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Años 90 en Venezuela: entre la calle y la gozadera

Desorden Público, Dermis Tatú, La Corte, Zapato 3, Los Amigos Invisibles: ¿estuvieron mal los años 90 en Venezuela? Estas bandas hicieron los 5 discos indispensables de la década y siguen siendo referencia obligada para muchos

Años 90 en Venezuela: entre la calle y la gozadera

Si el panorama sonoro local había cambiado una década atrás, los años 90 en Venezuela bien podrían catalogarse como los de la consolidación de una escena rock/pop más libre y aventurera. Al igual que en el resto del mundo, hubo bandas y personalidades que se hicieron leyenda. Mucho de lo que escuchamos hoy viene de aquí, de estos músicos y de este momento. Y de estos cinco discos indispensables…

 

Zapato 3: Bésame y Suicídate (1991)

años 90 en Venezuela

Inglaterra tuvo una banda que todo padre de niña adolescente odiaba, The Rolling Stones. La sociedad estadounidense sufrió el inmoral acoso de The Doors. Y Venezuela también vivió su expresión de sexo, drogas y rock and roll en los años 90, se llamó Zapato 3.

Venían de un underground dark, habían pasado por todas la pequeñas y sucias tarimas de Caracas, contaban con un lote de buenas canciones e imagen propia. Probablemente lo más importante de los músicos de Zapato 3: creían, tenían la convicción de que eran la mejor banda de rock del país.

Verdad o algoritmos mentales, las disqueras en nuestro país comenzaban, tímidamente, a entender que los tiempos estaban cambiado y que no era momento de cantautores pop, por lo menos no para un sector juvenil. A Zapato 3 le llueven ofertas de disqueras y se anota con la que consideraron la mejor opción. En tiempo record editan el álbum Bésame y Suicídate.

El cuarteto compuesto por Álvaro Segura (guitarras), Fernando Batoni (bajo), Carlos Segura (voz) y Diego Márquez (batería) rápidamente se ve asesorado por un equipo de profesionales con amplia experiencia. Destacamos la presencia del músico Durban Laverde, quien regresaba de trabajar con, entre otros, Jimmy Page (Led Zeppelin) haciéndose cargo de la producción. Surge una de las campañas promocionales más originales en el campo rock local. Nutrida presencia en los medios de comunicación, detalles como editar en cd, Lp y casete, cada formato con rasgos particulares, por ejemplo, el cd traía tres tracks extras, el Lp se regalaba en algunos concursos con un insert compuesto de panty y hojilla, una simplificación del concepto del álbum.

Bésame y Suicídate fue conjunción de sólidos temas llenos de sexo y amor versus desamor. Empaque “hard rock 80”, onda Guns N’ Roses, con herencia de Aerosmith. Las guitarras eran las protagonistas, una colección de memorables riffs. Cantante con limitantes vocales, pero con suficiente energía y actitud para reventar los escenarios donde se presentaban. Iban estética y musicalmente en contra corriente al tan de moda grunge. El productor puso orden a los presumidos músicos y su dirección llevó la inspiración que tenía Zapato 3 a un formato digerible para el gran público, manteniendo la insolente fuerza rockera.

Rastros de un pasado dark, “Náuseas nocturnas” y “No puedo despegar”, sobreviven en una placa discográfica que es rock pesado con evidente presencia del espíritu Guns N’ Roses. Siempre mirando más al norte de América que a las islas británicas, slide guitar en “Tan cerca de ti” o “Ahora estoy sin ti” comparable al canto de The Black Crowes en “Hard To Handle”. Flamante balada pop rock con aires country, de gran éxito en radios y en vivo, “Uñas asesinas” (único tema no compuesto por la banda, regalo de Yatu -Seguridad Nacional-).

