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Gastronomía a la manera de Hermann

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Un austríaco reencauchado con una carrera en la restauración, aportando novedades, fue el primero en ofrecer salchichas alemanas gourmet en el desaparecido Drugstore del C.C. Chacaíto y popularizó el strudel, entre otras delicias

Hermann Maier, veterano en el negocio del comer, sigue en pie de guerra. Su último local pasó de largo y se mantiene invicto llegando a la mayoría de edad. A continuación, un bocado:

En el verano de 1936 estalla la Guerra Civil. En la ciudad de Madrid, la familia formada por don Luis, su esposa Dolores y sus hijos, Manolita y Luisito, comparten la cotidianidad de la guerra con la criada y los vecinos de la finca. Luisito, a pesar de haber sido suspendido, quiere que su padre le compre una bicicleta. Pero la situación va a obligar a postergar la compra. Y el retraso, como la propia guerra, durará mucho más de lo esperado. Ya que las tropas de Franco estarán constantemente en guerra, haciendo que muchas familias mueran, por hambre o fusilados.

No contaré más nada acerca de la película. Es pavoso decir el desenlace. Supongo que la película estará disponible en Internet, los confines del mundo virtual como los límites del universo, parecieran abarcarlo todo. El comentario viene a colasión porque bajo los tiempos aciagos que vivimos, sortear barricadas es un acto cotidiano y comer sigue siendo un acto de supervivencia. Quienes poseen restaurantes han sufrido, no solo el desabastecimiento, sino padecido la baja de clientela.

Escoger dónde ir a comer se ha vuelto un ejercicicio de conciencia y conveniencia. El “déjame probar aquí a ver ¿qué tal?” es un acto de libertad poco frecuente. El azar y el capricho para socializar se piensa dos veces. Una isla para el solaz del estómago, sin arrepentimientos, permanece incólume en el sótano del Centro Lido. Siempre está abierto. Se trata de un restaurante con patrón, serio y consecuente.

Corría 1994 cuando abrió el restaurant Hermann. Venezuela era otra. Pese a la crisis bancaria durante el gobierno de Rafael Caldera, ese preciso año, diezmó casi un tercio la banca privada comercial. Sin embargo, prevalecía una actitud festiva. La fluctuante danza de los petrodólares era una especie de piñata que creíamos inagotable, cargada por siempre de juguetes y caramelos. La inauguración a todo dar del restaurant Hermann, encarnaba aquel inquebrantable optimismo.

La voz corrió rapidamente: “en el Nivel Sotano del Centro Lido se come buenísimo”. Para cualquier comensal descubrir un rincón de comida “seria” es una noticia que se recibe con apetito. No existe mejor publicidad que el boca a boca.

Ubicado en el Municipio Chacao, concretamente en El Rosal, el innovador diseño del local concebido por el joven y talentoso arquitecto Frank Alcock, ofrecía para deleite visual la tendencia niuyorkina del momento. Moderno, sencillo con un despliegue de fotos de imágenes iconográficas del siglo XX, el atractivo espacio podía brindar servicio en una sola tanda y sin perder el glamour a 300 comensales cómodamente sentados.

Según la Guía Gastronómica de los Restaurantes de Caracas (2013) de Miro Popic, describe a Hermann como un sitio informal y ecléctico, donde todo está pensado y concebido para agradar a un público inquieto. La comida y diversión tienen su tiempo en este enorme local, que ha logrado mantenerse gracias a un concepto pragmático del negocio (SIC).

Cuando llegué a eso de las 2.00 pm para almorzar, el ambiente era movido. Los mesoneros parecían andar en patines. La carta de Hermann en letra grande y precios razonables es variada y de corte internacional sin mayores complicaciones. Los platos más demandados son las hamburguesas, pastas hechas en casa y carnes gustosas. Cierto estilo norteamericano se impone. La copiosa presentación es para que nadie salga con hambre. Cuando haya gravlax de salmón, pídalo. La ensalada César de Pollo es crujiente, libre de aceite. De postre, es sobresaliente la Tarte Tatin, pecaminosa por calórica. Cómala sin mea culpa.

Los socios fundadores, Hermann Maier y Franz Koch, fueron pioneros en implementar la “cocina abierta” que estaba de furor en las ciudades cosmopolita del mundo. Sin pared divisoria entre la sala y cocina, lo que sucedía en el escenario humeante era parte de la experiencia. Con el tiempo, debido a razones logísticas, hubo que ocultar parcialmente el show de ollas y cocineros en plena faena, puesto que el guión no contemplaba salir del local “oliendo a Hermann”.

El saxofonista Douglas Douglas con sus risos atados a una colita, se paseaba -y aún lo sigue haciendo- entre las mesas con su metálico instrumento en ristre. También se presentan cantantes en vivo, aunque hoy muchos se inclinan más por pitos y consignas, recogiéndose temprano a casa para evitar sustos, y esquirlas.

Dado que las santamarías de los centros comerciales bajan temprano y el Centro Lido, que pertenece a la Contructora Sambil, no es la excepción, hay que estar pendiente, cuándo es la movida en Hermann, que labora en horario corrido. Ofrece after hours con la promoción del día, los jueves hay Karaoke y los viernes es el toque del DJ de turno.

Remontándonos nuevamente a los orígenes, poco tiempo después de abierto Hermann, se creó en su interior un local hermano llamado Hemingway, club privado dirigido a un público más selecto. Valga la aclaratoria que el nombre es un tributo al celebérrimo escritor americano, adicto al sexo, a la caza, a la pezca y en particular, por su adicción al tabaco.

En los 90s se impuso la tendencia del Tabaco Bar y en Hemingway se expedían habanos y puros de calidad para el goce de fervorosos fumadores, que encontraron una trinchera para dar rienda suelta al humo, beber y comer exquisiteces nacionales e importadas. Pero la campaña contra el hábito de fumar desvaneció el concepto original.

De inequívoco estilo inglés, el pequeño y acogedor recinto es sobrio. Tiene espejos en las paredes, lámparas de bronce y confortables sofás chesterfield. El perfil de la clientela es adulto contemporáneo con solvente billetera. Es frecuente ver allí a su dueño Hermann Maier, un obsesivo de la buena mesa quien se enamoró del trópico y de una cubana llamada Martha Quintana, cómplice de todas sus andanzas, quien le ha dado tres maravillosos hijos. Alexander, el mayor, gerencia el negocio y lleva las riendas con atinado pulso.

¿Cuál es el secreto para mantenerse 20 años? La continuidad se debe al buen ambiente, precios solidarios y comida sabrosa. Valga recordar que los precios de Hemingwhay son más altos y las delicatessen importadas son recuerdo del pasado como aquellas chuleticas de cordero, prime ribe y salmón noruego. El establecimiento ha sabido campear vaivenes con la frente en alto. Sortea como el resto de sus pares, sobresaltos para conseguir aceite aquí, mantequilla allá y de ser necesario, café debajo de las piedras, pero ese tema es harina de otro costal.

Av. Francisco de Miranda, Centro Lido, Nivel Parque, Local P1, El Rosal. Tlfs.9534560 / 4816
Cerrado los fines de semana