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Ya vivíamos confinados

Desde antes de la cuarentena, habíamos perdido el espacio público. Con pocas excepciones, en la gran mayoría de las ciudades de Venezuela no hay aceras para caminar, plazas para recrearse o actividades públicas que nos permitan disfrutar al aire libre

Ya vivíamos confinados

La expansión global del coronavirus ha traído consigo una medida preventiva radical, desconocida para la gran mayoría de seres humanos: estar confinados, en cuarentena. En Venezuela, sin embargo, ya vivíamos confinados, reducidos, limitados. El coronavirus solo ha agudizado aquello que ya era parte de nuestra cotidianidad.

Escribo desde mi propia vivencia. La de un profesional universitario, parte de una clase media atrincherada en su apartamento o casa, con muy pocas salidas. En su mayoría, reducidas a centros comerciales. Con una vida nocturna limitada a ver series en la televisión por suscripción, a reuniones con vecinos, familiares o amigos, dentro de otras casas.

Desde antes de la cuarentena, habíamos perdido el espacio público. Con pocas excepciones, en la gran mayoría de ciudades de Venezuela no hay aceras para caminar, plazas para recrearse o actividades públicas que nos permitan el disfrute del aire libre.

No todos estaban confinados, ciertamente, pero la gran mayoría de personas que conozco, de esta clase media profesional venezolana que se niega a morir, ya estaba en cuarentena, alejada de la vía pública o usándola únicamente para circular de un lugar seguro a otro.

El fantasma de la inseguridad ha estado acechando largamente. Solo nos quedó convertir nuestras casas en fortalezas, metafóricamente hablando, dada la ausencia de autoridad en ese espacio público difuso. Soy de los venezolanos que temen interactuar con un uniformado policial, porque sabe que eso tendrá un costo, cualquiera que sea.

He recorrido, antes de la cuarentena, calles vacías y a oscuras en ciudades como Caracas, Valencia, Maracaibo, San Cristóbal o Barquisimeto. Imágenes desoladoras, a las 8 o 9 de la noche, cuando en otras ciudades del mundo la vida nocturna apenas comienza.

Obviamente, dejar sin gasolina a todo un país, por cierto, también deja a los propietarios de automóviles gravemente afectados. Es tal vez la gran novedad en esta cuarentena: no tener combustible para nuestros carros. Esa otra fortaleza en la cual nos guarecemos, nos atrincheramos. Sin el carro, estamos desnudos e indefensos ante una ciudad hostil.

Muchos de estos profesionales venezolanos que hoy están imposibilitados de salir por la cuarentena, ya estaban confinados. Ya venían, antes de marzo, realizando teletrabajo (mal pagado en muchos casos) para empresas en otros países, o para venezolanos radicados con empresas en otros países. Profesionales doblemente confinados, dada la dramática desconexión que vivimos.

No solo tenemos el internet más lento de las Américas, por debajo incluso de Haití, sino que a eso se le suman los apagones, que nos dejan sin luz y sin la posibilidad de una señal paupérrima para conectarnos con el entorno y con el mundo.

Todo esto ya lo vivíamos antes de que se reconociera la existencia de casos de coronavirus en Venezuela, antes de que el chavismo hiciera suyo el discurso favorable a la cuarentena.

Después de varias semanas, hace poco volví a ver a un taxista de mucha confianza, quien logró mover su carro para hacer algunas diligencias personales impostergables. Le pregunté cómo evalúan la crisis de Covid-19 en su barrio.

Esta fue su respuesta: “Ahora en el barrio dicen ‘como coronavirus en Venezuela’, cuando se quiere decir como anillo al dedo”. Y remata: “Así le cayó este virus al chavismo: como anillo al dedo”.

¡Sonríe!

Ricardo Adrianza nos recuerda que sonreír debe ser un hábito de vida. Es contagioso, mejora el entorno, libera el estrés e impulsa la creatividad