Cacaos del Alto Apure: mujeres protagonizan nueva colección de chocolate fino
Son cuatro tabletas elaboradas con cacaos provenientes de fincas cercanas al río Arauca, cuya faena la lideran mujeres. A pesar de ser cultivos vecinos, cada chocolate tiene un sabor diferente, pero todos revelan riqueza en sus notas gustativas. La colección la hizo la chocolatería Cakawa, en Caracas. Esta es la historia de Yenet, Lupita, Caren y Milena
Fotos Swuany Uzcátegui |Composición de imagen Alejandro Cremades
Publicidad
En el Alto Apure, al lado del río Arauca, muy cerca de la frontera con Colombia, se da uno de los cacaos más refinados y llenos de notas sensoriales de Venezuela. Pero es, también, uno de los más desconocidos.
Los chocolates que resultan de estos cacaos, de distintos varietales como Brisa, Criollo o Trinitario, son un espiral de notas gustativas. Frutas, caramelo, miel, bosque, frutos secos, flores, especias dulces, todo puede sentirse de manera muy específica en cada una de estas tabletas que, además, cuentan muchas historias.
Cacao fino, de grano grande y de mucílago más blanco que otros. Lograr eso empieza desde la selección adecuada de la semilla y del cuidado de la planta. Foto cortesía de Lupita Maldonado, productora del Alto Apure
En el Alto Apure se siembra cacao desde hace varias generaciones. Pero siempre, hasta hace unos pocos años, se procesaba de manera muy artesanal. «Hacíamos cacao normal», dice Yenet García, una de las productoras que creció entre cacaotales, refiriéndose a ese cacao que no es fino de origen, y que se procesa de forma rudimentaria. La mayoría de la producción se vendía (y vende) en Colombia.
Hace unos tres años esto cambió, gracias a la Cruz Roja Internacional que financió un proyecto para enseñarles a seleccionar semillas, mejorar el cultivo, el mantenimiento de las plantas, el secado, la fermentación y la escogencia de frutos para la producción de cacao F1, el de mejor clase y el que mejor se vende y aprecia en el mercado internacional. La capacitación estuvo dirigida a mujeres que asumen muchas de las labores de la finca cacaotera.
Caren Izaguirre y su hijo seleccionando los cacaos. Foto cortesía de la familia Izaguirre, del Alto Apure
En muchas de esas plantaciones, las mujeres asumen labores muy importantes. Y si, en general, los productores de cacao están invisibilizados por una gran parte de quienes producen tabletas y bombones, las mujeres lo están mucho más.
La labor de la Cruz Roja se complementó con el apoyo de la chocolatería Cakawa, que las impulsó a mejorar prácticas y lanzó la colección «Cacaos del Alto Apure», en honor a esas mujeres que se mueven entre las rojizas mazorcas de cacao. Son 4 tabletas, cada una elaborada con granos de distintas fincas, pero todas ubicadas en la orilla del Arauca. Cada una lleva el nombre, y un dibujo del rostro de esas mujeres.
Son 4 tabletas, cada una hecha con cacao de distintas fincas de mujeres, pero todas ubicadas en el Alto Apure, a la ribera del Arauca. Foto Swuany Uzcátegui
Al descubrir cómo producir cacao fino, la vida les dio un vuelco. Se enamoraron «para siempre» del cacao. Lo dicen ellas mismas. Y da gusto escucharlas hablar y manejar palabras técnicas como banco de fermoplasma, plántula descalcificada y caldo súper 4 de la lombriz californiana, de recrear los detalles minuciosos para lograr un buen cacao y de mostrar con orgullo los videos y fotos de su plantación.
Lupita desgranando cacaos seleccionados desde la semilla. Foto cortesía de la familia Maldonado
Tres de esas cuatro mujeres estuvieron dos días en Caracas para asistir al lanzamiento formal de la línea de tabletas «Cacaos del Alto Apure», en la sede de Cakawa Chocolatería, en Altamira. El viaje, desde La Victoria, el pueblo cercano a sus fincas, es de 15 horas hasta Caracas en automóvil. Se trata de Caren Izaguirre, Yenet García y Luz Daris Maldonado, mejor conocida como Lupita. La cuarta mujer homenajeada con esta colección es Milena Guevara.
«Estamos muy felices ahora. Nosotros antes hacíamos cacao normal, chocolate artesanal, con molinos manuales, se secaba al sol en pocos días. No estábamos al tanto del oro que tenemos con este cacao del Arauca. No le dábamos importancia a la selección de la materia prima, ni sabíamos el proceso correcto del secado o del fermentado», cuenta Yenet.
Y Caren complementa: «Yo no sabía que, por la hoja, se puede deducir la calidad del cacao. Ahora sabemos elegir la mazorca, desgranar y secar correctamente. Por ejemplo, yo secaba un cacao en 6 días y ahora sé que, mínimo, necesita 12 días, y tiene su tiempo, se saca un rato en la mañana, otro después, todo depende de la temperatura…».
4 tabletas y 4 sabores del Alto Apure
Los chocolates de la colección Cacaos del Alto Apure son cuatro. Cada una tiene un color y un nombre distinto, que corresponde al de la mujer que comanda las labores en esas fincas. El de Milena es anaranjado, el de Carmen es azul, el de Yenet es verde y el de Lupita es morado.
Lo increíble es que, siendo cacaos del mismo sitio, los chocolates son completamente distintos entre sí. Todos están elaborados al 60% de pureza, con el mismo método y cuidado en el taller de Cakawa y, aun así, son muy diferentes en las notas aromáticas y, sobre todo, gustativas y retrogustativas que ofrecen.
