Cocina judía que habla alemán en Venezuela: una pequeña historia
Lo que sigue es el texto de Jacqueline Goldberg —originalmente titulado «La gastronomía, monumento al destino»— escrito para el libro "Judíos de habla alemana en Venezuela", compilado por Karl Krispin, con producción editorial de Oscar Todtmann Editores, publicado a fines de 2025 bajo el auspicio de la Hanns Seidel Stiftung y la Asociación Cultural Humboldt. El proyecto editorial busca rendir homenaje a la comunidad judía que se asentó en Venezuela tras difíciles tiempos y está enmarcado en la conmemoración de los 1700 años de presencia judía en Alemania
Fotos cortesía |composición de imagen Daniel Hernández
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Por paradójico que resuene, en el macabro campo de concentración de Terezín se redactó un libro de cocina.
Prisioneras judías alemanas, austriacas y checas sortearon el hambre y la deshumanización evocando condumios. Discutían sobre procedimientos e ingredientes. Decían que era posible «cocinar con la boca». Se trataba de una obsesión, también de una estrategia de esperanza, resistencia y supervivencia.
La artífice del recetario, Mina Pächter, falleció a causa de desnutrición en 1944 pero, desde la barraca donde agonizaba, consiguió hacer llegar el libro —milagrosamente cosido y cocido a mano— a una amiga, y esta a su hija en Palestina, quien lo publicó en Estados Unidos en 1996 con el título In Memory’s Kitchen: A Legacy from the Women of Terezin. El frágil manuscrito reposa hoy en el Holocaust Memorial Museum en Washington D. C. como un monumento al destino y testimonio de cuán imprescindible ha sido la gastronomía para el pueblo judío.
Libro In memory2s kitchen
Si en Terezín, ubicado en lo que es hoy la Repùblica Checa, se fraguó ese conmovedor recetario, no sorprende en absoluto que los migrantes judíos hayan traído consigo a Venezuela una memoriosa despensa que adaptaron y resignificaron para no extraviar tradiciones ni los motivos esenciales de la existencia.
No puede decirse que haya una cocina judía alemana o austriaca como tal.
Los judíos de esas nacionalidades han cocinado y comido por doquier lo mismo —y casi con los mismos nombres— que sus paisanos no judíos, siempre dependiendo de lo que tuviesen a mano, tanto geográfica como culturalmente. Las preparaciones, en algunos casos, se han ido adaptando a las leyes del kashrut —del hebreo «correcto» o «apropiado»— o a la ritualidad del shabat y a las tradiciones culinarias de festividades paradigmáticas del calendario hebraico.
Por esas borrosas fronteras entre lo geográfico y lo religioso son escasos los recetarios de cocina judía anteriores a la Segunda Guerra Mundial. Han sido los supervivientes y sus descendientes los responsables de perpetuar la peculiar gramática de la mesa judía.
«La única y verdadera bandera del pueblo judío es el mantel», dijo muy agudamente la escritora judía venezolana Elisa Lerner, amante de las mesas, los bocados y las palabras que las reúnen.
Fórmulas predilectas
De Alemania ingresó a la coquinaria judaica la predilección por las sopas calientes espesadas con avena y cebada; los panes oscuros; las carnes y embutidos encurtidos y hervidos; los arenques; los sabores fuertes del rábano picante, los pepinillos y el chucrut; las combinaciones agridulces, y los platillos rellenos como los cuellos de ganso o el pescado picado.
Los judíos de Austria —menos estrictos en cuanto a preceptos religiosos— cargaron con costumbres provenientes de la fusión de especialidades alemanas y húngaras. También adoptaron influencias de Italia, como el uso de la salsa de tomate. El popular schnitzel (carne empanizada de origen medieval) se convirtió en favorito de los judíos austriacos y es hoy un clásico de la gastronomía israelí, sobre todo en su versión schnitzel Jerusalén, con pollo molido mezclado con especias, rebozado y frito.
