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Enfermeras en Venezuela salvan la vida de los otros por $10 al mes

Las enfermeras y el resto del personal de salud juegan cada día a la ruleta rusa en los arruinados hospitales públicos de Venezuela. Por salarios que no alcanzan ni para comer, arriesgan la vida con pacientes o sospechosos de contagios del coronavirus. Confiesan sus miedos y piden a las autoridades equipos de bioseguridad, mientras la epidemia apenas comienza a mostrar sus garras en este aislado país tropical.

Enfermeras en Venezuela salvan la vida de los otros por $10 al mes

“Yo soy enfermera, y cumpliendo con mi trabajo me toca extraer muestras de sangre para las pruebas rápidas de covid-19, en el hospital Domingo Luciani, en El Llanito (este de Caracas). Nunca antes habíamos pasado por una situación de tal magnitud, que produjera tanto temor a los pacientes y a los trabajadores de la salud, por causa de este virus que ha cobrado tantas vidas y que se ha convertido en un enemigo invisible para la humanidad”.

Así lo resume esta trabajadora de la salud, de 52 años de edad, madre de dos hijos varones y abuela de una niña de 9 meses. Como la mayoría de las enfermeras de Venezuela, ella reclama mejores condiciones socio económicas, especialmente en estos días de pandemia por el coronavirus.

En un país cuyo sistema de salud pública está en ruinas tras años de corrupción y mala gestión, los médicos y enfermeras están entre las primeras víctimas dentro de los profesionales que enfrentan la pandemia, según denuncias del gremio.

El régimen de Nicolás Maduro criminaliza a los pacientes de covid-19. También se ensaña contra profesionales de salud, medios de comunicación, periodistas y activistas de las redes sociales que denuncian las pésimas condiciones de Venezuela para enfrentar la epidemia.

Por eso, entre los profesionales de salud hay un doble miedo: al propio coronavirus y al gobierno.

Hambre en familia

Esta profesional accede a contar su historia El Estímulo, pero pide mantener su identificación bajo resguardo, para evitar seguras represalias. Licenciada en enfermería, ha dedicado más de la mitad de su vida al cuidado de pacientes. Ahora, como nunca antes, ve deteriorada su calidad de vida, al igual que las de sus compañeros de labores.

“Yo no soy política, no formo parte ni apoyo a ningún grupo, pero tengo que decir que hace 20 años atrás, con mi salario de enfermera, logré construir y equipar una casa para mis hijos. Pero en estos momentos con mis asignaciones mensuales solo puedo comprar medio cartón de huevos, un kilo de queso blanco duro y dos kilos de harina para hacer arepas. Eso no es justo”, señaló.

Desde hace años, mucho antes de la llegada del coronavirus a Venezuela, estos gremios de salud han reclamado sus derechos y denuncian sus pésimas condiciones de vida. Nunca han obtenido respuestas concretas ni logrado reivindicaciones definitivas. La mayoría de estos profesionales gastan más de lo que ganan por ir a trabajar.

Ella habita en una de las ciudades dormitorios del estado Miranda, pero prefiere quedarse en casa de unos familiares en Caracas. Es que su salario de Bs. 1.000.000 mensual (unos 4,5 dólares) no le alcanza para pagar los Bs. 200.000 (casi un dólar) de pasaje diario para ir y venir hasta el hospital.

El lujo del pollo

“Muchos de mis compañeros en este hospital y otros centros de salud han decidido renunciar, por lo poco rentable que se ha convertido trabajar como enfermera. Yo los comprendo, especialmente si tienen niños pequeños, pues el salario no alcanza para enfrentar tantos gastos. En mi caso, comprar pollo, carne o pescado se ha convertido en un lujo que no puedo darme, así como adquirir ropa o calzado. Todo eso salió fuera de mi presupuesto”, indicó en entrevista.

Fuente: Monitor Salud en redes sociales

Recibe esporádicamente una caja de alimentos subsidiados que le llevan al trabajo, de las mismas que entregan en su comunidad los Comités Locales de Alimentación y Producción, Clap, del partido socialista, el poder formal chavista. Comparte los escasos productos entre sus familiares, para ofrecerles alguna ayuda que les permita aguantar la crisis.

También le entregaron un uniforme y un par de zapatos, en febrero pasado, después de unos cuantos años sin recibir estos equipos de trabajo, cuya provisión está contemplada en una cláusula del contrato colectivo de trabajo.

“En el hospital, como otro de los incentivos, ofrecen comida al personal de guardia, la mayoría de las veces una sopa en la hora del almuerzo y la cena. En algunas ocasiones pasta con carne molida y en una que otra ocasión han sorprendido con asado y arroz. Los trabajadores tienen que llevar sus envases, para que se la sirvan. Pero muchos de ellos guardan la ración para llevársela a sus hijos que quedaron en casa sin alimentos. Prefieren cumplir su guardia sin probar bocado, o pueden comer algo gracias a la caridad de pacientes o familiares dentro del hospital”, señaló.

