
Fue en una tarde de un día cualquiera cuando mi papá me llevó a sacar mi primera cédula, por los lados de la Plaza Caracas. Recuerdo, sobre todo, la tembladera nerviosa de mis dedos para estampar mi firma de letra de carta en un rectangulito pequeñísimo, y que, a diferencia de ahora, había oficinas separadas en las que se cumplía cada paso: tomarse la foto, poner la huella.