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Maestros, golpeados pero nunca arrepentidos

Portada día del maestro

Todavía hoy se celebra el Día del Maestro. Una profesión golpeada en el bolsillo y, un poquito, en la dignidad. Docentes con décadas de experiencia extrañan el respeto que hace algunos años despertaba su vocación. Han tenido que aprender a lidiar con la crisis propia y con la que padecen sus estudiantes. En la fecha en que se les homenajea, evocan a los docentes que los influenciaron

Están contra las cuerdas, pero no decaen. El salario no les alcanza, pero todos los días dedican algo de ese ingreso para llegar a las aulas y enseñar. Han tenido que ver a sus estudiantes retirarse a mitad de curso porque se van del país, o más grave: escuchar que tienen hambre y no tener de su propio dinero para ayudar. No obstante, persisten. Por eso aún se celebra en Venezuela el Día del Maestro.

Una nota de prensa de la Universidad Católica Andrés Bello reporta que, según cifras del Ministerio de Educación, “un docente I (recién graduado) que trabaja 36 horas semanales comenzó a devengar en enero un total de 1.189.689 bolívares, monto que equivale a menos del 10% del costo de la canasta básica familiar del país, calculada en más de 13 millones de bolívares para noviembre de 2017 por el Centro de Documentación y Análisis Social de la Federación Venezolana de Maestros. (CENDAS-FVM)”.

También han visto cómo la política intenta colarse en sus aulas, ausencia de colegas expertos en las ciencias básicas, pérdida de respeto por su carrera y del interés de los jóvenes en profesionalizarse. En su día, admiten los problemas, enuncian los retos y también recuerdan al docente que los inspiró hasta convertirse en lo que son.

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Inspirada en Pietro Figueroa

Lo conoció una tarde en Coro. Raquel Figueroa cursaba quinto grado de primaria y se lo cruzó cuando él iba entrando a un restaurante y ella iba saliendo tomada de la mano de su padre. Luis Beltrán Pietro Figueroa, el maestro de maestros, militaba por aquel entonces en el Movimiento Electoral del Pueblo (MEP) y por eso estaba en Falcón. A sus diez años de edad ya Raquel había anunciado que quería ser docente, así que su papá detuvo al coautor del primer proyecto de Ley de Educación que hubo en Venezuela y lo saludó. “Mira, chipilina, este es el maestro Luis Beltrán Pietro Figueroa”, la presentó. “Era un tipo alto y simpatiquísimo”, recuerda Raquel, ya jubilada del Ministerio de Educación y coordinadora nacional del Movimiento de Educadores Simón Rodríguez.

Aquel hombre causó una fuerte impresión en ella. Tanto que cuando empezó a estudiar en el Pedagógico de Caracas, en la década de 1980, devoró casi todos sus libros. “La asignatura se llamaba Sociología Educativa, allí comencé a aprender sobre su política educativa y cómo aplicarla a la pedagogía en el aula”. Antes de Beltrán hubo otra docente que fue ejemplo para Raquel: la maestra Olga, quien la recibió en el primer grado de la Escuela Juan Crisóstomo Falcón, en Coro. “Fue una alquimista. Me pulió desde niña, y pasó con nosotros a segundo grado. Sus clases formaban para la vida. No se limitaban a que dos más dos son cuatro”.

Figueroa se jubiló hace un año, después de 28 de servicio. En ese tiempo pasó por todos los niveles: comenzó en bachillerato, luego se enamoró de la educación primaria, educó a adultos y luego ella misma dio clases en el Pedagógico. Ahora reflexiona sobre el devenir de su profesión: “Mis padres nunca me dijeron que no fuera docente. Veían en ellos a alguien grande, importante para la formación de ciudadanos. Con el mismo nivel de altura en la escala social que un médico o un abogado. Hoy nadie quiere ser educador. La crisis no es solo económica y política. También hay mucha descomposición social, una crisis moral y ética. Todo eso influye en que una de las carreras más importantes para un país se haya deteriorado tanto. Con esos salarios, ni el docente, ni su familia pueden tener una vida digna”.

