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Rubi Guerra, cronista del narcotráfico

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14/12/2016
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TEXTO: DULCE MARÍA RAMOS | FOTOGRAFÍAS: DAGNE COBO BUSCHBECK

Con la reedición de El discreto enemigo, el escritor venezolano se reconecta con sus años de periodista investigador. Una novela, la que ahora lo regresa a las librerías, es espejo del delito generalizado en Sucre, donde el autor disfruta su vida y se enfrenta a sus sombras

No escribe de noche, prefiere las madrugadas y teniendo al frente una pared vacía. De hecho, esa es la imagen que tiene Celina, su única hija: siempre sentado en una computadora escribiendo; además de una foto, tamaño carnet en blanco y negro, de los años mozos de su padre que guarda en su monedero. Adriana, su esposa, es la primera lectora de sus manuscritos. En ellos plasma sus cuentos largos y novelas cortas, enmarcados en sus eternos paisajes: la meseta de Guanipa y el mar.

Lector recurrente de Juan Carlos Onetti y autor de ocho libros, Rubi Guerra no desea que después de su muerte publiquen textos inéditos, así que destruye todos los borrados, los dejados a un lado y versiones de sus obras.  Reservado y algo taciturno, así es este escritor venezolano nacido en San Tomé en 1958.

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Sus allegados lo caracterizan, lo escrutan, saben determinarlo luego de primeros contactos menos transparentes. Miguel Urbaneja, es su amigo y alumno desde hace un lustro, y confirma que “cuando tú lo conoces, la primera impresión es que no parece un escritor porque uno siempre tiene la idea de que los escritores son más egocéntricos. Rubi, en cambio, no habla de sus propios libros. Es una especie de timidez y modestia. Es algo que me gusta muchísimo de él y de cierta manera lo asumo como modelo”.

Si bien Rubi Guerra es considerado como integrante de la generación de los narradores de los noventa, el autor considera que es más una etiqueta periodística. Sostiene que, a veces, tales enunciaciones son injustas porque suelen excluir a muchos autores que empezaron a publicar en la misma época que él.

Instalado en la capital del estado Sucre, hace vida frente a la costa donde se estableció hace quince años, aunque extraña Caracas y su movida cultural. “Uno piensa en el interior y piensa en pueblos inmóviles; eso no existe. Cumaná es muy activa. De hecho, cerca de mi casa vive el pran del barrio y puedes ver las guerras de bandas”.

Esa ciudad oriental ha marcado su carrera literaria, particularmente la presencia del poeta José Antonio Ramos Sucre, nacido en esa localidad hace más de un siglo y emblemático de su tradición escrita. Los años del de San Tomé trabajando en la Casa Ramos Sucre –donde nació el autor y ahora mantenida por la Universidad de Oriente con biblioteca y actividades culturales-, los talleres dictados sobre el poeta y amigos lectores de su obra fueron determinantes. “Muchas veces me tocaba quedarme solo en allí trabajando; la señora de limpieza decía que aparecía su fantasma, yo nunca lo vi. Lo primero que me acerca a Ramos Sucre como personaje literario no son sus textos, son sus cartas, especialmente las últimas que escribe antes de su suicidio, ahí uno empieza a sentir a la persona y no al autor. Como diría (Jorge Luis) Borges, una larga frecuentación de Ramos Sucre me llevó al personaje, fue una novela que escribí durante veinte años”. En 2007 se publicó La tarea del testigo, donde su prosa parte de ser lector del emblemático cumanés, y los testimonios desafían los conocimientos sobre el poeta fallecido en Suiza en 1930. El texto condujo a Guerra a ganar el Concurso de Novela Corta Rufino Blanco Fombona.

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Desempolvar el espejo

El discreto enemigo, novela de Rubi Guerra publicada por primera vez en el año 2001 y definida por la escritora Ana Teresa Torres como “una crónica de la Venezuela profunda donde el trópico no se deja engañar por la luz y esconde un oscuro terror”, vuelve a las estanterías con la reedición de la Editorial Madera Fina.

