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Opinión | El zapatero y la cuarentena

Los días de cuarentena no sólo me dejaron desconectado de los saludos cara a cara, de las conversaciones café de por medio con amigos. En mi casa fue el momento propicio para que colapsaran los dos servicios de internet a los que estoy suscrito

Tras guardar fielmente la cuarentena durante las dos primeras semanas, ya el tercer lunes de confinamiento me encontré al zapatero en la esquina de siempre. En medio de las calles desoladas pude avistar su puesto móvil desde lejos, gracias a la sombrilla que usa.

Los días de cuarentena no sólo me dejaron desconectado de los saludos cara a cara, de las conversaciones café de por medio con amigos. En mi casa fue el momento propicio para que colapsaran los dos servicios de internet a los que estoy suscrito.

Inter es una suerte satélite que cada cierto tiempo te envía señales y luego, durante algunas horas, se desvanece. Cantv, que era el servicio más básico pero estable, también comenzó a fallar en estos días de encierro, en Barquisimeto.

En definitiva tuve que ponerme los zapatos deportivos y comenzar a caminar para ir a la oficina, en donde un servicio de internet inalámbrico se ha mantenido en funcionamiento. Mi tarea como periodista no ha cesado en estos días del coronavirus en Venezuela. Muy por el contrario, es un momento desafiante para el periodismo. Total que requiero conexión estable en algún momento del día para enviar textos y audios.

A diferencia de otros países, donde se decretó el confinamiento, en Venezuela terminó siendo una medida de fuerza mayor. Al día siguiente que Nicolás Maduro anunció la “cuarentena social”, el pasado 16 de marzo, el combustible desapareció de las estaciones de servicio.

Después de tres semanas sin nada de gasolina en las estaciones de servicio, salvo para uniformados y buses del Estado, pude comprobar que en mi ciudad ya se había establecido un mercado negro de la gasolina. Por varias vías diferentes pude corroborar: 1 USD por cada litro. Los uniformados llenan los tanques de los vehículos oficiales, luego extraen por lo general un bidón de 20 litros que ponen en venta.

Tras comentar esto en Twitter me llovieron los comentarios. Me había quedado corto. En otras ciudades el combustible se vende ya en 2 y hasta 3 dólares el litro. Oficialmente tenemos la gasolina más cara del mundo. Aquel refrán popular de que lo barato sale caro cobra cabal sentido en este momento.

Sin gasolina, pese a contar con un salvoconducto que dice que soy periodista en funciones profesionales en esta crisis. Total que tocó sacar los zapatos deportivos y entrarle a los 5 kilómetros diarios de ida y vuelta que me permiten tener una conexión estable un par de horas.

Tras varios días en los que sólo observaba movimiento de personas en panaderías, supermercados o farmacias, las calles se mantenían bastante desoladas. Fue una tremenda sorpresa encontrarme al zapatero, aquel lunes, tras dos semanas de confinamiento.

He sido cliente de aquel hombre, grueso y gruñón, pero no diría que soy su amigo propiamente. Lo veo con frecuencia, está en la esquina del edificio donde está ubicada la oficina. Con un sistema express que estableció cuando nos quedamos sin dinero en efectivo en el país, pasaba temprano le mostraba los zapatos, él establecía un precio y te pedía que le compraras esto o aquello en la panadería cercana. A veces sencillamente te pedía que fueras por cigarrillos. Al salir de la oficina, el zapatero te tenía listo los zapatos.

Como decía, aquel hombre no es propiamente mi amigo, así que en situaciones normales no iba a saludarle. Sin embargo, encontrármelo de frente, en su esquina de siempre, en una calle en la que sólo estábamos él y yo, no me dejaba otra opción. Lo encontré con un tapabocas improvisado, como han hecho tantos venezolanos.

-¿Qué hace usted por acá?, difícilmente alguien le va a traer zapatos para reparar en medio de esta situación-, le comenté de forma directa.

-Y qué quieres que haga, soy zapatero desde hace 30 años, sólo sé hacer esto. No tengo otra manera de llevar el pan a la casa-. Su respuesta también fue un disparo a quemarropa.

Terminé de llegar a la oficina. Al salir aún estaba aquel hombre solitario, tozudo esperando que alguien le llevara algún zapato para arreglar y él poder comprar comida. Eso fue un día lunes. El martes lo volví a ver cuando llegué a la oficina. Ésta vez sólo nos saludamos levantando levemente la cabeza.

Al salir ya no estaba. Siguieron pasando los días de la cuarentena y no volvió. El zapatero se había ido sin el pan para su familia.

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