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Sin embargo, considera que los educadores son uno de los pilares fundamentales de la sociedad. “Para hablar de calidad de la educación, primero hay que hablar de las condiciones de ese pilar: es mal pagado, no tiene seguridad social y muchas veces tampoco tiene dinero para ir de su casa a la escuela”. Y su crítica sobre la eficacia educativa venezolana trasciende: “Esta educación es una estafa. Ha fracasado. Su calidad no se sustenta en una política pública, ni se incentiva el conocimiento científico. El gobierno lo que pretende es utilizar el espacio de la escuela como un centro de control político. Se ha perdido la esencia de la libertad de cátedra del docente, y hay que abordar los temas que el ministerio o la zona educativa imponen”.

El resuelve de Gustavo

Al aula de Gustavo Golding han llegado estudiantes que llevan para desayunar patas de pollo, también hay los que no llevan desayuno y los que faltan a clases porque sus padres no tienen para darles bocado. Golding es el titular del tercer grado en la Escuela Andrés Bello, en Antímano, Caracas, pero también es profesor de artes marciales los viernes y sábados; y agente de seguridad en eventos privados para redondearse. Pero es la docencia su oficio más longevo, con 23 años dedicados a las aulas.

“El reto principal es subsistir. Esta es una profesión terriblemente mal pagada. Por más aumentos que hagan no alcanza, se diluye”. En su escuela el ingreso de un docente ronda entre los 700.000 y los 800.000 bolívares, incluyendo los cesta tickets.

También le ha tocado ver a familias enteras reunidas alrededor de la basura, tomadas de las manos, rezando, antes de hundirse entre los desperdicios. “Antes, en ocasiones como esas, del dinero propio le comprábamos dos empanadas a un muchacho, pero cómo hacemos ahora, que no nos alcanza ni para una empanada para uno”. Lo que ha hecho es exhortar a los padres a que igual envíen a los estudiantes y entre todos, con un pedacito de arepa por aquí, y otro de empanada por allá le dan algo de comer, sin embargo, los padres aun así se avergüenzan.

“Han cambiado mucho las dinámicas. Los niños no rinden igual, y la inasistencia es fuerte. En un salón de 30, me asisten, en promedio, entre 15 y 18”. Reflexiona y opina que los padres ya no le dan la misma importancia a la educación: “No le dedican tiempo a los jóvenes porque todo el mundo tiene que trabajar, ya no hay una figura que oriente. Además que es muy difícil aplazar, así que se confían. No importa si sacan buenas notas, o si saben leer. Pero a la larga, de todo culpan a los docentes, y nos amenazan. Si el estudiante no comió es culpa nuestra, si se desmaya también, si se cae también. Es como tener una espada todo el tiempo apuntándonos”.

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Gustavo no tiene que esforzarse mucho para recordar a la maestra que marcó su camino: la directora del Colegio Luz de Caracas, Carmen Lola. La conoció cuando él mismo era estudiante de primaria y por sus constantes travesuras era enviado continuamente a la oficina de la educadora. Eso cimentó una relación que todavía se mantiene. Cuando tuvo a su hijo lo llevó recién nacido a la institución: “Ese colegio es muy demandado, así que le dije que, por favor, le guardara un cupo”. Así ocurrió. Coincidieron luego ella como directora y él como representante. “Un episodio que habla de su sabiduría y de sus valores ocurrió en 2014, durante las protestas. Muchos de los padres no querían enviar a sus hijos, hubo una reunión de padres y ellos votaron porque no hubiese clases, debido al ambiente de conflictividad que había. Carmen Lola respondió que cumplirían, pero que la escuela permanecería abierta para todo aquel que quisiera asistir. Fue perfecto. Una decisión salomónica”.

Por vocación

El primer día de clases de 2018 Yaudile Hadyar firmó los papeles para que una de sus estudiantes del tercer grado pudiera irse del país, sin que se viera afectada su escolaridad. No es la primera vez y, probablemente, tampoco sea la última. En diciembre de 2017 firmó para que otra alumna pudiera irse a Colombia, y también lo ha hecho para que migren a Ecuador.

También ha tenido que recorrer salones preguntando si a alguien le quedó algo de su merienda para dárselo a alguna de sus discípulas. Y apaciguar a la señora de la cantina cuando sus estudiantes piden “fiao” y no pagan.