Dice que aunque sabe que esos dólares están devaluados por la inflación, siguen a la espera del bono de $ 100, prometidos por el presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó.

La hora de la verdad

Al comienzo de la pandemia, ella era un poco escéptica con la gravedad del asunto…hasta que le toco comenzar a atender personalmente a pacientes infectados.

“En mi caso soy muy cuidadosa al momento de atender a los pacientes. Cumplo con todos los protocolos de seguridad, especialmente cuando ya son casos confirmados, para evitar cualquier contagio. Las veces que me ha tocado tomar las muestras para las pruebas rápidas trato de darle todo la confianza a las personas, pero son momentos muy tensos y de incertidumbre”, señala.

Después de tomar las muestras, personalmente las llevas hasta el laboratorio, espera los resultados, los retira y entrega al médico tratante.

“Las enfermeras no somos el personal autorizado para ofrecer la información a las personas, pero he estado presente al momento que les ofrecen resultados y es muy duro cuando un paciente se entera que es positivo al covid-19, pues desde ese mismo momento debe quedar hospitalizado, en aislamiento, sin ningún tipo de contacto con sus familiares. Algunos rompen en llanto, otros quedan incrédulos con la noticia y muchos se molestan”, dijo.

cuarentena radical con mucha gente en la calle

Habitantes de Petare, en Caracas, durante el primer día de «cuarentena radical» para frenar el coronavirus. (Foto:Daniel Hernández/El Estímulo).

Dice que en las últimas semanas se han multiplicado los casos en personas de toda las edades. Lamentablemente mucha de esta situación se presenta por la irresponsabilidad de las personas al incumplir las normas sanitarias, especialmente el uso del tapabocas y la distancia social.

Señala que sus familiares se mantienen en constante angustia y todos los días le piden que se cuide, de manera extrema, en su lugar de trabajo.

“Me mantengo en constante comunicación con mis colegas en otros hospitales públicos, en donde no cuentan ni siquiera con agua, jabón, productos de limpieza y los equipos de seguridad necesarios, para prevenir del covid-19, pero siguen asistiendo a sus puestos de trabajo”, narra la enfermera.

Muchos trabajadores de la salud no pueden llegar a sus lugares de trabajo por falta de dinero para pagar el pasaje. «Por esas situaciones me uno a las exigencias que se le hace a las autoridades, para mejorar las condiciones laborales de los trabajadores de la salud”, señaló.

Desde hace meses antes de la pandemia, enfermeras y demás profesionales luchan por sus derechos. (Foto: Daniel Hernández/El Estímulo). 

Estamos aterrados

“Me preguntas si los trabajadores del sector  salud tenemos miedo de ir a trabajar, por los riesgos que estamos corriendo de contagiarnos con covid-19. Por supuesto que tenemos miedo, estamos aterrorizados por las condiciones deplorables en que se encuentran la mayoría de los hospitales públicos en Venezuela. En mi caso le pido a Dios todos los días que me proteja y aleje el virus de mi vida, de mi familia y de mis compañeros de trabajo”.

Así lo describe por su parte Gleicida Luna, una enfermera venezolana de 49 años de edad, de los cuales ha dedicado 30 años a la atención de pacientes, en distintos centros de salud y que actualmente labora en el Instituto de Previsión y Asistencia Social del Personal del Ministerio de Educación, Ipasme.

Luna vive en el sector Las Minitas, en el Municipio Baruta, del estado Miranda, en la Gran Caracas. Se encuentra sola en su casa, pues su única hija, junto a su yerno y su nieta, emigraron para Colombia, desde hace tres años.

“Decían que aquí en Venezuela no tenían ningún futuro, se llevaron a mi nieta cuando tenía seis meses de nacida, no he podido verla crecer, cuidarla, todo nuestro contacto es por video llamadas, que no me compensan las ganas que tengo de abrazarlas”, dijo Luna, con voz entrecortada.

Como todos los trabajadores, Gleicida Luna se queja de los bajos salarios que perciben en el sector salud. Dice que a la suma con el salario básico, el bono de alimentación y alguna cláusula contractual por su antigüedad puede llegar a entre los $ 10 a 12  mensual.

Se puede estar peor

«Por supuesto que ese dinero no alcanza para nada, algunas veces me angustio de no poder hacer un buen mercado, de no poder pagar los servicios, comprar un par de zapatos para ir a trabajar  y ayudar a mis familiares que todavía se mantienen en Venezuela. Pero cuando veo la situación de muchos de mis vecinos y compañeros de trabajo, siento que soy bendecida”, señala.

Asegura que en su comunidad hay mucha pobreza crítica, fallan los servicios públicos como es la distribución de agua potable y la seguridad.

“Conozco a madres que hacen que sus hijos se acuesten tarde en las noches, para que también se levanten de la cama tarde al día siguiente y así darles directamente el almuerzo y luego la cena,  eliminándoles el desayuno, para minimizar los gastos de alimentación”, dijo Luna.

