, parte del imperio otomano arrebatado por la Rusia zarista en 1812, y que después pasó a formar parte de Rumania a partir de 1920.

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Sloima en 1921 y Hanna en 1927, nacieron en Rumania bajo un régimen profundamente antisemita. A comienzos de la Segunda Guerra Mundial, la población judía de Besarabia y Bucovina fue entregada a los Nazis por parte del dictador (Ion) Antonescu para ser deportada a campos de concentración ubicados en Transnistria, al este de Besarabia. El abuelo Ackerman llega a Venezuela en 1939  y logra abrir una tienda de ropa en el centro de Caracas, llamada Novelty. La familia materna sufre la deportación a un campo de concentración Transnitria y la pérdida trágica de dos de sus miembros. “Mi hermano siempre fue parte de esas vivencias de padres inmigrantes que conversaban en yiddish entre ellos y comían verenikes, pero que le hablaban a él únicamente en español y también comían pabellón y arepas”.

Esos seres maravillosos e inasibles flotan en el poemario que Rubén Ackerman se resistía a publicar. Quería permanecer inédito. En diciembre de 2016 traspasó el silencio y aquellos poemas trabajados hasta la obsesión que lo acompañaron durante muchos años vieron la luz. Edda Armas, editora y poeta (Dcir Ediciones), dice: Los Ausentes era un libro necesario en la literatura venezolana, de igual forma que lo era para la biografía de su autor. La crítica lo acogió especialmente, también los lectores, a decir de la inusual cantidad de reseñas alcanzadas y el record de ventas de este título hasta la fecha”.

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Para Edgar David Vidaurre, presidente del Círculo de Escritores de Venezuela, poeta, editor y músico, “el mundo poético de Ackerman, no podría circunscribirse al panorama venezolano. Aunque su poesía trata el tema puntual de las grandes tragedias judías, Ackerman las trasciende al llevarlas y cantarlas -diría que más bien susurrarlas al modo de los lamentaciones de los profetas- revestidas de esa cualidad universal que da la intimidad o el silencio. Desde el exilio de los paraísos, el dolor y la nostalgia son elementos conformadores del mundo emocional del ser humano en general. Y aunque el poeta lo haga a través de los elementos del pasado trágico del gran Holocausto que poéticamente simbolizan la Shoah y aún más atrás el Kadish, lo trasciende y los universaliza a través de símbolos más abarcantes como lo son la vida, la muerte, la ausencia, la madre y la infancia. La historia de esos versos, está sostenida por el dolor y la nostalgia. Quizá por esa errancia que caracteriza al pueblo judío, al que el poeta pertenece, pero con una resonancia universal en quien lo lee”.

Alberto Hernández poeta y critico aragüeño, ha dicho sobre el poemario que ser judío es ser una oración interminable, errante. “Leemos a un hombre que habla con los que no están, como él mismo ha declarado. Habla con Dios y los ausentes. Ora desde el silencio. Un poeta encajado en la carne del silencio. La ausencia es una voz que no se borra”.

Ópera prima, y póstuma

Como editora y amiga de Ackerman, Edda Armas fue una de las primeras en saber del deceso del poeta. “La noticia la recibí desde Cuenca, la tarde del 9 de noviembre, por un mensaje que me enviaba igual de conmovida la poeta Minerva Margarita Villareal, premiada con la Lira de Oro por su poemario Las aguas mansas”. La mujer vivió la negación primaria, natural, el no puede ser. “Una avalancha de recuerdos y palabras conjugadas en pasado, presente y futuro como tsunami apretaba mi alma, regresándome hasta el año de 1972, para encontrarme con el joven Rubén, el día que nos conocimos en un aula de psicología en la UCV como estudiantes recién ingresados en el grupo de los 900. Allí inició mi relación con él. Un joven risueño, inteligente, ensoñado, reflexivo, que ya hablaba con un vocabulario de palabras inusualmente usadas, citando frases y nombres de la literatura universal”.

Habían pasado apenas cuatro días desde aquella tarde en que Ackerman recibió una llamada que cambiaría su vida para siempre. La socióloga y escritora Luisa Helena Calcaño tejió la urdimbre del premio y animó a Ackerman a participar en el concurso con su poemario recién publicado. “Cuando Armando Rojas Guardia fue invitado al Festival de La lira en Cuenca, le dije a Rubén ‘voy a mandar tu poemario de Los Ausentes‘. Quedó entre los trece mejores poemarios”.

