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Alimentar a la familia, un trabajo no remunerado

cocinando
20/03/2018
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FOTOS: PEXELS Y ARCHIVO

La naturalización de la división sexual del trabajo instaurada por la ideología de género, dificulta el reconocimiento social y económico contenidos en los procesos de alimentación que se desarrollan en los hogares, donde particularmente son las mujeres, a quienes social y culturalmente se les ha responsabilizado de proveer el cuidado de sus miembros

A propósito del Día Internacional de la Mujer, he decidido compartir algunas impresiones en relación con la comprensión teórica de las prácticas alimentarias como trabajo de cuidado no remunerado, el nivel de responsabilidad que recae sobre la mujer y cómo la centralidad del mercado condujo a desconocer el trabajo de subsistencia y el cuidado no remunerado, por no estar sometidos al intercambio monetario.

Se considera que las prácticas de alimentación familiar son trabajo, porque la transformación de los alimentos en comida requiere un gasto de tiempo y energía en el acceso, selección, preparación y disposición de los alimentos para ser consumidos. Sin embargo, se considera en las estadísticas a un ama de casa como inactiva, pues su labor no tiene reconocimiento social como empleo por efectuarse en la esfera doméstica y no recibir pago monetario a cambio.

Visibilizar el trabajo no remunerado es fundamental para las relaciones de género. Importantes cambios sociales han contribuido a mostrar la importancia de estos trabajos invisibles prestados mayoritariamente por mujeres. Estudiosas feministas han realizado fuertes críticas que han puesto de manifiesto el papel fundamental de esta esfera en las posibilidades de ejercicio de los derechos de ciudadanía de las mujeres, en especial, en su derecho al trabajo en condiciones de igualdad.

Cada vez más países se suman a la recolección de información sobre trabajo no remunerado por medio de encuestas de uso del tiempo y los trabajos teóricos y empíricos realizados en espacios académicos españoles e italianos se han convertido en la región latinoamericana y en el Caribe en puntos de referencia en el tema. Australia, Italia y España, además de Canadá que ya cuenta con varias experiencias en la recopilación de datos y en Europa se destaca el papel de la Oficina Estadística de las Comunidades Europeas (EUROSTAT) que ha diseñado la encuesta europea sobre el uso del tiempo.

En nuestra región, Cuba y México llevan la batuta, seguidos por Argentina, Colombia, Costa Rica, Chile, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Nicaragua, Panamá y Uruguay. En nuestro país no logré ubicar referencias en este sentido.

Los estudios realizados muestran la persistencia de desigualdades y la atribución a las mujeres de la responsabilidad principal de la reproducción social, lo cual sugiere la existencia de una aceleración de ritmos debido a la sobrecarga de trabajo y una contradicción entre el derecho al trabajo y el deber materno con los pequeños y de solidaridad con los mayores.

De igual manera queda en evidencia la feminización del mercado laboral por la irrupción de las mujeres y el tiempo que ellas destinan a las actividades que producen ingresos, lo cual indica que han ganado en autonomía económica, aunque no por ello dejan de ocuparse de los espacios privados, que como lo comenté anteriormente, sigue infravalorado por un esquema antiguo que lo descalifica como trabajo y por ende, exento de remuneración.

Si bien existen rasgos comunes a todas las mujeres que tienen responsabilidades familiares y de cuidado, estas no son un grupo homogéneo, pues sus responsabilidades dependerán del nivel socioeconómico al que pertenecen, la edad, el estado civil o el lugar de residencia. Las trabajadoras que son madres han desarrollado complejas estrategias de cuidado familiar para incorporarse al mercado de trabajo formal o informal y esto lamentablemente ha sido muy poco documentado, por lo que sigue alimentando el ciclo de desconocimiento y potencial remuneración.

Este año, algunos países llamaron a “paro”, un paro de labores domésticas, para hacer sentir el valor de estas actividades en la economía familiar e incluso en la economía del país. Si no hay quien se ocupe de los deberes en el hogar, cómo salen los chicos a las escuelas, quién se encarga del mantenimiento de la casa, quien los atiende mientras otro u otra sale a “trabajar”. Fue un acto de rebeldía que busco visibilizar el valor del trabajo no remunerado (e infravalorado) de las mujeres en casa.

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¿Acaso inculcar valores y hábitos en los más pequeños de la casa no es una labor que bien merece ser apreciada y remunerada? Pagamos por jornadas de tareas dirigidas, por clases de inglés, por clases de arte o algún deporte… ¿cómo no reconocer y pagar por la educación en valores?

Y en este momento, más que imaginar cuanto podría costar los años de dedicación de una madre a sus hijos, veo la oportunidad de reconocer el impacto de esa labor en el profesional del mañana, porque los buenos hábitos y los valores se aprenden en la casa, donde hay una mujer (casi siempre) que hace su mejor para formar, inspirar y acompañar a esos adultos del mañana.

Estamos en un momento cumbre para hacer un alto y ajustar las velas. Es un buen momento para reconocer y desmontar algunas creencias que limitan nuestra capacidad de mirar lo que nos está haciendo falta para reconocer el valor de una mujer que alimenta y enseña a comer a sus hijos…nos ahorrará millones más adelante o nos permitirá reinsertar en otros aspectos que requieran atención. El momento es ahora.