Indica que la comida de los niños en su comunidad se basa en pasta, arroz y granos que se reparten en las cajas de los Comités Locales de Abastecimiento Clap, que muchos pequeños no toman leche, pues sus padres no tienen dinero para pagar los altos precios del producto. También dejaron de consumir carne, pollo o pescado, alimentos que son tan importantes para su crecimiento.

Al igual que otros trabajadores, le ha tocado salir sin tener nada de dinero en la cartera, ni siquiera para pagar el pasaje. Cuenta que ya se ha acostumbrado a caminar diariamente, una hora desde su comunidad en Las Minitas, hasta la estación del Metro Chacaito, para poder trasladarse a su lugar de trabajo. De regreso a su hogar, hace la misma travesía.

Luna acostumbra llevar a su trabajo una arepa o un pedazo de pan, para comer a media mañana. Pero la mayoría de las veces termina regalando su comida a las personas que encuentra en su camino buscando alimentos entre las bolsas de basura.

Hospitales de terror

“Pero después de esta hazaña para llegar a los puesto de trabajo, comienzan los maltratos: a muchos coordinadores no les importa los problemas que tienen sus trabajadores, solo les importa que cumplan el horario establecido, pues de lo contrario son reportados. No saben que muchos llegan caminando y sin comer hasta los hospitales, pues prefieren dejar la poca comida que queda en casa, para sus hijos”, señala.

Dice que al comenzar las labores tanto enfermeras, así como vigilantes, camareras, camilleros, doctores, personal administrativos, todo el personal que trabajan en los hospitales públicos, sufre de nuevos maltratos y violación de sus derechos humanos. En principio, por no contar con los equipos de bioseguridad recomendados por la Organización Mundial de la Salud (OMS),  para la protección contra covid-19.

“Aquí se reclama mucho por los médicos, pues señalan que se encuentran en la primera línea de combate, por atender a los pacientes con covid-19, es una gran verdad. Pero hay que recordar que son los vigilantes los que reciben a los enfermos; que son los camilleros los que los trasladan hasta la sala en donde serán atendidos; que son las camareras las que deben limpiar las áreas en donde están hospitalizados; que son los bioanalistas los que realizan los exámenes; que es el personal administrativo el que escribe las historias…Todos tienen contacto con los pacientes, ante esta realidad y en medio de una pandemia, en donde hay muchas personas infectadas sin presentar síntomas, todos los trabajadores merecemos ser protegidos, con los equipos de bioseguridad para no contagiarnos del terrible virus”, señaló Luna.

Sin agua para el aseo

Explica que los maltratos continúan en los hospitales. No hay agua para la limpieza, ni para que los pacientes puedan asearse, ni lavarse las manos constantemente como recomendan los expertos para matar el coronavirus que causa covid-19.

“Por ejemplo en el hospital José Gregorio Hernández, en Los Magallanes de Catia, no hay agua. Y ¿cuál fue la solución que dieron las autoridades?, colocar un tanque a las afueras del área de emergencia, donde tienen que ir trabajadores, familiares y hasta los propios enfermos a cargar agua en baldes, en botellas para asearse. Los baños no funcionan y tampoco hay los productos para la limpieza y desinfección”, indicó la enfermera.

Muchos de los trabajadores, en todas las áreas, han renunciado a sus cargos. Entre otras razones por los bajos sueldos, que no alcanzan para mantener a su familia. Prefieren quedarse en sus casas realizando otras actividades, como por ejemplo cuidar de sus hijos y nietos, o ingresan al mercado informal de trabajo.

En las reuniones en su grupo de trabajo han llegado a la conclusión que muchas enfermeras siguen laborando, por vocación. Lo hacen para no dejar solos a los pacientes en estos momentos tan duros de la pandemia, en donde no solo la covid-19, aqueja la salud de los venezolanos, sino también otras enfermedades como el cáncer, que también han provocado muchas muertes.

Derechos humanos derrumbados

“El personal de salud, también tiene que enfrentar uno de los más graves maltratos y violación de los derechos humanos fundamentales, que protagonizamos al momento de tener que colocar los tratamientos a los enfermos, a los pacientes. Debemos informarles que no hay medicamentos, que deben salir a comprarlos, que deben hacer los exámenes de laboratorios en clínicas privadas pues no tenemos reactivos. Pero sabemos que muchos de esas personas no tienen recursos, ni siquiera para comer y que pueden morir de no administrarse la medicina”, indicó Luna.

De nada han servido los reclamos y protestas, los trabajadores que han tenido el valor de denunciar son perseguidos y amenazados.

La enfermera recomienda enviar a terapias sicológicas a los trabajadores de la salud, pues se encuentran sometidos a muchas presiones, que están afectando su salud mental y su vida familiar.

“Las autoridades no pueden seguir negando la crítica situación de los hospitales. Deben dar respuesta tanto a los trabajadores, como a los pacientes, deben invertir recursos para dotar los centros de salud, de mejorar los salarios, en estos momentos de pandemia, deben asegurar los sistemas de protección, pues es la única manera que no se continué la deserción del personal de salud”, indicó.

(Monitor Salud/Redes Sociales)