Perder 20 kilos por hambre (Parte I de Historias de solidaridad)

A Rebeca Marrero y a sus tres hijos apenas les alcanzaba para comer poco o nada. Viven en La Vega, en el barrio Los Encantos. Ahí su historia podría ser una más del montón: ella está desempleada y su esposo preso; pero Rebeca tuvo la suerte de salir del anonimato. Está inscrita en el programa Alimenta la Solidaridad. No es cosa pequeña, ahora ella y sus hijos garantizan, al menos, una comida al día

Perder 20 kilos por hambre (Parte I de Historias de solidaridad)

Al mediodía comienza el bullicio. Las cucharas tropiezan apresuradas contra los envases de plástico. Las tazas llegan vacías. Es tarea de los voluntarios llenarlas con algo de comida. El alimento que algunas veces falta en sus propias casas. Rebeca Marrero llega un poco más tarde de lo esperado. Como siempre, lleva a su hija de nueve meses apretada contra su pecho. Usa un porta bebé que ya no da para más; pero necesita tener ambas manos libres. Con la derecha se asegura de que Argenis, de 5 años de edad, no se le vaya muy lejos. La izquierda es para que Neiker, de 2, tampoco se le escape.

Argenis conoce la rutina. Entra al comedor, se sienta y ayuda a su mamá a sacar las tazas. Cada quien debe llevar la suya, y debe estar limpia. Es parte del ejercicio de corresponsabilidad que acordaron con los encargados del programa Alimenta la Solidaridad, creado por Roberto Patiño, fundador del movimiento sociocultural Caracas Mi Convive. El almuerzo, al menos de lunes a viernes, es la única comida segura del cuarteto. Rebeca también recibe el beneficio porque está amamantando a Angelianny, la usuaria del porta bebé. Rebeca, además, no tiene trabajo y ha perdido 20 kilos en lo que va de 2016. Se nota en el asomo de los huesos de su clavícula, en lo blancuzco de su piel y en sus ojeras.

Sus hijos comen con gusto. Había plátano sancochado —el favorito de Neiker— y un guiso hecho con salchichas. Siempre acompañado de una fruta. Naranja era la del día. Los varones se pasean a sus anchas por el comedor ubicado en la parte alta del barrio Las Casitas, en La Vega. Tienen la confianza que da haberse beneficiado del programa desde que comenzó en el sector, a finales de julio. Ella ayuda en lo que puede. Nunca le han pedido que lleve un kilo de nada, retribuye colaborando con la limpieza de la sala y de las mesas. Antes del comedor simplemente no comían. La mayoría del tiempo se sostenían con un pan o con lo que viniera en las bolsas de los CLAP, que tampoco eran de mucha ayuda. Ahora tienen más de un mes que no llegan y no sirve de nada reclamar al consejo comunal. “Si ustedes no tienen comida en sus casas, nosotros menos”, repite Rebeca la respuesta recibida.

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La de Rebeca es una historia de sinsabores. Lo es en el desabrimiento del paladar y también por desazón moral. A los 18 años se fue de casa, a los 19 parió a Argenis y a los 21 su marido cayó preso, aunque ella utiliza el eufemismo “privado de libertad”. He ahí la causa de su pesar. Para atizar los males por esos tiempos estaba embarazada de Neiker, que ni siquiera está reconocido por su papá, porque cuando nació ya el hombre estaba recluido en la Penitenciaria General de Venezuela, en San Juan de Los Morros, señalado por extorsión. La beba tampoco está reconocida, porque cuando Rebeca supo que el padre podía hacerlo, ya los pequeños estaban registrados solo con su apellido.

“Si ellos no estuvieran aquí —refiriéndose a Alimenta la Solidaridad­­— nosotros nos viéramos peor. Es mucho el beneficio. Agradezco el apoyo, porque antes de que llegaran a nadie se había preocupado”.

Ahora tiene 24 años, pesa menos de 50 kilos y volvió al hogar paterno. Diez personas en total conviven en la casita situada en Los Encantos, no muy lejos del comedor. Los diez se benefician del programa de alimentación. El papá de Rebeca tiene 85 años y padece de Parkinson y Alzheimer. Su mamá tiene 67 años y siempre se dedicó al hogar. Las bocas se llenan con el ingreso de la hermana enfermera —madre de dos niños— y del hermano latonero; más la pensión del padre, que aún aquejado, sigue proveyendo a la familia.

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No se puede decir que Rebeca no lo ha intentado. Cuando su esposo fue acusado vendió lo poco que tenía, cama incluida, para tratar de sostenerse. Para ese entonces vivía en Charallave con la familia de su suegra. De ahí se mudó a Ciudad Tiuna con un sobrino. La cercanía con La Rinconada la ayudó a conseguir un empleo en el área textil de la Compañía Anónima Venezolana de Industrias Militares (Cavim), pero no pudo tomarlo porque no halló quien le cuidara a los niños. Luego comenzó a trabajar en una compañía de limpieza. Era a destajo y solo los fines de semana, así que decidieron prescindir de ella al saber que tenía cuatro meses de embarazo. Angelianny venía en camino.

A sus nueve meses, la bebé también recibe su taza de comida diaria. No se llena con la teta, pequeñez que en vez de ser como otrora motivo de alegría ahora es motivo de preocupación. “Me daba miedo que se convirtiera en otra boca que alimentar, y que yo no tuviera cómo darle comida a ella”, confiesa la madre.

Rebeca aparta la comida de su plato para darle a sus hijos. Lo hace siempre. El peso la agobia, pero no el suyo, sino el de Argenis: “Él era de muy mal comer y me costó mucho que alcanzara un peso adecuado. Me mortifica que ahora que lo logré no tengo comida para darle, porque no consigo el producto, o porque si lo consigo es muy caro”.

En el comedor se deglute rápido. Hay que levantarse, porque afuera hay una fila de los siguientes que esperan la ayuda. En La Vega, Alimenta la Solidaridad atiende a 140 personas aproximadamente. 70 en Las Casitas y 70 en La Isla. Ese día Argenis quedó con hambre. En el comedor hay 10 raciones extras de por si acaso. Nunca se sabe quién tocará al portón.

El niño se acercó al cocinero, cuando la mamá no lo veía, lo miro desde la altura de las rodillas, casi abrazado a su pierna. “Quiero una empanada”, susurró. Empanada no había. Willmer lo miró, como decidiendo qué hacer: “Trae tu taza que hoy no va a venir todo el mundo”.