«Esta vez decidimos vender las cuatro tabletas juntas, porque nos parece importante que se aprecie cada uno de los sabores», explica Soraya Achkar, maestra chocolatera de Cakawa y quien, junto con su socia y también Chocolatera Esther Rojas, se dio a la tarea de ir hasta las fincas de estas mujeres en el Alto Apure para ver sus procesos y confirmar si esos cacaos eran tan buenos como decían.
Soraya y Esther viajaron hasta las fincas en Alto Apure a comprobar la calidad del cacao antes de decidir lanza la colección. Foto Swuany Uzcátegui
Las agruparon dentro de un pañuelo que se hizo especial para la ocasión, como un símbolo de su trabajo, pues se protegen del sol de las faenas cacaoteras con pañuelos y sombreros. En total, se hicieron 150 tabletas de cada una para un total de 600.
La colección viene envuelta en un pañuelo de edición especial. Foto Swuany Uzcátegui
De esa cantidad, 100 se las llevan ellas a sus fincas, para que su familia las prueben y, sobre todo, para buscar buenos compradores para su cacao. Las otras 500 tabletas se venderán en Cakawa a un precio total de $50 dólares, los cuatro chocolates y el pañuelo.
Los pañuelos exhibidos el día del evento de lanzamiento en Cakawa. Foto Swuany Uzcátegui
Ahora, ¿por qué de unos cacaos vecinos salen chocolates tan disímiles? La respuesta la dan ellas mismas:
«Una de las cosas que inciden son los árboles cercanos. Por ejemplo, en nuestra finca tenemos pomarrosa, naranja y árboles de madera, como el cedro. Otra cosa es, también, cómo manejas el cacao», dice Caren.
Planta joven de cacao tipo brisa, de la finca de Caren Izaguirre. Foto cortesía de la familia
Interviene Lupita: «La variedad de cacao, si hay perfumes cerca, si se fermenta en cajón o cesta, si lo vamos a envolver con hojas de plátano u otro material… todo hace que el sabor del cacao cambie«.
Yenet, por su parte, cuenta su experiencia: «Yo no tenía cajones, y no los podía comprar, así que me tocó fermentar el cacao en cestas envuelto en hojas de plátano. Y no podía moverme de su lado, para estar segura que no le entrara nada que no debía. Ese cacao tenía que estar perfecto».
La emoción de estar ahí
Las particularidades de la vida en el Alto Apure, tan cerca de la frontera con Colombia, hacen que sea una zona poco explorada por el resto del país. De hecho, las maestras chocolateras de Cakawa llegaron a esas fincas por impulso y compañía del señor Tunarosa, dueño de una finca en Barinas cuyo cacao ha ganado dos veces en el Salón del Chocolate, en Francia. «El es del Alto Apure, y siempre decía que el cacao de allá era magnífico. Insistió tanto que fuimos», recuerda Soraya.
Diferentes varietales de cacaos del Alto Apure. De arriba para abajo: trinitario, criollo y brisa. Foto cortesía de Caren Izaguirre
Así que, para estas productoras de cacao, poder saborear un chocolate hecho con sus cacaos y, sobre todo, con su rostro en la carátula del empaque, era algo impensable.
«Me dieron muchas ganas de llorar cuando vi mi foto en la tableta. Nunca se me hubiera ocurrido que iba a salir en un empaque de chocolate que nosotras mismas procesamos. Estoy muy feliz», dice Yenet, cuya familia cultiva cacao desde hace tres generaciones.
Yenet García con su tableta. Foto Swuany Uzcátegui
Caren se hizo cacaotera por amor, porque se enamoró de un hombre del Alto Apure, cuya familia tiene cuatro generaciones cultivando cacao. Ella es de Valencia, estado Carabobo, pero confiesa que desde muy joven le atrajo el campo. «Mi familia, en Valencia, está orgullosísima de mí, porque jamás pensaron que yo iba a llegar tan lejos cuando me fui a vivir del campo», expresa.
Caren Izaguirre con su tableta. Foto Swuany Uzcátegui
Lupita heredó la finca de cacao de su papá, y ahora la dirige con su mamá, quien le enseñó todo el manejo de este rubro. Cuando ella era niña, su padre compraba y comercializaba cacaos de terceros, hasta que pudo adquirir su propia tierra. «Para mí, saber que nos toman en cuenta es algo grande. Estoy muy agradecida con la empresa Cakawa, estoy muy agradecida con la Cruz Roja Internacional, por las ayudas, por la motivación, las capacitaciones. Es tan lindo ver que ahora hasta los niños quieren sembrar cacao«.
Luz Daris (Lupita) Maldonado, con su tableta. Foto Swuany Uzcátegui
«¿Y van a estar enamoradas del cacao para siempre?», preguntamos. Caren y Yenet no demoraron ni un segundo en contestar: «ay, yo sí», «yo estoy enamoradísima del cacao». Y Lupita sentenció: «Yo digo como Simón Bolívar: Ahí nací, ahí voy a morir. Amo el cacao».
El de la Hacienda El Recreo, en Montalbán, se ubicó entre los mejores 50 del mundo y se trae el bronce en la categoría Suramérica de estos premios celebrados en Ámsterdam
Con apoyo de dos historiadores y una investigación desarrollada durante más de un año, la chocolatería plantea que el origen del cacao criollo está en el Ancón de Maruma, lo que ahora es El Vigía. La colección ofrece cuatro chocolates de distintas fincas que buscan honrar ese origen
Zoku en Japòn, Aroko en Italia y García Nevett en Estados Unidos, todas fundadas por venezolanos de la diáspora, han ganado importantes premios internacionales