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Familia: magnanimidad y tristezas

La mejor descripción para definir la familia es lo que se siente y se vive cuando la tenemos cerca, cuando nos trasladamos a los momentos vividos, cuando nos enorgullece percibir que se practican los mismos valores y cuando la vemos crecer y consolidarse con la llegada de los nietos. Incluso si estamos lejos, como nos ha tocado a tantos venezolanos

Familia: magnanimidad y tristezas

Muchas veces he remarcado la importancia de tener buenas emociones y de la dependencia que tienen estas de los pensamientos. Esta ecuación es un aliciente necesario para enfrentar los avatares de la existencia.

En mi filosofía de vida, intento incorporar a diario buenas emociones y mirar con ojo crítico los acontecimientos diarios. Sin embargo, muchas situaciones nos arrasan y desencajan nuestras ganas. Somos humanos, y aún con la experiencia que sumamos con los años, muchas veces despertamos derrotados.

Aun así, repito constantemente una frase que me permite avanzar con optimismo consciente a pesar de las dificultades: ante los momentos difíciles, ponerse triste es una reacción válida, ¡lo que no es válido es estar triste siempre! He aquí el quid del asunto, y diría, de la vida.

Cuando avanzamos en edad, el sentido de urgencia que tenemos de tener a nuestra familia cerca es claro y prácticamente se vuelve un objetivo.

Definir la familia y lo que significa en nuestras vidas me luce un ejercicio inútil, toda vez que la magnanimidad que se desprende de sus cimientos no necesita de definición. La mejor descripción para definirla es la que se siente y se vive cuando la tenemos cerca, cuando nos trasladamos a los momentos vividos, cuando nos enorgullece percibir que se practican los mismos valores y cuando la vemos crecer y consolidar con la llegada de los nietos.

familia abuelos nieto

Curiosamente, y muy al contrario de lo que expreso, ese hermoso sentir se ha visto opacado por la desazón que nace por el golpeo infame de la distancia.

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Ha sido trágico imaginar – casi a diario – tantas familias que han sido separadas – principalmente – por los brazos de un gobierno opresor y, lo que es peor aún, sin la posibilidad cierta de poder reunirse de nuevo. Me aterra pensar en los millares de ancianos que navegan sus últimos años sin la esperanza de abrazar a los suyos de nuevo. Es penoso, por decir lo menos.

abuelos ancianos solos

He conocido centenares de historias de familias separadas por años, y que quizás habían planeado hacer el esfuerzo y vencer los obstáculos que para muchos representa el dinero, el estatus migratorio y aunque suene increíble, la imposibilidad de obtener un pasaporte.

Los meses de pandemia se han sumado a esos imponderables, al contar con los despidos de muchos venezolanos migrantes que han quedado sin trabajo como consecuencia de la crisis que la misma desata. Ha sido un año de reflexión obligada, que nos golpea en lo interno y nos frena los planes.

No pretendo ser protagonista de este artículo, porque considero que hay millones de héroes regados en un país desgastado, rasguñando una sonrisa al fantasma de la soledad. Pero estar lejos de mi familia, es una condición que no puedo ignorar y que hace mella en mis ganas.

He sido afortunado en poder viajar cada año y disfrutar el abrazo de familia y la mirada de orgullo que identifico en mis hijas en cada una de mis visitas. Si lo comparo con la mayoría de los casos, un año es poco tiempo, pero cuando lo vivimos luce una eternidad.

¿Cómo enfrentarlo? Es de esas preguntas que no tienen una sola respuesta, pues cada familia vive su propio calvario.

Ahora bien, con la firme convicción que me regala la experiencia de vivir mi exilio solitario y el profundo respeto a los fundamentos que me impongo como filosofía de vida, prefiero torcer lo sucedido a mi favor y listar con alegría las cosas buenas que me ha dejado este año: el nacimiento de mi segundo nieto, mirar con orgullo el crecimiento de mis hijas, mantener la operatividad de la firma que represento –aún en tiempos difíciles –, contar con salud y la salud de mi esposa, hijas y familiares cercanos , y sentir a cada instante la emoción que me genera contar los días para reunirme con la familia de nuevo.

Foto: Lisa Fotios / Pexels

Tal vez este ejercicio mental solo nos funcione a algunos pocos, pero te pido – humildemente – que intentes este gratificante ejercicio de imaginación y de recuerdos, que a la postre te conectará con la familia y con todo lo que esta institución representa.

No te pido que me creas, pero sí que lo intentes. Al hacerlo (intentarlo), tus pensamientos se tornarán más amplios y serenos y, en definitiva, terminarás aceptando las circunstancias que la situación actual nos ha impuesto. No menciono esto como medio de resignación, sí para amortiguar el mordisco que nos deja la ausencia, siendo conscientes que, por ahora, es lo que nos queda.

Con este escrito pretendo honrar a cada uno de los millones de valientes que encaran sus días con la esperanza de encontrarse en familia de nuevo.

reencuentro familiar

Deseo – infinitamente – que la vida los recompense pronto con un encuentro familiar de esos que dejan huellas y alimentan las energías para seguir la batalla diaria.

Entretanto, alimenta tus recuerdos y sigue luchando con los fantasmas que de vez en cuando se cuelan en las tristezas. Recuerda que: ¡el problema no es ponerse triste, sino estar triste siempre!

Ricardo Adrianza invita a participar de los lives que quincenalmente realiza a través de su cuenta de Instagram @cartas_a_matias