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¿Se convertirá Maduro en el Gómez de nuestro tiempo?

No hay ninguna señal perceptible que indique lo contrario: Maduro está atornillado al poder. Y en este análisis, Andrés Cañizález enumera los paralelismos con Juan Vicente Gómez

¿Se convertirá Maduro en el Gómez de nuestro tiempo?

Contra todo pronóstico, Nicolás Maduro cumple en estos días 8 años en el poder. Nadie apostaba a que lograría estar tanto tiempo en la presidencia. En este momento, sin que nos simpatice esa idea, en realidad el gobernante luce afianzado y uno imagina que siendo así, estará proyectando su ejercicio en el poder por varios años más.

En la etapa final de 2012, cuando ya Hugo Chávez había nombrado a Maduro como heredero en lo que fue su última aparición pública, un respetado historiador en un coctel de fin de año le pregunta a un dirigente político, aspirante a presidente: ¿cuánto tiempo le das a Maduro? Y el político responde de inmediato: “no aguanta seis meses”. Lo mismo dijeron de Juan Vicente Gómez, riposta el historiador, y se equivocaron por 26 años y medio.

Esta anécdota, totalmente verídica, me sirve para abordar un asunto del que no se quiere hablar en el país, pero que es una verdad verdadera. No hay señales, ninguna, de que Maduro vaya a dejar el poder, ni siquiera en el mediano o incluso el largo plazo. Su régimen, autoritario sin duda, se ha consolidado gracias a factores tanto internos como globales.

Tal como lo señalamos hace un año, la pandemia terminó siendo un golpe a favor del chavismo en el poder. Justo antes de que se decretara la cuarentena, un Juan Guaidó todavía reconocido como presidente interino cerraba en Washington lo que fue la más importante gira internacional hecha por un dirigente de la oposición democrática venezolana.

En los meses siguientes, Maduro acentuó su estrategia de control social usando la cuarentena contra el coronavirus como coartada, incluso surfeó lo que ha sido la peor crisis de combustible conocida en este país ex petrolero. La máxima de “divide y vencerás” fue aplicada al extremo, de esa forma se construyó una oposición leal, se generó desconfianza entre los adversarios legítimos y se avanzó en tomar el único poder que no se controlaba, la Asamblea Nacional.

En la escena internacional, gran parte de los países que bregaban por una transición democrática en Venezuela debieron enfocarse en atender la crisis interna dentro de sus territorios debido a la pandemia, sus efectos sanitarios y económicos.

Ni Maduro tiene miedo, ni el chavismo vive sus últimos días. En realidad el régimen ha demostrado una enorme capacidad para reinventarse, incluso en los negocios turbios que son su sustento, ha construido una alianza con los “malos” de la escena internacional (Rusia, China, Turquía e Irán) y lo que otrora fue una alianza opositora con fuelle, hoy es un archipiélago de puntos de vista sin conexión entre ellos.

Una porción ampliamente mayoritaria de la población no quiere a Maduro en el poder, pero éste nos ha mostrado, una vez más, que una minoría organizada y armada puede dominar a una mayoría. Así funcionan las dictaduras.

Vuelvo a lo planteado al inicio de este texto. Los paralelismos entre Gómez y Maduro. Hay al menos tres coincidencias entre ambos.

La primera es que recibieron el poder como herencia. Tanto Cipriano Castro como Hugo Chávez debían atender su salud y le dejaron el poder a un encargado, mientras salían del país.

La segunda coincidencia es que ambos fueron subestimados. Nadie apostaba a que el capataz andino o el chofer caraqueño lograrían permanecer largamente en el poder. Se equivocaron hace un siglo y se equivocan ahora.

Con rostros de “pendejos”, tanto Maduro como Gómez demostraron sagacidad política para afianzarse en un poder que no era del todo suyo, en los inicios de sus jefaturas. Para hacerse los hombres fuertes en el poder, ambos desarticularon y anularon a los opositores democráticos que hacían frente a sus regímenes; y de forma simultanea lograron contener y maniobrar las ansias de poder de los aliados internos en el seno de sus gobiernos.

Si Maduro completa sus dos períodos en la presidencia de Venezuela, a punta de represión y control social sin duda, sumaría 12 años como mandamás del país en 2025.

En la única ocasión en la que pude hablar personalmente con el fallecido Ramón J. Velásquez, además de jefe de Estado transitorio un hombre muy interesado en estudiar al poder en Venezuela, me dijo que en el país habían ocurrido salidas totalmente inesperadas en situaciones de crisis. Nada está escrito, obviamente, pero Maduro apuesta -como Gómez en su momento- a su permanencia en el poder por largo tiempo.

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