Los condumios más distintivos de la cocina askenazí —la de los judíos originarios de Europa Central y Oriental— tienen impronta alemana. Entre ellos el kugel —del alemán «bollo» o «bola»—, suerte de budín dulce o salada, hecha con pasta, papa o verduras, típico del shabat y de Pésaj —la festividad que conmemora la liberación del pueblo hebreo de la esclavitud en Egipto— si se hace con harina de matzá —sin levadura—; los latkes, torticas de papas fritas típicas de Janucá, la fiesta de las luces, pero que se mencionan como condumio alemán ya desde 1830; los kreplaj —del alemán krapfe, que significa rosquilla—, pequeños cuadrados de masa rellena de algún tipo de carne o papa y doblados en forma de triángulos hervidos o fritos, similares a los raviolis italianos o al wanton chino.
Asimismo, es teutón el popular gefilte fish —del yidis «pescado relleno»—, albóndigas hechas de una mezcla de pescados molidos que se comen frías y con un toque de azúcar o sal dependiendo del acervo familiar, indispensable en las mesas de shabat, Rosh Hashaná —el año nuevo— o Pésaj. También resaltan los holishkes o repollo relleno con carne y los kneidlach, bolas hechas con harina de matzá inmersas en caldo de pollo, infaltables en las cenas de Pésaj.
El rey de los alimentos del alma judía es la jalá, pan del shabat nacido en el sur de Alemania en el siglo XV como berchisbrod —pan trenzado—, aunque el término parece haber sido acuñado en Austria. Su preparación es un mandato bíblico: «Cuando entren en la Tierra a donde Yo los llevo, sucederá que cuando coman del pan de la Tierra, deberán apartar una porción separada para Dios» (Números 15:19-20).
Saborear aquí de allá
Mucho antes de que se asentaran judíos askenazíes en el país, a partir de la segunda década del siglo XX, la cocina de Caracas estaba familiarizada con preparaciones clásicas de la gastronomía alemana y austriaca, sobre todo en el ámbito de la repostería. Ello a través de mercancías que llegaban de esos países, así como por la presencia de hoteles, pensiones, restaurantes y tiendas de alimentos regentados por inmigrantes de esas latitudes.
Hacia finales de la década de los treinta, el judío austriaco Miguel Rottenberg —presidente de la Unión Israelita de Caracas entre 1954 y 1958— fundó la Pastelería Vienesa en una pequeña casa de la urbanización El Conde. Allí recalaban muchos paisanos recién llegados en busca de trabajo mientras se hacían de suficientes vocablos del español.
Aviso de la Pastelería Vienesa. Foto cortesía
El local se trasladó luego, con otros socios, a la avenida del Este de Sabana Grande, donde además era supermercado y expendio de viandas propias como la crema agria. En un aviso de prensa de 1951 se promocionaba como lugar de «los más finos y variados artículos, junto a la pastelería más acreditada y exquisita de Caracas».
La escritora Victoria de Stefano recapitulaba que, un domingo de 1950, su padre la mandó a comprar el periódico en la Pastelería Vienesa, a dos cuadras de la residencia familiar, y allí se enteró del estallido de la guerra en Corea: «Aterrada corre a casa a dar la noticia. Su madre la tranquiliza diciéndole que esa guerra está muy lejos, que a ellos no les ocurrirá nada».
Los hermanos Beer, Ernesto Weitz y la Savoy
En 1941 apareció en el panorama gastronómico venezolano el apellido Beer. Los hermanos Rudolf, Fernando y Roberto Beer Schlesinger habían sido propietarios desde 1913, en su natal Viena, de la fábrica de licores y chocolates Casali. Tras la Kristallnacht (la Noche de los Cristales Rotos), ocurrida entre el 9 y el 10 de noviembre de 1938, la empresa fue saqueada y ellos, impelidos a huir de la persecución nazi.
Rudolf, junto a su esposa Nelly Schulhof y su hijo adolescente Paul, tomó un barco rumbo a Venezuela. Por su parte, Fernando y Roberto Beer Schlesinger zarparon hacia Estados Unidos y Brasil, donde también rehicieron sus vidas. La intención al separarse fue triplicar las oportunidades de supervivencia, con la esperanza de reencontrarse; objetivo que, ciertamente, cumplieron después, sin asuntos comerciales de por medio. Tenían otro hermano, gemelo de Rudolf —tan idéntico que los confundían—, fallecido durante la Primera Guerra Mundial.
