La gloriosa devolución

El vecino volteó la mirada y siguió la dirección del huesudo dedo de Isidro. Apretó los ojos para leer bien, y encontró una frase pintada en la entrada del apretado edificio de Misión Vivienda. Por Raúl de Armas Gómez

La gloriosa devolución

Bajo la sombra bondadosa de un samán yace un hombre agraviado por la vida. Parece haber pasado la noche allí, recostado del tronco y con la tristeza oculta de quien no tiene a dónde ir ni qué hacer. Tiene las piernas estiradas y los brazos echados en la acera; viste ropa sucia, rota; y una pollina grasosa le cae irreverentemente sobre sus cejas pobladas.

Si no fuese domingo yo no lo hubiera visto, ya que el hombre está medio escondido detrás de las enormes fisuras producidas por las raíces del árbol. También se apoya de ellas, inmutable, con un relajamiento filosófico. A sus pies pasan los carros, pocos por ser domingo. Detrás suyo suena una canción de Rubén Blades desde un horrible edificio de Misión Vivienda. Él, echado como foca y con los ojos medio cerrados, no la tatarea ni la canta. De vez en cuando se mueve para acomodarse o para bostezar. A la distancia tres prostitutas descuidadas balbucean y aplauden. Y a una cuadra, un mendigo arrastra un carrito de supermercado con un perro desnutrido y unas bolsas negras.

Si no lo estuviese azotando una resaca tremenda, diría –por la abstracción de su mirada y la tranquilidad de su ceño– que el hombre está pensando. En su pensamiento, tal vez notaría que la semana más agitada del año estaba terminando con el domingo más aburrido del año. Pues después de varios escándalos sexuales, después de una lluvia que duró cuatro días y que inundó a Caracas, después de la muerte del lamentable Aristóbulo Istúriz, y después de la beatificación del hombre más santo de Venezuela, la semana del 26 de abril al 2 de mayo de este año, finalizaba con un domingo gris, somnoliento, exhausto de tanto incidente.

Por curiosa casualidad, sus condiciones lo obligaban a apoyarse del mismo lugar en que se apoya la zona en la que estaba. Esa zona es La Florida, una urbanización cuyos árboles recuerdan a un pasado próspero que se transformó en un presente miserable.

Aproximándose a ritmo de paseo, un vecino que paseaba a su poodle se acercó al borracho, que apenas parecía respirar. Lo conocía, y por eso no se asombró al verlo tan descuidado. En cambio, con tono compasivo y defraudado, sin esperar novedad, le preguntó:

– ¿Qué haces allí, Isidro?

Isidro no contestó y apuntó a la pared que tenían en frente, al otro lado de la calle.

– ¿Qué pasa? –preguntó el vecino con inquietud–. Esa es la entrada del bloque 2.

– No es sólo eso –respondió Isidro enigmático–.

– ¿Y qué más va a ser?

– Es la declaración de nuestra desgracia.

El vecino volteó la mirada y siguió la dirección del huesudo dedo de Isidro. Apretó los ojos para leer bien, y encontró una frase pintada en la entrada del apretado edificio de Misión Vivienda.

– ¿Qué dice? –preguntó el vecino en voz alta–.

– Lee –ordenó Isidro–.

– Hecho en la re…

– Lee bien.

– Hecho en la gloriosa devolución del siglo XXI.

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