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Venezuela entró al túnel de la lucha política armada

El reconocido periodista Humberto Márquez analiza los confusos eventos de los primeros días de mayo en Venezuela, denunciados por el chavismo como incursiones armadas de agentes patrocinados por Estados Unidos. La oposición los califica como masacres de insurgentes en movimientos rebeldes infiltrados. Como en toda guerra, la verdad es la primera baja, pero luce claro que la política queda de lado y el país entra al peligroso túnel de la lucha armada

Venezuela entró al túnel de la lucha política armada

Fuerzas leales a la presidencia de Nicolás Maduro desbarataron una incursión armada contra el gobierno chavista, en costas cercanas a Caracas, en una operación que dejó ocho rebeldes muertos y 18 detenidos. La retórica oficialista se crece ante la fragmentada oposición y se cierra todo asomo de diálogo o entendimiento entre los contendores políticos en Venezuela. Todos los bandos están cada vez más enzarzados en una lucha sin cuartel.

La nueva etapa se estrena con la llamada “Operación Gedeón”.

Se trata de una incursión desde el Caribe, en un par de lanchas, de pequeños grupos de combatientes de inmediato neutralizados por fuerzas especiales de la policía, con refuerzo de militares y civiles armados.

Permanece inalterada una costumbre hecha ley de la política venezolana en lo que va de siglo: el oficialismo tiene una versión, negada y desmentida por la oposición. Todas las culpas son cargadas al contrario y la posibilidad de una investigación imparcial e independiente de los hechos es una mera fantasía.

A la orilla del mar

En la madrugada del domingo 3 de mayo, un fuerte tiroteo sacudió a Macuto, población costanera a 32 km al noreste de Caracas. El gobierno anunció horas después que neutralizó a un grupo de 10 “mercenarios, terroristas” que pretendían atentar contra los poderes en Venezuela y «asesinar a Maduro».

Ocho fueron abatidos, entre ellos su cabecilla, Robert Colina, alias Pantera, un capitán de la Guardia Nacional (GNB).  Las fuerzas gubernamentales no sufrieron ninguna baja; siempre según la versión oficial, decomisaron fusiles, ametralladoras y vehículos.

El ministro del Interior, general Néstor Reverol, acusó inmediatamente a los gobiernos de Colombia y Estados Unidos de apoyar la incursión armada. Ambos negaron participación alguna. Bogotá rechazó la «infundada trama».

La oposición, encabezada por el titular del parlamento Juan Guaidó, reconocido como presidente legítimo de Venezuela por más de 50 gobiernos, expuso que podría tratarse de un montaje o de un escenario para asesinar a “militares patriotas”, adversarios de Maduro.

Lunes de zafra

Mientras cundían las dudas, por las versiones dispares, el lunes se informó que otros ocho “mercenarios” fueron capturados en las playas de Chuao, a unos 40 km al noroeste de Caracas.

Este otro grupo lo dirigía otro antiguo capitán de la GNB, Antonio Sequea. Este militar, hace un año, había participado en una fallida rebelión organizada por Guaidó y por el famoso líder opositor Leopoldo López frente a la base aérea de La Carlota, en el corazón de Caracas, según abundaron medios chavistas en redes sociales.

Los familiares de Sequea piden que no lo maten.

La incursión costera comandada por Sequea incluía la participación de Adolfo Baduel, un civil hijo del ex comandante del Ejército y ex ministro de Defensa Raúl Baduel.

Este general, ex mano derecha de Hugo Chávez,  ha pasado en la cárcel 9 de los últimos 11 años. En su caída no le valió ser reconocido como un héroe del chavismo por haber restituido en su puesto al líder de la llamada revolución bolivariana, durante un fugaz golpe de Estado, o «vacío de poder», en abril de 2002.

Isaías Baduel, a la izquierda de Chávez (Foto: redes sociales)

Pesca en la arena

Aquí el oficialismo se hizo con varios trofeos: la propaganda oficial mostró por TV y redes sociales imágenes de pescadores leales descubriendo y sometiendo a los mercenarios a bordo de un bote, aparentemente sin disparar un tiro. El régimen también mostró a dos estadounidenses capturados, ex combatientes en fuerzas especiales de su país: Luke Denman y Aaron Barry, con una foja de operaciones en los escenarios de guerra más famosos del Oriente Medio y Asia.

En realidad, los pescadores estaban apoyados desde el aire por un helicóptero artillado. A corta distancia los cubrían comandos uniformados armados hasta los dientes, según otras imágenes oficiales con tomas abiertas.

Los estadounidenses no solo calzan con la noción de mercenarios sino que además, según el gobierno, trabajaron en equipos de seguridad del presidente enemigo Donald Trump. Esto sumaría una prueba a la imbricación de Washington en una aventura en Venezuela.

Trump, por cierto, se desentendió del asunto y dijo que la Operación Gedeón nada tenía qué ver con su administración.

«Hay una gran campaña de desinformación en marcha por el régimen de Maduro, lo que hace difícil separar los hechos de la propaganda», dijo un portavoz del Departamento de Estado este miércoles.

“Si hubiéramos participado el resultado habría sido distinto”, comentó con ironía el secretario de Estado, Mike Pompeo.

Otras capturas se produjeron: en la playa de Puerto Cruz, cerca de Chuao, y en la zona de Maracaibo, occidente, cerca de Colombia.

estadounidense

La política entra en receso

El gobierno de Maduro, confrontado con una incursión de tipo militar, emplea su poder de fuego para abatir a los rebeldes. Ve confirmadas sus denuncias de que desde el exterior se lanzan ataques armados; tras la captura de dos estadounidenses como agresores, no puede sino ahondar la confrontación con Washington, su enemigo externo. También con los opositores, a quienes considera “lacayos del imperialismo”.

