Trama y urdimbre

Carolina Jaimes Branger nos recuerda el poder de las mujeres venezolanas, preparadas para enfrentar grandes retos como la reconciliación de Venezuela.

Trama y urdimbre

La otra noche conversaba con dos amigas muy queridas, a quienes conozco desde que éramos niñas. Ambas profesionales, una ingeniero y la otra arquitecto, muy brillantes. La ingeniero relataba que en la junta de condominio de su edificio, los hombres que la integraban, dieron paso a tres mujeres, ingenieros de sistemas las tres, para más señas. Y en pocos meses, la energía del edificio cambió. Hoy hay una atmósfera distinta. ¿Las claves? La claridad, la cordialidad, la conciliación. Todos atributos femeninos.

En un país como el nuestro, donde impera la rabia, la desazón, la desconfianza, el cinismo, y, sobre todo, la desesperanza, hace falta que algo así suceda. Las mujeres hoy estamos llamadas a ser los puentes, las conciliadoras, las constructoras de una sociedad distinta a la que tenemos.

Penélope, en la Odisea, tejía de día y desbarataba de noche… su tela nunca se terminaba.

La Humanidad, durante miles de años, fue como la tela de Penélope: nunca estaba completa. Los protagonistas del mundo eran los hombres. Las mujeres, meras espectadoras. La revolución industrial primero y las Guerras Mundiales del siglo pasado después, incorporaron a las mujeres en oficios hasta entonces exclusivos de los hombres. Y todo cambió. Hemos recorrido un larguísimo trecho en un cortísimo lapso. En todos los sectores de nuestra sociedad hay mujeres exitosas. Por eso este sentido homenaje a esas precursoras que lograron que la Humanidad terminara de tejer su tela.

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En 1930 la Universidad Central de Venezuela estaba en el edificio que en la actualidad ocupa el Palacio de las Academias. En la Facultad de Medicina el profesor de Anatomía era el brillantísimo José «Pepe» Izquierdo, admirado por todos y temido por muchos por su carácter fogoso y volátil.

Cuentan que Izquierdo entró al salón de los estudiantes de primer año y recorrió sus integrantes con la mirada. Su mirada se posó en… en… en… ¡una muchacha! ¿Qué hacía una mujer en su clase de Anatomía?… Se llamaba Lya Imber.

Con la ironía que le era característica, le preguntó:

«¿Se puede saber a qué vino usted, señorita?… ¿Es que en su casa no hay oficio que hacer?… ¿Su mamá no necesita quien la ayude a cocinar, limpiar, lavar, planchar o zurcir la ropa?…

Lya le mantuvo la mirada y le respondió suavemente:

«Vine a lo que vinieron los demás, a estudiar Medicina».

Semanas después, cuando presentaron el primer examen, Pepe Izquierdo, con la honestidad intelectual que lo distinguió siempre, dijo:

“Cometí una injusticia y vengo a remediarla. Hace unas semanas yo le pregunté a la bachiller Imber qué hacía aquí… Pues ya lo sé: está estudiando medicina y va a ser una excelente médico. Su examen es el mejor de todos. Felicitaciones. Le regalo mis libros de Anatomía”. Y acto seguido le regaló sus libros, unos tomos en francés que eran la “biblia” de la Anatomía, que los Imber, inmigrantes pobres, no tenían medios de adquirir.

Lya Imber se graduó de médico en 1936 con las calificaciones más altas de su curso. Su carrera fue brillante. Su legado, más luminoso aún: Lya abrió el camino de la universidad a quienes siguieron sus pasos, empezando por su hermana Sofía, quien tuvo en ella su mejor modelo.

Las mujeres venezolanas estamos preparadas para enfrentar ése y muchos otros retos. Venezuela necesita reconciliarse. En el siglo XX hubo muchas mujeres, como Lya Imber, que nos abrieron paso a las mujeres de finales del siglo XX y de lo que va del XXI. Frente a la agresividad, nos toca sembrar cordialidad. Frente a la rabia, paz. Frente a la desazón, sosiego. Frente a la desconfianza, seguridad. Frente al cinismo, sinceridad. Frente a la desesperanza, ilusión por el futuro. Venezuela necesita una nueva energía, una energía femenina. ¿Estamos dispuestas a asumir el reto?

Las mujeres venezolanas… trama y urdimbre.