OPINIÓN | Kobe Bryant y la virtud de fallar

No todos aceptan el revés ni lo ven como una opción para evolucionar. Esa es la gran diferencia entre él y varios de los mejores. Bryant llegó a la NBA como el heredero de Michael Jordan, pero el tiempo le permitió ser un producto diferente

En la historia de la NBA ningún otro tipo falló tantos tiros al aro como Kobe Bryant. 14.481. La cifra es llamativa, pero alimentar la estadística no se tradujo en fracaso. Todo lo contrario, cada lanzamiento imperfecto lo acercó a los puntos.

Nadie en su sano juicio vinculado a los Lakers de Los Ángeles limitaría al escolta. Nadie. Y el resultado a largo plazo es el de uno de los mejores basquetbolistas de la historia. La subjetividad del tema es infinita, pero dejar a Bryant sin un puesto en la mesa de los exponentes más talentosos de la NBA es un pecado tan grande como irresponsable.

No todos aceptan el revés ni lo ven como una opción para evolucionar. Esa es la gran diferencia entre él y varios de los mejores. Bryant llegó a la NBA como el heredero de Michael Jordan, pero el tiempo le permitió ser un producto diferente.

Así es la influencia. Si se quiere ser grande es obligatorio destruir al maestro para crear un lenguaje propio. Eso logró el fallecido jugador. La metodología queda ahí a la orden de todos, pero cada quien debe estamparle su sello personal.

El recuerdo del atleta se segmenta en varias partes. No es difícil hacer el ejercicio mental y traer a la mesa sus cinco títulos, los 81 puntos ante los Raptors de Toronto o los 60 frente al Jazz de Utah en su despedida de la disciplina. Lo realmente complicado es revivir sus tropiezos. Pero Bryant se equivocó, y mucho. Su rendimiento en las finales de la temporada 2007-2008 es apenas un ejemplo. Fuera de la cancha también fue impreciso, especialmente en una situación que casi le costó su matrimonio.

Pese a sonar contradictorio, nada lo empujó tanto al éxito como eso. Fallar para mejorar. En las entrañas de su figura vivía un joven hambriento de triunfos y la única manera de celebrar era trabajando, mas entendiendo que verse en el espejo de Jordan era un tarea complicada. Hoy, tres años después de su retiro y con el dolor palpable de su muerte, nadie duda de su calidad.

En su labor como padre brindó todo su conocimiento del juego a Gianna, la mayor de sus hijas y una de las nueve personas que murió en el accidente aéreo. Su mejor producto, tal vez, superando por mucho sus reconocimientos como basquetbolista. Si algo logró transmitir en el corto tiempo a la joven de apenas 13 años fue el de abrazar el error.

Mostrarse, intentarlo, fracasar, aprender. El proceso se repite hasta alcanzar la excelencia. En eso no hubo espacio para subjetividades: nadie falló mejor que Kobe Bryant.