Rudolf Beer. Foto cortesía Paul Beer. Foto cortesía
Cuenta la abogada Tamara Beer que su bisabuelo, Rudolf Beer Schlesinger (Viena 1889-Caracas, 1974), llegó a Venezuela teniendo como único capital un fuerte de plata, moneda entonces de cinco bolívares y rara acuñación: «El comienzo fue duro, vivían en un depósito y dormían sobre unos escritorios y cartones en la urbanización El Silencio. Empezaron vendiendo bombones de chocolate y pan vienés por las calles del centro de Caracas. Para aumentar la producción se mudaron a El Valle. En ese momento mi bisabuelo se encuentra con el británico John C. F. Miller, quien ya había adquirido una maquinaria y le plantea contribuir a llevar su producción de chocolate a una mayor escala y financia así la fundación en 1941 de Savoy Candi Compañía Anónima, debidamente registrada en 1964. Mi padre me contó que el nombre fue inspirado por el conocido hotel londinense. Rudolf Beer fue el cerebro tras la creación de la empresa —por eso fue su presidente y director— y el autor del eslogan “chocolate con sabor venezolano”. Miller, además del capital, proporcionó ideas y algunas de las recetas que hicieron célebre a la marca. Luego, con los años, hubo otros inversionistas».
Savoy mostró siempre una clarísima genealogía vienesa a través de su bombonería y productos con waffles como Susy y Cocosette. Muchos recuerdan con felicidad haber comprado en los años setenta chocolate por kilo o en recortes y caramelos en la tienda de Savoy de Sabana Grande. Allí las golosinas se exhibían como joyas y su vistoso letrero de neón —junto con otro que había en la azotea del edificio Pigalle en Bello Monte—, son ya inseparables de la historia visual de Caracas. En la avenida Urdaneta había también un local, propiedad de un señor judío, que vendía recortes de chocolates Savoy.
Publicidad de Savoy en El Mundo Israelita
En 1945, apenas culminó la Segunda Guerra Mundial, Rudolf Beer Schlesinger y su hijo Paul Beer Schulhof regresaron a Viena para constatar lo perdido y consiguieron recuperar Casali, que vendieron en 1955. Paul estaba entonces casado con una venezolana católica y había nacido ya su único hijo, Carlos Rodolfo Beer —padre de Rodolfo José, Claudia y Tamara Beer—, quien permaneció en Viena hasta sus últimos días. Allí se reencontró con una identidad que jamás perdió y una lengua tan arraigada que le impidió hablar bien el español. A su muerte —comenta su bisnieta— donó a la comunidad judía de Viena parte de su fortuna para atender a supervivientes del Holocausto.
Rudolf Beer Schlesinger regresó a Venezuela para continuar al frente de la cada vez más próspera y reputada Savoy. La empresa fue vendiéndose por etapas hasta pasar, en 1989, a la multinacional Nestlé. Acota Tamara Beer, orgullosa de su herencia: «Mi bisabuelo amaba Venezuela, se deleitaba viendo El Ávila. Se enamoró de su clima y de su gente, tanto que murió en Caracas y sus restos y los de mi bisabuela Nelly reposan en el panteón judío del Cementerio General del Sur».
Rudolf y Nelly Beer. Foto cortesía
Del paraguas de los Beer se desprende otra emocionante historia: la de Ernesto Weitz (Bolzano, 1919-Caracas, 1996), hijo de una vienesa católica y un polaco judío. Por los frecuentes viajes de la familia —debido al oficio del padre como agente teatral—, su primogénito nació en el norte de Italia.
A los 17 años, Ernst Weitz emprendió una travesía en bicicleta desde Viena hasta Polonia para trabajar en Cracovia con la empresa chocolatera suiza Suchard. Dos días antes de estallar la Segunda Guerra Mundial, se desplazó a Holanda con la intención de partir hacia Argentina, donde vivía una tía materna. Sin embargo, la misma noche del zarpe, el barco fue alcanzado por una bomba. El siguiente trasatlántico en puerto tenía como destino Venezuela y, sin pensarlo, Weitz lo abordó.
