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El monstruo de Amanda Knox

Verdades incontrovertibles salen de tragedias e injusticias. La lógica de las paradojas no deja de repetirse, como el mito de Sísifo.

El monstruo de Amanda Knox

Como si de una coincidencia causal se tratara, el paso del huracán Mathew y su tensión suspendida, me sorprende viendo una historia que también ha estado suspendida por años. Se trata del caso de Amanda Knox, relatado magistralmente por un documental recién estrenado por Netflix, y que asombrará a enterados y neófitos, pero sobre todo maravillará a cinéfilos y críticos.

Limpia, transparente, creativa, elegante, la narrativa del documental nos incluye en el sueño de aquella niña que se veía a sí misma como una «princesa guerrera «, y que para mostrarse a sí misma que podía ser independiente, decidió mudarse de Seattle a Perugia, en la histórica, bucólica e inspiradora Umbria italiana.

El ensueño inició y parecía inverosímil. Comenzaba el siglo. Amanda trabajaba y estudiaba. Hacía amigos europeos y conocía los recovecos de una cultura que no puede ser más distinta a la suya. Empezó a sentirse dueña del mundo y conoció el amor.

Un jovencito italiano sé quedó prendado de aquella rubia pálida y sonreída, cuya cara redonda te hace sentir que su rostro todo es una sonrisa.

Pero los azares del destino la sorprendieron. Aquella mañana, luego de pasar la noche con su príncipe perugiano, llegó a su departamento y, después de notar que había manchas de sangre en el suelo, sospechó que algo estaba mal. En efecto, luego de llamar a su novio, trató de abrir la habitación de su roommate inglesa en vano. Poco después vino la policía y encontraron lo peor: el cadáver envuelto en sábanas, las paredes llenas de sangre. Un asesinato. El horror.

Amanda sólo tenía semanas en Italia viviendo su cuento de conquistadores. Y apenas semanas después un fiscal italiano se hizo la idea de que la asesina había sido ella: porque se había acostado con otros hombres antes, porque Meredith -su roomate británica- le reprochaba su libertinaje moral, porque era estadounidense, porque el orgullo del pueblo italiano se respeta.

Las instituciones todas se orquestaron para forjar el caso: pruebas de ADN contaminadas, muchedumbres en la calle pidiendo castigo moral. Y la sentencia no tardٕó: 30 años de cárcel para dos seres humanos que apenas comenzaban la vida, que habrían asesinado en un ataque de ira a una casi desconocida sin ninguna motivación.

El resto es historia. Amanda Knox vive de vuelta en Seattle, después de haber perdido años de juventud, considerado seriamente el suicidio y haber sido asediada repentinamente por la prensa amarillista.

Dirigido por James Solomon, el documental de Netflix es un retrato nítido de las consecuencias del puritanismo, un relato elocuente del horror que comete el antiamericanismo que campea por el mundo.

Uno no sabe cuál es el propósito por el que vino a esta vida, pero al final de la película, Amanda Knox ya no una adolescente sino una mujer graduada y sufrida, mientras mira el cielo nublado de Seatlle, desde una embarcación que va a ninguna parte, expresa una frase tan contundente que tanta verdad argumenta su existencia toda: “la gente”, dice, “proyecta sus miedos”, y en ese afán, “inventa monstruos, para así estar seguros de que los monstruos no son ellos”.

La metáfora no puede ser más universal.

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