Cuando la identidad del barrio invade tu comunidad

2012 fue el año de quiebre. El país vivía un período de euforia electoral y el gobierno botaba la casa por la ventana. Era la última elección a la que se presentaría Hugo Chávez.

Cuando la identidad del barrio invade tu comunidad

Se apuró la marcha y lo que parecía no estaría a tiempo, lo estuvo. Así, a finales de noviembre de ese año, poco después de los comicios presidenciales y días antes de las elecciones de gobernadores, tres enormes bloques de concreto se levantaban en las adyacencias del puente Los Leones, que ubicado en La Paz, da entrada a las urbanizaciones Bella Vista y Vista Alegre.

Poco tiempo después, al final de Colinas de Vista Alegre, comenzando El Junquito, edificios de menor tamaño, pero también de la Misión Vivienda, el proyecto bandera de Chávez desde 2011, se adueñaron de espacios que pertenecían a la comunidad para su esparcimiento.

De repente, la zona se vio sitiada por miles de ciudadanos procedentes de refugios y barrios, a los que el gobierno les dio un lugar para vivir, aunque la mayoría de ellos no sepa lo que es convivir.

En 2013 comenzó el deterioro de una zona que, enclavada en el oeste de Caracas, en la tierra de nadie de alcaldes del oficialismo, no ha recibido un cariño en largos años.

Los robos se convirtieron en algo tan común -entre 3 y 4 diarios- que sus habitantes salen a hacer sus compras solo con la cédula de identidad y la tarjeta de pago o el efectivo exacto.

Con excepción de las panaderías, el supermercado y el bodegón, que cierran entre 8:00 y 9:00 pm, los comercios bajan sus santamarías mucho antes del atardecer y algunos ya no abren los días domingo.

Los bachaqueros y los nuevos vecinos de los edificios de Misión Vivienda se confunden con las aceras desde hace año y medio, aumentando los índices delictivos en la zona.

Las colas en las 4 panaderías del sector, en el supermercado o en la venta de pollo al mayor, se hacen en compañía de gente que no respeta normas. Los gritos, el desorden y las amenazas entre los nuevos habitantes de la zona están a la orden del día.

Escuchar un alboroto y asomarse por el balcón puede implicar tanto que una mujer le saque un cuchillo a un hombre que se ve conoce y lo persigue a gritos, como que lleven a rastras por el medio de la calle a un hombre al que le caen a patadas porque acaba de cometer un robo, o que dos hombres se lleven a una mujer a la que le gritan ladrona y a la fuerza la meten en una camioneta para llevársela quien sabe a dónde.

Escenas como estas se ven todos los días a pesar de que hay un punto de control de la Guardia Nacional, al que nadie parece respetar.

El robo de celulares era lo más común, pero este año con el empeoramiento de la crisis económica llegaron los arrebatos de carteras, bolsos y las bolsas del mercado.

En la Misión Vivienda, de Los Leones, vivía El Colombia, quien fue juzgado y condenado por el crimen del diputado del PSUV Robert Serra, hace dos años. Y es que en esas moles encalladas al borde de la autopista Francisco Fajardo en dirección Caricuao, hay muertos todas las semanas. A esos edificios los han bautizado con nombres de penales como El Rodeo y Yare I y Yare II.

Los enfrentamientos en esas viviendas, donde las fuerzas policiales no entran salvo que sea una redada de uno de los operativos de “liberación del pueblo”, ya no asombra a los habitantes de La Paz, Bella Vista y Vista Alegre.

La relativa tranquilidad se perdió en la otrora zona clase media, donde residían varios militares de la mal llamada cuarta República y que ante el deterioro progresivo de estas urbanizaciones, cambiaron de domicilio hace rato.

No solo la delincuencia acompaña a los residentes de este olvidado sector. Cráteres, no huecos, marcan las calles de la zona desde el final de la avenida San Martín, pasando por toda la urbanización, hasta La Yaguara y El Junquito. Algunos de ellos sumergidos en enormes botes de aguas blancas que las autoridades no han atendido, aunque Hidrocapital deja a la zona sin el suministro de agua durante 4 días consecutivos cada semana.

A este cuadro, que nadie creería corresponde a un país con las mayores reservas petroleras del mundo, se le sumó más recientemente la indigencia y la miseria. No se pueden subir las escaleras que conectan la calle real de Bella Vista con Vista Alegre sin toparte con adolescentes drogándose a plena luz del día o con indigentes que se mudaron y viven en el terreno aledaño a las escaleras.

Pocos metros más arriba se observa como a diario una familia integrada por la pareja y tres hijos que no rebasan los 6 años, no solo escudriñan entre las bolsas de basura en busca de sobras, sino que se las comen allí mismo, ante la mirada de todos y de la indiferencia de un gobierno que no asume su responsabilidad.

Esta situación debe repetirse en varias urbanizaciones de clase media de Caracas y del país, pero los habitantes de este sector deberíamos proponer el cambio de nombre a las urbanizaciones que hace rato dejaron de ser lo que eran: Ya no hay Paz, Bella Vista y mucho menos una Vista Alegre.