Ernesto Weitz. Foto del archivo de Bienmesabe
Hablaba once idiomas y —según cuenta su hija, la arquitecta Fina Weitz—, al preguntársele por su nacionalidad, decía que él «era un conflicto internacional».
Así, el joven Weitz desembarcó en La Guaira el 1º de enero de 1940 y se trasladó inicialmente a Maracaibo por requerimiento de un miembro de la empresa Muchacho Hermanos. Sin embargo, rápidamente vio que su horizonte estaba en Caracas con los Beer, conocidos de sus padres desde sus tiempos en Viena. Como jefe de producción de Savoy —dedicado sobre todo a procesos industriales— fue el artífice de celebérrimas chucherías como Toronto, Ping Pong, Bolero y Boston, irremplazables en nuestra memoria gustativa.
El paraíso en San Bernardino
En 1947, con la inauguración del Centro Médico de Caracas en la urbanización San Bernardino, abrió sus puertas un salón de té que devendría en inolvidable fuente de soda. Lo conducían los esposos Meilich Kern y Raquel Kern-Schmelzer, nacidos en Bucovina: él en Suceava, y ella en Ilisesti. Estuvieron residenciados en Viena hasta 1939, cuando —junto a su hijo, Heinz Kern—, viajaron a Venezuela en el histórico barco Caribia.
La idea original fue de ella: al ver la clínica en obras, pidió a su hijo que propusiera el proyecto a la directiva, la cual lo acogió y autorizó. También solicitó a su esposo que aquel emprendimiento fuera timoneado solo por ella, un gesto feminista y pionero para la época. Así, el inicial y exquisito salón —que buscaba replicar la sofisticación de los tea rooms europeos y, específicamente, de los cafés vieneses— lucía manteles de encaje, cubertería de plata, vajilla de porcelana, cortinas blancas y un acotado menú de postres vieneses.
La familia Kern. Foto cortesía
Helga Lipner de Kern, nuera de los fundadores, recordaba en la revista Pulso médico el éxito del local a propósito del medio siglo de la institución: «Desde el principio, el salón de té fue un éxito rotundo, algo nunca visto en Caracas. Tanto así que su esposo, el señor Meilich Kern, decidió renunciar a su trabajo e integrarse al proyecto de su esposa. Como hombre de negocios, visualizó un cambio y transformó el salón de té en una fuente de soda, tomando la idea de una pareja húngara que había abierto, poco antes, una fuente de soda en Los Chaguaramos (…). Por las noches, la fuente de soda se llenaba de personas que venían del cine o de los teatros Municipal y Nacional, seguramente tras disfrutar de un concierto o de una pieza de teatro. Los sábados y domingos venían las familias con sus hijos y los abuelos a disfrutar de las ricas merengadas».
El médico Abraham Krivoy añadía en la misma publicación institucional: «En diciembre estaba abierto el local y venían las personas trajeadas de largo y smoking, para comer churros con chocolate».
Cuando, a principios de los años cincuenta, los Kern —quienes hablaban un perfecto alemán entre ellos y lo enseñaron a sus nietos como un baluarte— adoptaron el estilo de fuente de soda estadounidense, introdujeron platillos descritos como fast food gourmet: las hamburguesas se hicieron más grandes y contenían filet mignon; se servían batidos de frutas y la única bebida alcohólica expendida era cerveza, exclusivamente de Cervecería Caracas. Asimismo, inauguraron el servicio de bandejas instaladas en la ventana del automóvil e hicieron apetecibles una variedad de sándwiches como el club house, el grilled cheese, el de pavo, el de pernil y el de pollo con ensalada de huevo; y helados como el banana split, hot fudge, caramel pecan y el marshmallow sundae.
Los asiduos cuentan que era natural —aún sin cuentas pendientes con la salud— ir al Centro Médico solo para disfrutar de su cocina. Elisa Lerner describió en una crónica a la señora Kern «con sus bandejas joviales y una exquisitez de condesa austriaca».
