El Faro, película de terror orgánico para asustar en Halloween

La cinta de Robert Eggers, protagonizada por Robert Pattinson y Willem Dafoe atrapa con su manejo certero de los elementos del miedo, desde que comienza, haciendo vulnerable a los personajes y a los espectadores en una ocasión fílmica que se conduce por la delgada frontera de la locura

En una de las escenas de la película de Robert Eggers El Faro (2019), la cámara toma un plano cenital de la solitaria construcción desde su base pedregosa hasta su cúspide, que brilla en mitad del cielo encapotado con un aire siniestro. El sonido del mar es un eco agresivo que se eleva el mitad de un silencio tenebroso, mientras uno de los personajes sólo permanece en pie, empequeñecido por las proporciones de la soledad austera que le rodea. El director no necesita otra imagen para mostrar un tipo de horror que se adivina y se entreteje con la percepción del mar (y sus misterios) como frontera entre la realidad y lo sobrenatural. Una concepción acerca del enigma que Eggers maneja con una pulcra versión sobre lo terrorífico.

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Como psicodrama con tintes de género, la película de Eggers guarda paralelismos notorios no sólo con el anterior trabajo del director La Bruja (2016) —con la que emparenta en su recorrido por la tensión interna de personajes aislados y destrozados por el dolor emocional— sino también, con una larga lista de historias que utilizan la metáfora del mar como límite de lo conocido para elaborar una idea persistente sobre el mal primitivo.

Ya lo hizo Herman Melville, que en su clásica Moby Dick teorizaba de forma tangencial sobre las profundidades del océano como un espacio agresivo y siniestro; lo mismo que Andrei Tarkovski, que reflexiona sobre la fe en elementos relacionados con la lluvia, la nieve y el agua. Tanto para el escritor como para el director, la percepción de la incertidumbre tiene una relación directa con el reflejo de la mente humana y a la vez, la concepción del miedo como una forma de entrelazar lo más salvaje de la razón con algo inexplicable.

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Eggers pondera la idea de la forma y convierte a El Faro en un recorrido por una compleja red de símbolos que condiciona la perspectiva del mar como una gran caja de resonancia de la violencia y el temor. La película, además, explora la caída a los infiernos de dos personajes en medio de una soledad absoluta —un recurso utilizado por Stanley Kubrick y Bela Tarr en varios de sus argumentos más conocidos— pero además, añade el elemento del océano infinito, como una frontera visible que delimita los espacios entre la realidad y lo que suponemos inexplicable.

La combinación brinda a El Faro un aire atemporal y maligno, que además acentúa su ritmo pausado y sus fotogramas filmados en brillante blanco y negro. Pero sobre todo, Eggers trata de elaborar un meditado recorrido hacia la locura con el mar como único escenario. El faro al que debe su nombre la película, es un reclamo sobre la naturaleza humana —es el único vestigio de la civilización a la que apelan los personajes— pero también una señal sobre el centro de todos los miedos, un centro neurálgico en la que lo terrorífico toma forma y sentido.

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El director Xavier Gens utilizó un recurso semejante en la película del 2017 La Piel Fría, en la que convirtió al faro en una memoria permanente sobre la posibilidad de lo humano en medio de un paraje monstruoso cada vez má cercano al delirio mental y físico. Algo parecido a lo que Alex Garland teorizó en Aniquilación (2018), en la que el recorrido de las científicas sin nombre que el argumento sigue a través de un territorio de pesadilla termina a los pies de un faro que bien podría ser sólo una torre e incluso, algo tan inverosímil como un sótano inexplicable. La imagen se repite una y otra vez, para reflexionar sobre la connotación de un símbolo que pueda retrotraer a lo esencial de la identidad en medio de la destrucción de lo que se considera humano y racional, algo que Eggers usa para mostrar el desplome psicológico y físico de los personajes interpretados por Robert Pattinson y Willem Dafoe.

Para el director, es de enorme importancia que la relación entre el miedo —como atmósfera— se relacione con la posibilidad de lo terrorífico al acecho. Y el faro, se erige como elemento esencial para comprender las líneas que se entrecruzan entre sí para sostener un discurso para elaborado sobre lo fatídico. Algo semejante llevó a cabo el director Simon Hunter en la película Lighthouse (1999), en la que un asesino ataca a los sobrevivientes de un naufragio que se refugian en el único lugar con tintes reales en medio de una desolación de pesadilla.

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Para el director danés Kristoffer Nyholm el faro representó la idea venial sobre el bien y el mal escindido en su película El Misterio del Faro (2018), en la que tres faroleros batallan entre sí en una lucha a muerte signada por la ambición. Pero la concepción del horror, se manifiesta sobre la posibilidad de que el faro (de nuevo, la única construcción de aspecto reconocible en mitad de un paraje extraterreno) se extienda en todas direcciones como una advertencia sobre el horror que se avecina. De la misma forma que Eggers, Nyholm medita sobre el mal y lo terrorífico usando el mar como escenario —su inexplicable y extraordinaria monotonía— para elaborar un lenguaje inquietante sobre la versión del miedo como parte de una alegoría siniestra.

Un lugar en las tinieblas

Para El Faro, Eggers utiliza la misma fórmula que La Bruja y aísla a dos personajes en medio de una lucha violencia contra la naturaleza y los elementos. Además, agrega la presencia de fuerzas invisibles, que pueden o no ser reales y que a medida que los personajes pierden la razón —o son más conscientes de la posibilidad en la locura— se hacen más poderosas. Ambientada en 1890, recrea la condición del hombre contra el hombre, en medio de una percepción de lo inanimado como el enemigo a vencer.