Con una temática que gira sobre el ocaso del Caribe bajo el influjo del narcotráfico, la novela mantiene su vigencia, aun después de quince años. Para su autor, retomar la lectura de su primera novela no fue tarea sencilla, pues cuando publica sus libros, por lo general, no vuelve a ellos. “Me gustó por partes, hay cosas que las trabajaría distinto pero decidí dejarlo esencialmente igual con cambios estructurales: se redistribuyeron los capítulos. Uno se acerca a lo que ha publicado con miedo. Me sorprendió, en estos días que me entrevistaron, citaban frases de la novela que yo no recordaba; si las hubiera encontrado en un cuaderno o en una revista nunca las hubiera reconocido como mías.  Ese proceso está bien, un escritor no puede quedarse en lo que ya hizo.  Sin embargo, la realidad ha cambiado, la violencia de ahora me hubiera llevado a una novela más dura. En Cumaná, una ciudad de aproximadamente 500.000 habitantes, se cometen más de trescientos asesinatos al año, equivalente a la cantidad de homicidios que ocurren en Caracas”.

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El discreto enemigo tiene su germen en pequeñas notas recopiladas durante los años 1998 y 1999. Entonces, Rubi Guerra era director ejecutivo de una fundación y trabajaba en un semanario de opinión política. “La novela se escribió a contracorriente del tiempo, escribía en las madrugadas. Las dos historias que se relatan en la novela, fueron apareciendo simultáneamente, las fui trabajando como si fueran dos relatos separados pero en algún momento me doy cuenta de que eran una sola historia. El tema de la droga es muy viejo en el estado Sucre, siempre estuvo muy presente en las zonas de la Península de Paria, San Juan de las Galdonas, Güiria, Macuro, zonas muy vinculadas a Trinidad. Esa información que no circulaba mucho en la prensa nacional, apenas salía algo en la prensa regional, tuvo que ver en la concepción de la novela”, cuenta quien optó por la ficción y no por el periodismo, alerta a los peligros de develar ciertas realidades.

En las páginas de la novela reeditada, el narcotráfico se convierte en vehículo transversal para para desarrollar la trama de poder develado en tres aristas fundamentales: la corrupción, la violencia y la impunidad.En formato de crónica,a partir del relato ficticio de un periodista hecho protagonista, el relato se convirtió en un paralelismo con la realidad, abrazado además por ciertas casualidades, como la captura de un narcotraficante en coincidencia con la publicación del libro en su edición original.

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“Los procedimientos del manejo de la droga es información que uno saca de los periódicos y un poco de imaginación. Sucre es esencialmente una zona de tránsito de la droga. Lo que sí fue interesante es que a raíz de la publicación de la novela, mucha gente me empezó a contar historias del narcotráfico en Paria. Ahora la situación es más compleja y peligrosa con solo visitar uno de estos pueblos y hablar con más de tres personas”.

Guerra define a El discreto enemigo como una novela pseudo policial por tener ciertos elementos característicos del género: un crimen, la investigación y el detective, sustituido por un periodista –Medina-, pero también como un ejercicio de reelaboración del discurso objetivo hacia lo psicológico y lo existencial.

-¿Se podría considerar El discreto enemigo como una metáfora del país?

-La aridez de Araya funciona como una metáfora de ese país que está muy alejado del petróleo y sigue alejado del petróleo y de cosas más elementales: problemas de luz, agua. Ahora la situación es mucho peor, la luz se puede ir por tres días seguidos. A nosotros nos acaban de atracar dentro de la casa, se llevaron todo menos los libros y el kindle, que se salvó porque estaba metido en la biblioteca.