A mediados de los años cincuenta, la cafetería tenía tan intenso trajín que Meilich Kern pidió ayuda a su hermano Hermann, quien viajó desde Nueva York para ello. Hermann quedó luego a cargo del establecimiento hasta que lo entregó, hacia finales de la década, a otro miembro de la comunidad judía apellidado Perger. Este último mantuvo las fórmulas popularizadas por los Kern y añadió novedades, como los desayunos festivos del 25 de diciembre y del 1 de enero.
Los esposos Kern se volcaron a labores filantrópicas, sociales y culturales tanto dentro como fuera de la comunidad judía. Esta labor la desempeñaron de forma comprometida hasta el final de sus vidas, paralelamente al desarrollo, junto a su hijo, de Industrias Kern. En reconocimiento a su legado, la biblioteca de la Unión Israelita de Caracas lleva su apellido.
El paraíso en Sabana Grande
Entre 1962 y 1979 fueron prominentes los fogones del restaurante BBQ Chicken Bar, ubicado en la avenida Lincoln de la bullente Sabana Grande. Sus propietarios y regentes eran el vienés Ferdinand Weisz y su esposa, la alemana Frida Weisz. Su hija, Edna Weisz de Herzenberg, los ayudaba durante algunas horas en la caja; ella había nacido en la entonces Palestina y llegó a Venezuela en 1957, un año antes que sus padres.
BBQ Chicken Bar
El local abría desde el desayuno hasta la medianoche y contaba con mesas tanto en el comedor como en la acera. Fue decorado por los Weisz para recrear un acogedor ambiente alemán, con paredes de madera, manteles de cuadros rojiblancos y una luz tenue.
Al mediodía servía un menú completo que variaba a diario, dirigido sobre todo a empleados y vecinos de la zona. Por la tarde ofrecía una refinada pastelería y té a «tímidas damas, amas de casa y oficinistas», según escribió Arnaldo Acosta Bello. A partir del ocaso se convertía en tabla redonda —suerte de criollo Algonquin— de la intelectualidad y la farándula.
Era frecuentado por exiliados sureños, estudiantes y profesores universitarios, artistas plásticos y escritores, y fue gustosa guarida del grupo La República del Este. También era sitio de reencuentro de inmigrantes judíos rendidos a la nostalgia de su tierra, igualmente habitués —aunque no fueran locales de patronos correligionarios— del húngaro Paprika en Los Caobos y del alemán Tyrol en La Florida.
Del BBQ Chicken Bar se rememora su carta internacional —con acento austrohúngaro—, en la que había goulash, pescuezo de pato relleno, pinchos de carnes y se disfrutaba, a decir del escritor Caupolicán Ovalles, «del mejor pollo del este de Caracas y de unos buenos cafés». Ben Amí Fihman recuerda su «notable» repostería, que se lucía con milhojas, la torta Sacher y postres con licor. En diciembre vendían pavos rellenos que, por exquisitos, volaban.
Edna Weisz de Herzenberg ríe al otro lado del teléfono, agradeciendo recordar tiempos amables del restaurante familiar: «Llevé a mis nietos a la Selva Negra, en Alemania, para que probaran en el lugar la torta Selva Negra, y todos opinaron que la de su opa era mejor. Tuvimos 37 empleados que permanecieron en el Chicken Bar desde el primero hasta el último día. Cuando mi papá murió, todos estaban en shock y asistieron al funeral. Recuerdo el asombro del rabino Pynchas Brener al ver cómo una empleada se echó sobre la urna llorando».
El paraíso en El Paraíso
En 1951, Adalberto Katz fundó en la avenida 9 de Diciembre de la urbanización caraqueña El Paraíso la primera tienda de lo que sería la cadena de heladerías Crema Paraíso. Su producto estrella fue un aderezo para perros calientes y hamburguesas que llamó «salsa alemana», aunque nada tuviera que ver con la clásica velouté elaborada con caldo de carne y yema de huevo.