Pero la película es mucho más que eso y Eggers demuestra que aprendió bien la lección de Melville al concebir a la naturaleza como un monstruo implacable y violento. La película elabora un cuidado discurso basado en el aislamiento que usa el islote rocoso en que habitan los personajes, como una forma de dejar claro desde las primeras escenas que lo temible habita más allá de lo visible. Es imposible ocultar cualquier cosa en medio de las grietas embarradas y los pequeños promontorios de piedra erosionados por el mar. Pero es quizás esa condición de transparencia absoluta y temible lo que crea un clima de abrumador terror en la película.

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Ya Ari Aster utilizó en Midsommar (2019) un recurso parecido al mostrar el terror en escenas radiantes y a plena luz del sol. Y aunque El Faro tiene una estética diametralmente distinta, también utiliza la condición elemental del miedo que se recrea en medio de lo obvio para construir una mirada hacia lo terrorífico por completo novedosa. La película avanza a medida que los personajes se retrotraen a un espiral descendente de locura que, al final, es la línea que une tanto la profusa simbología que Eggers usa con la percepción del horror cataclismo que se muestra con toda claridad.

El director Stuart Gordon meditó sobre el miedo de una forma parecida en Dagon (2011), adaptación del relato de HP Lovecraft en la que el mar y el miedo convertido en una presencia constante lo es todo. Gordon meditó sobre lo terrorífico usando el mar de fondo y además, la convicción de los personajes que nada sobrenatural podría acaecer a simple vista, algo que Eggers usa pero además profundiza al encontrar en la complejidad de sus personajes una ventana abierta hacia un tipo de locura extravagante y dolorosamente humana.

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Por si todo lo anterior no fuera suficiente, Eggers recrea la desolación a través del constante sonido del viento, que golpea y sacude el faro como una presencia viva. Las gaviotas revolotean de un lado a otro y su graznido —violento y sobrenatural— son la reinvención para un ambiente marítimo del ya icónico Black Phillip de La Bruja. La historia avanza con el terror transformado en un paisaje lunar que abarca no sólo lo visible sino las grietas de la cordura que son cada vez más evidentes en los personajes y en la tensión estructural del film. Como si se tratara de un puente que une el tiempo disruptivo del guión —apenas una semana—, la comprensión del bien y del mal se entrelazan para dotar al mínimo escenario de un profundo significado elocuente y sobrenatural.

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Líneas que se cruzan sobre el mar

El elemento más intrigante de la obra de Eggers es su ambigüedad: incluso ya rebasando el segundo tramo de la película, es imposible saber si el ataque de las criaturas que supuestamente acechan el faro es real o parte de la alucinación de los personajes. Es entonces, cuando ambos hombres —aislados y golpeados por la soledad irremediable— se convierten en enemigos silenciosos que no sólo se enfrentan al mar sino entre sí, con una violencia virulenta que desconcierta por su agresiva furia.

El lenguaje visual y el ritmo entre ambos personajes llena entonces la pantalla. Dafoe y Pattinson sostienen un duelo misterioso que tiene mucho de la silenciosa tensión e irrespirable agresividad tácita de El Séptimo Sello de Ingmar Bergman (1958) hasta Solaris (1972) de Tarkovskiy El Resplandor (1980) de Kubrick. En ambos personajes, la tensión es brillante y bien construida, pero también, un hilo conductor en un lenguaje de sombras que elabora una segunda construcción aparente bajo la en apariencia nítida versión de la historia central. Con un claro paralelismo con El caballo de Turín (2011) de Béla Tarr, la construcción del horror se basa en la una percepción minimalista de lo visual en contraposición con la caída en el desastre de dos personas aplastadas por las circunstancias en un espacio claustrofóbico.

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Pero mientras los personajes de Tarr se enfrentan en un espacio reducido, los de Eggers lo hacen a plena luz del día y bajo una tormenta. Y aunque el resultado es en esencia idéntico, es la naturaleza el golpe de efecto que brinda a El Faro su rudeza agobiante. De la misma forma en que Melville construye un lenguaje sobre el mar que ataca y a la vez gobierna la situación y las contradicciones de lo inexplicable, para Eggers la inmensidad silenciosa es una connotación de la incapacidad de la mente humana para abarcar el vacío.

Kubrick ya uso un recurso parecido en 2001 Odisea en el Espacio (1968), en la que el Cosmos es un riesgo inhumano e indiferente que termina por consumir la humanidad de sus personajes. Eggers hace lo mismo y además agrega a ese mar infinito, pálido y perlado que rodea a la acción desde todos los ángulo, la connotación del peligro inminente. Si en La Bruja el peligro se descubría gradualmente, en El Faro aparece desde la primeras escenas, bajo la luz pendulante que gira y descubre todos los misterios en una única ráfaga de luz.

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El Faro no sólo analiza la historia de la pérdida de la humanidad en mitad de una tragedia progresiva, sino que además, dota a la historia de un aire deprimente, duro de digerir y por momentos directamente insoportable. Es la manifestación de lo desconocido y lo salvaje, lo que a su vez, manifiesta la proporción del dolor y lo inquietante, como parte de la identidad humana. Y quizás es esa visión sobre lo terrorífico, lo que brinda a El Faro su especial brillo oscuro, desgarrador y doloroso.

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