La senda del salitre

La Venezuela petrolera fue el escenario de los días de infancia de Guerra, primero en Monagas y luego en Anzoátegui. Su padre obrero, su madre ama de casa. “Un campo petrolero es un sitio muy ordenado, muy limpio, con mucha seguridad. Nosotros vivíamos en la meseta de Guanipa que es una sabana, plana, con un árbol cada quinientos metros, a excepción de las casas que estaban llenas de árboles de mango; en mi casa había tres o cuatro. Recuerdo esa sensación de estar en un sitio muy tranquilo y muy seguro”, dice el autor. Su reflejo, llevado a las páginas, aparece en Un sueño comentado, libro de cuentos publicado en 2004. Además, confiesa que esos campos petroleros aparecen de forma recurrente a la hora de dormir: “Siempre sueño que vuelvo”.

El amor de Guerra por la literatura y los libros inicia gracias a su hermana. “Ella estudiaba en Caracas y cada vez que iba a Cumaná me traía libros. Recuerdo que a los nueve años me llevó uno de leyendas históricas españolas, otros sobre el espacio, descubrimientos científicos, insectos. Algunos de esos temas me siguen pareciendo fascinantes. Me marcó, mucho más de lo que yo creía”. Esa pasión por la lectura se lo transmitió a su hija, quien se acerca a sus obras aunque se dedica a otras áreas alejadas del mundo literario.

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Rubi Guerra no solo escribe. Lleva más de treinta años dictando talleres literarios. “Enseñar a escribir es difícil. No es que se pueda enseñar a escribir cuentos pero sí mostrar el camino para que la gente después siga por su cuenta”. Es una pasión que el autor asume tanto como la escritura, aunque menos taciturna y solitaria.

En 2014, el escritor tuvo que dejarla a un lado, como la de plasmar textos e imaginar historias y escenarios, cuando la salud se le hizo escasa y vivió, por primera vez, la perspectiva de la muerte desde la propia carne y no a través de la ficción. Entonces, ratificó su ateísmo y, asegura, nunca sintió miedo. “Descubrí que es facilísimo morirse, al menos en mi caso. Me dio un dolor leve, me desmayé como un minuto y desperté como si hubiera salido de un sueño muy profundo. De hecho, no quería que mi esposa me despertara, yo la escuchaba llamándome.  Efectivamente, creo que después que uno se muere no hay nada, eso por un lado es absurdo y por otro lado hasta cierto punto es consolador.  Viví todo ese proceso sin miedo, aunque el cuerpo humano, de forma natural, quiere vivir. Me gustaría que la próxima vez sea así también”.

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Ya recuperado, Guerra retoma sus actividades, entre ellas las literarias.  Hace semanas cuando presentó la reedición de su libro El discreto enemigo en la librería Kalathos de Caracas, la mayor parte de sus amigos lo acompañaron pero a través de videos que eran proyectados en una pequeña pantalla. Así hablaron Israel Centeno, Juan Carlos Méndez Guédez, Liliana Lara, Ricardo Azuaje y Juan Carlos Chirinos. La emigración ha desparramado las letras venezolanas por distintas fronteras.

Guerra lo resiente. Esa diáspora, producto de los procesos políticos y sociales que ha vivido Venezuela los últimos veinte años, lo ha alejado de sus afectos. “Se acentúa la sensación de nostalgia y soledad, a veces uno tiene que ver a los amigos cara a cara”. Como antes las cartas, ahora las llamadas telefónicas y los correos electrónicos tratan de llenar esos desiertos de ausencia. Pero nada como la misma literatura, herramienta que le ha permitido a Guerra enfrentar con algo de sosiego estos quiebres en su vida.

-¿Cómo es la ventana por donde mira Rubi Guerra?

-He visto enfrentamientos a tiros entre quince y veinte personas, una escena que puede pasar en el más desaforado western. Curiosamente, no se matan porque la gente dispara y corre. Mi ventana es un microcosmo porque vivo frente de una plaza pequeña, pasa de todo, hay fiestas, se reúnen las iglesias católicas y evangélicas, hay un perrocalentero. Veo la parada de carros y en esa parada están las adolescentes embarazadas o con dos y tres hijos a quienes les caen a golpes cada vez que las molestan. También veo pasar a los pescadores y hasta hace poco era común ver a los niños desnudos que regresaban de bañarse de la playa, ya no, se impuso cierta civilidad.