Franklin Brito, la inmortalidad cumple nueve años

A nueve años de su fallecimiento, sigue sin solución el amasijo de enredos y dislates de los que fue víctima Franklin Brito. Siete también son los años que luchó –de 2003 a 2010– hasta que su cuerpo perfilado, consumido, disminuido se convirtió en la metáfora de la grieta irreparable del Poder Judicial, en esa cicatriz tatuada en la conciencia de todos, en signo de admiración

Agricultor a quien le arrebataron sin argumento legal alguno, de manera arbitraria, un lote de sus terrenos en el sector La Tigrera, a 220 kilómetros de Ciudad Bolívar, este hombre corpulento que pesaba más de cien kilos cuando se produjo la usurpación de sus tierras ante la vista gorda de las autoridades locales y luego nacionales, expira pesando menos de 35. Los deudos de Franklin Brito, vale decir, han dejado de creer en la posibilidad de una respuesta oficial; aguardan una decisión justa pero de los tribunales internacionales. ¿Dónde está el nudo? En la per sé pospuesta anulación de las amañadas cartas agrarias otorgadas a sus propios vecinos de fundo y con las que les dieron derechos imposibles sobre su propiedad.

Fue una muerte anunciada por él mismo, no porque la esperara, quería vivir, pero era su cuerpo el canje que proponía a los indiferentes aquellos que, según sus cálculos, debían responder a tiempo y devolverle con los papeles en regla las parcelas de sus posesiones usurpadas. Nunca ocurrió. Y Franklin Brito no cejó, permaneció en sus trece. Después que los tribunales locales no sancionaron sobre la materia, y cuando además fue despedido del liceo donde daba clases en el estado Bolívar –igual castigo para su esposa, los dos quedaron desempleados– se vino con toda la familia a Caracas, y así comenzó el peregrinaje que incluye entrega de cartas en las que solicita justicia, citas con funcionarios con poder de decisión y acuerdos convenidos que nunca se cumplieron.
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Una vez que constata que no conseguirá más que evasivas, luego de que le dan tantas largas opta por la protesta civil y pacífica: la huelga de hambre. En total, hizo nueve, y por ello fue tildado de loco; en realidad, acaso fue el espejo de la falta de razón de los funcionarios, viceministros, jueces, directores de despachos, que quedaron retratadas de cuerpo entero como incapaces, desatentos, disfuncionales. No supieron enmendar la plana, reconocer el error cometido, el abuso infringido y prefirieron esconder su imagen pública tan comprometida de hombre tenaz y vertical. Por eso lo llevan por la fuerza al Hospital Militar donde, al cabo de 9 meses de dudosas atenciones en la terapia intensiva, el 30 de agosto de 2010 a las 9 de la noche, expira debido a un paro respiratorio y un choque séptico, según la autopsia.
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Allí llegó luego que sin aviso y sin protesto, y por la fuerza, es cargado entre 30 hombres de negro que lo alzan de las puertas de las oficinas caraqueñas de la Organización de Estados Americanos (OEA), donde sumaba 150 días de huelga de hambre, la última de las 9 que hizo. Allí llegó luego de haberse reunido con viceministros, directores de instituciones, Jesse Chacón, Juan Carlos Loyo, Elías Jaua, que le prometieron resolver la situación que le impidió por casi tres años ¡entrar a su propio fundo! Porque los vecinos “empoderados” pusieron cercas y cavaron zanjas. Allí llegó luego de librar una lucha descomunal contra el arrebato fraudulento y dejar colgada en la vitrina pública a la parcializada dama ciega. A la ausencia de estado de derecho.
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Fue velado en Caracas y luego llevado por carretera a Río Caribe donde su familia lo esperaba, y la población toda para ofrendarlo con flores y rezos. Largo velorio que conmovió el país, casi se empata con su cumpleaños número 50, los iba a cumplir el 5 de septiembre.
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Maltratado, engañado, no tenía que haberle pasado lo que le pasó, coincide la mayoría en que el gobierno fue cruel, otros piensan que debió aceptar lo que le ofrecieron y transarse por su propio bien. Pero Brito entendió que la dignidad es un trazo recto. Que la injusticia tiene que ser procesada, no guardada debajo de las alfombras.
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Todo comenzó con un quítame estas pajas. El alcalde de Guarataro, Juan Carlos Figarella, jurisdicción donde está Iguaraya, la finca de Brito, no toleró que el biólogo propusiera una solución diferente para sanar al ñame del hongo que lo sometía. Figarella proponía fumigar, Brito, hacer cruces genéticos con la cepa resistente hasta sanar los cultivo. Adiós negocio. Figarella, entonces, se la jura y sus influencias eran tales que habría conseguido que Brito quedara fuera de su propiedad y fuera también del aula de clases. Bloqueado. En cero.
El forcejeo que comienza en el pueblo como una riña entre rivales, terminó siendo una venganza desproporcionada que desarma a su presa. Una bola de nieve. Brito quedó atrapado en ese horror que denunció y del que quiso librarse por los caminos rectos, y el gobierno que no conoce sino los atajos no entiende por qué no se queda tranquilo con los enseres que le entregaron, los aperos para que retome la siembra, las cartas pues ya se verá. Pero no. Las veces que ofrecieron llegar a acuerdos el asunto se congeló a la hora de reconocer que es solo suya la titularidad de las tierras.
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Brito buscó transparencia. Y se cosió la boca, luego se la descosió y se grabó a sí mismo mostrando los cheques que le habían pagado como indemnización pero que nunca aceptó, se encadenó a un árbol, fue apaleado en la avenida Urdaneta, frente al Ministerio de Justicia, y se cortó el meñique izquierdo en la Plaza Miranda. Nada. Las cartas agrarias siguieron siendo la golosina con que lo tentaron, sin acercárselas nunca más allá de las narices. Mientras tanto, su fundo pereció bajo la maleza. Nunca más se sembró nada allí.
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“Creo que no quieren admitir que se equivocaron para que no dañarle la imagen al presidente Chávez, pero ¿y si muero cómo lo tomarán?”, soltó alguna vez.  Tan sorprendente, tan admirable, tan digna su reacción ante la cadena de atropellos de la que fue blanco, tan excepcional su verticalidad a prueba de embates, tentaciones, silencios y maltrato, tan fuera de este mundo su entrega y su tenacidad, tan incomprendida su protesta, tan atacado Franklin Brito. Venezolano fuera de serie, sorprende el estoicismo de este agricultor que los estudiosos lo encumbran a los altares de los grandes pacifistas de la  humanidad. De temple inusual, es un Ghandi, una rara avis en un país donde la corrupción es una mancha roja enorme. Un inmenso lunar. Verruga.