Adalberto Katz. Foto cortesía
Katz era oriundo de Checoslovaquia, pero se consideraba húngaro por haber estudiado panadería y pastelería en Budapest. Se alistó en las SS (Schutzstaffel o «escuadras de protección»), fue llevado a Alemania y de allí escapó cuando los aliados ganaron terreno. Llegó a Venezuela en 1947 y, tras ejercer diversos oficios, fundó la icónica cadena que en la década de los cincuenta tenía ya sucursales en Santa Mónica, Bello Monte y San Bernardino, y que apenas dos décadas después sumaría más de una veintena de locales.
Foto cortesía y archivo de BienmesabeCrema Paraíso es referencia obligada en heladerías caraqueñas. Foto cortesía y archivo de Bienmesabe
La salsa alemana se mantuvo casi intacta desde el primer día. Anita Katz —educadora, locutora, productora y directora de la empresa desde el fallecimiento de su padre en 2008 hasta su venta en 2023— cuenta que la fórmula se elaboraba en su propia planta. Desde allí se distribuía a todas las sucursales, garantizando que el mismo sabor se paladeara en distintos puntos de la ciudad
Así, la preparación entró en el inventario de nostalgias de varias generaciones; incluso llegó a venderse en empaques al detal. El récipe de los Katz consistía en una base de mayonesa y mostaza, integrada con zanahoria, repollo y cebolla.
Otros paisajes
A partir de 1946 el hotel Park, en la llamada Quinta Andrade en la ciudad de Los Teques —propiedad del yerno del general Juan Vicente Gómez—, fue conducido por judíos vieneses; primero por los esposos Oskar y Berta Weis, a quienes se unieron en 1948 Ricardo y Dora Branden. En 1950 los Weis se apartaron para fundar la Fábrica de Embutidos Los Teques, dejando el hotel en manos de sus socios y de los recién llegados esposos Jacob y Lote Schreiber.
Allí coincidían huéspedes y visitantes que iban desde Caracas —sobre todo de origen alemán y austríaco— para vacacionar y degustar wiener schnitzel (carne empanizada), ensaladas de papa, el apfelstrudel típico alemán y las vanillekipferl (galletas de vainilla y almendras).
Los Schreiber se trasladaron a Caracas en 1954 y fundaron un restaurante con su apellido en Madrices a Ibarra, en el Centro de la ciudad, donde siguieron confeccionando platillos de su natal Viena hasta 1957. El hotel estuvo en manos de los Branden hasta 1955, cuando volvieron a Austria.
El establecimiento que dio a conocer en Caracas comercialmente la jalá —el pan del shabat, hoy popular en muchos establecimientos no solo kosher— fue la Pastelería Garber, en la avenida Los Próceres de la urbanización San Bernardino. Fue fundada en 1962 por los rumanos Mendel y Sonia Garber, quienes trajeron conocimientos de una sofisticada repostería europea de espíritu austríaco. Su jalá se vendía por igual entre judíos y no judíos: los viernes se hacían largas colas para adquirir la dorada hogaza de pan trenzado que mantenía cierto dulzor exigido por los comensales asquenazíes.
Mendel Garber, Foto cortesía
La Pastelería Garber pasó en 1978 a manos del rabino Shimon Truzman y su esposa, Alice Banamú de Truzman, con el nombre de Pastelería Kasher; y desde 2020, llevada por su hijo, Menahem Truzman, se conoce como La Kasher del Este y fue mudada a la urbanización Sebucán.
Pan jalá de la Kasher del Este. Cortesía del libro «Panaderías caraqueñas». El texto correspondiente a ese panadería en el libro fue tambièn escrito por Jacqueline Goldberg
Por su parte, el Buffet Vegetariano funcionó hasta finales de los años noventa en la avenida Los Jardines de la urbanización La Florida. Perteneció originalmente al judeoalemán Miguel Kamnitzer y fue el primero en ofrecer en Caracas almuerzos exentos de productos cárnicos. Recuerda el periodista gastronómico Alberto Veloz que allí todas las comidas estaban acompañadas de pumpernickel, denso y oscuro pan hecho con cereales integrales, originario de la región de Westfalia. Y puntualiza Freddy Schreiber que el lema de Kamnitzer era We are the talk of the town, algo así como «Estamos en boca de todos».
