Krina Ber, una extranjera en estado puro

Una vida de periplos y mutaciones, de cruce de fronteras y de idiomas cambiantes. Llegó a Caracas pensando en concreto, en infraestructuras y en mantener su lengua, hasta que la pluma se desbocó en moldear realidades paralelas. Su Nube de polvo le granjea más reconocimientos, pero es su propia historia la que luce de película

Krina Ber, una extranjera en estado puro

Como la suya es la historia de un viaje, tiene sentido que comience en un tren. Un tren del que saltó una pareja de judíos polacos. Él, endocrinólogo. Ella, dentista. El tren los conducía a Auschwitz y fueron los únicos que lograron escapar. Luego de eso, unos amigos los escondieron en Varsovia hasta que, poco después, terminó la guerra. Entonces, pudieron establecer su hogar.

Allí, en 1948, nació su primogénita. Le pusieron por nombre Kristina Eleonora. Luego nacería su hermanito. Honrando esa vida ganada tras escapar de un destino aciago, dieron a sus hijos una infancia feliz. De hecho, la niña tardó en saber que era judía. Se veía como lo que era: una niña, querida y feliz, que en un inocente encuentro con el futuro, escribía poemas que una vez hasta fueron publicados en una revista polaca para niños.

Pero la infancia, que parece una patria, iría quedando atrás, para comenzar su verdadero itinerario. La familia se radicó en Israel, en una zona rural a las afueras de Tel Aviv. Allí su nombre mutó en Krina, que en hebreo significa Raíz de luz.

En su primer día de clases se vio rodeada de niños que decían cosas que no entendía. Pero el verdadero desconcierto vino cuando la maestra puso en la pizarra unos signos absolutamente indescifrables que, para colmo, se escribían al revés. Tenía nueve años. ¿Puede imaginarse una forma más dura de sentirse extranjero?

Pero sería unos cinco años después que lo sentiría en toda su dimensión. El asunto sucedió el primer día de clases de un nuevo año escolar. Para entonces ya vivían en Tel Aviv. Había perdido el autobús, por lo que debió esperar el siguiente. Cuando llegó ya habían comenzado las clases, por lo que perdió también la primera hora. Cuando pudo entrar a su salón, ya se habían conformado las alianzas que regirían la vida social de ese año escolar. Sola, lejos de las que hasta el curso anterior habían sido sus amigas, entendió que lo de extranjera nada tenía que ver con un cambio de residencia, sino con algo más inasible y misterioso. Algo que la “gente rara” lleva allí donde esté. Esa noche abrió un cuaderno nuevo y comenzó a asentar en él lo que sentía. Lo hizo en polaco, para no olvidar su condición.

Al culminar el bachillerato y cumplir sus 18 años, se unió al ejército para hacer el servicio militar. Al regreso a casa sintió deseos de conocer el mundo, con una especial fascinación por el francés. Pero la fama de libertina de la Ciudad Luz puso en guardia a su padre, quien expresó un rotundo “a París no”, que la llevó a decantarse por Suiza, a donde se fue a estudiar arquitectura con dos amigas.

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El amor promete ser esa tierra

Estando en Suiza llegó a su vida un novio alemán. Ella había abandonado ese ejercicio adolescente de llevar un diario. Él, en cambio, escribía. Y lo hacía en serio. Ese novio aparecería trasmutado en uno de los primeros cuentos con los que Krina se daría a conocer. Pero no nos adelantemos. Esa relación llegaría a su fin, dejando cuanto tenía que dejar. Tiempo después comenzó otra, con quien era su mejor amigo de entonces: un brillante portugués, comunista e indocumentado, llamado Fernando Costa Gomes, quien había salido de su patria luchando contra la dictadura de Salazar, para exilarse también del partido luego de los brutales sucesos de Praga, acaecidos en ese agitado 1968.

Él, indocumentado; ella, israelí. En el último año de la tesis decidieron casarse. Para poder hacerlo, hicieron un viaje en autostop a Dinamarca, que era entonces como Las Vegas de Europa. Era el año 1971. Ese matrimonio, que parecía el arrebato de unos muchachos locos de vida, duró casi cuarenta años, hasta la muerte de Fernando, ocurrida en 2010, en Caracas.

Pero el amor, que se parece tanto a una casa, no terminaba de ser la totalidad de eso que Krina Da Costa Gomes buscaba sin saber exactamente qué era.

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Sus primeros años de matrimonio transcurrieron en Suiza, con largas visitas a la familia de Fernando, en Portugal. En 1974, la revolución que estalló en ese país le devolvería sus documentos de identidad. Al año siguiente, unos amigos los invitaron a Venezuela. Fernando se fue adelante y a ella le tocó irse con su hijo en brazos, a vivir una experiencia nada inédita para ella.

Otro paisaje, otra lengua. Otra vez. Al llegar a Maiquetía se encontró rodeada de gente que decía cosas que no entendía. Asustada, abrazaba a su bebé mientras esperaba la maleta. Pero la agotadora travesía pasó factura. Se recostó de una pared, y se fue yendo, poco a poco… Al despertar, un puñado de cabezas intentaban ayudar a esa joven rubia y bonita, con aspecto de venir de lejos, que apretaba a su bebé y no encontraba la manera de hacerse entender con esos amables “anfitriones”.

En ese accidental gesto de bienvenida encontró una clave que tardaría en descifrar.

