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La historia de Maureen en Chile

Ante la xenofobia contra los venezolanos, Carolina Jaimes Branger rescata una mirada optimista: ahí están los extranjeros que vivieron aquí y que multiplican en sus países de nacimiento la visión agradecida para con esta nación que los recibió cuando las circunstancias les eran adversas

La historia de Maureen en Chile

Ciertamente, si de algo podemos ufanarnos los venezolanos, es de haber sido un país de puertas abiertas. Claro que hubo algo de xenofobia –siempre la hay- pero mucho menos que en la mayor parte del mundo. Me he preguntado muchas veces a qué se debe eso y no he encontrado una respuesta definitiva, aunque presumo que el haber sido la más pobre de las Capitanías Generales de la Colonia tuvo que ver con ello, porque no hubo una oligarquía como la colombiana, la mexicana, o la peruana. Quien es clasista, por lo general también es racista, xenófobo y probablemente tiene otras fobias. Las dos guerras civiles que tuvimos en el siglo XIX terminaron por igualarnos, pues todos sufrieron las mismas penurias, las mismas precariedades, los mismos dolores.

Ser parejeros es uno de nuestros rasgos más hermosos. Quizás por ello nos duele tanto saber que hay venezolanos que no son queridos en algunas partes del mundo. Pero no vamos a seguir sacando que “nosotros que los recibimos tan bien a ellos y ahora nos salen con ésta”. Nosotros los recibimos bien porque somos así, nunca lo hicimos para que nos recibieran bien en otras partes, empezando porque jamás pensamos que en algún momento nos veríamos obligados a salir de Venezuela.

Ha habido gestos, como el reciente del presidente Iván Duque, cuya política migratoria favorece al casi millón de venezolanos que están en Colombia. Eso hay que agradecerlo, independientemente de que sea o no una retribución de Colombia a Venezuela.

Pero los venezolanos tenemos quienes nos defiendan: los naturales de otras partes del mundo que residieron aquí y por las circunstancias que todos conocemos regresaron a sus países. Son ellos la mejor expresión de lo que fue nuestro país y de lo que yo estoy segura volveremos a ser.

Mi amiga Maureen Gubbins nació en Chile, pero vivió aquí en Venezuela durante 40 años. Nunca se sintió discriminada, todo lo contrario, fue feliz, alcanzó prosperidad porque es una trabajadora incansable y se hizo venezolana.

En un grupo de chat que tenemos, ella nos escribió:

“Hay algo que no les conté: ayer, cuando me fui a vacunar, le dije a la joven que me recibió:

– Vengo a vacunarme.
– ¿Tiene cédula chilena?
– Por supuesto.
– ¿Me la puede mostrar?

La saqué y se la mostré.

– Pensé que era extranjera por el acento.
– Soy chilena-venezolana.

Cuando ya me tocaba vacunarme, entregué mi número de atención junto a la cédula a otra señorita:

– Buenos días – le dije.
– Buenos días. ¿Usted es chilena? – dijo mirando mi cédula. No supe si era una afirmación o una pregunta.
– Así es.
– ¿Natural de dónde?
– De Chile.

Me reí y agregué: “al dorso de la cédula está mi lugar de nacimiento”.

– Sí, dice Viña del Mar, pero ¿usted es “natural” de dónde?

No aguanté la risa, y le expliqué a la niña:

– La persona “natural de …” se refiere al lugar de nacimiento: yo soy natural de Viña del Mar, Chile y por mi acento “venezolano” me estoy empezando a sentir DISCRIMINADA. ¿Es que acaso ustedes tienen algún problema personal con los venezolanos? Porque a mí, como chilena en Venezuela, me trataron tan bien, que me quedé 40 años. Calculen ustedes lo feliz que fui entre venezolanos.

Acto seguido se callaron la boca para seguir trabajando”.

Todos en el chat le agradecimos a Maureen que “nos hubiera defendido”. Y nos comentó que ella podía darse el lujo de ponerlos en su sitio porque nació allá, pero que no quería ni pensar lo incómodo que debía ser para un venezolano, o de cualquier otra nacionalidad ser tratado así.

“Aquí hay xenofobia”, agregó. “Su deber era vacunarme sin tanto interrogatorio. Con la cédula o un comprobante (si es extranjero) de que la cédula está en trámite, debía ser suficiente para recibir la vacuna”.

Y así como hizo Maureen, hay cientos de miles de extranjeros que hoy nos reivindican ante los xenófobos del mundo. Uno cosecha lo que siembra y aquí sembramos –repito, con sus contadas excepciones- cordialidad, solidaridad, hermandad.

Cuando Venezuela retorne a la democracia, y tanta gente que se ha ido regrese, seremos aun más hospitalarios y más abiertos con los extranjeros, porque ya hemos experimentado el rechazo por ser naturales de otra parte. Y lo cierto es que nadie se olvida de cómo lo hicieron sentir, aunque pueda olvidar muchas otras cosas.

Quiero terminar con una cita de Henri Nouwen: “La hospitalidad es, principalmente, la creación de un espacio libre donde el extraño puede entrar y convertirse en un amigo en lugar de un enemigo. La hospitalidad no consiste en cambiar a las personas, sino en ofrecerles un espacio en el que puedan producirse cambios. No se trata de acercar a hombres y mujeres a nuestro lado, sino de ofrecer libertad no perturbada por líneas divisorias”.

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