El año del conejo malo

Bad Bunny ha demostrado que puede hacer lo que le venga en ganas porque ha conquistado al público, a la crítica, a los medios. Cimentó una carrera trepidante a fuerza de sencillos y actitud y su primer disco ha resultado ser un nuevo éxito

La primera vez que escuché a Bad Bunny estaba sentado sobre una alfombra, cerquita de mi computadora, con Ignazio e Inmaculada. Veníamos de no-sé-dónde, las palabras de Ignazio se volvían caracoles, mis pestañas tan pesadas no dejaban ver. En algún momento, mientras nos turnábamos una botella de ron y fantaseábamos con encuentros sexuales, Inmaculada puso su Soundcloud y Diles fue la música de fondo. Quedó como una canción que pondría cada vez que prendiese un porro en la mitad de la noche.

No me imaginé que luego con el remix de Soy peor gemido por niñas tanto en casas-club como en apartamentos sin agua, y con Krippy Kush retumbando bajo cualquier luz a las dos de la madrugada, el Conejo se volvería un household name. He visto tantas caras eufóricas recitar el balbuceo de Bad Bunny, babeh-beh-beh. El pana que ha sido citado como “demasiado sucio” para que suene en la radio, ha invadido las fiestas de toda América Latina con su voz gruesa. Más allá, incluso: cuando mi queridísima amiga egipcia, Ingy, me lo mencionó por las calles de Montreal el verano pasado, entendí que Bad Bunny se metió en el hueco y cruzó a las maravillas del Norte. Más acá de las discotecas: Ignazio ofreció puntos extra a quien acertara el nombre de Benito Martínez en un examen.

En cada ocasión sonreía: líneas como «un culito así no se encuentra en eBay»; «un diablo, un beso de emoji»; «baby deja el stalk, o en el Instagram voy a darte block», me parecen hasta hoy un motivo para extender la sonrisa a la hora de pisar duro y de curiosear. La integración de elementos tan contemporáneos como las páginas y redes que se imponen en nuestro uso de Internet, me hace pensar en la posmodernidad, en su vigencia, en como los distintos medios que tenemos para insinuarnos se entrecruzan y tumban la idea de que solo uno es el adecuado para interpretar la realidad.

Bad Bunny entremezcla conciencia sobre la inmediatez de nuestros días –y por eso la prioridad de sencillos en su carrera–; presencia de imágenes solo digitales que han venido a fundamentar nuestras emociones; ausencia de un canon que implique un trap que solo se hace de un modo, que a las mujeres solo se les menciona de un modo, que lo virtual solo se toca cuando en la vida estás en cierto modo.

El Conejo Malo me ha seducido por sus guiños, sus referencias. Que cada single suyo haga mención a una forma de comunicarse por WhatsApp, me hace pensar y pensar y pensar. Representar, nombrar da pie a que algo exista. No sé si Benito está consciente de lo que logra, pero al hacer mención de nuevos códigos de expresión gana en sus canciones el destello que a tantos les falta, que a tantos deja como un tema que no provoca repetir. El Conejo es un fenómeno global en tanto rompe los muros de nuestros prejuicios y nos hace mover las caderas al son de caricaturas que solo vemos en el celular.

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«Sigue tu camino que sin ti me va mejor/ Ahora tengo a otra que me lo hace mejor/ Si antes yo era un hijo ‘e puta ahora soy peor», susurra Benito en el coro de la canción que según muchos lo hizo explotar. En otros temas destaca lo bestial, lo salvaje, lo inhumano –¿o más allá de lo humano?- de las presas de su pene. Esto, sin filtros ni autocensura. A pesar de las letras que podían dar hilo a una visión de Benito que lo enmarque en la instrumentalización de la mujer, en cierto sentido de venganza, vale preguntarse por otros motivos: ¿podríamos pensar en Bad Bunny como feminista?

En la década pasada vimos infinitas acusaciones al reguetón como expresión machista, como género misógino. Difícil negarlo cuando letras como «Yo quiero azotarte, domarte / Pero lo malo es que te gusta» se escucharon tanto en toda América Latina. No obstante, con una Becky G y una Khea que penetran más oídos al instante frente a lo que fue La Factoría, los tiempos han cambiado: la mujer ya no es meramente objeto de deseo, es sujeto de poder en el género urbano. Muchas canciones y colaboraciones del Conejo Malo dan fe de ello.

Consideremos, por ejemplo, el tema Amorfoda. No solo es innovador al fungir como una suerte de trap triste, que ni necesita beat para dominar nuestras exigencias de bailar, sino que habla del despecho con una sinceridad absoluta. Nada que ver con el echárselas sobre cuantas niñas uno se ha follado, estereotipo del género musical. «Toas las barras y los tragos han sido testigo / del dolor que me causaste y to’ lo que hiciste conmigo / Un infeliz en el amor que aún no te supera / Que ahora camina solo sin nadie por todas las aceras», reza la canción, reconociendo al supuesto gangster, fumador de marihuana, como un débil dominado por una mujer.

Como diría Gabriel Antillano y como bien lo dictan mis experiencias noctámbulas: “podría ser la primera balada trap que se popularizó entre la música para fiestas, aun cuando su forma y su temática (la canción habla del desencanto del cantante por el amor romántico luego de sentirse traicionado) no parecen invitar a la celebración”.