Se graduó del Pedagógico en 1982. Le llamaba la atención que en aquella época el docente era respetado “y hasta bien remunerado”. Su primer empleo fue como suplente en la Escuela Municipal Andrés Bello, de Chacao. “Me preguntaban si ya había cobrado y yo decía que no y no me importaba. Era un asunto de vocación. Ahora no es así. Los docentes son trabajadores y necesitan su salario”. Aunque no hagan mucho con ese dinero. Una quincena en la escuela subsidiada en la que trabaja es de 192.000 bolívares, “con los que se compra un solo artículo y ya se acaba el dinero”. Se mantiene porque tiene su pensión del Ministerio de Educación y la del Seguro Social.

La maestra que la inspiró fue la profesora Simoza, a la que conoció cuando cursaba cuarto grado en el Colegio Los Ángeles Custodios, de Los Palos Grandes. “Era una persona muy elegante, que infundía mucho respeto. Era un modelo. Siempre nos decía: ‘siéntese como una señorita’ y estaba pendiente de que tuviéramos buena postura y agarráramos bien el lápiz”.

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Precisamente recuperar el respeto a los docentes considera que es el mayor reto de los de su profesión. “Los alumnos se quieren imponer. No aceptan llamados de atención, ni correcciones. Antes lo que el maestro decía se tomaba en cuenta, ahora por cualquier cosa el representante amenaza con correr ante la Lopnna”.

En cuanto a la calidad de la educación, “se hace lo que el Ministerio dice. Esa línea no se brinca”. No obstante, agrega que a ella nadie le puede imponer cómo enseña Historia de Venezuela, ni le pueden obligar a utilizar los libros de la Colección Bicentenario. “Al colegio en el que estoy ahorita no llegan, pero cuando los trajeron los utilizábamos como material de lectura, porque hay que darles utilidad, pero la materia la enseño como yo me la sé”.

Desde el punto de vista de los estudiantes, opina que ahora tienen las cosas demasiado sencillas. “Hay una cláusula remedial que obliga a que los estudiantes presenten una prueba hasta que pasen. No puede ser que se le den tantas oportunidades. Lo que no aprendieron en un año escolar, no lo van a aprender en quince días. En bachillerato eliminaron la entrega de proyectos, que era una preparación para la tesis de la universidad. Ahora lo que tienen que hacer es una labor social. Todo es muy facilito”.

El valor de la enseñanza

Elena Posada no quería ser maestra. Ella misma reconoce que no fue su gran vocación. Primero estudió Contaduría en la Universidad Central de Venezuela, pero no dio pie con bola. Necesitaba colaborar con los gastos de su casa, así que optó por cambiarse a una carrera técnica y se formó en Educación Especial, mención Retardo Mental, en el Colegio Universitario Monseñor Talavera. “Me gradué en tres años. En cambio, en el año y medio que estuve en la UCV no pasé del primer semestre”.

Al egresar, buscó empleo como maestra, y finalmente se encariñó con el oficio y se licenció en Educación Integral. Ahora es la encargada del sexto grado en una escuela estadal de Vargas. La vocación esquiva terminó por convertirse en más de 30 años de experiencia en las aulas.

La docente que la inspiró no la halló en la primaria, sino en segundo año de bachillerato. Se le escapa su nombre, pero sí recuerda que era la profesora de inglés en el Agustín Aveledo, una guía que ya falleció. “Era muy humana y cercana. No marcaba esa diferencia de ‘yo, maestra’ y ‘tú, estudiante’, y eso para nosotros era sagrado”.

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Posada reconoce los problemas, padece la crisis y va a la raíz: “No es que los muchachos de ahora sean peores que los de antes. Lo que no está funcionando es la familia, y si eso no sirve todo se desmorona”. Afirma que se las ingenia, que busca herramientas para bajar la agresividad en los salones: “Hay que ver qué es lo que traen del hogar y tratar de modificar esas conductas, pero muchas veces no hay atención de los padres. Muchas veces yo prefiero no citar a un representante y resolver lo que haya que resolver en el salón”.

El desafío, a su juicio, es ayudar a sus estudiantes de sexto grado a que se preparen “para la vida”, a que reconozcan el valor de la educación, y de crecer personal y profesionalmente. Le angustia cuando le responden: “Maestra, ¿para qué?”. “No le ven utilidad porque tienen a un vecino bachaquero, o a un tío que vende cualquier cosa y hace más dinero. Hasta la lotería de los animalitos les resulta un mejor medio de obtener ingresos. No valoran el estudio”.