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El 5 de noviembre, el presidente del jurado, el poeta mexicano Jorge Huerta, comunicó al venezolano que había ganado la mención Ilustre Municipalidad de Cuenca de la VI edición del Certamen Hispanoamericano de Poesía Festival de La Lira, con cinco mil dólares como recompensa. Ackerman se convirtió en uno de los primeros poetas contemporáneos de la lengua hispana, con su primer libro de treinta y cinco poemas, editado a sus sesenta y tres años.

El escritor viajó a Ecuador el 8 de noviembre, y fue recibido por Huerta junto al presidente del Festival, el poeta Jorge Dávila. Al día siguiente su premio le llegó con el último suspiro. Su amigo Armando Rojas Guardia fue testigo de excepción de su partida, y lo relató en su Facebook a su regreso a Venezuela.

“Quiero empezar afirmando que Rubén falleció en medio de un minuto esplendoroso de gloria personal, rodeado del respeto y el cariño de los diecisiete poetas hispanoamericanos invitados al Festival y, lo que es aún más significativo, del reconocimiento internacional a la calidad estética de su poesía: los miembros del jurado que premiaron su libro, algunos de los cuales son voces principalísimas de la poesía actual en la lengua española, ponderaron públicamente la excelencia lírica de Los Ausentes y esa opinión elogiosa se la dieron a conocer personalmente al mismo Rubén. Llegó a Cuenca la noche del miércoles y asistió a un recital en el que leyeron sus textos nueve de los poetas invitados (yo no pude escucharlos: me sentí indispuesto físicamente y me quedé en el hotel). La mañana siguiente asistimos a dos coloquios y fue una ocasión preciosa para confraternizar con los demás poetas y gente del público. Luego fuimos a almorzar a un restaurante. Poco antes de que empezara el condumio, decidimos salir a la calle a fumarnos un cigarrillo. Y allí de pronto él me dice: “Armando, no me siento bien. Tengo como una gran fatiga. No voy a fumar”. Y regresó al interior del restaurante. Cuando retorno a la mesa en ella no estaba Rubén. Pasaban los minutos y él no aparecía. Preocupado, me levanté a buscarlo en el baño, pero tampoco estaba allí. Saliendo del baño, me aborda un muchacho y me dice: “Su amigo se sintió mal. Tuvimos que acostarlo y ya llamamos a los paramédicos y viene hacia acá una ambulancia”. Voy, entonces, a la habitación: Rubén está acostado y arropado en la cama. Me siento a su lado, pero creo que no se percató de mi cercanía. Tenía los ojos completamente cerrados y su cuerpo estaba sacudido, cada cierto tiempo, por violentísimos eructos y espasmos de náusea convulsiva. Llegaron los paramédicos. Lo inyectaron y, después de un examen más o menos exhaustivo, decidieron trasladarlo en la ambulancia a una clínica. Lo levantaron y salió por sus propios pies, apoyándose en el hombro de uno de los médicos. Al ver que, a pesar de su debilidad y su palidez, podía caminar, me tranquilicé. Preferí regresar al hotel y esperar allí noticias sobre la evolución de su salud. A las 6:45 pm, en el lobby del hotel, comienzo a revisar en mi celular los mensajes de Facebook. La sangre se me petrificó en las venas. Perplejo, inconmensurablemente abatido, llamo por whassap a Luisa Helena y le digo: “¿Cómo es posible que ustedes en Venezuela se hayan enterado antes que nosotros, aquí, en Cuenca, del fallecimiento de Rubén?” (Supe poco después que los organizadores del Festival no se atrevían a darme la noticia: pensaban, con razón, que iba a representar un golpe psíquico demasiado cruel y devastador para mí). Nunca olvidaré, en lo que me resta de vida, el rostro desencajado y los ojos llenos de lágrimas de David Huerta, el principal poeta vivo de México, cuando le comuniqué lo que acababa de suceder: me apretó contra su pecho, llorando, en un largo abrazo”.

Tal como reseña la prensa ecuatoriana, al iniciarse la premiación, José Dávila Vásquez comunicó ante unas seiscientas personas la noticia de la muerte del poeta a la que señaló como “una gran pérdida para las letras hispanoamericana”. El suceso fue reseñado en todos los medios ecuatorianos y Rubén Ackerman fue nombrado Hijo Ilustre de la ciudad de Cuenca.

Los restos de Rubén Ackerman–Vaisman reposarán en El Cementerio Judío El Cercado.

Descansa en paz, poeta, amigo, ausente indeleble de nuestra memoria.

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