Pero no todo se queda en ciertas menciones en un juego de poder. Si bien pudiésemos destacar cantidad de apelativos valorativos en Bad Bunny y así especular sobre una ideología, muy en la onda de Teum Van Dijk, la representación es un tema importante. Lo escribió Nancy Fraser alguna vez: la reivindicación de un género no se queda en redistribuir los mismos derechos. Se me hace evidente que colaboraciones como Loca y Ahora me llama dan pie para notar a un Mambo King que, sea por voluntad propia o por aferrarse a los cambios de mentalidad de una industria, brinda luz a mujeres que cantan desvergonzadamente sobre proezas históricamente reservadas a un patriarcado. El silencio y el conservadurismo son elementos absurdos para Benito.

El sencillo Solo de mí, que tiene como protagonista en su video a una mujer que sufre fantasmalmente ataques a su físico, parece reafirmar una conducta feminista en el Conejo. Incluso, se hace un cambio y se subtitula la letra como «yo no soy tuya ni de nadie/ yo soy solo de mí»; se ignora el masculino en «tuyo» para que la obra de arte en su versión más completa, el vídeo de música que estrena la canción, sea coherente. Más allá de alguna reivindicación femenina que hace eco de su voz, en esta ocasión hay un giro lingüístico que supera sus acercamientos previos.

En definitiva, ¿es Benito Martínez un feminista? Difícil afirmarlo al cien por ciento. Pero es seguro que sus asociaciones y sus lamentos dan pie a una lectura en pro de que la mujer tenga un lugar respetable. Que no obstaculiza a la mujer, en cualquier caso. Propongo, pues, cantar sus balbuceos sin pena alguna, en contraste con las justificaciones que muchos dieron alguna vez al tararear las canciones de Plan B.

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Hagan trizas de todos sus calendarios chinos: el 2018 fue el año del conejo. Benito ha sido un tipo coherente y como buen mesías, como buena cara de una religión, sacó su primer LP el 24 de diciembre. Esto, con una publicidad precaria en redes sociales como Twitter. El disco cayó como sorpresa. X100PRE, a pesar de un título que no me convence mucho, ha sido el broche de oro que necesitaba el Conejo para cerrar un 2018 que ya gritaba su nombre.

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Ni bien ni mal anuncia lo que vamos a escuchar: unos bajos que asaltan la segunda vez que suena el coro, una letra que trata sobre la negación de un despecho y la determinación a no extrañar. La ausencia de DJ Luian y su sello Hear This Music, marcan las canciones que siguen. 200 MPH, tema producido por Diplo, nos lanza en una búsqueda en un desierto purpúreo por lo que ansía el instinto. ¿Quién tú eres?, tan prescindible como Ser bichote, cumple el braggadocio que los raperos normalmente exigen. Otra noche en Miami inspira, aunque más dopado que los protagonistas, un escenario como el de Scarface: trajes brillantes, pirámides de cocaína, oraciones que se pronuncian sin vergüenza.

Si estuviésemos juntos es una buena rola de aquellas que confunden el perreo con la tristeza. En Cuando perriabas, podemos cambiar tristeza por nostalgia y vacilar a mil. La Romana resalta como una de las canciones más escuchadas apenas salió el disco: la primera mitad, ganas de saltar y sudar al estilo de Chambea; la segunda, el desquite sin pausa del alcohol que contamina el baile. Como antes, apenas un preludio para lo que debería cerrar el disco. RLNDT nos deja mirar, de modo espectacular, en el Conejo más introspectivo, el que se desgarra por la soledad que no mitiga la fama, el que se pregunta sobre su camino cuando el tomado ha sido fácil y no satisface.

Ciertas cuestiones sobre X100PRE dan para sospechar una influencia de Kanye, aunque no sé hasta qué punto la imagino. El tema de cómo sacó el disco nos recuerda al hito que marcó Ye con el estreno de Yeezus. La canción Caro, con su puente que altera radicalmente la composición y mira hacia dentro, martilla mi columna con el coro que mete el cantante de Flashing Lights en el puente de On Sight, primera rola de Yeezus. Tenemos que hablar, hasta en temática y lugar en el tracklist, recuerda a Paranoid de 808s & Heartbreak. Aunque, hablemos claro, es cierto que 808s marcó los synths espectrales, los gritos que connotan soledad y sufrimiento en medio de tanta tecnología, como cosa más o menos común en el hiphop y el trap, pero es particularmente cierto en el primer LP de Bad Bunny.

Creo que Estamos bien podría servir como un epílogo interesante al autoanálisis que hace Bad Bunny, pero ligarla con Mía como última pieza del disco no me cuadra. Hubiesen quedado mejor como bonus tracks, himnos que se oigan aparte de la narrativa del disco. Cualquiera de ambas en una noche mínimamente agitada estaría bienvenida, pero en X100PRE su presencia cae forzada.

Lo sé, mi recepción del disco no implica todos los laureles. No me cuento entre quienes creen que forma parte de una gran trilogía de música en español junto a El mal querer y Vibras –esos discos superan al del Conejo. Pero para un debut, este LP es muchísimo más que suficiente. La mixtura de géneros musicales, la vulnerabilidad presentada a todo pulmón y a todo beat, las introspecciones que obligan a sonreír a demonios bien adentro, son cosas que se dan genialmente en esta primera propuesta extendida. Son cosas que le dan más renombre al Conejo en el 2018.

¿Hay alguna influencia de XXXTentación en Triste, pieza que saca con Bryant Myers? Es más, ¿hay alguna influencia del k-pop en las pintas de Bad Bunny, en el Dura, dura, dura que da vibras de G-Dragon en Está rico? ¿Por qué Bad Bunny se pinta las uñas, hay un political statement detrás de la cuestión?

Me queda claro que quien acaba de sacar X100PRE, con todo lo que ha sacado este año, con el hype que supo acumular el 2017, quedará como uno de los dueños de 2018. Insisto: pa’ fuera los calendarios chinos, la tradición: 2018 fue el año del conejo.