La mira sigue apuntando hacia el norte. No falta el blues, “Amo las estrellas” y “Azul, azul”, incluyendo mención a Jimmi Hendrix al final del tema. Tampoco un himno de estadium: “Como un fantasma”; y el summun de Zapato 3 y esencia de Fernando Batoni, “Pantaletas negras”, rock en estado puro, Álvaro luciéndose en las guitarras y sensualidad al máximo de la mano de Carlos Segura.
Como lo hemos mantenido durante décadas, una banda que odiabas o amabas. Bésame y Suicídate fue ampliamente amado, el disco de oro obtenido lo confirma.

 

Desorden Público: Canto popular de la vida y muerte (1994)

años 90 en Venezuela

Muchos años de carretera, anécdotas y experiencias que rayan en lo mágico religioso, infinitas grabaciones -discos oficiales, eps, compilados, ediciones piratas, reedicione- difícil entonces decir cuál es la grabación de Desorden Público que podría entrar entre los indispensables, la que debemos inevitablemente escuchar y tener en nuestra colección. Como transitamos la década de los años 90 en Venezuela, la extensa tarea se reduce y por ventura encontramos un Lp que podría ser uno de los más importantes de la banda: Canto popular de la vida y muerte.

Los que nos dedicamos al mundo de la música, especialmente a escucharla con detenimiento y platicar sobre ella, coincidimos que esta placa discográfica es fundamental en el historial de Desorden Público. Son muchos los factores que juegan a favor. El primero, lo musical: Desorden había comenzado, modestamente, a buscar un sonido propio en su álbum En descomposición (1990), pero realmente esa fusión de ska con ritmos locales y regionales toma cuerpo en Canto popular.

El segundo factor, Horacio Blanco -voz y guitarra rítmica- empieza a sentar las bases de su imaginario y estilo compositivo. Humor, ironía, la reflexión sobre la realidad latinoamericana, línea creativa con clara postura ideológica vinculada a la defensa de los derechos humanos, respeto por el medio ambiente y las culturas tradicionales. Busca inspiración en muchos referentes, por ejemplo, la filmografía de Luchino Visconti («La terra trema»), también en la salsa brava de Ismael Rivera («Déjenme irme»).

Tercero, y no último, es el momento que en DP pasa del underground caraqueño a lo que llaman la corriente central del mercado. Se comienza a escuchar en radios, su video promocional rota por todos los canales, tocan en los lugares más insólitos y pueblos ocultos en la geografía nacional, se da inicio a la invasión del mercado internacional.

Todo lo anterior queda muy bien dibujado en una entrevista que hace años le hice al líder de la agrupación Toberías (algo así como rock tuyero), donde nos dice “…con Canto popular conocí lo que Horacio (Blanco) llamaba el rock mestizo. Bailábamos Roberto Antonio, Sandy y Papo y Esto es Ska II en la misma pista del club social de mi pueblo en la hora loca…”.

Para Canto popular de la vida y muerte el equipo de la banda era, el trío fundador, Horacio Blanco, Caplis Chacín y Danel Sarmiento – voz/guitarra, bajo y batería respectivamente- al que se sumaba un cuarto DP histórico, Oscar Alcaíno –percusión; se fortalece el team con el excelente músico José “Cheito” Romero –trombón-, Francisco “Kiko” Nuñez –saxo-, Antonio Rojas -guitarra líder-, Enzo Villaparedes –trompeta-, Emigdio Suarez –teclados-. Sin ellos la historia no sería la misma.

Estos desordenados fueron “ordenados” por un buen productor, el brasilero Carlos Savalla, hombre que arribaba de un sólido aprendizaje con grupos del pop rock de su país, especialmente de la producción de varios discos de la banda Os Paralamas Do Sucesso que abarcaban un rango cercano a DP, el mundo de ska, reggae, dub y new wave.

