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La mesa, su santo lugar

Con La mesa, su santo lugar, de Jacqueline Goldberg, continúan las Crónicas de una cuarentena creativa que ofrecen visiones particulares sobre el confinamiento inexorable que impone el coronavirus

En esta segunda entrega de Crónicas de una cuarentena creativa, la escritora Jacqueline Goldberg* presenta La mesa, su santo lugar como un inventario de vivencias personales y comunes. 

Revuelvo el ábaco de encierros propios y colectivos.

1989 / El Caracazo

Vivía aún en Maracaibo. Hubo toque de queda. Me impresionaban las calles desoladas en la temprana noche. Mi padre lloraba frente al televisor, con sus recuerdos de guerra, su miedo a otras guerras.

1990 / Lechina

Muy leve pero peligrosa a los veinticuatro años. No me dejaron salir de casa por un mes. Me visitaron amigos que ya habían tenido la enfermedad. Ayudaba el balcón.

1992 / Dos golpes

El de febrero me encontró sola y sin mucha comida. Había una bodega a dos edificios, el encierro no llegó a desesperación. Para el segundo mi hermano estaba en casa. No recuerdo que me preocupara comer. Era tan joven que no me preocupaba comer.

 

2000 / La cuarentena del parto o puerperio

Debía recuperarme, no exponer a mi pequeño a los virus del mundo. Debía alimentarme, dar alimento, ser alimento.

 

2002 / El 11 de abril

Me pilló en la oficina, terminando la edición del semanario en el que era jefe de redacción. De camino a casa gasté en el mercado todo lo que quedaba en mi cuenta bancaria.

 

2006 / La histerectomía

Salí de casa tan solo a citas médicas. El cuerpo exigía reposo, aislar el duelo.

 

2019 / Apagón Nacional

Desde el jueves 7 de marzo fueron 55 horas de desasosiego en mi caso, en otros muchas más. La despensa no estaba al tope pero aguantó hasta el lunes 11. Mi cocina es a gas.

 

El coronavirus es otra cosa, se sabe.

Una vida sin afuera. Un adentro sin excusas.

Un plural sin cornisa, sin escape.

El domingo 15 de marzo se hizo oficial el encierro. También el miedo. Habíamos hecho mercado para otro breve hartazgo. Con el paso de las horas entendimos que el tiempo tendría báscula propia.

Desde el primer día intenté rutinas.

Bañarse, vestirse, escribir.

Bañarse, vestirse, escribir, cocinar.

Bañarse, vestirse, escribir, cocinar, comer.

Nada ha sido fácil. La energía del lunes inicial ha ido caducando. Cada noche nos acostamos más tarde, cada día nos levantamos más tarde. Las horas se encogen y estiran a conveniencia. Ya no defiendo asiduidades. Vivo a pequeños plazos. Salvan libros, películas, series de televisión, las redes, lo pendiente. Salva sacar los ojos del adentro y sumergirse en el adentro de todos.

La mesa, su santo lugar

Foto: Jacqueline Goldberg

La mesa es lo único que he defendido del agobio.

La respetamos, la acicalamos, la honramos.

Es altar.

 

Desayuno y cena han tomado los modos de cada quien. A veces juntos, a veces viendo televisión, a veces pasan de largo, a veces se distienden frente a noticias, conversas, lecturas en silencio compartido.

El almuerzo ha mudado su reloj, no sus modos.

El almuerzo y la mesa tienen desde el principio santo lugar.

No almorzábamos juntos por días sucesivos desde Carnaval. Ahora es mandato. Planifico con esmero ingredientes y procedimientos. Reparto tareas. Necesitamos rendir lo que hay, prever lo que después no habrá, todo sin dejar de alimentarnos, propiciando certezas, afecto, empatía, comensalidad.

Cuido como una fiera la combinación de proteínas, carbohidratos, lo verde que aún tenemos en la nevera. Que no arrope lo fácil, el antojo de pasta, el exceso de azúcar, los escapismos nocturnos.

 

Busco el origen de la palabra comida.

Viene de comer, del latín comedĕre, infinitivo de comedō. Comedĕre lleva el verbo infinitivo edere y el prefijo com por lo cual, como tan bellamente escribió el lexicólogo y capellán Sebastián de Covarrubias Orozco, «el mismo vocablo nos enseña que no debemos comer solos, pues aún las bestias, cuando están en compañía, experimentamos que comen mejor que estando solas». (1)

 

Algunos países llaman comida a lo que se ingiere a mediodía, otros a lo que se consume en la noche. Unos almuerzo, otros cena.

 

Para mí, almuerzo es comida principal, con o sin horario estricto.

Es comer juntos.

 

Busco también la genealogía del vocablo almuerzo, viene del artículo árabe al- y el latín morsus o mordisco. Antiguamente aludía a «tomar una comida ligera al levantarse».

 

El castellano arcaico lo tenía claro: almorzar al levantarse, yantar al mediodía, cenar por la noche. Comer se refería al acto genérico de alimentarse. Después cambió. Pero eso es enrevesado asunto de otro encierro.

Un domingo para siempre

Escribo estas líneas desde mi segundo domingo de confinamiento. He comido, si cuento a lo Martín Caparrós, un promedio de dos comidas principales al día, es decir, dieciséis veces. He almorzado ocho veces.

Tanto ha sido el empeño puesto en la mesa, que a partir del primer domingo nuestros almuerzos han sido todos como de domingo. No por copiosos, no por refinados, no por excepcionales.

Almuerzos de domingo por cuidadosos, disfrutados, compartidos, esmerados, pensados, consensuados, bien sazonados.

Después de todo, estamos viviendo un largo domingo, con su silencio, su letargo y su tristeza, su aguijón, su aliento suspendido.

Quién sabe cuándo será por fin lunes.

Quién sabe si tendremos domingos como los de antes.

Quizá es este el aprendizaje, que la mesa sea todos los días altar y domingo, pase lo que pase, como se pueda, con lo que se pueda.

 

 

Citas

(1) De Covarrubias Orozco, Sebastián. El Tesoro de la Lengua Castellana o Española. Madrid, 1611. Consultado en línea en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes: http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/del-origen-y-principio-de-la-lengua-castellana-o-romance-que-oy-se-vsa-en-espana-compuesto-por-el–0/html/00918410-82b2-11df-acc7-002185ce6064_517.html

la mesa, su santo lugar

Jacqueline Goldberg

*Jacqueline Goldberg (Maracaibo, 1966). Es escritora y editora. Autora de más de una treintena de premiados libros de poesía, narrativa, ensayo, testimonio y literatura infantil. Una de las voces más significativas de la actual literatura venezolana.

Es licenciada en Letras y doctora en Ciencias Sociales. En 2018 participó como escritora residente en el International Writing Program de la Universidad de Iowa. Su poesía está incluida, reseñada y traducida en más de quince países.

Es estudiante de la cuarta cohorte del Diplomado en Alimentación y Cultura de la Facultad de Ciencias de la Universidad Central de Venezuela.

diplomado ocarina castillo

Otra crónicas de una cuarentena creativa: Calma, morocoto, de Inés Ruiz.