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&quot;Tener VIH en Venezuela es condenar a mi hijo a la orfandad&quot;

Cruz Vásquez salé del ambulatorio con un mal semblante. Su salud se deteriora cada vez más y el VIH lo consume lentamente tras cuatro meses acumulados sin medicación, porque según lo que dijo el ministro Luis López el pasado 18 de abril, el país no tiene dinero para cubrir los gastos.

&quot;Tener VIH en Venezuela es condenar a mi hijo a la orfandad&quot;

Por unas diarreas crónicas Vásquez, de 51 años, acudió al médico para ver qué le ocurría. «Tras varios exámenes el 9 de marzo me dieron la noticia. Era mi cumpleaños, fue el peor regalo de mi vida» relató a El Estímulo.
Han pasado 21 años desde entonces. Durante ese tiempo, fueron varias las veces que intentó quitarse la vida. La mayoría de las tentativas ocurrieron en los primeros seis meses tras haberse detectado ese padecimiento. «No le encontraba sentido a la vida, sentía que la muerte me perseguía y que mi mundo se había acabado con la enfermedad».
La escasez de medicinas -que casi roza el 100% según organizaciones como Codevida- cambian su panorama. Cruz afirmó que las enfermedades oportunistas han comenzado a atacarlo. Sufre de problemas intestinales, en el colón y de litiasis renal, por lo que los dolores son muy fuertes y con la falta de calmantes todo empeora.
Gran parte de su familia desconoce su condición ni siquiera su esposa, quien murió hace 12 años. «No quería preocupar a nadie. Sólo saben dos hermanos y mi mejor amigo», resaltó.
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El hombre, que en su juventud se desempeñó como escolta de los presidentes Jaime Lusinchi y Carlos Andrés Pérez, intentó acabar con su vida ingiriendo pastillas y ahorcándose en su cama. El último intento fue en 2006 cuando su mujer murió.
Cuando le detectaron su enfermedad en 1997, Venezuela no contaba con tratamientos para atacar esa enfermedad y pasaron dos años para que llegaran medicamentos al país, gracias a la ayuda de un doctor que introdujo ante el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) un amparo constitucional que surtió efecto.
A partir del año 2000 empezó su tratamiento, el cual ha cambiado cuatro veces. Consumió fármacos como: Convivir, Duovir, Centres entre otros. En la farmacia del ambulatorio de la Universidad Central de Venezuela, hay Centres y otro medicamento que el hombre no recuerda, pero no los puede retirar porque ya se acabó su cupo, así que debe esperar a mayo.
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-Una salvación de nombre Samir-

Su salvación llegó hace seis años cuando conoció a Samir, un niño al que adoptó tras vivir en condiciones infrahumanas con una madre alcohólica y drogadicta, además de un padre que jamás se hizo cargo de él. Sin embargo, la amistad con el papá del niño lo acercó al menor. «Vivían en la inmundicia el niño estaba desnutrido, deshidratado y maloliente. Si lo cargaba, debía correr a bañarme porque los olores quedaban en mi piel», aseveró.
Ese primer año, el hombre cuidó a Samir desde febrero hasta diciembre porque lo internó en el Hospital Materno Infantil, pero luego la madre del pequeño le prohibió verlo. Con el paso de las semanas, los vecinos del sector Zamora, en El Valle, le comentaron a Cruz que el niño era maltratado y que nuevamente no estaba comiendo.
Tras conocer lo que le ocurría al infante, introdujo una denuncia ante el Consejo de Protección al Menor, quien envió a un funcionario de asuntos sociales para quitarle al menor a la madre. Sin embargo, como única alternativa para continuar viendo a su hijo, accedió para que Vásquez reconociera legalmente a Samir y así asumir la custodia.
Ahora el pequeño -quien sufre de hiperactividad cognitiva- vive con su padre adoptivo en una vivienda de tres pisos ubicada en el sector La Matanza, de la misma urbanización. Ahí, Vásquez tiene una residencia para estudiantes. «Hay cerca de 20 y les cobró 200 mil por habitación eso me da cuatro millones mensual».
Con el rostro compungido, el hombre suelta unas lagrimas «Siento una impotencia y una rabia, porque quiero ver a mi hijo como un ser de bien, pero sé que la muerte se acerca más y más y me pregunto: ¿Veré a ese niño recibiendo su título universitario? Pero ahora sólo me toca verlo cuando me dice que no quiere que me muera mientras me ayuda a levantarme de la cama, porque tener VIH en Venezuela es condenar a mi hijo a la orfandad».]]>