En ese ordenar de la producción conseguiremos el excelente uso de los riffs de metales, la creación de atmosferas con el manejo de revert, micro percusiones y el empleo de la batería electrónica, cosa nada fácil para una banda de ska. Destaca la fluidez en las transiciones de cumbia, ska, rock, dance hall, soukous, funk y pare usted de contar. No falta algo de coqueteo con el pop en “Rumores” y memorable experiencia de “ska psicodélico” con la “Danza de los esqueletos”.

Nunca olvidaremos el mes de mayo de 1994, cuando Desorden Público hizo su “formal” presentación de Canto popular en un destartalado local llamado El Basurero, estupenda noche donde un exagerado calor humano y energía desbordante se condensó en el techo de la locación haciendo que lloviera sudor.

 

Dermis Tatú: La violó, la mató y la picó (1995)

años 90 en Venezuela

Violada, asesinada y descuartizada, una imagen muy perturbadora, crónica correspondiente a la prensa amarillista de una ciudad como Caracas. El disco que nos emplaza en esta entrega de los años 90 en Venezuela tiene mucho de esa lectura sórdida y descarnada, fábulas de la noche. Un trabajo discográfico que no estaba planeado acometerse pero un inesperado viaje al sur del continente condicionó su grabación.

En 1994 Dermis Tatú acepta una invitación de músicos argentinos para experimentar “el infierno porteño”, como lo denominaron en su momento Carlos Eduardo “Cayayo” Troconis (líder, voz y guitarras), Sebastián Araujo (batería) y Héctor Castillo (bajo).

Fue un peregrinaje de toques en locales como el Roxy y Pri-Da-Mi, entre otros. Calistenia que serviría para aceptar la oferta y colaboración de los panas sureños, casi todos del clan de Charly García, para grabar los temas que venían presentado en vivo. De esas jornadas en casas de un par de amigos sale este potente álbum, considerado por muchos como el mejor disco del rock venezolano de todos los tiempos.

Ubicar las fronteras musicales de La violó, la mató y la picó resulta relativamente sencillo, el foco está concentrado en el rock, así de fácil. Cayayo tenía un subconsciente musical lleno de sonidos provenientes de los años 70. En sus composiciones concurrimos a la riqueza del hard rock de esa década, aunque se filtrara algo de su adolescencia (la energía punk) y su “reciente” amigo, el funk. Con la ayuda de una eficaz base rítmica compuesta por dos compañeros de viaje de su antigua banda, Sentimiento Muerto, logran compactar un sonido pocas veces escuchado en Venezuela, un furioso power trío.

Insisto en el punto de la memoria musical de los 70, y lo abordaré con un ejemplo. La canción más conocida del disco es, indudablemente, “Terrenal”. Single al tiempo que videoclip promocional, es célebre entre los rockers nacionales de las dos últimas décadas. “Terrenal” es una especie de efecto espejo de una vieja canción de los británicos Ten Years After llamada “I’d Love To Change The World”, incluida en el álbum A space in time, de 1971. Cayayo, en una entrevista realizada en el año 1996, afirmaba que aunque en su época punk renegó del rock previo a 1980, él se alimentó de esa música, la que escuchaban sus hermanos mayores. En varias ocasiones vi a Cayayo entretenerse con el fraseo de «I’d Love», como parte de las pruebas de sonido. Me llamaba la atención pues no correspondía a su repertorio generacional.

El disco tiene dos grandes secciones, la netamente rock y otra donde se funde lo precedente con el funk, generando una especie de hard funk.

El referente rock lo hallamos en “El chillido de los taxis”, suciedad auditiva que podría asociarse al grunge, además con un trabajo de heterogéneas guitarras que escuchadas con audífonos resulta un placer. El ejercicio rock prosigue con “Zorra”, acción colérica donde se pone en práctica algo que aseveraba Cayayo: “A veces me doy cuenta de que mi parte de guitarras la está haciendo Sebastián montado en la silla de su batería. Cuando yo bajo y necesito que alguien vaya hacia arriba allí está Héctor. De repente me sorprendo, incluso, haciendo yo el ritmo con la guitarra y dejando que los demás dibujen cualquier cantidad de riffs con sus instrumentos” (tomado del libro Zona de bandas de Luis Laya).

