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Resistir como toda una mujer

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12/06/2017
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FOTOGRAFÍAS: ANDREA HERNÁNDEZ

La mujer venezolana tiene bríos. En las protestas de la oposición, más que gracias y contoneos muestran valor y resiliencia. Indistintamente de la edad y oficio, todas expresan su descontento al gobierno de Nicolás Maduro. Una figura, sin embargo, llama la atención: las guerreras que acompañan a los chamos en las luchas contra la Guardia Nacional. Aquí algunos testimonios de aquellas que no titubean ni se doblegan en resistencia

La guerra es de hombres. O así se creía en tiempos pasados. No es lo que se percibe en las protestas en Venezuela. Desde principios del mes de abril, y todavía, las mujeres destacan por su participación impetuosa en cada convocatoria, destilando su sufrimiento en cada paso de protesta. En medio de una represión brutal, con “atrocidades” como lo admitió el ministro Vladimir Padrino López, la mujer, como el hombre, hace su parte en una lucha para el cambio que esperan. Ejemplo de esto fue María José Castro, la  señora que se colocó al frente de una tanqueta en la autopista Francisco Fajardo y hasta la hizo retroceder. El registro en imagen de su acción, y su ejemplo, le dieron la vuelta al mundo. No está sola. Como ella, son varias las que demuestran día a día valentía y entrega.

Abundan imágenes de hombres enfrentando a los represores. Se prioriza la fortaleza física masculina. Así ha sido en Venezuela en 2017 y en 2014, en Ucrania ese mismo año y en Egipto desde 2011 con la Primavera Árabe. Pero en las calles venezolanas la lucha es otra, ya no de una minoría frente al poder, tampoco de una facción política frente a otra. No. Es un pueblo con un sinfín de razones para alzar la voz y levantar banderas. Y la lucha por libertad, y por calidad de vida, es unisex. Por eso frente al ataque de las huestes de Nicolás Maduro algunas damas avanzan, se exponen, se enfrentan a la Guardia Nacional y la Policía Nacional Bolivariana. Si la represión no distingue género, la valentía y el empeño de lucha tampoco.

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Giuliana tiene 21 años. Es ucabista. Estudia Economía. Cuando no está en las aulas de la universidad, se reúne con sus aliados en la contienda. Es la única mujer en el grupo de siete muchachos, donde además es de las más aguerridas. Durante la refriega se le ve sosteniendo una botella de vidrio llena de pintura en una mano, con sus uñas pintadas de azul. En la otra, una bomba molotov. No se molesta en cubrir su cara, ni usa casco, escudo o chaleco. Tan solo un pañuelo al cuello la protege de los gases lacrimógenos y confirma su falta de miedo. Amarra su largo cabello negro en una cola mientras termina de ajustar el resto de su uniforme. “Me impulsa la rabia, más que todo. Me da rabia el Gobierno que nos tiene así. Me da más miedo que mi país no logre salir de esta. Que ya no tengamos libertad”, explica. Es joven pero la batalla la ha curtido, no es su primera guerra. “En las guarimbas de 2014 me rozó una bala”, recuerda. Pero afirma que la posibilidad de perder la vida no la angustia. Quedar detenida sí. “Antes muerta a que me lleve el Sebin”, sentencia.

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Bajo las capuchas, cuando las hay, los hombres se preocupan por ellas. Y no son los únicos. Los amigos de Bárbara, Andreina y Cathy las rodean, como guardaespaldas. “Cuidado con lo que le preguntas a las cachorras”, apuntan con un tono amenazador, sus ojos entrecerrados, lo único visible de sus caras tapadas por una camiseta vieja. Solo bajan la guardia cuando una de ellas se acerca y les asegura que todo está bien. “Ellos nos cuidan, no quieren que nada nos pase”, explica Bárbara.

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Las tres amigas no tienen más de 16 años. Aunque por su estatura parecen incluso menores. También por su vestimenta; portan camisetas adornadas con detalles en rosados, muñecos e incluso figuras brillantes. “Lo estamos haciendo porque queremos ayudar. Ser parte del cambio. Hay falta de muchas cosas, eso es lo que nos ha impulsado”, explica Andreina. “Nosotras nos encargamos de apoyarlos con las cosas que necesitan. Guardamos la comida, el agua, el Maalox. Lo que necesiten, pues”, explica Cathy mientras guarda una bolsa plástica que contiene pasta con salsa de tomate. “Es mi almuerzo”, aclara uno de los jóvenes.