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Pero por donde menos se espera salta la liebre, podría decir Darwin, defensor de la teoría de la evolución de las especies, y quien podría decir también que en todas partes se cuecen habas. Brito es la antítesis de la idiosincrasia, y aunque se dijera que llegó a matarle una vaca al vecino abusador, y que en algún momento simpatizó con Chávez –su viuda Elena de Brito lo niega–, su hija Angela jura que siempre actuó desde la paciencia, que lo amenazaron, que los vecinos fueron incivilizados al extremo, que perdió todo, perdieron todo, y nunca agredió a nadie, ni aun a los médicos que lo trataron tan duramente en el Hospital Militar. “La forma como lo agarraban, cómo lo examinaban, en una ocasión se le pararon encima unos militares con las botas puestas”, relata la hija que antes llegó a denunciar que a su padre lo drogaban con Aloperidol, una droga para gente con problemas de esquizofrenia.
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Herida abierta, una inconveniencia que no cesa, un dolor persistente clavado en nuestra historia, este hombre teje su biografía con el respeto inmenso de los conciudadanos, aun cuando su lucha la libró casi íngrimo. “Recordamos que se cumplen siete años de la muerte de Franklin Brito”, dijo antes de iniciar la caminata por los caídos el miércoles 30 de agosto María Teresa Urreiztieta, profesora de la Simón Bolívar con posgrado en Ciencias Políticas, convencida de que las protestas desde la paz producen mejores resultados que las revueltas. Brito, invocado como ejemplo, guió el camino de rezos y cantos de los militantes de la persistencia que seguirá.

Este trabajo fue publicado originalmente en agosto de 2017
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