No para el hard rock y nos encontramos con “Sordera”, que perfectamente podría haber sido escrita por una banda como Grand Funk Railroad. No perder la pista de “Ausencia”, “Terrenal” y “H”, este último, un guiño a la hechura free rock de Cream pero avivando piercings, imperdibles y corte mohicano.

El segmento hard funk comienza con “El hoyo”, lejano dejo de blues que la armónica y el órgano Hammond confirman; “Error por cometer”, solos de guitarras donde Cayayo demuestra su capacidad expresiva; y arribamos al instante abiertamente funk, “Asco”.

El tema más versionado de Dermis Tatú, luego de “Terrenal” claro, es “Corazón gris”. Espíritu pop del disco, construcción melódica que ayuda a su ingesta, con puentes instrumentales donde los teclados toman papel protagónico. Busquen, el tan de moda para 1995, track escondido, una “acid balada” llamada “Despistado”.

Dermis Tatú, el hard rock más punk-funk que se ha hecho en el país.

 

Los Amigos Invisibles: The New Sound Of The Venezuelan Gozadera (1998)

A medio camino entre “La cotorra criolla” de Perucho Conde y una especie de merengue house siglo XXI, eso es el track 11 de The New Sound Of The Venezuela Gozadera, nos referimos a un himno fiestero de nuestra nación: “Ponerte en cuatro”.

The New Sound es el segundo trabajo discográfico de Los Amigos Invisibles, compendio pop donde se apila en setenta minutos funk, merengue, disco, boogaloo, lounge, mambo, trip hop, bossa, onda nueva y chachachá. Un paradigmático latin funk forma la base de este acid jazz a la venezolana. Canon demostrado magistralmente en composiciones como “No me pagan” o “Sexy”.

Alejados de sufrimientos y conflictos típicos del grunge, LAI apuesta a la jerga callejera, cero poesía rebuscada o rockeras intelectualizaciones. Un grupo provincial que entra en la contemporaneidad internacional del rock, de Jamiroquai a Massive Attack, o sea, de “Ultra-funk” a “Otra vez”.

Harto conocido es el cuento de hadas de cuando el manager de Los Amigos Invisibles viaja a New York y coloca unos cuantos cds en una discotienda y el mismísimo David Byrne (ex Talking Heads) jefe supremo del vanguardista sello Luaka Bop compró algunos de esos discos e inmediatamente entra en contacto con la banda caraqueña. La trascendencia de esta anécdota es el fichaje de LAI por parte la empresa newyorkina y la edición de The New Sound Of The Venezuelan Gozadera.

Parte del secreto, una base rítmica impecable, José Rafael Torres en el bajo y Juan Manuel Roura en la batería; teclados contemporáneos acorde a la fórmula, Armando Figueredo; la sabrosura de la percusión afrocaribeña, Mauricio Arcas; la mejor guitarra funk del país, que puede ser cautivadoramente rítmica y minuciosa como solista, José Luis Pardo; una voz seductora y frontman probado en situaciones extremas, Julio Briceño.

En “Las lycras del Ávila”, la banda se divierte con música para ascensor, lounge en ritmo bossa. Cercano está “Aldemaro en su Camaro”, onda nueva, esa vieja novedosa música del gran valenciano. Continúan los ritmos exóticos vinculados a cierta actitud clase media de los años 60, al bar y vestíbulo de un hotel, “Cha-chaborro” y “Mango cool”.

Un creativo y experimentado músico venezolano establecido en New York es asignado por Luaka Bop para la producción, Andrés Levin. Orienta un proceso de grabación donde LAI aprendieron el abc del negocio, tuvieron que madurar y cambiar malos hábitos aprendidos en la amateur Caracas.