A su vez, la oposición ha culpado a Maduro y a su gobierno de propiciar el clima de confrontación en el que se producen los hechos de mayo. Lo acusa de asesinar a militares disidentes -pues no cree en la versión oficial de los enfrentamientos- y reclamó respeto para los derechos humanos de los detenidos.

Por ahora, van al cesto de la basura palabras como la declaración de Maduro llamando a un “cese del fuego” político entre gobierno y oposición para encarar la pandemia de Covid-19.

También se pierde la demanda opositora para que se forme un nuevo gobierno de emergencia. Igual pasa con la propuesta de Washington para que un gobierno de transición, sin Maduro ni Guaidó, prepare nuevas elecciones.

Confrontación abierta y dura

Venezuela debería efectuar este año, al menos, unas elecciones para renovar el parlamento. El oficialismo hubiese querido algo así en los primeros meses, para arrasar en las urnas a una oposición desunida y desguarnecida. Pero se atravesó la pandemia de Covid-19 y el propio Maduro puso en duda que haya comicios alguno este 2020.

Desde hace tres años, una de las demandas de la oposición encabezada por Guaidó y repetida desde hace un año como un mantra, era forzar a Maduro y el chavismo a ir a unas elecciones libres.

Estos comicios serían organizados por un nuevo Consejo Nacional Electoral independiente (desde hace 20 años el organismo es controlado por el chavismo). En ese proceso participarían todos los partidos políticos y sus lideres hoy proscritos. Además, serían supervisados por la comunidad internacional.

La oposición también demanda la libertad de centenares de presos políticos, tanto civiles como militares, así como la plena habilitación de los partidos proscritos y resolver a pleno derecho el lío de un congreso en el que hay, en funciones, dos directivas.

Esta hoja de ruta luce hoy más utópica como fórmula para superar la estancada y profunda crisis política, económica y social que padece Venezuela.

Sueños de paz

La oposición buscaba elevar la presión sobre Maduro y sus colaboradores. Por eso apoya el bloqueo económico desde Washington contra la cúpula chavista, protagonistas ellos de carteles de búsqueda como narcotraficantes con recompensas por su captura.

Muchos gobiernos reclaman que haya diálogo y acuerdos, y que se permita renovar el Poder Electoral como primer paso hacia una transición pacífica y constitucional.

Todo esto queda sumergido por la Operación Gedeón y la respuesta del gobierno.

Pero hay algo más complejo: se aleja la posibilidad de que haya un entendimiento para tramitar ayuda exterior ante la Covid-19.

El régimen de Maduro no es reconocido por las democracias de corte occidental de América, Europa y Asia. Por eso no puede recibir ayuda asistencialista del FMI, Banco Mundial o BID para enfrentar una grave crisis económica y fiscal que tiene raíces remotas, desde mucho antes de que apareciera el virus de la Covid-19.

La duda nos consume

Como en toda guerra, en la confrontación de Venezuela la verdad es la primera baja. La Operación Gedeón ha dejado un reguero de dudas, versiones contradictorias, reparto de culpas y atribución de protagonismo y responsabilidades.

Los atacantes habrían decidido seguir adelante con la operación, aunque su primer gestor, el general retirado Clíver Alcalá, confesó hace un mes el ahora frustrado plan.

Alcalá cantó al entregarse a la justicia estadounidense, tras ser capturado como dueño de armas ilegales en Colombia. Este «chavista original» ya estaba en la lista de Estados Unidos de los más buscados por narcotráfico.

El régimen de Maduro se ufana de haber conocido e infiltrado la operación desde hacía tiempo.

La agencia de  noticias AP reveló en abril que un ex boina verde estadounidense, Jordan Goudreau, entrenaba a exiliados venezolanos y preparaba una gran incursión. Tras los sucesos de Macuto, Goudreau se multiplicó en declaraciones para reclamar que Guaidó incumplió los pagos pactados mediante un contrato con su empresa de seguridad SilverCorp.

La víbora de la mar

Según la versión oficial del chavismo, los atacantes hicieron en pequeñas lanchas un recorrido de más de 600 kilómetros por aguas procelosas y muy bien vigiladas del Caribe, desde las costas de Colombia hasta el centro de Venezuela. Al cabo de semejante travesía, los capturados en Chuao, incluidos veteranos ex agentes de fuerzas especiales estadounidenses, caen en manos de pescadores sin disparar un tiro.

Llevaban además documentos de identidad, tarjetas bancarias, algún recibo, una receta médica. Un arsenal de papeles explicable solo si el propósito del grupo o grupos era infiltrarse, camuflados de paseantes y, en las primeras de cambio, pasar desapercibidos entre la población local.

Y así, es una operación poblada de detalles muy grises. Lo cierto es que hay atacantes detenidos a las órdenes de las autoridades de Venezuela, mientras las organizaciones humanitarias como Provea han pedido respeto para los derechos de los cautivos. Pero han sido acusadas por el gobierno de ser agentes del imperialismo gringo.

Aún se ignora si otros grupos de insurgentes pudieron infiltrarse en el país, si repetirán su intento, o si las incursiones de este mayo fueron el señuelo de una movida política o guerrera de mayor envergadura.

La duda persiste mientras la lucha política civilista se convierte, cada vez más, en un viejo recuerdo en Venezuela.