En la búsqueda de la sazón del lar natal, los judíos —de distintas procedencias— solían visitar en Caracas locales de origen alemán no judío como Exquisiteces Frisco —propiedad de Franz Dorn— y en Maracaibo la Panadería Lido, donde hallaban delicatessen como arenques, pasta de hígado, encurtidos, panes de centeno o trigo sarraceno, pumpernickel y una lustrosa bombonería.
Asimismo, los judíos de Caracas emprendían paseos al epicentro de la cultura germana en el país —la Colonia Tovar—, a veces tan solo para proveerse del ruibarbo destinado a compotas o de rábanos picantes para el jreim, la salsa de remolacha que acompaña al guefilte fish.
Tradición impresa
No abundan recetarios de judíos asquenazíes asentados en Venezuela. Y ninguno especifica qué fórmulas provienen de la tradición alemana o austríaca. Platillos como kugel, guefilte fish y kneidlach se sirven hoy en mesas de variopinta genealogía asquenazí e incluso sefardí.
De los libros de cocina judía publicados en el país, los más conocidos son los de la escritora rumana Klara Pesate de Ostfeld (Chernovitz, 1931-Caracas, 2023): La cocina de Klara: comida judía e internacional (1983) y La repostería de Klara (1986), ambos traducidos al inglés y con varias reimpresiones.
Uno de los libros de Klara Ostfel. Foto cortesía
Ostfeld señalaba, en el volumen dedicado a los postres, que en su repertorio culinario tuvo particular relevancia en su indirecta herencia austríaca: «Aunque el imperio austrohúngaro reinó y dejó de reinar en la región de Bucovina mucho antes de haber yo nacido, la importancia de su arte se llegó a transmitir hasta la fecha actual». De ahí que Ostfeld proponga pepinillos encurtidos, sauerkraut, kugel de papas, repollo cocido y, por supuesto, los infaltables guefilte fish y matzo balls. En los postres, entre récipes venezolanos y otros alusivos a festividades judías, resaltan knödel de ciruela, krapfen o berlinesas, rosenkuchen, nusskuchen y strudel de manzana.
También relevantes recetarios de la coquinaria judía son los publicados por el Colegio Moral y Luces «Herzl-Bialik» y por la organización femenina Wizo Aviv Kadima. Allí convergen recetas caseras de sus directivos e integrantes. En su multiculturalidad se pillan pepinos encurtidos, cuellos de pollo relleno, pasta de hígado, torta Sacher —la más popular de la repostería austríaca—, kuchen y strudel de manzana.
Elisa Lerner vuelve a tener razón y la última palabra: «El amistoso fuego de las cocinas es el más preciado para la felicidad».
Coordenadas del libro
Dónde comprar. El libro «Judíos de habla alemana en Venezuela» está disponible en la Asociación Cultural Humboldt y en Amazon (ver este enlace).
Tiene 258 páginas, es de tapa blanda y fue bautizado a finales de diciembre de 2025.
Fuentes bibliográficas Acosta Bello, Arnaldo. Todos los caminos llevan a Roma. Mérida: Dirección de Cultura del Estado, 1994. Casali. The History of Casali. Consultado el 16 de enero de 2026. https://www.casali.world/en/company-history
Nota de la directora: Como directora de Bienmesabe, me complace presentar este texto que es una joya de la investigación. Con su trabajo, y después de consultar numerosas fuentes tanto bibliográficas como fuentes vivas, Jacqueline Goldberg revela datos desconocidos hasta ahora de la cocina judeoalemana en Venezuela y de negocios, fundados por judíos, que están en nuestra memoria culinaria y cultural. Muchos de ellos sorprenden. En Bienmesabe estamos agradecidos con Jacqueline, con el compilador Karl Krispin y con los editores por habernos cedido este texto para deleite de nuestros lectores. Giuliana Chiappe
Con La mesa, su santo lugar, de Jacqueline Goldberg, continúan las Crónicas de una cuarentena creativa que ofrecen visiones particulares sobre el confinamiento inexorable que impone el coronavirus