Definitivamente se dedicarán a la música como profesión. Lo que era un deseo por hacer un “rock bailable” al estilo del madchester sound (ver Indispensables años 80) se desplaza sabiamente al acid jazz y a partir de allí Latinoamérica hablará de un rock veneco.

Cerramos con una de las pocas reseñas sobre grupos nacionales en la revista Rolling Stone, abril de 1998:

“Los Amigos Invisibles are a Groove-dance band in the mode of Jamiroquai, with a repertoire of tropical backbeats like merengue, rumba and cha-cha. They evoke the progressive acid jazz and house that ran through last year’s club crossover Nuyorican Soul, but they pose like maniacal twentrysomething Esquivels on the make, shifting from the formulaic funk of “Sexy” and “Quiero Desintegrar a Tu Novio” (“I Want to Like Your Boyfriend”) to the cheerful fetishism of “Disco Anal”, Los Amigos Invisibles make Space Age bachelor-pad music that swings harder with repeated listening. Lead singer Julio Briceño croons like Julio Iglesias while bringing the insouciance of the Bearties, as the Hendrix-influenced wah-wah of guitarist José Luis Pardo soars in lounge jam slide “Otra Vez”. Los Amigos Invisibles depend on the heavy sampling of musical kitsch, but the boys really know how to play their instruments the bossa-nova harmonies they archive in “Aldemaro en Su Camaro” will send you packing for a weekend in virtual Rio”.

 

La Corte: Código Demente (1998)

Lenta, pero sostenidamente, fueron asomando brotes de una nueva movida urbana. En Catia La Mar, Guarenas, El Valle y Coche jóvenes articulaban colectivos musicales con nombres como Street Boys, Clan Colmena, Dirty Rap, 187. En otros casos el baile era la fuerza cohesiva, se apodaban breakdancers, también concurrían graffiteros y skaters, eran como una gran tribu, siempre cercana a los dj’s con ruido electro funk.

De esta naciente subcultura emergerá un cadencioso artilugio que dará “formalidad” y representación social a eso que se estaba configurando y no sabíamos a ciencia cierta qué era. El artilugio tenía nombre, La Corte, y carta de presentación, Código Demente.

Los pilares de la propuesta fueron Luis Carlos Molina, aka Dj 13 y Luis Quintero, aka Bostas Brain, dj y MC o rapper respectivamente. Provenían de un primitivo intento musical llamado Shit Caliente. El duo apuesta por un equipo mayor y suman activistas, variopintos MC’s que vivían en universos paralelos en la misma ciudad. Estos brigadistas del hip hop son los que aparecen en la grabación: Ruso 40, Cubano, Bless Killa, Rotweiller y El Cura.

Bajo la influencia del hardcore rap lleno de versos radicales para mayores de edad donde violencia y sexo encabezan la prosa y la fuerza de los beats acentúan el extremismo lírico, La Corte inyecta savia latina, un cruce de breakbeat con clave de salsa, una mercancía que será llamada “salso”. Teniendo en la mente a Wu Tang Clan y su líder, RZA, Dj 13 es poseído por la salsa brava y se ingenia un molde donde verterá el flow de las distintas voces de La Corte

El trabajo de hormiga de La Corte y la salida de su álbum llevan al colectivo a convertirse, a finales de los 90, en una moda citadina que atrae, no solo a los naturales seguidores del hip hop, sino también a las legiones rockeras y ravers. Código Demente fue entonces el primer discurso articulado que catalizó y comenzó a cohesionar la cultura hip hop venezolana.

En interminables breakbeats son introducidas partículas de La Dimensión Latina, Pérez Prado, Willie Colón, Héctor Lavoe o Wuelfo Mr Salsa, yuxtaponiendo el funky bajo de Wincho Schäfer (Sentimiento Muerto -rock-, Sur Carabela- trip hop- y Pan- funk/rap-), germinando el salso, híbrido entre hip hop y salsa. Esta alternativa caribeña será referencia obligada para el futuro del género en Venezuela y la región.

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