Las tres liceístas forman parte del equipo encargado de mantenerse vigilantes ante los pormenores que puedan enfrentar quienes se encuentran en el frente de batalla. Su “rango” es de ‘enfermeras’ y les ha correspondido darles agua a los guerreros, alcanzarles todo tipo de municiones (piedras, bombas molotov, botellas y demás), proporcionarles comida y hasta sacar a personas heridas. Lo hacen con gusto y orgullo.

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Giuliana, por su parte, asume responsabilidades desde temprano, con los preparativos. Ella guarda las botellas “preparadas” en una cava donde se compilan las municiones del día. Molotov, miguelitos y demás. Una suerte de laboratorio improvisado con gasolina y líquidos de diversos colores. Todo para enfrentarse a sus oponentes más feroces: la Guardia Nacional Bolivariana.

Cuando llega la hora cero, la muchacha ayuda en lo que puede. Se mantiene en el frente de batalla actuando como sus compañeros: devuelve bombas, esquiva perdigones, evita los chorros de la “ballena”. También funge como enfermera de heridos, se encarga de suministrar nuevas municiones, entre otras actividades. Cada quien tiene su responsabilidad. Se siente tan partícipe de la resistencia como los hombres que la rodean, quienes preferirían que ella se resguardara más atrás. Pero Giuliana no se deja imponer criterios. Lo suyo es la primera fila.

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No buscan tapar sus rostros. Sin máscaras antigás o cascos, solo bandanas de múltiples colores adornan sus cuellos y sus cabezas. Un accesorio práctico y vistoso. Bárbara, Andreina y Cathy se mantienen en la retaguardia, nunca en el frente de batalla. No es un asunto de temores. “Nosotras no tenemos el equipo para guerrear. Además, no tenemos la fuerza para lanzar las bombas de vuelta y eso. Preferimos apoyar un poco desde atrás”, explica Bárbara. “Aunque si nos toca, lo hacemos”, desliza Cathy. Como Giuliana, el miedo lo perdieron hace tiempo atrás. “Por ser mujeres eso no nos hace menos valientes. El cambio es ahora o nunca”.

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Jordi, un joven de 21 años que acompaña a las ‘cachorras’, jura que esta lucha es de todos por igual. “Yo como hombre quiero proteger a las mujeres para que nada les pase. Pero la verdad es que, hombres y mujeres, todos estamos dando la vida por este país”.

Lo sabe Yuli, con sus 20 años de edad y aún estudiante de liceo. Un amigo la acompaña y la presenta como la única mujer guerrera de su grupo. Es bastante más baja que su amigo, mucho más frágil también. Su contextura delgada despista. No pareciera preparada para la batalla. Sin embargo, lo está. Sobre su cabeza un casco tatuado con la frase “Catia presente” identifica a quien asiste a la autopista Francisco Fajardo, a la altura de El Rosal, para marchar y, también, pelear. “Si no puedo protestar en mi zona me vengo para acá. No estoy de acuerdo con cómo se llevan las cosas en este país, entonces protesto”, razona con una sonrisa que no pierde ni cuando las tanquetas avanzan amenazantes.

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Su indumentaria refleja sus intenciones. Además del casco, completa su uniforme con una camisa manga larga, un pañuelo que cubre su nariz y boca, un par de guantes colgados del blue jean y unos lentes de natación sobre los ojos. “Vengo para acá aunque a mi familia no le guste porque desde mi casa no logro nada, ¿sabes? Hay que hacer la cosas uno mismo”. Yuli se entrega de lleno. Con un escudo en sus manos, se encamina hacia el frente de la movilización con el resto de sus compañeros. Los blindados los esperan, y viceversa.

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Ni la edad es un impedimento. Cerca de la barricada humana de jóvenes con escudos, una señora y un joven se abrazan. La señora, su madre, le pide que se cuide. El muchacho termina de enfundarse el casco. La mujer se llama Libertad. Es su nombre y el motivo de su lucha. A sus 47 años no pensó ver a su hijo luchar por su país así. La verdad, tampoco imaginó verse en esa situación. “Por supuesto que no devuelvo bombas ni me enfrento a los guardias porque no tengo la fuerza. Pero aquí estoy para ayudar a los muchachos en lo que necesiten, les doy agua y ánimo”, asevera.  Libertad se mantiene en las protestas por su condición de madre. “Todos esos muchachos que están luchando tienen una madre. Aquí están los míos y toda mi familia. Yo lucho por ellos”. Suena la primera detonación. El caos comienza a surcar. Se coloca el pañuelo sobre la nariz y la boca mientras trata de mantenerse en calma. Un día más de lucha para Libertad, y por ella también.