La lengua es una tierra grande

Ya instalada en Caracas, adaptada al clima y a la temperatura de su gente, a la pareja le nació su segundo hijo, el primer venezolano por nacimiento de la familia. Pasaron los días, los meses, los años… Más de dos décadas en las que se dedicaron a consolidar la firma de arquitectura que fundaron juntos, la cual se especializó en grandes estructuras. En ella desarrollaron el techo de los centros comerciales Sambil, de Margarita y Maracaibo, e incluso el de Curazao, así como de otros edificios conocidos.

Este capítulo parecía un largo paréntesis para la escritora que sería, pero en realidad estaba macerando sin saberlo ese diálogo consigo misma que alimentó durante su adolescencia. En esa época no sentía interés por leer ni escribir en español. Lo usaba de manera instrumental, sin desprenderse de las sonoridades de su polaco natal. Hasta el día que, llevando a su hijo menor a inscribirse en la UCAB, echó un ojo en el libro de pensum y se encontró con un curso llamado Técnicas de investigación literaria, al cual sintió curiosidad de asistir como oyente. Luego se enteró de unos talleres que dictaban en la misma casa de estudios. El profesor con el que conversó le confesó que su búsqueda estaba relacionada con la literatura basada en la realidad. Ella le comentó que su vida estaba demasiado llena de realidad, por lo que aquel ripostó que, entonces, le convenía el de Eduardo Liendo. Y así, con la modestia de las cosas aparentes, comenzó a coger forma la historia que estuvo cocinando en silencio, en cada episodio de extrañamiento de esa chica que siempre se supo “rara”.

Finalizado el taller con Liendo, tomó otro en Icrea, e hizo el de narrativa del Celarg y el de Oscar Marcano, en Escribas. En 2007 culminó la maestría en Literatura Comparada de la UCV.

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Las colas no producen milagros pero sí historias

Entre los finalistas del Concurso Nacional de Cuentos de Sacven en su edición 2001, destacó un texto cuya firma más bien parecía un seudónimo: Krina Ber. Con el título de Los milagros no ocurren en la cola, el cuento exhibía un fino dibujo psicológico de su protagonista, una prosa madura y una atmósfera melancólica e intimista. Se sentía autobiográfico y, en efecto, de alguna forma lo era. Allí su autora comenzaría a hacer uso de los recursos de la ficción para recrear realidades. Ese antiguo novio alemán volvió del recuerdo para encarnar, con su dejo de ausencia, tanto al padre como al personaje con el que la protagonista de la historia se involucra afectivamente.

El hilo con el que urdió la madeja fue una cola en los alrededores de la Plaza Venezuela. Luego ya no pudo detenerse, poniendo en práctica uno de los mandamientos de su estética literaria: el cruce de una calle que existe con otra que no existe. Bajo ese precepto ha desarrollado una obra a la que no le han faltado reconocimientos. El más reciente lo concedió el jurado del Premio de la Crítica a la Novela del 2015, por su primogénita Nube de polvo. Esa exitosa incursión en dicho género vino precedida de diversos espaldarazos a su narrativa breve. En 2001 obtuvo mención especial en el Concurso de Cuentos de El Nacional, al año siguiente como finalista del Concurso de Cuentos de Sacven. En 2004 su libro Cuentos con agujeros obtuvo el Premio Monte Ávila para Autores Inéditos. Al año siguiente ganó la Bienal de Calabozo, y en 2007 los concursos de cuentos de El Nacional y de Sacven, respectivamente.

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La Patria que se vislumbra

Krina habla polaco, hebreo, francés, inglés, algo de portugués y español. “La gente dice que saber muchos idiomas ayuda a escribir, pero yo creo que no es verdad. Saber mucho un idioma sí”, señala. Por eso considera al español su lengua materna, porque con él aprendió a expresarse literariamente. Compara su relación con él con la de “alguien que se enamora a los 50 años”. No en vano, sus maestros literarios (Antonio Muñoz Molina, Julio Cortázar, Javier Marías, Almudena Grandes), la enamoraron en esa lengua.

De hecho, durante casi treinta años vivió sin que le molestara su condición de residente. Pero haber hecho del español de Venezuela el modo de comunicarse con el hogar que estuvo buscando la llevaron, en 2003, a ejecutar un acto de un enorme poder simbólico: nacionalizarse venezolana.

Y fue así como aquellos dos puntos: el de la niña que a los siete años escribía poemas, y el de la adolescente que llevaba un diario, encontraron un tercero con el cual trazar la línea que describiera el camino de la escritora que, hoy, convierte sus características personales en posturas estéticas, como su incapacidad de recordar con precisión, o esa eterna mirada de extranjera.

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La vida como una nube de polvo

Nube de polvo (Equinoccio, 2015), completa una bibliografía iniciada con Cuentos con agujeros (Monte Ávila 2005), Para no perder el hilo (Mondadori, 2009), Los dibujos de Lisboa (La Vaca Mariposa, Buenos Aires, 2013) y La hora perdida, que es una compilación de sus cuentos publicada el año pasado por Ígneo.

Como pasa con todo aquel que aborda el género por primera vez, se sentía insegura con su resultado, hasta que se la dio a leer al crítico Carlos Sandoval quien, al elogiarla, la animó a buscarle editor. Lo demás ya se sabe.

La de Krina no es la historia de una autora tardía. Es la historia de un largo viaje macerando un destino. Un viaje que buscó darle sentido definitivo a la palabra hogar. Ese sentido lo halló en el cruce de una calle que existe con una que no. Recuerdos y temores, anhelos y presencias, las coordenadas precisas de ese lugar están en el incierto hallazgo de la palabra que defina, en cada momento, eso que busca decir.

Por fortuna, aunque se demora, usualmente la encuentra.