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FOTOS| Chavistas duermen en la embajada de Venezuela en EEUU

Sofás con sacos de dormir, un candado en la entrada: activistas estadounidenses ocupan la embajada de Venezuela en Washington para impedir la llegada de la delegación del líder Juan Guaidó, reconocido por Estados Unidos como presidente interino, después de que los últimos diplomáticos del gobierno de Nicolás Maduro perdieran su estatuto.

La pura verdad

El lunes 21 de mayo, Benancia llegó eufórica a la casa donde presta sus servicios como doméstica. La felicidad le brotaba como el tufillo de las cervecitas que se bebió con sus vecinos de Catia para celebrar el triunfo. Se había trasnochado porque, después de que anunciaron los resultados, la música, los fuegos artificiales, el licor y la fiesta se prendió hasta bien entrada la madrugada. Esa fue la razón que alegó para justificar su retraso esa mañana. No la falta de transporte o la demora en el Metro, como tantos otros lunes de llegadas tardes. La verdad es que nunca la habían visto así: tan auténtica, tan entusiasmada y tan chavista. Porque si algo supo hacer Benancia a lo largo de los años que tenía trabajando para esa familia –que no eran pocos- fue ocultar muy bien su preferencia política.

Escrache: otra forma de la rabia

Venezuela había sido un país tan feliz, que nunca tuvimos que afrontar la complicada discusión de los bordes éticos del llamado escrache. En nuestra breve época republicana los expresidentes, aunque adversarios políticos, bromeaban con irse a jugar partidas de dominó dos contra dos. Ellos y sus hijos vivían aquí, atendían el teléfono y hacían mercado, y uno no los apuntaba con el dedo. Hubo, es cierto, una fugaz ráfaga de saqueos (y cosas peores) cuando el perejimenizmo cayó y dejó a algunos guindados de la brocha y de este lado del charco. En épocas más recientes, Lina Ron y sus visitas a Globovisión, o los Círculos Bolivarianos asediando la Asamblea Nacional. Intimidaciones, conatos, escarceos de escrache.